
El referente de la globalización,
culturalmente hablando, acentúa la forma de la reproducción de la llamada, por
Ulrich Beck,
sobremodernidad.
Figurativamente el mundo contemporáneo ha sido considerado como “global” en la
medida que la reproducción de la vida social tiende a unificar los diferentes
espacios sociales mediante una
economía
informacional. Las consecuencias de la vida informacional han sido reconocidas
como hechos positivos que permite la conexión del mundo a través de la
información. Sin embargo se ha observado una consecuencia negativa al respecto
de las llamadas
identidades culturales
porque su reproducción local ha sido modificada. Esta idea, entre otros
factores, reposa en cierta reclasificación dual __ya sea supuestamente
enfrentada o armoniosamente conjuntiva__ entre lo que se considera como
lo moderno y
lo tradicional. Específicamente, tales ideas concatenan toda una
serie de preconcepciones opuestas que van desde la ciencia, el individuo, la
racionalidad, lo profano, el cambio, la ley, el decoro, la información y la
libertad cuando se piensa en lo moderno; mientras que la magia, la comunidad,
la fe, lo sagrado, la permanencia, la tradición, lo rústico, la desinformación
y la sujeción, se hilvanan con lo tradicional. Y como gruesamente se asume que
lo tradicional es el fundamento de lo
cultural se considera que los referentes de lo tradicional se van reduciendo en
los espacios sociales contemporáneos por los efectos de la globalización. Por
ello interrogar sobre
las identidades
culturales se convierte en el imperativo político contemporáneo.
Además, si tales relaciones
binarias tienen aún un poder de significación y de demarcación cultural se debe
a que se tiende a considerar los conflictos (militares) contemporáneos como si
fueran ante todo la concreción de enfrentamientos culturales enraizados en el
pasado. Las consecuencias de tal orientación, que opone y reduce la política y
la cultura a una contradicción, han generado discursos que tienden a enfatizar todo
conflicto como si fuera una suerte de metafísica entre la universalidad y la
diversidad.
Al respecto de la universalidad y
la diversidad, la política como universalidad estaría generando esa
homogeneidad de la reclasificación ciudadana en todo el mundo y su posibilidad
de acción estaría dada mediante la producción de la mercancía que la convierte,
mediante los cambios tecnológicos, en “informacional y global”; mientras que la
diversidad, asignada como una situación de hecho acentuada por un craso
empirismo de la individuación moderna, sería la condición real de los fenómenos
culturales. Es decir, se asume, o se proclama como si fuera un gran
descubrimiento o como una idea políticamente correcta, que toda cultura es
diversa. A ello se suma el abuso “impunemente cotidiano” que se comete con la
noción de cultura __mas allá de los intentos serios de la antropología por
demarcarla como una categoría analítica__ como si fuera la sustancia de lo
humano, o como la segunda naturaleza del hombre, que permite la identificación
forzada de lo cotidiano con lo cultural [1]. De ahí la premura por acentuar,
con cierta exageración, la importancia relacional de los sujetos para evitar
toda sustanciación objetual.
Tal giro reflexivo ha generado la
indeterminación, en sentido hegeliano, de la cosa por la conciencia. O, en su
defecto, comprende una situación de hecho (los efectos de la globalización)
como si fuera un síntoma lógico (el problema de las identidades culturales, ya
sean porque cambian constantemente o porque se corre el riesgo de que
desaparezcan mediante su modificación). Para comprender tal relación cabe
observar en qué consiste la globalización y, por otro lado, las identidades
culturales.
Una idea gruesa acerca del
síntoma de la globalización se puede reconocer en aquel juicio antropológico de
que “el mundo se occidentaliza”. Sin embargo, eso no es indicativo de que la
globalización sea lo mismo que la occidentalización.
Por un lado, el juicio antropológico remite a la idea de occidente pensado no
en términos espaciales (físicos) sino socioculturales [2], como un punto
vectorial desde el cual se prolongan una
serie de vectores que componen el mundo contemporáneo. Al decir del antropólogo
Maurice Godelier occidente sería hoy la combinación de la economía de mercado, la
producción en masa industrial, la
democracia parlamentaria asociada a un régimen pluripartidista y la ideología de los derechos humanos.
Tales elementos se encuentran en la actualidad estrechamente ligados y en los espacios
sociales en que se asienta es posible hablar de un occidente moderno [3].
Por otro lado, la globalización,
para que deje de ser algo superficial o la mera retórica diplomática de los
organismos internacionales, se refiere puntualmente a las consecuencias
de la economía de mercado y la producción en masa industrial. Es decir, su
referente adquiere concreción en las consecuencias económicas, más no en las
del sistema político e ideológico hegemónico. Por lo menos eso se desprende de
su retórica oficiosa. Desde luego su nominación generaliza bajo la forma de su
enunciación la idea de un mundo simétricamente productivo, en el que la
mercancía reduce el espacio y el tiempo en su momento de consumo. Generando la
sensación de que su dinámica disuelve o modifica lo cotidiano y por ende lo
cultural.
Aunque no esta de más anotar que
la globalización, más que un fenómeno es la forma fenoménica, discursivamente
inconsistente y tendenciosa, de los efectos económicos y políticos del
capitalismo tardío. Tentativamente se puede ubicar el inicio de la
globalización en la universalidad de la economía de mercado tras los
quiebres y ceses de los bloques del socialismo realmente existente. Y como toda
forma no puede desligarse de su contenido, filosóficamente hablando, el contenido
real que posibilita la realidad de las mercancías en la globalización es el ejercicio político,
porque posibilita por un lado que la lógica del capital adquiera su concreción
universal y, por otro, que la democracia parlamentaria y la ideología de los
derechos humanos sean condiciones necesarias para la apertura de los mercados
del mundo. No por casualidad tales condiciones sirvieron para justificar las
últimas guerras en el medio oriente.
Pero como generalmente se
presenta el conflicto cultural como la punta de lanza de los efectos de la
globalización. Se asume que lo que reclasifica o polariza al “mundo global” es el fundamentalismo político sustentado
en supuestas “tradiciones conservadoras”, cuya intención cuasireligiosa estaría
ejerciendo relaciones de poder caracterizadas por un contenido de
irracionalidad premoderna opuesta a la racionalidad moderna. De ahí que sobre
un hecho o fenómeno global, desde la producción de la mercancía más barata
hasta un hecho político liberal de cuantiosas consecuencias económicas, sea
sintomático ese silencio sepulcral de los efectos de la política real sobre la
manida “defensa” de lo cultural o de lo cotidiano como un supuesto.
En correspondencia con lo
anterior, es frecuente escuchar que los efectos de la globalización serían el
deterioro, el cambio, la modificación, la pluralidad o la multiplicidad de la
identidad cultural en los países, políticamente
hablando, afectados por tal efecto. O, en todo caso, a partir de una
relación objetual analítica, serían los diversos pueblos del mundo
“no-occidental” quienes “sufren” cambios en su identidad (cultural). Esto se
ampara, en gruesas líneas, en aquella diferencia metodológica que se suele
hacer entre el mundo occidental y los pueblos no occidentales
cuyos referentes históricos inobjetables han sido parte de los procesos de
colonización del mundo por Europa a partir de 1492. Tales hechos remiten a la
diferencia sustantiva entre el colonizador y el colonizado, próximos a un
dualismo estructural. En la medida que se establece una relación de dominación,
el sujeto dominado (el colonizado), ubicado implícitamente en el espacio
estructural de la dominación, pierde, algo si como, su “ser cultural” o sufre
la modificación de su identidad en la reproducción de su grupo social. De ahí
que el problema de la identidad cultural y su condición de análisis enfoque
siempre, como no podría ser de otra manera, a un sujeto “no-occidental”. Para
decirlo con la retórica política de los
años setentas, el tercermundista es, y sería por antonomasia, el que sufre un cambio
en su identidad cultural, mas no así el sujeto “occidental y moderno”, ya que
se asume que mediante la globalización se impone la cultural occidental.
Además, si se observa que la
postulación de las identidades culturales remite a una idea gruesa del
culturalismo en el que todas las prácticas institucionalizadas son
resignificadas por el sujeto en un espacio social compartido por otros sujetos
semejantes o iguales a él (culturalmente), la identidad sería el rasgo empírico
de la cultura. Por ello cuando se establece la diferencia de las identidades
culturales muchas de aquellas respuestas prácticas, que dan los sujetos frente
a un hecho social, se diferencian en función de la necesidad social que las
anima. Asimismo, las identidades culturales operarían y posibilitarían el
horizonte de sentido que despliega los límites de la cultura en tal o cual
comunidad. Tal rasgo permite darle un valor moral a la reproducción cultural en
la medida que la diversidad cultural se genera desde su reproducción local.
La reproducción local de las
culturas es un hecho tan significativo e histórico que ha permitido clasificar
una serie de formas de pensar y de actuar a partir de la constitución y
diferencia de las identidades. Por ello la identidad cultural permite
establecer una relación que se sustenta en la vida institucional de acuerdo a
la forma en que los hombres resuelven tales o cuales problemas. Pero la
resignificación de lo que los hombres hagan no depende sólo de una determinada
identidad constituida, sino de una serie de “identidades múltiples” que se
ajustan a los cambios del mundo contemporáneo. Términos como la
“desterritorialización” y “reterritorialización” (García Canclini) apuntan a
sostener aquellos cambios en la reproducción cultural y permiten enfocar la
variabilidad de la producción cultural.
Hasta hace algunos años se
enfatizaba, desde un punto de vista político, que el papel del Estado ha quedado
disminuido en relación a las políticas públicas por la globalización, al decir
de Ulrich Beck: “la globalización
zarandea la imagen de espacio homogéneo, cerrado, estanco y nacional-estatal”.
De ahí que la constitución del Estado-nación, como proyecto, había sido deslegitimada
por el mercado. Entre otros factores, el mercado global tiende a enfatizar la
producción de mercancías nacionales para hacerlas “global”. Tal hecho de alguna
manera genera la idea de que se constituye una suerte de “identidad des-localizada”
porque los sujetos se identifican con tal o cual mercancía local vuelta
universal.
Observar el caso de una serie de
elementos culturales al respecto, llama mucho la atención cuando se quiere
identificar las identidades culturales. Por ejemplo una mercancía como el pisco
__que tiene cierta significación en la sociedad peruana__ alude a la
simplificación de una historia desterritorializada, en la medida que uno forma
parte, o cree formar parte de una tradición de antaño, y que además tiende a
establecer vínculos identitarios con personas que no necesariamente son de una
región en particular o, en su defecto, nacional. Ya que la mercancía del pisco,
a través de una serie de mecanismos publicitarios, genera la sensación de ser
universal en la medida que representa o figura la serie de identidades del
sujeto que lo consume. Sumado a ello, si también se observa la tan acentuada
presentación del localismo cultural, como por ejemplo las mercancías que
produce la gastronomía (llamados por la publicidad como “platos banderas”), uno
puede reconocer que las identidades culturales se acentúan en la medida que
existe una exigencia del mercado.
Ahora bien, si se observa desde
un punto de vista político, tal como lo hacía Pierre Bourdieu, “la globalización no es una homogenización,
sino la extensión de la influencia de un pequeño número de naciones dominantes
sobre el conjunto de los mercados financieros nacionales”. Precisamente el
mercado nacional en la globalización tiende a formar parte, más allá de los
beneficios o perjurios, de un sistema de dominación mayor. En esa dominación que
se produce mediante una serie de relaciones institucionales la identidad cultural no se encuentra
reproducida en lo local sino en la generación de la satisfacción de una serie
de elementos culturales vueltos mercancías. No es que la mercancía se oponga al
producto cultural, sino que las relaciones económicas que genera la producción
de los elementos culturales suspenden toda aproximación a una identidad local.
Por ello surge la aparente
paradoja: si la globalización tiende a generar un espacio de conexión mundial,
la serie de prácticas culturales y locales no se vuelven globales en ese
espacio, sino más bien circunscriben una cierta diferencia cultural en su
producción. Desde luego los mecanismos de identificación o de pertenencia
varían de acuerdo al lugar en el que se encuentre el sujeto que se identifique
con tal producto cultural. Más aún las
identidades no son tributarias de un sujeto, sino más bien de una necesidad, es
decir, de una relación económica. Esto no quiere decir que exista un
determinismo económico en la producción de las identidades, sino más bien que
las identidades culturales son las que en ultima instancia posibilitan que la
serie de relaciones económicas se concreticen en el espacio global.
Juan Archi Orihuela
Domingo, 27 de mayo de 2012.
_______________
[1] La diferencia analítica de
ambas nociones permite un uso adecuado de los mismos. Lo cotidiano sería la constante de prácticas socialmente
institucionalizadas y reguladas en un espacio social, en el que además de
adquirir un cierto valor (posible de resignificarse), se sustenta mediante la
experiencia de vida intramundana de tal o cual sujeto que se piensa con determinada capacidad de acción. Mientras que lo cultural, como fenómeno posible de
análisis, es el resultado de las diversas prácticas de lo cotidiano, objetivado
mediante lo que dicen y hacen los sujetos en un espacio social específico y
conmensurable.
[2] La referencia física y
espacial de occidente es indubitablemente Europa. Lo cual ha generado una idea
valorativa, corriente y muy ligera que se utiliza, lejos de todo análisis, para
acusar a todo aquel que tome como punto de partida explicativo el “centro”
europeo, como eurocéntrico. Sin embargo, recordar la metáfora nietzscheana acerca de Europa
como la “vaca de muchos colores” ayuda a evitar ese “monolingüismo del otro”.
Es decir, la relación de poder que subyace en el discurso es una situación de
hecho, a pesar de que Europa nunca fue, ni lo es, un espacio culturalmente
homogéneo. Y, como la universalidad de la historia tiene un centro de poder, no sólo
teórico, sino de facto, por la expansión imperial (político-militar), tomar como centro referencial una realidad sociocultural
como Europa es aún metodológicamente válido para explicar la totalidad social. Al respecto cabe observar que tal validez metodológica se mantiene
y acentúa más aún por las discrepancias que ejercen algunos intelectuales que animan, paradójicamente, los estudios postcoloniales; especificamente, aquellos que pretenden "pensar y sentir" desde la periferia son quienes resultan siendo los más "europeos" que los europeos por la competencia que ejercen en el uso de las “jergas
conceptuales”, que por el lugar de su procedencia.
[3] En sentido antropológico,
como ya anote líneas arriba, el mundo se encuentra ya occidentalizado, hecho que no es nada homogéneo, culturalmente hablando. Por ello considerar la
existencia de pueblos “no-occidentales” en la actualidad es una diferencia
analítica mas no así una diferencia de hecho.