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jueves, 21 de mayo de 2015

“Todas las sangres” como discurso ideológico



La novela Todas las Sangres (1964) de José María Arguedas es una de esas novelas que ha alcanzado más resonancia por la mención de su título que por la lectura de su contenido. Tal hecho responde en parte a la sobrevaloración que ha alcanzado su autor y que en sentido estricto no tiene nada que ver con las letras, sino con la empatía que genera su vida doliente y desventurada, representada y rememorada siempre como si fuera el compendio de la vida doliente y trágica del hombre andino. Empero, Arguedas siempre fue  un misti [1]. Ideológicamente éste misti ha sido resignificado y presentado como una suerte de redentor cultural, por quienes vienen reproduciendo insistentemente el paternalismo por otros medios.      

Pero ¿qué es “todas las sangres”? como novela es un relato sobre la descomposición del latifundio andino, presentado como una gran tragedia. En esta tragedia andina, el capital (como mecanismo local y universal) y el movimiento campesino (como descontento espontáneo y local) se recrean a través de una serie de voces contrapuestas. Por su naturaleza, el poder del latifundio es recreado en función de las relaciones del trabajo servil y de una ideología de dominación que la sostiene. Asimismo, la concepción mágica y señorial del mundo semifeudal, presente a lo largo del relato,  convierte la fatalidad que caracteriza a la vida de los personajes en una esperanza incierta. Y ¿qué sentido adquiere la figuración de “todas las sangres” en la novela? Simplemente como un referente orgánico y volitivo que permite vincular la extracción de clase (o de casta) de los diversos personajes de la novela  a  un todo continuo y palpitante, plagada por una serie de contradicciones explícitas o tácitas. 

La sangre o las sangres en un mundo feudal o semifeudal es lo que permite la reclasificación social de los sujetos como voces colectivas (un pueblo), cuya concreción es determinada en función de una estructura de poder colonial. En la novela la estructura del poder semi-feudal es cuestionada desde su inicio. A largo del relato, el cuestionamiento a esa estructura de poder se focaliza y personifica, no obstante esa voz disidente que la cuestiona (la de Demetrio Rendón Wilka) termina por legitimarla.

Para muchos Todas las Sangres es, además de una gran novela, un manifiesto insistente contra la injusticia que emana del mundo semifeudal. Al respecto, un historiador como Alberto Flores Galindo, consideraba que en ésta novela Arguedas recrea su apuesta por la revolución social. En las antípodas de esta percepción y valoración positiva, la doxa de Mario Vargas Llosa acentúa la idea de que el esquema marxista de la lucha de clases orienta y articula la estructura de ésta novela; y, por ende, pierde su calidad literaria en comparación de sus anteriores relatos. A pesar de tales juicios contrapuestos por su valoración, lo cierto es que la novela se aleja de la redención cultural, ideológicamente concebida como democrática, y se acerca a la idea de la confrontación para mantener el orden de dominación del latifundio. Al respecto, el final de la novela es aleccionador y tan diáfano, antes de inmolarse el protagonista (Rendón Wilka) anima y ordena que el común (los campesinos serviles de la hacienda) se arrodille ante el nuevo misti (el hijo recién nacido de Don Bruno Aragón de Peralta) para conservar la hacienda como corresponde a su legítimo heredero.   Así el héroe de la novela termina abogando  por el mantenimiento del orden semifeudal, cuyo restablecimiento no debe oponer resistencia del común porque las fuerzas del cambio son fuerzas telúricas (no humanas), tal como se recrea al final de la novela.  

Pero si la novela tiene una orientación ideológica patente por su contenido ¿cuál es la ideología de todas las sangres como discurso fuera de la novela?  La ideología de todas las sangres que insistentemente se reproduce es la ideología de la diversidad cultural concebida como un hecho redentor.    

La redención cultural que animan y reproducen muchos de aquellos ideólogos de “todas las sangres” es el resultado de una serie de exégesis sobre lo andino y lo popular que se encuentra presente en la narrativa de J.M. Arguedas. Muchas de esas ideas parten de un hecho, a saber, la migración del campo a la ciudad. Puntualmente, la idea-fuerza que se ha elaborado al respecto es la siguiente: el Perú es un país de todas las sangres. Ideológicamente, si el Perú es de Todas las sangres, el Perú tiene todas las identidades (culturales).

Frecuentemente, el tema de las identidades llama mucho la atención a cierto pequeño sector intelectual carente de ella. Este sector intelectual insistentemente apela a reflexiones,  muchas de ellas trilladas y llena de lugares comunes, sobre la  identidad y la pertenencia local del llamado Otro para compaginar sus deseos y temores frente a lo nacional (el Perú). Tal propensión siempre tiende a exhalar un tufillo mistificante cuando se trata de pergeñar algunas ideas sobre la cultura popular. La retórica que reproducen siempre oscila entre la pose panglossiana y una visión fatalista de la historia del Perú. Asimismo, en ellos es común encontrar ese afán exagerado por sintonizar con el ideal progresista. “No hay país más diverso”, “el Perú como una patria antigua”, sigo siendo” y demás frases sueltas de Arguedas, cuando son enfatizadas por ellos, ya sea mediante la escritura o en los discursos de salón, cumplen la misma función que las frases tributarias de un texto de autoayuda. Incluso desde la antropología, uno de aquellos se animó a proponer el “paradigma arguediano en antropología”.

Lo que caracteriza a esta ideología de la diversidad cultural no es sólo su retórica exagerada sobre lo popular y lo tradicional (imaginado también como lo no-occidental) sino su intención redentora. Tan similar a los deseos de un personaje de ficción arguediano, a saber, Bruno Aragón de Peralta. Por eso quienes reproducen esa ideología, que se asemeja a la actitud de un misti redentor como lo fue el mismo Arguedas, pretenden idealmente mantener los rezagos del mundo semifeudal, recreándolos como parte de lo tradicional o lo cultural. La  diversidad de las culturas en el Perú, para tal orientación ideológica se encuentra bullente, hirviente (tal como lo mistificó en su momento también Arguedas). Así, los hombres y las mujeres que hacen posible esa diversidad cultural (focalizado principalmente en el mundo popular) serían actores que se caracterizan por  resignificar constantemente sus identidades (identidades múltiples). Esta visión literaria es la expresión ideológica de cierto sector intelectual liberal que en el fondo no escatima su añoranza por la vida semifeudal, “aquellos tiempos del abuelo y la hacienda en que las diferencias eran claras, mientras que ahora son ellos (el Otro) quienes cambian, resignifican sus identidades”.

En el Perú, la otredad no sólo es el discurso ideológico que pretende una hermenéutica del sujeto, como en determinados espacios intelectuales se piensa y se enseña, sino también es un discurso que tiende a mistificar la vida social del mundo contemporáneo, correspondiente a una estructura de clases (como es el mundo moderno), a partir de una añoranza semifeudal o colonial sobre la cultura. La ideología de todas las sangres, tal como se reproduce actualmente, es tributaria de ella. Socialmente, Todas las sangres es la añoranza retórica de los nuevos mistis o de aquellos que quieren ser mistis en el Perú.



Juan Archi Orihuela
Lima, 21 de mayo del 2015.

P.S.

Sobre la figura de José María Arguedas: Pulse Aquí
__________________ 
[1] El misti o los mistis en el Perú fueron aquellos sujetos "blancos" que política y económicamente formaron parte de la clase dominante en la vida rural de los Andes hasta la Reforma Agraria de 1969. Tal calificativo formaba parte de la clasificación cultural y política de las relaciones semifeudales en el Perú. La relación conflictiva entre mistis e indios se encuentra también presente en la narrativa de J. M. Arguedas. 




viernes, 11 de julio de 2014

Sylvia Falcón y la lírica andina


“Con la fuerza de mi pueblo
podemos ser muy felices.
Para no medrar lo ajeno
buscaremos en nuestras raíces.”
(Carlos Falconí)


A mediados del siglo XX apareció en el Perú la lírica andina, una de las más bellas expresiones culturales que se ha producido en nuestro país. Musicalmente hablando, actualmente la lírica andina es la mejor expresión del canto y la música del ande que  aún se aferra a sus raíces tradicionales. Empero, en sentido estricto la lírica andina no es música popular, ni tampoco es tan tradicional; su difusión siempre ha se ha circunscrito a un espacio de élites (provincianas, pero élites al fin de cuentas).  Antaño fueron ciertas  élites vinculadas a la hacienda, ya sea a raíz de su descomposición o por la añoranza que sentía un sector desclasado que se aferraba a un pasado idílico; hogaño son las clases medias bajas y urbanas que valoran o se encuentran valorando y conociendo la lírica andina, como si fuera un hermoso perfume en medio de tanta podredumbre anti-estética.  

Empero en los rincones populares del gusto estético, la lírica andina sigue siendo ajena y distante, a pesar de que cierta lírica andina parte y se nutre de la tradición y de los valores del pueblo (andino y campesino). Estéticamente la lírica andina es una música que tiende a reelaborar el legado popular del ande (huaynos, harawis, aya takis, huaylías, wawa pampay y demás) en función de la belleza que alcanza los diversos grados y cadencias de las voces agudas y femeninas.  
 
Imagen tomada de aquí
Sylvia Falcón, antropóloga e interprete de la música de coloratura, desde hace algunos años viene cultivando, con encomiable profesionalismo, la lírica andina.  A diferencia de otras intérpretes de la lírica andina, Sylvia destaca por dos razones: Por cercanía familiar, ella se encuentra vinculada a la tradición andina de la que forma parte, por eso hay autenticidad en su canto, hecho tan palpable cuando uno escucha las canciones de sus discos Killa Llupsimun o Inkario; y, a su vez, como antropóloga tiene la ventaja de conocer y apreciar la tradición andina en función de su concreción cultural y estética. Tales razones le han permitido expresar límpidamente, y sin impostura alguna, el sentimiento popular que exige la música del ande; y, sobretodo, alcanzar y expresar muy bien la belleza que caracteriza a la música de coloratura.

Sylvia Falcón no sólo rescata la música popular y tradicional del ande (canciones como Busco tus ojos, Tantarchay, Inti llupsimun, Huascaran, Suray Surita y Paras, son buenos ejemplos al respecto), sino que eleva la belleza del canto y la música del pueblo a un nivel estético tan valorable, actualmente inalcanzable por otra interprete del canto andino. Empero la lírica andina, a pesar de los esfuerzos de Sylvia, se encuentra aún distante del gran público popular. Obviamente, Sylvia no ignora tal situación, por eso su empecinada apuesta por sentar las bases de la lírica andina en las raíces de la tradición popular del ande. Gran reto el de Sylvia si aún lo andino-popular es identificado, por quienes ignoran su valor cultural e histórico, con la acción hortera y el canto monocorde. Por ese derrotero arguediano, Sylvia cuando canta muestra la belleza de la cultura andina, dándole el brillo y el garbo que posee. Incluso el quechua es más dulce y sonoro cuando canta Sylvia.

Por otro lado, la lírica andina personifica a quien lo cultiva. El caso de Sylvia Falcón no es la excepción. Una comparación puede ayudar a entender aquel asunto. En los relatos andinos la personificación de la mujer forma parte de las fuerzas de la naturaleza, un ejemplo al respecto es la wayra warmi [mujer de viento]. La wayra warmi es una fuerza que encanta por la belleza de su voz, generalmente se presenta como una bella mujer a aquel viajero que se ha perdido por las extensas e ignotas pampas andinas. De igual manera, cuando uno escucha a Sylvia Falcón pareciera que se encuentra frente a una wayra warmi porque embelesa tanto cuando canta.



Tartarchay kichkachay [Espinita del Tantar]
(Huayno tradicional de Parinacochas)

Tartarchay kichkachay morado sisascha [Espinita del Tantar de flores moradas]
Amalla tipallawaychu qalachakichaypi [no hinques mis pies porque estoy descalza]

Pobrella kaspaymi waqchalla kaspaymi [Porque soy pobre, porque soy huérfana]
Qalachakichantin purikamuchkani [estoy andando descalza]

Habaspas sisayuq mollepas rurulluq [(Si) Las habas tienen flores y el molle tiene frutos]
Chaychus mana ñuqa chullayuqchu kayman [¿por qué yo no puedo tener un amor?]

Tartarchay kichkachay ama kichkawaychu [Espinita del Tantar no hinques mis piececitos]
Kichkapallawaspa yuyarichiwanky [hincándome haces]
kuyasqay chullayta yuyarichiwanky [que recuerde a mi amado]

Mayu patachapi verde retamita [Retamita verde de la orilla del río]
Chullasapi kaspa waqachiwachkanki [por tener una raíz me estás haciendo llorar]
Achkarama kaspa llakichiwachkanki [por  tener muchas ramas me estas causando pena]




Paras [Lluvia]
(Danza ritual del Cusco)

Paras phuyu orquta muyumun  [Nube de la lluvia que vienes por las montañas]
yana ñawi sunquy maskamunki, [ojos negros, mi corazón te busca]
yana ñawi sunquy kuyasunki [ojos negros, mi corazón te ama]

Paras phuyu pasarqa chillaway [Nube de la lluvia, déjame pasar]
sunquy urpi mayupi suyawan [Mi amado me espera junto al río]
sunquy urpi parallas uquchkan [A mi amado lo está mojando la lluvia].

Kunan tuta purinichu [Esta noche no saldré a caminar]
mayun mayun phawaymanta, [De río en río volaré]
paras paras palomita [Palomita de la lluvia]
paras paras sumaq urpi [Bella palomita de la lluvia]. 




Juan Archi Orihuela
Viernes, 11 de julio del 2014.



martes, 24 de junio de 2014

Universo ideológico de los andes: Testimonios y relatos 1


Hace muchos años era frecuente encontrar a antropólogos peruanos aún interesados en el universo ideológico de los andes. Ahora al parecer hay otras urgencias y sobretodo tal interés ha sido calificado como una prolongación del andinismo. Sobre tal asunto no había reparado en la orientación contundente que ha tomado la antropología en el Perú, mejor dicho en el actual interés de los antropólogos peruanos. Al respecto, una amiga y también colega a quien aprecio y valoro mucho me recordó lo siguiente: “Juan, fenómenos como el ritual y los mitos son temas propios de la antropología clásica. Ahora los antropólogos se interesan más por temas que tienen que ver con el desarrollo y las llamadas políticas públicas y culturales, entiendes”. Lejos de sentirme en el pasado, recordé lo que había recogido hace tiempo (cuando aún era estudiante) y que aún sigo recogiendo, a saber, fragmentos de aquel universo ideológico que aún pervive en los andes.

Tal conversación me animó a divulgar lo que por algunos años vengo recogiendo y que he guardado como joyas de fantasía. La fantasía y la imaginación expresa la sensibilidad de la vida de los pueblos, de eso no  hay duda. En el Perú hay un gran clásico al respecto, a saber, el libro Dioses y hombres de Huarochiri, en el que se recogen testimonios que formaron parte de aquel universo ideológico de lo que fue el mundo andino antes de la extirpación de idolatrías durante el siglo XVI.

Ahora ya no hay extirpación de idolatrías desde luego. Empero no está demás recopilar y divulgar una serie de relatos que no sólo forman parte de la cultura andina en función del pasado sino también en función del presente. En consonancia con tal pretensión, a continuación presento algunos fragmentos que he recogido en la comunidad campesina de Huasicancha, allá por el año 2008; fecha en el que aún estudiaba antropología por accidente. El nombre de los informantes los he obviado desde luego.

No está demás anotar, para su comprensión, que la Jarjacha es una entidad ideal maléfica que pretende expresar mediante su representación la censura del incesto. El muki por su parte es aquella entidad ideal que personifica al guardián de los “dioses montañas” (imaginado como un pequeño minero). Sobre los llamados misterios de las lagunas y las fuerzas desconocidas de la naturaleza, lejos de ser meros relatos fantasiosos, se debe reparar en lo que el profesor Fernando Silva Santisteban llamó insistentemente, a saber, formas del pensamiento mágico-religioso que caracteriza aún en parte la mentalidad popular en el Perú. 


1. La Jarjacha.
“Esto me pasó en Pachacayo, en el camino a Atarcancha, era de noche y muy silencioso. Viajé con linterna y una radio, y al frente al ver, casi a tres cuadras de distancia veo una luz que bajaba de la parte alta hacia un pampón. Escuche bulla de borrachos, de varias personas de la familia Ramos, guardianes de la sementera, estaban con sus esposas. Me sorprenden, ellos empiezan a gritarme carcar, carcar, hijo de puta, yo les contesto soy el teniente del cercado de Huasicancha; ellos empiezan a lanzar piedras sobre mí, y yo apague (la linterna) y me escape. Ellos seguían buscándome, me estaban buscando, yo cruce para arriba (sic) y por encima aparezco, por encima de la choza de Atarcancha, en la curva me sorprende el ¡carcarcarcar! ¡carcarcarcar! Tuve que correr a pedir auxilio a Marcelino (Guardián de la sementera). Y hacia más bulla (el carcar). Y con una ocsha (fogata) la señora (de Marcelino) me ve, tiene miedo (al verme). Ellos me acusan del carcar, pero yo les digo abajo y arriba he escuchado carcarcar. Esa mañana comentamos, los que vieron, han visto dos llamas blancas, que reflejaban sólo sus ojos brillantes. Su esposa de Néstor Ramos ha visto. Al día siguiente la comunidad de Pachacayo me toma de rehén para comprobar si soy el carcar. Como se separaron dos llamas, en la mañana se presenta una persona, y como me acusaban a mi, yo me defendía ‘¿cómo voy a ser en la noche yo y en uno de mi familia?’ En eso en la pampa le agarramos al señor que vino y luego acepta, si, que ha cometido anteriormente, no hoy día. Con eso él ha pedido disculpas a la comunidad de Pachacayo”.


2. El muki.
“Todos mis compañeros de la mina que han hecho trato con el muki les ha ido bien. El trato consiste en darle su coca, cigarros y trago, con eso el muki se alegra, contento se pone, trabaja duro. Si tú haces trato, rápido encuentras mineral, él te trabaja todo y tú solo vas sacando, sacando el mineral y te haces plata. Yo buscaba hacer trato, una vez ahí, en el fondo, lo vi, me vio y el condenado corrió, cuando lo iba a alcanzar placj se convierte en agua, en un charco pequeño, tres veces he querido agarrar al muki, y en agua se ha convertido”


“El muki usa su lamparita y lleva su cuernito. Los varones mayores no ven al muki. El hijo del minero hace amistad con el muki. Juegan el cristal (esferas de cristal), y el quien gana da un cristal, el pequeño (muki) siempre ganaba y el cristal que ganaba era oro. Al intentar agarrarle, quien lo agarra, le da facilidad al minero, el trabajo resulta más suave”. 

3. La laguna.
“Yo te voy a hablar no lo que me han contado, sino lo que yo he pasado (vivido). Cuando tendría unos veinte años así, un amigo me hablaba tanto, de que en la laguna del cerro Huacravilca, una de las más grandes, salía un negro, yo le decía estas cojudo como va a salir un negro, a ver vamos. Salimos a caballo, llegamos en la mañana a eso de las once, esperamos tras unos arbustos, y nada, ya pasaba el tiempo, y yo le decía, ya vez no sale nada, y en eso de la laguna aparece ... y mi amigo asustado me dice mira el negro, yo le digo oye cojudo eso no es un negro, es un robot, así todo de metal. Yo también me asuste claro, no vaya ser que de sus ojos va a disparar, y zas nos fuimos. Después, ya luego que me casé, nacieron mis hijos, después que volvía de Lima, será cuando tendría treinta y tantos, voy al cerro y al llegar una luz, como te digo, ahora como ves más, casi no se podía ver nada por la luz, y eso que recién iba a amanecer. Yo conversando con los que pastean por ahí me dicen si en las noches aparecen luces, como círculos, rápidas y de frente desaparecen en la laguna. Ahora, hace unos meses, también he ido nuevamente a Huacravilca, a la laguna, fui con mi caballo, me puse mi alforja de cancha y mis papas, y llegue cerca de la laguna, escuche un ruido, mi caballo se puso a mover asustado, y en eso se cae mi alforja al agua y sups, desaparece en el agua, como plástico quemado se deshizo, se achicharro, yo dije, no me quedo aquí, y rápido me fui con mi caballo. Ahí en la laguna hay algo, una base o algo, no sé. Porque como se puede quemar algo en el agua. Y no ha sido una vez”.

4. El cerroHuacravilca.
“El cerro Huacravilca confunde los caminos con su neblina, ahí vive el ujujuy un pájaro que vuela cerca de las lagunas, porque son muchas las lagunas. Ellas empiezan a botar todo lo que entra a sus aguas. Pero eso no es nada raro, sino que tiene una puerta principal hecha entre las rocas, para ingresar tienes que hacer un lancusho (pago en coca, cigarro, naranja, pasas, maní y vino). Ahí dicen que hace años unos ingenieros topógrafos entraron en la puerta y no han salido, se han desaparecido, a la fecha ni siquiera la minería no intenta. Por eso yo digo, ahí hay algo, qué será, miedo hay, pero todos van al cerro porque tiene flores que se cortan para el Santiago, y para llegar a ellas se va por un camino estratégico”.

5. El runapagapu.
“En Cercapuquio se enterraron personas, no de la zona sino de la selva, todos varones. Mi padre me cuenta cuando era perforista allá en la mina. Luego del pago recién se puede explotar. Ah el pagapu es en frutas como humanos. Mira a las carreteras se tiene que pagar para que transiten abundancia, también en puentes se paga para que sostenga el puente. Y para que no se endiable la grasa del humano, el pagapu sirve para que la obra funcione, es decir, las carreteras dan accidente. Los accidentes en la carretera son próximas y por ello falta pagapu en ese lugar. ¿Por qué? porque la parte del maligno es dominante al humano. Nos hace ver visiones. Si un ómnibus va de frente al abismo es rara vez, el maligno domina con el sueño al conductor. El mal aire existe en sus lugares fijos, llámese por decir en un lugar en plena subida o en una curva. Su relación es con el chacho. Parece mentira pero es cierto. Que utilizas para dominar, este se utiliza la coca, cigarro, caña, naranja”.


6. El antimonio.
“Hay un cerro medio molturado, en donde se puede dar la vuelta con facilidad. Según la historia, de mi esposa sus abuelos Nazario de la Cruz. Mi esposa a la edad de ocho o diez años cuenta en que había un ruido de una criatura, parece como si se estaba acercando, eran a eso de las siete u ocho de la mañana. Entonces, que cuenta, el ruido de una criatura que se acerca, cada vez es más fuerte. Y luego se esfuerza ella y grita a correr. A media cuadra para dar la vuelta ataca en la parte hoyada. Puede ser el antimonio donde puede haber tapada y desaparecer. El abuelo le dijo en esa parte siempre ataca porque hay un niño enterrado por aborto o así nomás (sin bautizar)”.

7. La tapada.
“Generalmente las tapadas aparecen como ganados, ovino o burro, y te confunde, varias veces se ha aparecido en el camino y luego al voltear no hay ningún animal. La tapada aparece en las grietas, cuando hay luna aparece en esos días y en esos días está por cuando está por desaparecer, en esos días aparece las “presentaciones” de las ovejas. Yo vi una que ardía de candela de color azul que se estira desde abajo y arde. Cuando uno se acerca a las tapadas le puede dar el chacho, porque hay antimonio, un mal aire y ya fuiste. Y si uno ha sacado la tapada, el pagapu puede ser con ovino o con una mesa. Esta consiste en manzana, naranja, maní, pasas, pisco, vino, coca, cigarro y el ancusho (es el que paga)”. 


Juan Archi Orihuela
Lima, 24 de junio del 2014.

domingo, 27 de mayo de 2012

La cultura global o el apriorismo de las identidades culturales

El referente de la globalización, culturalmente hablando, acentúa la forma de la reproducción de la llamada, por Ulrich Beck, sobremodernidad. Figurativamente el mundo contemporáneo ha sido considerado como “global” en la medida que la reproducción de la vida social tiende a unificar los diferentes espacios sociales mediante una economía informacional. Las consecuencias de la vida informacional han sido reconocidas como hechos positivos que permite la conexión del mundo a través de la información. Sin embargo se ha observado una consecuencia negativa al respecto de las llamadas identidades culturales porque su reproducción local ha sido modificada. Esta idea, entre otros factores, reposa en cierta reclasificación dual __ya sea supuestamente enfrentada o armoniosamente conjuntiva__ entre lo que se considera como lo moderno y lo tradicional. Específicamente, tales ideas concatenan toda una serie de preconcepciones opuestas que van desde la ciencia, el individuo, la racionalidad, lo profano, el cambio, la ley, el decoro, la información y la libertad cuando se piensa en lo moderno; mientras que la magia, la comunidad, la fe, lo sagrado, la permanencia, la tradición, lo rústico, la desinformación y la sujeción, se hilvanan con lo tradicional. Y como gruesamente se asume que lo tradicional es el fundamento de lo cultural se considera que los referentes de lo tradicional se van reduciendo en los espacios sociales contemporáneos por los efectos de la globalización. Por ello interrogar sobre las identidades culturales se convierte en el imperativo político contemporáneo.

Además, si tales relaciones binarias tienen aún un poder de significación y de demarcación cultural se debe a que se tiende a considerar los conflictos (militares) contemporáneos como si fueran ante todo la concreción de enfrentamientos culturales enraizados en el pasado. Las consecuencias de tal orientación, que opone y reduce la política y la cultura a una contradicción, han generado discursos que tienden a enfatizar todo conflicto como si fuera una suerte de metafísica entre la universalidad y la diversidad.

Al respecto de la universalidad y la diversidad, la política como universalidad estaría generando esa homogeneidad de la reclasificación ciudadana en todo el mundo y su posibilidad de acción estaría dada mediante la producción de la mercancía que la convierte, mediante los cambios tecnológicos, en “informacional y global”; mientras que la diversidad, asignada como una situación de hecho acentuada por un craso empirismo de la individuación moderna, sería la condición real de los fenómenos culturales. Es decir, se asume, o se proclama como si fuera un gran descubrimiento o como una idea políticamente correcta, que toda cultura es diversa. A ello se suma el abuso “impunemente cotidiano” que se comete con la noción de cultura __mas allá de los intentos serios de la antropología por demarcarla como una categoría analítica__ como si fuera la sustancia de lo humano, o como la segunda naturaleza del hombre, que permite la identificación forzada de lo cotidiano con lo cultural [1]. De ahí la premura por acentuar, con cierta exageración, la importancia relacional de los sujetos para evitar toda sustanciación objetual.

Tal giro reflexivo ha generado la indeterminación, en sentido hegeliano, de la cosa por la conciencia. O, en su defecto, comprende una situación de hecho (los efectos de la globalización) como si fuera un síntoma lógico (el problema de las identidades culturales, ya sean porque cambian constantemente o porque se corre el riesgo de que desaparezcan mediante su modificación). Para comprender tal relación cabe observar en qué consiste la globalización y, por otro lado, las identidades culturales.

Una idea gruesa acerca del síntoma de la globalización se puede reconocer en aquel juicio antropológico de que “el mundo se occidentaliza”. Sin embargo, eso no es indicativo de que la globalización sea lo mismo que la occidentalización. Por un lado, el juicio antropológico remite a la idea de occidente pensado no en términos espaciales (físicos) sino socioculturales [2], como un punto vectorial desde el cual  se prolongan una serie de vectores que componen el mundo contemporáneo. Al decir del antropólogo Maurice Godelier occidente sería hoy la combinación de la economía de mercado, la producción en masa industrial, la democracia parlamentaria asociada a un régimen pluripartidista y la ideología de los derechos humanos. Tales elementos se encuentran en la actualidad estrechamente ligados y en los espacios sociales en que se asienta es posible hablar de un occidente moderno [3].

Por otro lado, la globalización, para que deje de ser algo superficial o la mera retórica diplomática de los organismos internacionales, se refiere puntualmente a las consecuencias de la economía de mercado y la producción en masa industrial. Es decir, su referente adquiere concreción en las consecuencias económicas, más no en las del sistema político e ideológico hegemónico. Por lo menos eso se desprende de su retórica oficiosa. Desde luego su nominación generaliza bajo la forma de su enunciación la idea de un mundo simétricamente productivo, en el que la mercancía reduce el espacio y el tiempo en su momento de consumo. Generando la sensación de que su dinámica disuelve o modifica lo cotidiano y por ende lo cultural.

Aunque no esta de más anotar que la globalización, más que un fenómeno es la forma fenoménica, discursivamente inconsistente y tendenciosa, de los efectos económicos y políticos del capitalismo tardío. Tentativamente se puede ubicar el inicio de la globalización en la universalidad de la economía de mercado tras los quiebres y ceses de los bloques del socialismo realmente existente. Y como toda forma no puede desligarse de su contenido, filosóficamente hablando, el contenido real que posibilita la realidad de las mercancías  en la globalización es el ejercicio político, porque posibilita por un lado que la lógica del capital adquiera su concreción universal y, por otro, que la democracia parlamentaria y la ideología de los derechos humanos sean condiciones necesarias para la apertura de los mercados del mundo. No por casualidad tales condiciones sirvieron para justificar las últimas guerras en el medio oriente.

Pero como generalmente se presenta el conflicto cultural como la punta de lanza de los efectos de la globalización. Se asume que lo que reclasifica o polariza al “mundo global” es el fundamentalismo político sustentado en supuestas “tradiciones conservadoras”, cuya intención cuasireligiosa estaría ejerciendo relaciones de poder caracterizadas por un contenido de irracionalidad premoderna opuesta a la racionalidad moderna. De ahí que sobre un hecho o fenómeno global, desde la producción de la mercancía más barata hasta un hecho político liberal de cuantiosas consecuencias económicas, sea sintomático ese silencio sepulcral de los efectos de la política real sobre la manida “defensa” de lo cultural o de lo cotidiano como un supuesto.

En correspondencia con lo anterior, es frecuente escuchar que los efectos de la globalización serían el deterioro, el cambio, la modificación, la pluralidad o la multiplicidad de la identidad cultural en los países, políticamente  hablando, afectados por tal efecto. O, en todo caso, a partir de una relación objetual analítica, serían los diversos pueblos del mundo “no-occidental” quienes “sufren” cambios en su identidad (cultural). Esto se ampara, en gruesas líneas, en aquella diferencia metodológica que se suele hacer entre el mundo occidental y los pueblos no occidentales cuyos referentes históricos inobjetables han sido parte de los procesos de colonización del mundo por Europa a partir de 1492. Tales hechos remiten a la diferencia sustantiva entre el colonizador y el colonizado, próximos a un dualismo estructural. En la medida que se establece una relación de dominación, el sujeto dominado (el colonizado), ubicado implícitamente en el espacio estructural de la dominación, pierde, algo si como, su “ser cultural” o sufre la modificación de su identidad en la reproducción de su grupo social. De ahí que el problema de la identidad cultural y su condición de análisis enfoque siempre, como no podría ser de otra manera, a un sujeto “no-occidental”. Para decirlo con la  retórica política de los años setentas, el tercermundista es, y sería por antonomasia, el que sufre un cambio en su identidad cultural, mas no así el sujeto “occidental y moderno”, ya que se asume que mediante la globalización se impone la cultural occidental.

Además, si se observa que la postulación de las identidades culturales remite a una idea gruesa del culturalismo en el que todas las prácticas institucionalizadas son resignificadas por el sujeto en un espacio social compartido por otros sujetos semejantes o iguales a él (culturalmente), la identidad sería el rasgo empírico de la cultura. Por ello cuando se establece la diferencia de las identidades culturales muchas de aquellas respuestas prácticas, que dan los sujetos frente a un hecho social, se diferencian en función de la necesidad social que las anima. Asimismo, las identidades culturales operarían y posibilitarían el horizonte de sentido que despliega los límites de la cultura en tal o cual comunidad. Tal rasgo permite darle un valor moral a la reproducción cultural en la medida que la diversidad cultural se genera desde su reproducción local.

La reproducción local de las culturas es un hecho tan significativo e histórico que ha permitido clasificar una serie de formas de pensar y de actuar a partir de la constitución y diferencia de las identidades. Por ello la identidad cultural permite establecer una relación que se sustenta en la vida institucional de acuerdo a la forma en que los hombres resuelven tales o cuales problemas. Pero la resignificación de lo que los hombres hagan no depende sólo de una determinada identidad constituida, sino de una serie de “identidades múltiples” que se ajustan a los cambios del mundo contemporáneo. Términos como la “desterritorialización” y “reterritorialización” (García Canclini) apuntan a sostener aquellos cambios en la reproducción cultural y permiten enfocar la variabilidad de la producción cultural.

Hasta hace algunos años se enfatizaba, desde un punto de vista político, que el papel del Estado ha quedado disminuido en relación a las políticas públicas por la globalización, al decir de Ulrich Beck: “la globalización zarandea la imagen de espacio homogéneo, cerrado, estanco y nacional-estatal”. De ahí que la constitución del Estado-nación, como proyecto, había sido deslegitimada por el mercado. Entre otros factores, el mercado global tiende a enfatizar la producción de mercancías nacionales para hacerlas “global”. Tal hecho de alguna manera genera la idea de que se constituye una suerte de “identidad des-localizada” porque los sujetos se identifican con tal o cual mercancía local vuelta universal.  

Observar el caso de una serie de elementos culturales al respecto, llama mucho la atención cuando se quiere identificar las identidades culturales. Por ejemplo una mercancía como el pisco __que tiene cierta significación en la sociedad peruana__ alude a la simplificación de una historia desterritorializada, en la medida que uno forma parte, o cree formar parte de una tradición de antaño, y que además tiende a establecer vínculos identitarios con personas que no necesariamente son de una región en particular o, en su defecto, nacional. Ya que la mercancía del pisco, a través de una serie de mecanismos publicitarios, genera la sensación de ser universal en la medida que representa o figura la serie de identidades del sujeto que lo consume. Sumado a ello, si también se observa la tan acentuada presentación del localismo cultural, como por ejemplo las mercancías que produce la gastronomía (llamados por la publicidad como “platos banderas”), uno puede reconocer que las identidades culturales se acentúan en la medida que existe una exigencia del mercado.

Ahora bien, si se observa desde un punto de vista político, tal como lo hacía Pierre Bourdieu, “la globalización no es una homogenización, sino la extensión de la influencia de un pequeño número de naciones dominantes sobre el conjunto de los mercados financieros nacionales”. Precisamente el mercado nacional en la globalización tiende a formar parte, más allá de los beneficios o perjurios, de un sistema de dominación mayor. En esa dominación que se produce mediante una serie de relaciones institucionales la identidad cultural no se encuentra reproducida en lo local sino en la generación de la satisfacción de una serie de elementos culturales vueltos mercancías. No es que la mercancía se oponga al producto cultural, sino que las relaciones económicas que genera la producción de los elementos culturales suspenden toda aproximación a una identidad local.

Por ello surge la aparente paradoja: si la globalización tiende a generar un espacio de conexión mundial, la serie de prácticas culturales y locales no se vuelven globales en ese espacio, sino más bien circunscriben una cierta diferencia cultural en su producción. Desde luego los mecanismos de identificación o de pertenencia varían de acuerdo al lugar en el que se encuentre el sujeto que se identifique con tal producto cultural. Más aún las identidades no son tributarias de un sujeto, sino más bien de una necesidad, es decir, de una relación económica. Esto no quiere decir que exista un determinismo económico en la producción de las identidades, sino más bien que las identidades culturales son las que en ultima instancia posibilitan que la serie de relaciones económicas se concreticen en el espacio global. 





Juan Archi Orihuela
Domingo, 27 de mayo de 2012.



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[1] La diferencia analítica de ambas nociones permite un uso adecuado de los mismos. Lo cotidiano sería la constante de prácticas socialmente institucionalizadas y reguladas en un espacio social, en el que además de adquirir un cierto valor (posible de resignificarse), se sustenta mediante la experiencia de vida intramundana de tal o cual sujeto que se piensa  con determinada  capacidad de acción. Mientras que lo cultural, como fenómeno posible de análisis, es el resultado de las diversas prácticas de lo cotidiano, objetivado mediante lo que dicen y hacen los sujetos en un espacio social específico y conmensurable.

[2] La referencia física y espacial de occidente es indubitablemente Europa. Lo cual ha generado una idea valorativa, corriente y muy ligera que se utiliza, lejos de todo análisis, para acusar a todo aquel que tome como punto de partida explicativo el “centro” europeo, como eurocéntrico. Sin embargo, recordar  la metáfora nietzscheana acerca de Europa como la “vaca de muchos colores” ayuda a evitar ese “monolingüismo del otro”. Es decir, la relación de poder que subyace en el discurso es una situación de hecho, a pesar de que Europa nunca fue, ni lo es, un espacio culturalmente homogéneo. Y, como la universalidad de la historia tiene un centro de poder, no sólo teórico, sino de facto, por la expansión imperial (político-militar),  tomar como centro referencial una realidad sociocultural como Europa es aún metodológicamente válido para explicar la totalidad social. Al respecto cabe observar que tal validez metodológica se mantiene y acentúa más aún por las discrepancias que ejercen algunos intelectuales que animan, paradójicamente, los estudios postcoloniales; especificamente, aquellos que pretenden "pensar y sentir" desde la periferia son quienes resultan siendo los más "europeos"  que los europeos por la competencia que ejercen en el uso de las “jergas conceptuales”, que por el lugar de su procedencia. 

[3] En sentido antropológico, como ya anote líneas arriba, el mundo se encuentra ya occidentalizado, hecho que no es nada homogéneo, culturalmente hablando. Por ello considerar la existencia de pueblos “no-occidentales” en la actualidad es una diferencia analítica mas no así una diferencia de hecho. 


domingo, 15 de abril de 2012

La cultura y el hecho folklórico

 
 
 
 
La cultura como un hecho histórico social, a pesar de la influencia que ha tenido la antropología culturalista a lo largo del siglo XX para demarcar no sólo las discusiones en torno a ella sino en cuanto a la percepción que uno se hace de los hechos llamados culturales, al parecer no ha logrado una significación que se ajuste a su concreción.
 
Lejos de toda retórica “letrada” y “estética” __generalmente animada por los que se deleitan exageradamente por la literatura y por la producción artística hegemónica en el campo de las letras y el arte en función del mercado__ la cultura no es lo más valioso que posee un pueblo o el hombre como ser genérico. En todo caso lo “valioso” sería una determinada forma de cultura, cuya reproducción siempre es particular y no universal. Pensar que la cultura tiene un valor universal per se es caer en una metafísica cultural insostenible frente a los datos y hechos históricos que han posibilitado su concreción. Históricamente la cultura es la producción que ejerce el hombre sobre el mundo, producción que a su vez ha posibilitado su reproducción no sólo como especie, sino como un ser social. La consecuencia de la cultura como producción es la demarcación del mundo entre un mundo hecho para el hombre (el mundo social) y un mundo existente sin el hombre (mundo físico). Hay un término que puede enfatizar su concreción histórica, a saber, lo artificial. Toda cultura es artificial y en su concreción genera consecuencias tanto beneficiosas así como funestas, que en última instancia se concretiza a través del poder que ejercen los hombres socialmente endoculturados.
 
Si la cultura es lo artificial y adquiere su valor y significación en función del poder (entendido como una relación de fuerza), los hechos que comprenden una cultura han adquirido una demarcación tanto práctica así como ideal. La demarcación práctica ha respondido y responde a una necesidad histórica, a saber, el proceso de colonización del mundo por los centros coloniales del poder europeo; y, la demarcación ideal, responde a una serie de preconcepciones que se reproducen en función del poder local y que se encuentran estrechamente vinculadas, ya sea para afirmarlos o invisibilizarlos, a la constitución de los Estados contemporáneos. La demarcación práctica ha permitido establecer una diferencia entre una producción cultural colonizadora y una producción cultural colonizada: la producción cultural colonizada ha sido objeto de estudio de la antropología clásica culturalista y, en parte lo sigue siendo, por la antropología contemporánea que anima la otredad cultural. Asimismo la demarcación ideal se encuentra determinada por el valor que adquiere la constitución de su reproducción particular.
 
Desde la antropología culturalista, la constatación de una reproducción particular de la cultura ha permitido reordenar el mundo a partir de los cambios geopolíticos que ha generado el mundo poscolonial. No es casual que en las discusiones sobre la universalidad del orden mundial, mediante el enfoque culturalista, durante el siglo XX se ha delimitado la significación del poder colonial a través de los debates que han oscilado entre la noción de raza (para trocarse en la noción de etnia como significación identitaria) y la noción de civilización (para trocarse en la noción de la Cultura como significante universal, tributaria de cierta ideología humanista colonial y eurocéntrica). Pero la demarcación ideal no sólo ha permitido ajustar un nuevo orden mundial en el que la identidad ha alcanzado su universalidad; sino que a su vez ha permitido que la demarcación práctica suspenda las consecuencias del poder del capital, a saber, en su fase imperialista.
 
Precisamente Kathleen Gough, a fines de la década del 60 del siglo pasado, al sostener que “la antropología es hija del imperialismo occidental”, estaba proponiendo, atrevidamente, estudiar la universalidad de la cultura en función del imperialismo como sistema mundial, en la medida que el imperialismo ha generado consecuencias funestas en muchas formas de organización social, bajo el dualismo ideológico de una “pujante” modernidad (europea) y el atavismo de la vida tradicional o la premodernidad (del tercer mundo). La carencia o imposibilidad de tal derrotero heurístico, se debía, entre otras razones, a la especialización de tal o cual forma de reproducción cultural (los estudios de la otredad han invertido la relación cognoscitiva a partir de apriorismos en función de la universalidad de la identidad).
 
Una de esas formas de especialización en los estudios sobre la cultura, como reproducción particular, corresponde a los estudios sobre el folklore. La estudiosa peruana Mildred Merino de Zela, siguiendo a Stith Thompson, consideraba que el folklore comprende la reproducción de “las danzas, canciones, cuentos, leyendas y tradiciones, las creencias y supersticiones y los dichos proverbiales del pueblo”. Puntualmente el estudio sobre folklore sería aquel estudio especializado de una forma de reproducción de la cultura de un pueblo (concebida como “tradición espiritual”). Más aún, a juicio de Mildred Merino: “el hecho folklórico es un elemento integrante de la cultura”. Pero si el hecho folklórico es parte integrante de la cultura (noción que recuerda las tesis clásicas de Edward Taylor) ¿a qué se debe la separación entre la antropología y el folklore? Si ambos estudian, en última instancia a la cultura (la antropología a la que me refiero es la antropología cultural) ¿acaso se debe al problema entre la universalidad y la particularidad de la cultura?
 


Históricamente la antropología se encuentra ligada, por su origen, a la colonización del mundo (el imperialismo como sistema mundial en la actualidad), por el contrario, el folklore se encuentra estrechamente vinculado a las consecuencias de la constitución de los Estados-nación y a las consecuencias de la afirmación del capitalismo mundial como una expresión también cultural. Asimismo, en términos habermasianos, la antropología es una ciencia que se circunscribe a intereses prácticos (la “antropología aplicada” fue y es aún tributaria de aquel derrotero) o a intereses técnicos (la antropología que se produce y ejerce desde la academia o los centros de investigación __tal como se ha institucionalizado en función de las políticas públicas que animan los organismos internacionales mediante el financiamiento a la investigación__ es una clara expresión de tal interés técnico). Mientras que los estudios del folklore pretende ser una ciencia que responda a intereses emancipatorios.

 En el Perú, uno de los antropólogos que han animado los estudios del folklore en función de intereses explícitamente emancipatorios ha sido Efraín Morote Best. Para este antropólogo la emancipación se encuentra estrechamente ligada al “cambio social”, muy distinto a los “cambios culturales” que analizaba la “antropología aplicada”; al decir de Morote Best: “El Folklore es una disciplina histórico-proyectiva. Estudia cosas vivas venidas de tiempos muertos, pero, las estudia no para regodearse con la contemplación de ellas o con un sistemático examen y quedarse allí, sino para junto con otras disciplinas contribuir al aceleramiento del cambio social”. El “cambio social”, además de ser un momento constitutivo de la concreción de los fenómenos sociales, como hecho racionalizado es un interés que responde a la naturaleza de la reproducción del hecho folklórico, a saber, las tradiciones populares (especificamente, muchas de las tradiciones populares estudiadas como hechos folklóricos son de procedencia rural o campesina o, en su defecto, se circunscriben explicitamente a ellas). Por ello se encuentra estrechamente vinculada a la reproducción social de las clases populares que se encuentran dominadas en función de la correlación de fuerzas que constituyen el poder Estado.

 Precisamente es a partir del poder del Estado que se reclasifica la producción cultural en función de un valor mentado. Por ejemplo en el Perú los hechos folklóricos no se encuentran formando parte de la significación de la nación, como un imaginario identitario y universal, sino como un apéndice que depende de una idea universal que excluye a quienes producen los hechos folklóricos (la significación de lo folklórico con énfasis peyorativos es la consecuencia de tal hecho). La ideología del “mestizaje” en el Perú, animado como una “idea-fuerza” desde el Estado, al suspender las relaciones de fuerza que posibilitaron la constitución del poder Estatal, históricamente hablando, mantiene la negación de la identidad del pasado y las consecuencias del poder del imperialismo en la actualidad. Por contraposición, muchos estudios del folklore en el Perú han pretendido o pretenden animar la constitución de una nueva nación a partir de su "revaloración" histórica y su reproducción contemporánea identitaria (Mildred Merino, Josafat Roel, Alejandro Vivanco, Demetrio Roca entre otros).

 Pero tales estudios pretendidamente emancipatorios no se encuentran exentos de reproducir viejos tópicos de la antropología culturalista, a saber, la "autenticidad" y lo "originario" de una cultura. Los hechos folklóricos, como hechos particulares de la cultura, se encuentran permutando en función de la constitución del poder del Estado (observado también como un sistema relacional de sentidos culturales), y en muchos casos en función de la reproducción de la mercancía (cuya concreción objetivada permite su universalidad). Por ello los estudios del folklore deben demarcar la reproducción de las tradiciones populares en función de la constitución del poder del Estado y el mercado. 

 




 

Juan Archi Orihuela
Domingo, 15 de abril de 2012.

 
PS.
1. La cultura y el hecho folklórico también pueden ser observados a partir de un hecho concreto, a saber, el huayno. Al respecto cabe formular algunas interrogantes sobre lo escrito anteriormente ¿El huayno es un hecho folklórico? ¿El huayno es parte de la cultura hegemónica en el Perú? ¿Cuál es el valor del huayno frente a otros hechos culturales que se producen en el Perú? A modo de ejemplo escúchese el siguiente “popurri” de huaynos de la región ayacuchana, compuestos para afirmar su valor cultural. Las canciones son interpretadas por las cantantes Saywa y Damaris (madre e hija, respectivamente). Entre las canciones se encuentran: "Yo soy el huayno" (Edwin Montoya), "Canto Serrano" (Justo Pastor), "El Perú nació serrano" (Rómulo Melgar) y "Poema" (Walter Humala).
 

"Yo soy el huayno
orgullo eterno de mi Perú
canción hermosa, fuerte y serena, herencia Inca.
Como te quiero como te siento
cuando te canto
huayno sureño, cantar viviente de mi Perú".
(Edwin Montoya)
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"Yo no soy la piedra dura que con el cincel se labra
yo soy como el acero que se funde con la fragua
yo soy el agua de puna que labra las cordilleras
y cuando haya venida abre surcos donde quiera
yo soy el huayno peruano que desde los Andes llega".
(Julio Pastor)

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"El Perú hoy es eterno
por el grandioso Cusco Imperial, santuario del Machupicchu
por la sangre esculpida de quechuas, chancas y aymaras
en el viento y en las piedras del Sacsayhuaman glorioso
el Perú hoy es eterno".
(Rómulo Melgar)

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"Poema
echaste tus versos a un río serrano
y te hiciste huayno.
Pintaste las flores de color silvestre
y eres esperanza
Huayno
rimale en secreto el verso que dice:
"amor con amor se paga, corazón a corazón".
Canta guitarra chola tu nuevo sentimiento:
"miles de corazones saldrán a tu encuentro"
(Walter Humala)


lunes, 9 de abril de 2012

El horizonte mitológico

Todo joven antropólogo que se interesa por los estudios de comunidades campesinas y nativas suele recoger “mitos”, cuando viaja a tal o cual comunidad, a través de entrevistas. Pero cuando uno recoge los mitos que son grabados in situ muchas veces el relato del  informante es enunciado con cierto escepticismo tan evidente, además de ser fragmentado. Hay veces en que hay vacíos en el relato porque uno se percata que el informante duda o tarda mucho en recordarlos. Más aún el escepticismo impera cuando al terminar la entrevista el informante afirma contundentemente: “yo no creo en esos relatos… son historias que así contaban los abuelos, pues ingeniero”[1]. Frente a tal situación, muchas veces desalentadora, el joven antropólogo duda de la información que ha recogido, y simplemente guarda celosamente “sus” mitos como si se tratase de un tesoro de fantasía. Hay veces en que el  joven antropólogo, como todo mortal que guarda algo valioso, se ve tentado a contar a sus colegas sobre los mitos que posee. Lejos de su colega nadie más se entera de que posee “mitos”, mitos silenciados y “dispersos” aún. 

El análisis estructuralista de los mitos es una tentativa que siempre asalta, si de estudiar mitos se trata, pero si uno recuerda la tesis de Arthur Hocart, a saber, el  “mito describe al ritual y, por su parte, el ritual actualiza el mito”. Uno debe también observar la actualización del mito, a saber, el ritual. Pero como el ritual es ante todo una relación práctica que establece y vincula sentidos en la medida que mantiene la reproducción de símbolos (el hombre, el mundo, lo divino), el mito adquiere su sentido cuando afirma al ritual mediante el discurso hablado. Si bien es cierto que los mitos, en última instancia, pertenecen al orden del lenguaje, tal como sostenía Levi-Strauss, el problema en la actualidad es que muchos mitos carecen de la reproducción de su ritual respectivo. De ahí que los mitos que uno recoge no pueden ser actualizados, es decir, ya no son mitos con significación, son una suerte de discursos que pueden ser confundidos con los relatos literarios. Paradójicamente hay cierta literatura que intenta rescatar la mitología del pasado, no para darle un sentido en la actualidad sino para generar en el lector cierta identidad con el pasado, tentativa tan afín a la tesis de Benedict Anderson sobre cómo se construyen las naciones.    

En la novela “Cholito en la ciudad del río hablador” (1995) de Óscar Colchado, el antiguo y poderoso dios Rímac (el dios río que habla a través de sus aguas) solía decir: “De mis poderes ya casi nada queda, hijo; pues los dioses envejecemos por el olvido de los humanos”. El “envejecimiento” de aquel dios, y no su muerte, se encuentra en relación a su poder. ¿Quiénes animan el poder de los dioses? El poder “divino”, adjudicado a los dioses, radica en última instancia, no en los dioses mismos como una prolongación de las fuerzas físicas del mundo, sino en los hombres que creen que los dioses fundamentan el sentido de las cosas del mundo a partir de un sentir metafísico. Aquel sentir metafísico muchas veces se sustenta en aquellos deseos que se prolongan a través de los sueños. Actualmente la gente sigue soñando en función de los deseos, como antaño lo hacían sus antepasados, pero los dioses ya no tienen el poder de antaño, el caso del dios Rímac (y de muchos dioses del pasado) es aleccionador al respecto: Rímac es un dios ya olvidado, ignorado y carente de todo sentido en la actualidad, el río sigue aún ahí, pero el sentido de lo “divino” ya no. Esa falta de sentido responde a los cambios que acaecen en  la estructuración de los horizontes mitológicos que fundamentan el sentido del mundo en función de los dioses: el paso del panteísmo al antropomorfismo ha tenido un gran costo para los dioses del pasado.  

Los horizontes mitológicos comprenden una relación de estructuras que constituyen una cultura mitológica. En toda cultura mitológica el mundo es “uno”, es decir, en el sentido de que aquella distinción y separación, tanto ideal como material, entre el mundo físico y el mundo social no es posible cognitivamente. Más aún, el dualismo teórico y práctico entre la naturaleza y la sociedad ha sido el resultado de un largo proceso irreversible que ha consolidado al antropocentrismo. El antropocentrismo a su vez, lejos de ser tributario de cualquier relativismo cultural o el punto de partida de la certeza sensible de un sujeto abstracto, es el resultado de la estructuración del poder del hombre sobre el mundo. La estructuración del poder del hombre sobre el mundo ha permitido que el mundo sea conocido, sentido y transformado. 

El saber, el sentir y la práctica sobre el mundo, a lo largo de la historia, ha generado toda forma de organización social posible en la medida que el hombre se encuentra sujeto a su reproducción como especie. Pero la reproducción de la especie humana, lejos de emparentarse indistintamente con la de cualquier especie viviente, también animal y mamífera, sólo ha sido posible en la medida que ha demarcado la función de las cosas del mundo con la función que el hombre le asigna a las “cosas” que hay o son parte del mundo. La aparición de la agricultura y la ganadería __formas de producción que comprende a vegetales y animales domesticados, respectivamente__ es el mejor indicador de aquel inicio irreversible que demarca y asigna funciones a los seres del mundo para el hombre. Con tales actividades productivas el hombre pudo así planificar y controlar la reproducción de ciertas especies en función de sus necesidades. En el interior de uno de los muchos horizontes mitológicos del pasado, los dioses adquirieron su poder humano y terrenal como una relación de fuerza, establecida por los hombres,  para afirmar un orden sobre el cual adquiere sentido las cosas del mundo.

Es cierto que los horizontes mitológicos se estructuraron mucho antes de la aparición de la agricultura y la ganadería, a través del mundo onírico como una suerte de mediación cognitiva entre la caza y la recolección. Pero cuando el hombre fue capaz de producir un mundo que se ajustara a sus necesidades prácticas, su percepción sobre aquel mundo hizo que las fuerzas del mundo sean los límites de su propia fuerza: el mundo se le apareció como uno y múltiple a la vez. Todo el discurso tributario del misticismo y la dialéctica son expresiones, ya sean tardías o no, sobre tal percepción. Pero cuando el hombre incrementó sus fuerzas mediante la producción le puso límites a las fuerzas del mundo para hacer de su reproducción una sucesión de múltiple momentos que se encuentran permutando porque ya dejaron de ser “uno”. Todo el derrotero positivista y cientista, que ha constituido el mundo  moderno, ha intentado racionalizar tal hecho a partir de observar cierto desarrollo del espíritu (cultura) y de la conciencia (conocimiento). Por ello cuando el mundo social se diferencia claramente del mundo físico, no se trataría de una suerte de hegemonía que la razón ejerce sobre los mitos, sino de la desestructuración de los horizontes mitológicos en la reproducción del mundo social.

Si bien es cierto que el mundo social se construye, su construcción no depende del viejo problema teórico entre el agente y al estructura, que sólo reproduce apriorismos en la teoría social, sino que su construcción radica en la ineludible cuestión del poder. Pero si dirá que el poder es ejercido por individuos particulares, y que en este caso serían los “agentes”, lo cual no necesariamente sucede en los hechos. Si bien es cierto el poder lo ejercen sujetos, pero estos sujetos están ya dados (es decir generados o “disciplinados”) en la medida que forman parte de instituciones, por ello la reproducción de sus acciones no se encuentran al margen de ellas. Siendo el poder del Estado la institución que mayor relación genera en las estructuras de dominación de las sociedades clasistas. Si se observa bien los Estados imperiales que han acentuado el monoteísmo antropomorfo, como por ejemplo el Estado cristiano europeo, en la expansión de su poder han precipitado la desestructuración de los horizontes mitológicos. A la larga las religiones universales monoteístas han reducido los horizontes mitológicos en la medida que han monopolizado el sentido sobre el mundo a partir de su condición trascendental (más allá de la experiencia). La supuesta vida de ultratumba, que sostienen a tales religiones, es la mejor expresión de aquel monopolio de poder estatal.

Si bien es cierto que los mitos, que forman parte de los horizontes mitológicos, han sido (y para algunos aún lo sigue siendo) significantes que han permitido afirmar la vida. La significación de la vida se encuentra más próxima a una experiencia histórica, que, si cabe el término, a una experiencia “mítica”, en la medida que la desestructuración de los horizontes mitológicos ha sido irreversible. La postulación de los mitos revolucionarios durante el siglo XX, lejos de haber pretendido recrear un horizonte mitológico, no fue más que una racionalización de la historia sobre un mundo social que se organiza mediante una serie de relaciones de fuerzas humanas (una lucha contra el poder del Estado). Tal lucha revolucionaria (y social en última instancia) para algunos fue tan similar a los relatos de los mitos que dan cuenta de los dioses cuando combatían para ordenar el mundo. Se dirá que el hombre quiso ser Dios durante el siglo XX, pero fue a la inversa, los dioses quisieron ser hombres, es decir, mortales. Y al parecer los dioses fueron los que pagaron el costo de ser por única vez hombres porque ahora les resulta imposible ser dioses.




Juan Archi Orihuela
Lunes, 09 de abril de 2012.

P.S.

1. En la imagen superior derecha se encuentra la imagen del antiguo y poderoso Dios Wiracocha.

2. Para entender las consecuencias de la desestructuración del horizonte mitológico, el caso del mundo andino es aleccionador. Al respecto el disco Taki Ongoy (1986) de Víctor Heredia,  cuyo trabajo musical es un gran relato historiado sobre la colonización del tawantinsuyo, permite recrear aquel “canto enfermo” por otros medios.  

A modo de muestra ahí el texto 2- El encuentro en Cajamarca:

Texto 2:
"No, ciertamente no eran dioses. No eran Wiracocha. Cuando Pizarro entró al Cuzco y junto con el padre Valverde decidieron la muerte de nuestro amado señor Atahualpa; a pesar del rescate que pagamos, equivalente a tres habitaciones repletas de oro, nos dimos cuenta entonces de las verdaderas intenciones de esos hombres. Pero ya era tarde, la sangre había comenzado a derramarse y esas primeras y queridas gotas se iban a constituir después en un río inmenso que recorrería todo el continente y ya no habría salvación".

Encuentro en Cajamarca

"Creo en mis dioses. Creo en mis huacas
creo en la vida y en la bondad de Wiracocha
creo en Inti y Pachacamac. 
Como mi charqui, tomo mi chicha
tengo mi coya, mi cumbi,
lloro a mis mallquis, hago mi chuño
y en esta pacha quiero vivir.
Tú me presentas runa Valverde
junto a Pizarro un nuevo dios
me das un libro que llamas Biblia
con el que dices habla tu dios.  
Nada se escucha por más que intento
tu dios no me habla, quiere callar
por qué me matas si no comprendo
tu libro no habla, no quiere hablar".



[1] En el “campo” a los antropólogos, así como a muchos profesionales de otras especialidades, los comuneros les suelen llamar “ingenieros”. 

miércoles, 12 de octubre de 2011

El colonialismo y la condición estructurada del poder colonial






El tema del poder colonial puede ser observado a partir de sus consecuencias culturales. Al respecto la canción Independencia Cultural (1986) del grupo Los Prisioneros permite reconocer una serie de referencias comunes a muchos países de Latinoamérica:

“Siempre ocultando el acento/ no hemos sido aplaudidos ni un momento/ en el colegio te enseñan que cultura es cualquier cosa rara menos lo que hagas tú./ No te disfraces, no te acomplejes, eres precioso porque eres diferente/ grita fuerte, tenemos que declarar: ¡Independencia cultural!”.

Suspendiendo la consigna última, tales referencias __muchas veces consentidas hasta aparentar su naturalización__ como la diglosia, la invisibilidad cultural, la impostura estética y la reclasificación racial (raza-trabajo), corresponden a las consecuencias del colonialismo.

El colonialismo es un hecho político y cultural que ha universalizado la historia a partir de la reproducción de un centro de poder colonial. Tal hecho ha sido señalado, fenomenológicamente, por Enrique Dussel como el “encubrimiento del Otro”, en la medida que la dominación colonial encubre a los colonizados hasta convertirlos en un apéndice (o ubicarlos al margen) de la historia de Europa; o, en su defecto, el colonialismo ha cristalizado el pasado colonial como un hecho libre de toda violencia oprobiosa. Pero para no simplificar los hechos a partir de un maniqueísmo culturalista, que muchas veces se enfatiza a partir de la oposición entre lo occidental y lo no-occidental, cabe observar que el poder colonial, tal como ha acaecido históricamente, responde ante todo a una relación política interestatal de dominación, en función de la llamada “acumulación originaria (o primitiva) del capital” y que se caracteriza por rebasar los límites de toda relación política hasta convertirse en un hecho eminentemente cultural. Tal rasgo ha sido observado y tomado muy en cuenta, precisamente, por los sujetos políticos que han animado las luchas de liberación nacional en muchos países que han sido colonias de Europa durante el siglo XX.

Pero tal relación histórica de dominación no es conmutativa, ni mucho menos se sujeta al formalismo condicional, en el sentido de que la ruptura del poder colonial sería posible a partir de la ruptura de las relaciones políticas interestatales del colonialismo. Por ende la cuestión medular sería observar la concreción de la dominación colonial, no sólo a partir del pasado, sino también del presente. Pero ¿cómo se produce la dominación colonial? Sucintamente, la dominación colonial consiste en la imposición de un poder material a partir de su idealidad, reproducida desde el centro dominante colonizador, cuyo núcleo es un Estado que anima una política imperial. La política imperial formalmente expresa la universalidad de la soberanía estatal en función de la producción de un centro de poder económico, poder que se sustenta en la expropiación de los Estados dominados. El hecho material del colonialismo se constituye a partir de una serie de dominaciones estructurales, reproducidas en el interior de todas las instituciones sociales que van desde el Estado hasta familia, y que se caracteriza por la producción necesaria de sujetos colonizados que permiten y posibilitan la dominación (ubicados estacionariamente e indistintamente en todas las clases sociales). A su vez, tales sujetos colonizados articulan y producen todo un imaginario acerca de la dominación a partir de la demarcación entre la inferioridad nacional y la superioridad del colonizador. Tal imaginario de dominación se compone de ideas-fuerza que constituyen la idealidad del Estado dominante o colonizador, reproducidas figurativamente desde “abajo” (la cotidianidad). Por ende, la doxa política (o las opiniones acerca de lo público) producida en función de la imagen de lo no-nacional (figurado por el extranjero europeo o norteamericano), como una preconcepción, permite universalizar e interiorizar la inferioridad.

La inferioridad que establece el colonialismo (específicamente el colonialismo europeo) encuentra una idea fuerza, entre otras, en aquella figuración estética sobre el fenotipo humano del europeo como si fuera lo bello (lo blanco) y a la vez universal. Pero la universalidad de lo “blanco” no sólo estaría expresando la hegemonía de Europa sobre el mundo, sino sobre todo la cosificación del mundo a partir de la estética europea, en la medida que la dominación colonial se establece de la manera más epidérmica (material) e ideal posible, mediante la identificación de lo feo con lo no-blanco. Siguiendo una observación de Theodor Adorno, lo feo es la categoría abstracta y formal que lleva subsumida la condena y la prohibición que los sujetos se hacen del mundo (ya sea en el arte, lo sexual y lo moral), tal prohibición y condena que evidentemente apunta a lo no-blanco estaría convirtiendo el tiempo colonial en un tiempo universal (fijo) en el que lo bello es no sólo el equivalente de lo blanco, sino su cristalización equivalente. Más aún, tal problema cobra cierto asidero si uno recuerda lo ya observado por Theodor Adorno, a saber:

“(…) lo que figura como feo es ante todo lo pasado históricamente, rechazado por el arte en busca de su autonomía y convertido así en realidad mediatizada”.

Tal  vez por eso la identificación de lo feo con lo no-blanco, que establece el poder colonial, sería posible en la medida que el no-blanco se ha convertido en esa realidad mediatizada que expresa la dominación colonial. Reconocer aquel síntoma no es sólo un hecho de apreciación subjetiva, propensión sostenida por aquellos que reproducen la ideología del mestizaje o la tesis de la hibridación cultural, sino que expresa, por otros medios, la condición estructurada del colonialismo.

Hipotéticamente el llamado racismo, cuya referencia muchas veces se confunde con la discriminación y por la condición relacional de los sujetos, es producto del colonialismo europeo. Y si se observa que la descolonización de muchas sociedades que anteriormente fueron colonias, considerando sólo su naturaleza política, la interrogante ineludible a encarar sería ¿por qué aún se mantiene o reproduce el racismo en tales sociedades? Algunas respuestas han oscilado entre la ausencia de la constitución de una “modernidad” hasta el manido hecho de la invisibilización de la “diversidad cultural” por una cultura occidental (blanca) hegemónica. Considero que tales respuestas en el fondo tienden a disolver la condición estructurada del colonialismo, en el sentido de que se concibe al racismo sólo como un proceso de conciencia, análogo a como el marxismo soviético, en su momento, enfatizó impertérritamente la idea de la “falsa conciencia” como el hecho ideológico. Por ello no extraña que se elaboren campañas contra el racismo similar a las campañas contra tal o cual enfermedad: mediante su prevención. Es decir, en el fondo se trata de mantener el racismo (y por ende el colonialismo) en la medida que nadie sea racista (o nadie se enferme), confundido con la discriminación de toda índole.

Tal vez por ello los que han entendido de manera diáfana, en función de la experiencia, la condición estructurada del colonialismo han sido precisamente los sujetos colonizados que lo han encarado mediante una respuesta popular y contra hegemónica. A modo de ejemplo, una de las consignas que respondía a una clara política cultural, y que fue animada por aquella organización llamada Los Panteras Negras en los EE.UU, allá por la década de los sesenta del siglo XX, planteaba el problema del colonialismo de una manera contundente: “Lo negro es bello”. Tal consigna que respondía a un nacionalismo negro, y que estuvo preñado de fantasía así como muchos discursos nacionalistas, no debe observarse como una suerte de “vuelta a la tortilla”, sino tal como Theodore Draper anotaba:

“Si la fantasía es un sustitutivo de la realidad, entonces la fantasía del nacionalismo negro debe ayudarnos a comprender mejor la realidad que viene a sustituir”.

Asumiendo que “Lo negro es bello” es una fantasía que intenta sustituir la realidad histórica del hecho colonial, la pregunta sería ¿cómo adquiere su concreción la realidad del colonialismo si no es a través de lo feo, es decir, de lo no-blanco? Por ende el deseo de lo bello, en el fondo responde a una clara política cultural que intenta no sólo encarar la producción de la imagen del mundo que uno se hace en función del poder colonial, sino a su superación, mediante una descolonización cultural. Sin embargo la descolonización cultural no pasa por la academia (los estudios culturales), sino que se concretiza mediante las organizaciones políticas y eminentemente populares. El caso de Latinoamérica es muy aleccionador al respecto y en especial la creación única en la historia universal (y colonial) del mundo de una nueva república como es el caso particular de la República Plurinacional de Bolivia.
 
Imagen tomada de aquí: Pulse

El caso boliviano es emblemático por su proceso de descolonización cultural, ya que sus cambios encaran la historia (colonial) a partir de la antinomia raza-trabajo que fundamentaba al poder colonial como un hecho ineludible. Por ello el proceso de transformación social, que implica la construcción de un nuevo Estado, que acaece en Bolivia es, en términos hegelianos, la superación del colonialismo (iniciado el 12 de octubre de 1492 en esta parte del continente mal llamado Latinoamérica). Pero la historia del colonialismo no debe observarse tal como se venera el pasado de una persona, con esa intencionada nostalgia selectiva, porque al decir de Eduardo Galeano: “La veneración por el pasado me pareció siempre reaccionaria”. Por ello todo el pasado debe ser confrontado, de la manera más jacobina posible, pero sobre todo el presente poscolonial.

En el Perú, la consigna “Lo negro es bello” no sólo pasaría por fantasía (aunque la consigna para que se ajuste al contexto peruano sería "Lo no-blanco es bello"), sino por un nueva forma de racismo para aquellos que animan lo “políticamente correcto”. Sin embargo tal “fantasía” es animada en el Perú en función de una nueva política cultural recreada por lo más popular y contemporáneo de su juventud, como una propuesta no sólo estética, sino también política. Al respecto la canción “Camina bonito” (2011) del grupo peruano La Nueva Invasión apunta a la descolonización cultural cuando entona:

“Después de un tiempo/ miro al cielo/ para pedirte/ que no me dejes sentir vergüenza jamás/ Ni por estas manos, ni por esta piel/ me la dio mi madre/ me la dio mi padre al nacer/ Y antes que a mi/ se la dieron los suyos a ellos/ (...) /¡Camina con orgullo!”. [Pulse]  

Lejos de la apreciación u objeción particular __si agrada o desagrada la canción o el ritmo__ tal apelación a la “fantasía” permite entender, por otros medios, la concreción del colonialismo en un país aún colonizado, culturalmente hablando, como es el Perú. Pero sobre todo, tales propuestas culturales animan una urgente independencia cultural.






Juan Archi Orihuela
Miércoles, 12 de octubre de 2011.

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P.S.

Ahí el documental "Bolivia para todos" que, entre otros detalles, es un claro ejemplo para acercarse a la descolonización por otros medios.

 

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