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viernes, 17 de agosto de 2012

Memoria y subversión en el Perú: “Tu memoria no es mi memoria”




“Reviso uno de los papeles y veo que está todo escrito en rojo. Al final hay un dibujo donde se ve el martillo de papá y otra herramienta que no conozco.
__  ¿Qué dice, Danilo… que dice? –me apremian mis hermanos.
__ Lu-cha-ar-ma-da… dice lucha armada.
__ ¿Qué es esa lucha armada? –pregunta Marcos, curioso como siempre.
Yo pienso y pienso, pero no se me ocurre nada.
__ ¡Imagínate a nuestra hermana Lucha con un arma, entonces es lucha armada!
__ ¡He-jé! ¡He-jé! –se ríe Dora.” 
 
[Víctor Hernández. Cantarina (Cuento) [1]]


Desde hace algunos años el discurso de la memoria en el Perú se arroga el recuerdo sobre la guerra interna (entre la subversión y la contrasubversión) que acaeció entre 1980 y 1992. Para tal fin se escribe periódicamente al respecto, eventualmente se animan conversatorios, asimismo se animan puestas fotográficas (como el caso Yuyanapaq entre otros) con cierta alegría y emoción (posando para la foto claro está) y se insta a cierto sector de la ciudadanía (generalmente limeña y de clase media) que hay que recordar “para que no se repita”. Precisamente “Para que no se repita” se ha convertido en el eslogan (o la consigna) que generalmente uno escucha (o lee) cuando participa de tales eventos.

El “futuro” Museo de la Memoria apunta a ello y al parecer será el espacio hegemónico de la memoria en el país. Pero si uno repara en un detalle se dará cuenta que el Perú ya cuenta con un “Museo de la Memoria” que se encuentra en Ayacucho, un museo pequeño que cumple muy bien con su función (Inaugurado por la ANFASEP desde el año 2005). Tal vez porque está muy lejos (para los limeños) los que animan el discurso de la memoria prefieren y consienten que se haga en Lima, pero no en cualquier parte de la ciudad de Lima, sino cerca al mar (en Miraflores), para que sea un lugar “estupendo” para el sosiego, para que las cosas sigan tal como están: a espaldas de todas las provincias del país, a espaldas del epicentro de los hechos. Una memoria para que nada cambie.

Sintomático al respecto es que “ellos”, los que animan la memoria en el Perú, siempre hablan con tufillo paternalista y a la distancia de "los" desaparecidos y no, como muchos lo percibimos y lo sentimos, como nuestros desaparecidos, porque, lejos de los discursos oficiosos, de salón, de café o de plazuela, son nuestros desaparecidos.     

Reclamar sólo “memoria”, frente a los hechos funestos de la guerra interna, a mi juicio no ayuda en nada, políticamente hablando, salvo generar cierto capital social y cultural para sus animadores (viajes, becas, trabajos en ONGs, financiamientos para determinadas ONGs que se arrogan la defensa de los Derechos Humanos-DDHH, hegemonía sobre determinados discursos políticos acentuando los DDHH, que comprenden ciertos discursos, prácticas y enfoques sobre la política, el arte y la reflexión intelectual, así como  convertir a algunos de sus animadores en voceros de la opinión pública y demás), ni mucho menos permite conocer los hechos políticos de aquel entonces (porque dice “mucho” y “nada” a la vez), sino tan sólo permite recrear y acentuar un gran trauma psicológico a través del miedo que se trasmite a las nuevas generaciones. En su defecto permite cristalizar un recuerdo de la cara más visible y empírica de aquellos años, a saber, la violencia, una violencia indiscriminada, percibida muchas veces como una suerte de violencia desatada por “fuerzas malignas”.

Pero ese “recuerdo” que acentúa el discurso de la memoria carece de toda inocencia porque pretende ser en el fondo la conciencia política, una conciencia política que se arroga toda la memoria, una conciencia política que vive de los DDHH, una conciencia política que ejerce su hegemonía sobre los discursos acerca de lo que debe ser la política y la democracia. Y si alguien osa cuestionar la hegemonía de esa conciencia (que se ampara en cierta memoria ya institucionalizada), corre el riesgo de ser sospechoso de todo y motejado por la censura que animan aquellas “visiones catastróficas del país”, políticamente hablando. Actualmente esa conciencia política cumple el papel de un censor, tan evidente cuando uno siempre escucha espetar, muchas veces con cierto odio y veleidad, sobre quienes frecuentemente son calificados o descalificados por esa conciencia política, en función de la estructura social del poder, como: “terrucos”, “filosenderistas”, “violentistas”, “sacos” [2], “radicales” y demás. De ahí que “terruquear” se ha convertido en el ninguneo perfecto que destila y ampara esa conciencia política.   

Por eso si se observa aquel detalle, el discurso de la memoria anima toda catarsis policiaca a través del lenguaje, insuflada generalmente por manidas sospechas: “¡Ese es un radical! ¡Ese es un rojo! ¡Así son todos ellos! ¡Se hace el ingenuo! ¡Le hace juego al terrorismo! ¡Él es! ¡Tú eres! ¡Ellos son los violentistas! ¡Los infiltrados!...”, y la acusación ligera continúa, así como la confusión.  

[Imagenes que animan la memoria en el Perú. Muestra tomada de aqui: Pulse ]

La memoria es una facultad psíquica sobre un recuerdo percibido en función de la experiencia pasada. La experiencia sobre los hechos acaecidos en aquel pasado funesto llamado oficialmente como los “años del terrorismo”, no es única, como pretende consolidar el discurso sobre la memoria, a saber, una sola imagen sobre la violencia, el terrorismo, el apagón, una suerte de Χάος [Caos] en el que todo se encuentra indeterminado. Por ello la indeterminación de la violencia y el terror al ser recordados a  través de la acentuación de la imagen, porque se considera que la imagen “habla por sí sola” [3] o por el simple hecho de aceptar la significación de un determinado relato, vivido y elaborado inconexamente a partir del hit et nuc, generan la idea de que la imagen y el relato son todo el hecho político. Al respecto se debe reparar en que las imágenes y los relatos testimoniales son tan sólo una parte (seleccionada por la memoria, porque toda memoria es selectiva) del hecho político.  

Lejos de pleitear sobre si tal o cual memoria se aproximan “más” a los hechos, en realidad todos los discursos de la memoria son válidos, lo que uno debe reconocer es que la memoria no nos dice cómo sucedieron los hechos. Tan sólo nos trasmiten una emoción fuerte, para generar un impacto agónico que en ciertos espacios ha consolidado un único relato: El terrorismo como el significante de todo lo que pasó. Tal relato reduce la violencia a un hecho vesánico y thanático que aparece en el recuerdo como una fuerza maléfica casi foránea y que irrumpe desde fuera; con tal relato el oyente se petrifica, se ve atemorizado por el miedo, un gran miedo. Esa imagen a la larga obnubila los hechos al grado de identificar sólo terrorismo con el significante “Sendero” (“Sendero Luminoso”), o con todos los grupos alzados en armas, como es el caso del MRTA. Por eso la “contrasubversión”, ejercida por las Fuerzas Armadas (FFAA), las Fuerzas Policiales (FFPP) y los “grupos paramilitares” (GP), queda suspendida o en muchos casos se circunscribe a actos reactivos “no planificados” o “excepcionales” (que han sido considerados como “excesos”) y que en el imaginario del recuerdo se los identifica como una prolongación del terrorismo que emanaba del PCP-SL y el MRTA. 

Identificar sólo “terrorismo” con los “movimientos alzados en armas” es de larga data durante todo el siglo XX. Al respecto véase el texto de Walter Laqueur (1982). Lo más pertinente para no acentuar la indeterminación de la violencia o el Χάος [Caos]  sobre el pasado, sería observar y tomar en consideración lo ya observado en su momento por Henri Favre, y por muchos otros estudiosos del tema, como Granados (1999), Gorriti (2008), Roldán (2005), entre otros, hace muchos años:

“Sendero es un movimiento insurreccional que se vale del terrorismo dentro del cuadro más general de una lucha popular armada” [Las negritas son de la edición] (Favre 1986: 46)

Tal juicio, que expresó en su momento tan reputado antropólogo francés, se contrapone actualmente (sin intención alguna desde luego) a toda reproducción discursiva sobre la memoria, y más aún se convertiría en una herejía en los espacios en el que ejerce su hegemonía el discurso de la memoria en el Perú. A mi juicio lejos de ser sólo una herejía, tal observación permite (o en todo caso ayuda a) determinar lo indeterminado que acentúa el discurso de la memoria a través de la exposición omnipresente de la violencia y el Χάος [Caos].   

Más aún si uno repara en lo siguiente:

“Decir que los senderistas son “rebeldes primitivos y fanáticos” es, en buena cuenta, liberarse de la carga de ansiedad que engendran sus actos. Por extrema que ella sea, la violencia senderista no es ni gratuita, ni descontrolada, ni indiscriminada” (Favre 1986: 47)  

Pero esa observación que hace el antropólogo francés se compagina muy bien con una idea que uno actualmente puede observar, porque es empíricamente constatable a través del discurso, a saber, lo catártico:

“Descalificar al adversario negándole toda racionalidad, es un ejercicio catártico, pero no es el mejor modo de ponerse en condiciones de afrontarlo” (Favre 1986: 47) 

Si lo catártico se genera por la intención de descalificar (a como de lugar) al oponente, uno puede entender por qué cuando se apela a la memoria muchos suelen hacer catarsis. Ideas como el “mesianismo” (Favre 1985), el “mito” adjudicado muchas veces a los grupos alzados en armas en general, cuando se disocia el discurso político de su práctica política (Biondi & Zapata 1989),  no sólo en el Perú, cobra una mayor significación porque los que sienten un mayor miedo por ellos en el fondo no quieren entender lo que sucedió (o sucede), sino simplemente quieren huir de lo que sucedió (o sucede).

Tan sólo repárese en uno de los hechos tan frecuentes en aquellos años de la subversión en el Perú, a saber, los apagones. El antropólogo Juan Ansión atrevidamente ensayó hace muchos años una exégesis sobre los apagones, hecho, entre otros, que ahora acentúa el discurso de la memoria en el Perú. Ansión anotaba al respecto:

“Para Sendero, estas acciones [los apagones] parecen no ser simples símbolos, sino acciones eficaces mediante las cuales creen estar destruyendo el poder del mundo occidental (o del “capitalismo burocrático” como lo llaman). Para ellos, entonces, los actos de sabotaje no serían sólo acciones de propaganda sino acciones de destrucción real del mundo dominante, del mundo que impone la noche pese a ser dueño de la luz” (Ansión 1982).

En su momento tal exégesis fue criticada, pero si uno repara en lo que dice Ansión, en el fondo abre la posibilidad de que tal hecho no fue percibido de la misma manera por todos. Es decir, no sólo fue la “noche” o el Χάος [Caos], el único rasgo empírico de la subversión. Aunque claro que actualmente se acentúa tal hecho como un elemento suficiente del terror para así acentuar la imagen de la indeterminación. Hace poco un artículo de Eduardo Adrianzén, escrito con atrevimiento y publicado en un medio local, ironizó al respecto de esa imagen ya cristalizada por cierta clase social y que reproduce la memoria oficial:  

“Que mientras los terrucos estuviesen en Huaycán, Comas, San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador o esos distritos donde vivía el 70 por ciento de Lima –tú no, obvio– se podía seguir en la burbuja”. 

“Amigo capitalino de clase media para arriba: disculpa que minimice tus traumas y me parezca frívolo que creas muy épico haber sufrido solamente apagones y toques de queda –que aprovechábamos para los tonos “de toque a toque”, ¿recuerdas?– mientras que muchos miles de peruanos iguales a ti –iguales, aunque cueste muelas aceptarlo– eran desplazados, masacrados o desaparecidos en Lucanamarca, Accomarca y tantos otros nombres que sonaban tan lejanos como Melmac”.
(Eduardo Adrianzén. La Republica, 18 de julio de 2012)
[Ver texto completo aquí: Pulse] 


Por eso si uno apela sólo a la memoria no podrá evitar que su memoria, producto de su propia  experiencia y existencia, se contrapone, y en muchos casos es la antípoda, a las demás “memorias” que muchos peruanos tenemos sobre tales hechos aciagos. La reclasificación social es muy importante para observar la reproducción de la memoria, ya que no debe obviarse la pertenencia a tal o cual clase social, a tal o cual región del país o incluso al status social (que se suele defender) de aquel que “recuerda” (o hace memoria). De ahí que la memoria tiene sus límites porque no son sólo imágenes muy diferentes y fragmentadas, sino que muchas veces son inconexas, y no me refiero sólo a la experiencia que anima todo  relato, sino también a la fragmentación de las imágenes que se suele presentar en las “muestras fotográficas” que animan la memoria. Aquellas imágenes fotográficas que se exponen sobre aquel pasado es tan análogo a un “cielo estrellado”, muchas estrellas generan la apariencia de que el “cielo está despejado” porque “iluminan” (aunque lo que ilumina es la luna, claro está), empero uno sigue observando la noche, lo indeterminado, el Χάος [Caos]. Por ello el miedo o el estupor son las consecuencias más frecuentes, ya que el espectador luego de un estremecimiento seguirá reproduciendo su vida como si nada hubiera pasado. Y si cree que hay alguna amenaza en el presente para eso hace catarsis, ya sea en público o en privado.  O, en su defecto, se suma al coro de la represión que actualmente levanta la imagen de “Sendero” o el “terrorismo”, como fantasma, para motejar y descalificar cualquier forma de organización o manifestación popular que cuestione, ya no el status quo, sino al gobierno de turno cuando le exige que cumpla con sus promesas electorales (las reformas).

Al parecer el significante del “terrorismo” asociada a una violencia indiscriminada lo dice todo para los que animan la memoria. A modo de ejemplo, si uno se pregunta sobre lo que pasó, más allá de las imágenes seleccionadas sobre el terror y la violencia, o, simplemente si uno pregunta, como hacen los niños del cuento (que se lee en el epígrafe al inicio del texto), “¿qué es lucha armada?” o ¿por qué sucedió esa lucha armada? Lo más probable es que reciba como respuesta, de aquellos que animan el discurso de la memoria, lo siguiente: "Lucha armada es violencia, quieres saber cómo era el terror, ve a ver el Yuyanapaq, lee el Informe Final de la CVR, pregunta a tus padres o espera a que inauguren el Museo de la Memoria, pero no le hagas el juego al terrorismo”.

Al parecer el discurso de la memoria (por lo menos aquel que se circunscribe a Lima y en determinados espacios de la clase media) estaría cumpliendo una función policiaca sobre el pasado, que tiende a acentuarse porque no reconoce que esa memoria, que pretende ser hegemónica, homogeniza todo el pasado en función del miedo, y, más aún, si no reconoce que hay peruanos que pueden decirles: “Tu memoria no es mi memoria”.

Si la memoria se supedita a la experiencia cognoscitiva y afectiva, y si en muchos casos se vuelve confrontacional, hay que apelar a otra alternativa para conocer los hechos o por lo menos acercarse a ellos, a saber, la historia (tal como sugerían Lucien Fevbre, Edward H. Carr, Reinhart Kosselleck y otros) porque ayudaría muy bien a rastrear el hecho particular como parte de un proceso.

Por eso entender que la subversión no se reducía sólo a lo “político-militar” (Biondi & Zapata 1990) y más aún barajar hipotéticamente que en “aquellos años del terrorismo” lo que en el fondo se desplegó fue una “guerra total”, con cierta lógica y racionalidad, tal como sugieren ciertos estudiosos (Favre 1984), no debe ser considerado como un atrevimiento anárquico, sino como un urgente reto, no sólo intelectual, sino también político.   








Juan Archi Orihuela
Viernes, 17 de agosto de 2012.

Referencia Bibliográfica.

ANSIÓN, Juan.
1982    “¿Es luminoso el camino de Sendero?”, en: El Caballo Rojo Nº 108. (6 de junio). Lima, pp. 4-5.

BIONDI, Juan & Eduardo ZAPATA.
1989    El discurso de Sendero Luminoso: Contratexto educativo. CONCYTEC, Lima.  
1990    El Estado no soy yo y la subversión. CONCYTEC, Lima.

FAVRE, Henri.
1984    “Sendero Luminoso, horizontes oscuros”, en: Quehacer Nº 31. Lima, octubre, pp. 25-34.
1987    “Sendero Luminoso no es mesiánico”, en La República Lima, domingo 29 de noviembre. (Revista Domingo. pp. 13-15.)
1986    “ ‘Desexorcizando’ a Sendero”, en: Quehacer Nº 42. Lima, agosto-septiembre. pp. 44-48.

GRANADOS, Manuel Jesús.
            1999    El PCP Sendero Luminoso y su ideología. EHG, Lima.

GORRITI, Gustavo.
2008    Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú.  [Tercera Edición], Planeta, Lima. 

JIMENEZ, Benedicto
2000    Inicio, desarrollo y ocaso del terrorismo en el Perú (Tomo I), Sanki, Lima.

LAQUEUR, Walter
1982    Terrorismo. Bucaramanga, Bogotá. 

ROLDÁN, Julio.
2011    Gonzalo, el mito (Apuntes para una interpretación del PCP) [Tercera Edición], Juan Gutemberg, Lima. 

SARTORI, Giovanni
2000    Homo Videns. La sociedad teledirigida. Taurus, Madrid. 






[1] En: Hernández, Víctor. Golpes de viento. Grupo Literario Nueva Crónica-Gremio de Escritores, Lima, 2008, p. 125.

[2] El término “Saco” proviene de “Saco Largo”, al respecto Benedicto Jiménez anota lo siguiente: “Para los policías antiterroristas que trabajaban en la Dirección Contra el Terrorismo (DIRCOTE), con sorna y tomando en cuenta que la mayoría de los dirigentes senderistas eran mujeres, los llamaban “Sacos Largos” (SL)” (Jiménez 2000: 26)

[3] Al respecto de la imagen, Giovanni Sartori observa lo siguiente: “(…) no es absolutamente cierto que la imagen hable por sí misma. Nos muestra a un hombre asesinado. ¿quién lo ha matado? La imagen no lo dice” (Sartori 2000: 101)



viernes, 10 de agosto de 2012

La política y lo monstruoso: Una diferencia entre el PCP-SL y el MOVADEF




“Cuando salgas a cazar monstruos, ten cuidado de no convertirte en un monstruo.”
(Federico Nietzsche)


En el Perú desde hace muchos años se ha generado una imagen sobre lo monstruoso y que tiene mucho que ver con el ejercicio del poder político. Tal figuración monstruosa ha adquirido un significado, que forma parte de una estructura ideal, que permite la reproducción ideológica de una serie de ideas sobre aquel pasado considerado como “los años del terrorismo”. Los hechos políticos, muchos de ellos funestos y vesánicos, que han acontecido a raíz del choque de dos fuerzas, a saber, entre la subversión y la contrasubversión (1980-1992), no son vistos como tales sino simple y llanamente como hechos de una “violencia pura” o de un “terror omnipresente”. En parte si se repara en la nominación de “violencia política”, con el que muchas veces se le conoce, en función de sus referentes de poder, la homogenización gradual de los hechos políticos ha sido la consecuencia clara de tal apreciación indeterminada. Esa apreciación ideterminada también ha sido acentuada, entre otros motivos, por cierta percepción psicologista que patologiza los hechos políticos.  Por eso, aquella imagen monstruosa adquiere un mayor sentido en la indeterminación.

La imagen monstruosa sobre el poder político que se reconoce en el Perú responde al significante “Sendero Luminoso” o simplemente “Sendero”. Escuetamente, las imágenes que muchos recrean sobre “Sendero” no son más que aquellas imágenes sobre la llamada “violencia y el terror”, que muchas veces se reproduce de manera tendenciosa para lograr un único objetivo: el miedo [Véase por ejemplo la imagen que acompaña al texto (*)]. El miedo es indiscutible. Pero aquel significante, ya arraigado en el imaginario, sobre todo oficial, muchas veces, por no decir siempre, obnubila los hechos del pasado de la subversión en el Perú. Más aún, si se considera las consecuencias de una serie de adjetivaciones que se le ha endilgado peyorativamente a “Sendero”, así como los discursos ideológicos que pretenden “combatirlo”, en el fondo no han hecho más que convertirlo en un mero fantasma. Fantasma que imposibilita el entendimiento, ya que se encuentra cargada de muchas preconcepciones, acerca lo que ha ocurrido en aquellos años de la “insurgencia armada”. Lejos de caer en juicios oficiosos (que frecuentemente reproducen aquellos que “nunca quedan mal con nadie”), o en prejuicios infundados, y para no generar confusión se debe tomar en cuenta los estudios serios de aquellos que han estudiado el tema de manera honesta, como por ejemplo el periodista Gustavo Gorriti, quien anota sobre su libro, Sendero. Historia de una guerra milenaria en el Perú, lo siguiente:

“Es un libro terminado en su relato detallado y profundo de las etapas iniciales de un movimiento revolucionario que ataca a una democracia incipiente” [Las cursivas son mías].

Aunque claro está, el relato oscila sólo entre los años 1980 y 1983: Los inicios del hecho político. El juicio de Gorriti a muchos, que gustan de levantar el fantasma de “Sendero” para expresar en muchos casos miedos y traumas particulares, les debe causar  incomodidad. Al respecto el mismo Gorriti anota:

“Hoy, como antes, los exorcismos apresurados y las histerias ocasionales, sirven de muy poco. Nada reemplaza el conocimiento para entender y eventualmente controlar lo aparentemente irracional”.

Dar cuenta de la racionalidad de aquellos hechos “aparentemente irracionales” ha sido pretensión de la antropología. Desde luego una cara pretensión. El antropólogo Carlos Iván Degregori consideraba, e insistía,  que a “Sendero” hay que reconocerlo como lo que era, a saber, un partido político. En las siglas que ya ha hecho conocida la CVR, bajo la imagen de “Sendero” se encuentra el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL). Asimismo, el reputado antropólogo consideraba que hay que tomar en cuenta cinco puntos muy importantes: (1) “Politizar” al PCP-SL porque sólo así se puede reconocer su genealogía política y sus objetivos políticos definidos. (2)  “Peruanizar” al PCP-SL porque forma parte de nuestra historia como país y a mi juicio (un detalle que no anotó el profesor Degregori, pero que es tácito) de una misma “estructura cultural” que expresa cómo se encuentra estructurada la sociedad peruana en su conjunto. (3) “Desindianizar” al PCP-SL porque tal fenómeno no tenía ribetes de indigenismo, milenarismo, ni mucho menos era un movimiento mesiánico (como muchos ligeramente fustigan), sino “marxista, stalinista, maoísta; que era, a su manera, moderno pero autoritario o totalitario”. (4) “Desproletarizar” al PCP-SL porque su núcleo partidario  estuvo compuesto “por profesores y jóvenes universitarios y secundarios, es decir, intelectuales. Un determinado tipo de intelectuales (…)". (5) Diferenciar al PCP-SL del resto de la izquierda latinoamericana en cuanto a procesos de insurgencia armada se refiere. Tales puntos pueden ser discutibles y observados, pero merecería otro espacio más extenso el abordarlos. Tan sólo los anoto para que uno se haga una idea de cuan distante se encuentra aquella imagen de “Sendero”, enfatizado siempre como lo monstruoso, del PCP-SL en el imaginario de muchos peruanos que reproducen althusserianamente los “aparatos ideológicos del Estado”.

Una vez reconocido, o por lo menos hipotéticamente hablando, que no es lo mismo “Sendero” y el PCP-SL, se puede observar una identificación que reproduce enfáticamente la prensa a través de sus reputados “politólogos” y “periodistas”, a saber, identificar a “sendero” con el Movimiento por Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF).  Identificación que resulta siendo incuestionable, si de aparentar ser “demócrata” se trata claro está. Aunque, claro la imagen de “Sendero” como fantasma no sólo tiene una significación sobre un gran miedo (el terror), sino también alude a la censura, que ha sido y es utilizada políticamente para no encarar los problemas actuales y urgentes de la política en el país, a saber, el cuestionamiento al modelo económico a través de los conflictos entre la gran minería y las comunidades campesinas, así como el problema de la educación pública y la inseguridad ciudadana, entre otros temas. Una tentativa respuesta sería reconocer que es fácil,  y hasta catárticamente obsceno y placentero, “terruquear” e identificar sólo “terrorismo” con “Sendero” para deslegitimar al “otro”, que es considerado siempre como una amenaza; mientras que se silencia, y en muchos casos se consiente, al “terrorismo de Estado” que ejerció la contrasubversión. Como actualmente la amenaza política es la organización y la movilización del movimiento popular por eso no es  nada casual que se hable tendenciosamente, para seguir con lo “políticamente correcto”, de “infiltrados”, puntualmente de infiltrados que pertenecerían al MOVADEF. Pero el detalle no es que pertenezcan o no al MOVADEF, sino en identificar al MOVADEF con “Sendero”: esa imagen monstruosa que les permite a muchos hacer una catarsis pública y hasta incluso defenderse de aquel "fantasma" con exorcismos prosaicos.

Antes de hacer la diferencia entre el PCP-SL y el MOVADEF se debe partir por reconocer y tomar en consideración  tres puntos necesarios: (1) No es lo mismo hacer referencia a las instituciones sociales o políticas que a los hechos sociales o los hechos políticos; (2) todo hecho social se encuentra sujeto a una determinación histórica que hace posible su relación con las demás instituciones sociales y (3) toda  producción discursiva (así sea política) se encuentra sujeta a una práctica determinada que le da su significación.

El PCP-SL surge en condiciones históricas distintas a las del MOVADEF eso es indiscutible. El PCP-SL surge de los conflictos y divisiones en el interior del campo político de la izquierda peruana que reivindicaba la lucha armada y la organización popular para generar una revolución social (Puede haber discrepancia al respecto, pero aquella orientación no está en discusión porque son hechos del pasado. Por ello discutir si cumplieron o no, esta demás porque no viene al caso). Además, la estructura del PCP-SL fue la de un partido de cuadros militarizados. El MOVADEF, por el contrario, surge a raíz de una facción del PCP-SL llamada los “Acuerdistas” (quienes siguen los “acuerdos de paz” firmados tras su derrota militar y política) y que actualmente no es nada subversiva, a menos que por subversión se entienda el pedir la Amnistía General, amnistía que a su vez es una facultad exclusiva del poder legislativo congruente a la democracia. Asimismo, la lucha que enfatiza el MOVADEF no es por la revolución social, sino por la conquista de los derechos fundamentales (igualmente puede haber discrepancia al respecto, y sobre todo sospechas, pero las sospechas son solo eso, sospechas. Por ello discutir sobre sospechas azuzadas más por el temor que por el raciocinio no viene al caso). A su vez, si uno observa la estructura y organización del MOVADEF, que pretende ser partidaria, evidencia la pretensión de ser un partido de masas y no de cuadros militarizados (como lo fue el PCP-SL). ¿Será un partido de masas? no lo sé. Auque es muy difícil ya que le han negado su inscripción partidaria. Por ello sus prácticas políticas se encuentran circunscritas a la reproducción de un movimiento político.  

Actualmente es evidente que los hechos políticos en el país no se desenvuelven en función de un contexto subversivo, la guerra (o conflicto armado como se quiera llamar, aunque lo cierto y empírico es que hubo muchos deudos y pérdidas humanas irreparables) ha terminado. Por el contrario, los hechos internacionales apuntan al nacimiento de una democracia participativa en el que los partidos políticos se supeditan a los movimientos sociales. Y el camino electoral se ha convertido en uno de los instrumentos de la lucha popular a nivel continental. El contexto es distinto tanto nacional como continental. Hipotéticamente, el contexto político nacional imposibilita la militarización de cualquier partido político, porque no sólo tendría que cargar con los pasivos que dejaron las guerrillas (el PCP-SL y el MRTA) de los 80, sino porque se vería frenado por el movimiento popular que de manera independiente se ha organizado y viene organizándose como parte de un proceso de democratización mayor, con todas las limitaciones del caso, a lo largo de los años de manera significativa y práctica.

La subversión en el Perú surge en un contexto histórico específico, tanto en lo referente a la política nacional, así como a la política internacional. Es decir, ya no estamos en el mismo contexto internacional de la guerra fría (a pesar de que existe aún un discurso tendencioso que algunos sujetos políticos reproducen, sean estos de derecha así como de izquierda, esa polaridad policiaca ya no tiene sentido), la lucha contra el capital ya no pasa por la hegemonía de los partidos, como lo fue en el siglo XX, sino en la presencia y lucha por la hegemonía de los movimientos sociales. La toma del poder a través de la violencia revolucionaria alcanzó todos sus límites inimaginables a los que pudo llegar y generó consecuencias funestas a raíz de su enfrentamiento con la contrainsurgencia (el "terrorismo de Estado") durante el siglo XX. Actualmente, para el caso de sudamerica, la política que pretende ser emancipativa se ejerce por el derrotero de la democracia participativa, nuevos liderazgos y nuevas agendas se han abierto y eso ha cambiado el escenario no sólo internacional, sino nacional, en la medida que la sociedad peruana ya no se caracteriza por la subversión, sino por ser una sociedad post-conflicto. Para decirlo de manera sencilla, ya se acabó “la guerra interna”, vivimos en tiempos de post-guerra, que desde luego sigue generando zozobra, pero esa zozobra ya no tiene sus raíces en la subversión y la contrasubversión, sino en el neoliberalismo que se ha impuesto en el Perú, con la dictadura de Fujimori, que azuza todos los miedos y traumas no sólo del “shock económico”, sino también del “shock político”. Por ello, es necesario dejar de tener miedo para acabar con ese gran fantasma recreado en el pasado llamado “Sendero” y que como todo fantasma es inexistente.   

La producción del discurso político al encontrarse sujeta a una práctica determinada su sentido se modifica en función de ella. Eso es lo que ha ocurrido con el llamado  “Pensamiento Gonzalo”, asociado anteriormente al fantasma de “Sendero” a partir de las acciones violentas como si fueran actos puros y que en el fondo han sido generadas, políticamente hablando, por el choque entre la subversión y la contrasubversión, más no así como una simple emanación de su estructuración ideológica. Actualmente el Pensamiento Gonzalo se ha modificado, el “acuerdo de paz” y la apelación al “camino electoral” son síntomas que contraponen las prácticas políticas del MOVADEF a la estructura discursiva del PCP-SL tal como se reproducía durante el siglo XX. Una tentativa de explicación es la siguiente: el Pensamiento Gonzalo es una ideología política y como toda ideología política cambia en función de la práctica de los sujetos políticos que participan de un nuevo contexto político. Claros ejemplos al respecto son el aprismo en el Perú y los discursos del marxismo en todo el mundo, así como todos los demás “ismos” que comprenden las ideologías políticas. Más aún, se debe reconocer que si bien el MOVADEF, como movimiento, reclama y defiende el Pensamiento Gonzalo, sus miembros en sentido estricto no son miembros del PCP-SL (partido inexistente a raíz de su derrota política y militar), ni mucho menos es su “fachada”, como muchos suelen observar partiendo desde una alarmante y simplista doxa, entre otras razones, porque la ideología política por si misma no tiene sentido, si no es en función de una determinada práctica política. Aunque claro el sentido de la “fachada” cobra significación si se sigue pensando al PCP-SL a partir de su imagen monstruosa como “Sendero”.  

Por ello, hay que partir de lo que hay y lo que hay es un movimiento político (la discusión sobre su legitimidad, o no, y sobre sus “lineamientos programáticos”, merece otro espacio a ser discutido y que no es la finalidad del presente escrito) y todo movimiento político comprende la participación e interrelación de sus miembros en un determinado campo político, en este caso en el campo popular. Precisamente en el campo popular se les conoce, políticamente hablando, como los “gonzalistas” (porque son seguidores del Pensamiento Gonzalo) que pretenden participar de la democracia representativa, más no así de ser autores de hechos subversivos, ya que ninguno de sus miembros actualmente ha subvertido el orden establecido y ni siquiera han cometido delito alguno. Además, ya se ha iniciado una crítica al "gonzalismo", como ideología política, a través de artículos y libros, como por ejemplo el de Eduardo Ibarra. Por otro lado, los miembros que han militado en el PCP-SL y que han formado el MOVADEF ya cumplieron condena por lo que hicieron de acuerdo a las leyes. Desconocer ese detalle no sólo es desconocer la democracia, sino desconocer el presente político y social del país. Y lo que es más grave aún, si aún se insiste en aquella identificación manida se sigue alimentando y reproduciendo aquella burda imagen monstruosa de “Sendero”, que simple y llanamente genera miedo: un gran miedo reactivo.

Esa “imagen monstruosa”, que si en el pasado obnubiló la política nacional, en el presente impide entender los hechos del poder político tal como acaece en la política nacional: He ahí el desafío político e intelectual del Perú contemporáneo. 





Juan Archi Orihuela
Viernes, 10 de agosto de 2012. 


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(*) La imagen que acompaña al texto ha sido tomada de aquí:
 http://museocaricaturas.blogspot.com/2012/04/caricatura-de-abimael-guzman.html

Referencia Bibliográfica

DEGREGORI, Carlos Iván
2011    Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999. IEP, Lima. 

GORRITI, Gustavo
2008    Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú [Tercera Edición]. Planeta, Lima.  

IBARRA, Eduardo
2010    El pez fuera del agua. Crítica al ultraizquierdismo gonzaliano. Juan Gutemberg, Lima. 



lunes, 30 de enero de 2012

La memoria conservadora

Hace muchos años Eduardo Galeano observaba, en función del discurso histórico, que “toda memoria es subversiva porque es diferente”. Pero si se sustrae la historia como relación de hechos sociales, producto de relaciones de fuerza, la memoria tiende a ser conservadora. En consonancia con tal consecuencia, el discurso de recuperación de la memoria que se enfatiza en el Perú, desde hace muchos años, apunta a ello, a saber, conservar el status quo.

La memoria a la que se alude en el Perú, lejos de ser sólo una memoria selectiva __en realidad toda memoria es selectiva, tanto la memoria individual y así como la memoria política-social__ es una memoria que tiende a caer en un maniqueísmo tan tendencioso que convierte al chivo expiatorio en el fantasma ideal que todo orden social requiere para que nada cambie. Me explico: La memoria que se ha institucionalizado y que se reproduce a través del discurso letrado y oral es una memoria que demarca quienes han sido los “buenos” y quienes han sido los “malos”. Obviamente los “malos” son los que hicieron uso de la violencia política en contra del Estado __y que merecen todos los anatemas posibles__, mas no los que hicieron uso de la violencia política en defensa del Estado y la democracia. Al respecto un reputado psicoanalista menciona lo siguiente:

“Nos duele reconocer que las FFAA cometieron innumerables abusos porque nos defendían contra Sendero, el enemigo común. Después del informe de la CVR ya no fue posible ignorar que una combinación letal de racismo, ninguneo y odio permitió que se violaran los derechos de miles de compatriotas cuyo destino nos era, en el mejor de los casos, indiferente”. (Jorge Bruce. La República 29/01/12)
[Ver texto completo aquí: Pulse]

Para el psicoanalista Jorge Bruce, así como para casi todos los que animan el discurso de la memoria post CVR, las Fuerzas armadas (FFFAA) “nos defendían contra Sendero, el enemigo común”. Al respecto cabe reparar en el “nos”, es decir, en el “nosotros”. En el Perú cuando se enuncia el “nosotros” tácitamente se excluye o demarca la referencia a los “otros”, porque el sujeto que lo enuncia no puede eludir la estructura de clases de la que forma parte y se ubica socialmente. Mas aún la universalidad del “nosotros” que prefigura la idea de la nación, en función de la soberanía, como discurso político y cultural ha sido arrogada por los sujetos que siempre han invisibilizado a los “otros”. Por ello para el psicoanalista Bruce, y para los que se identifican con “él” (socialmente hablando), los “otros” que fueron víctimas, no sólo de las FFAA (Fuerzas Armadas) sino también de Sendero (PCP-SL), les era indiferente lo que les sucedía (masacres a diestra y siniestra), hasta que tocaron, no las puertas de la ciudad (porque los atentados, detenciones arbitrarias, torturas, amenazas y masacres continuaban en toda la ciudad de Lima), sino el espacio en el que tenía significado el “nosotros”: Tarata (Miraflores). De ahí que Tarata es para ese “nosotros” el símbolo de la paz contra la “violencia terrorista” y los demás hechos aciagos que acaecieron en todo el país sean simplemente cifras o lugares remotos para olvidar.

A su vez para el “nosotros” “los” desaparecidos por las Fuerzas Armadas evidencia esa dicotomía fenomenológica __que se encuentra de manera tácita en todo discurso sobre la memoria que animan tales sujetos__ en la medida que siempre se lo enuncia como “los” desaparecidos y no como debería ser enunciado: “nuestros desaparecidos”. La razón es obvia por lo anteriormente mencionado. Por ello indigna (o debería indignar) que para los sujetos que se arrogan el “nosotros” escriban sin reparo: “Nos duele reconocer que las FFAA cometieron innumerables abusos porque nos defendían contra Sendero, el enemigo común”. En realidad las FFAA no nos defendieron, a menos que por defensa se entienda apelar a la más brutal represión violenta y descarada contra las clases populares, sospechosas (todas ellas para el “nosotros”) de ser subversivas. La prueba tajante de ello es que nunca hubo redadas o represión alguna en los lugares donde vivía la clase media y la burguesía en el Perú. Los torturados y muertos (nuestros desaparecidos) por la policía y los militares nunca fueron parte del “nosotros”. Todos los detenidos y nuestros desaparecidos en el Cuartel Los Cabitos (Ayacucho) constatan crudamente lo que afirmo. Muchos fueron detenidos injustamente y torturados en función de esa “defensa” contra la subversión, y que muchos de los que enfatizan la memoria silencian o simplemente les es indiferente. Pero antes de levantar cualquier sospecha infundada acerca de lo que afirmo solo repárese en un detalle: ¿Acaso para los campesinos de Putis (o deudos), y demás comunidades masacradas por las fuerzas del orden, las FFAA tan sólo cometieron “abusos” (como sugiere el psicoanalista) porque los defendían contra un enemigo en común? A su vez dudo que se les acuse a ellos (los sobrevivientes), o a las miles de víctimas o a sus deudos, de ser pro-senderistas por el simple hecho de cuestionar los crímenes que cometieron las FFFAA en nombre de la defensa de la democracia.

Si uno reconoce como sucedieron las cosas no en función del “nosotros”, sino de los “otros” (la mayoría de las víctimas que no se identifica, o no maneja el discurso sobre la memoria, o, en todo caso, lo desconoce) cabe interrogarse ¿por qué tal memoria post CVR es conservadora? Con tal interrogante no me refiero al contenido del Informe sino a las frases y las consecuencias discursivas que se reproducen en la Sociedad Civil o Estado Ampliado, tal como Gramsci observaba. En gruesas líneas el discurso de la memoria reproduce la siguiente idea: "El terrorismo es el causante de todo lo vesánico que sucedió durante los años 1980-1992; que la acción terrorista fue lo demencial (no niego el hecho ni su rasgo vesánico) y la acción de las FFAA fue tan sólo un exceso porque nuestras FFFAA no sabían contra quienes combatían". ¿Acaso tal memoria no recuerda una institución llamada La Escuela de las Américas, en la que se formaron muchos de los mandos militares que asumieron la lucha contrainsurgente, especialistas todos ellos en torturas y masacres consentidas y avaladas por los gobiernos de turno? ¿Acaso una democracia puede apañar las torturas y masacres consentidas sin dejar de perder su legitimidad como lo hicieron los gobiernos de los ciudadanos Fernando Belaúnde (1980-1985) y Alan García (1985-1990)? Dicho sea de paso, el “nosotros” recuerda (y califica) al primero como un gran "demócrata" y, sobre el segundo, el "nosotros" no tuvo reparos de llevarlo nuevamente a la presidencia de la república (En la "segunda vuelta" electoral, del año 2006, lo apoyaron descaradamente).

A su vez para el discurso de la memoria lo que sucedió antes de 1980 es todo lo contrario a un escenario de violencia: “sin democracia, pero sin violencia”. Lo cierto es que el país no fue nada democrático antes de 1980, y desde luego nada pacífico, el militarismo fue su característica más constante durante todo el siglo XX. Tal “memoria post CVR” es análoga o emula a la memoria que tienen los afectados por la Reforma Agraria. Precisamente son ellos, el “nosotros”, los que satanizan hasta ahora al Gobierno de las Fuerzas Armadas, y por ende al General Juan Velasco Alvarado, como si antes de la Reforma Agraria la vida social en el país hubiese sido la más democrática y libertaria posible. Desde luego que tal vez lo fue para unos pocos, pero para la mayoría, que apoyó y aún valora al General Juan Velasco Alvarado, el país no fue nada idílico, ni mucho menos nada democrático. Pero si de violencia política se trata ¿acaso se olvida las acciones armadas del MIR, con atentados en la ciudad de Lima (1965), y las acciones armadas del ELN (1963) en el que participó el laureado joven poeta Javier Heraud (empuñando el fusil desde luego)? ¿Y la insurgencia del movimiento campesino (1945- 1964) en las tomas de tierras (1972-1980)?

Por ello ahora cuando se enfatiza la memoria no es en función sólo de la violencia del pasado, sino, aunque suene absurdo, también sobre la “violencia del futuro” (lo probable, lo que puede ser, el tal vez), esa "violencia a posteriori" es la que genera indignación al “nosotros”, por la impunidad, pero no ante la impunidad cometida por aquellos gobiernos “democráticos” (Belaúnde y García), sino contra la impunidad que pretenden para sus líderes los que ya cumplieron condena por lo que hicieron, a saber, el MOVADEF. No esta demás recordar que los militares aún gozan de la impunidad por lo que hicieron, son pocos los procesados, al respecto los que enfatizan la memoria y que se muestran como los más furibundos enemigos del MOVADEF no quieren recordar o escribir alguna nota al respecto, porque para ellos el enemigo es Sendero (un fantasma del pasado). Lo cierto es que actualmente no hay enemigos por la sencilla razón de que la guerra ya terminó.

Pero volviendo a la memoria post CVR, si el país antes de 1980 fue un país pacífico (como nos lo quieren hacer creer o en todo caso no se quiere recordar lo que sucedía antes de 1980) ¿por qué se generó la violencia armada? ¿Por enfatizar un discurso histórico de violencia a través de escuela? ¿Por el protagonismo de un líder fanático que quiso (y quiere) conquistar el mundo? Aunque las interrogantes parecen corresponder al guión de una película de Hollywood son respuestas (vueltas interrogantes) que enuncian sin reparos quienes animan la memoria en el Perú. Al respecto un reconocido sociólogo escribe lo siguiente:


“Otro tema es lo que sucede en las universidades. En realidad, la existencia de militantes del Movadef no es resultado de la desinformación: por el contrario, es consecuencia de la manera en que funciona buena parte de la escuela y la educación superior pública, siguiendo patrones autoritarios, de mala calidad, excesiva ideologización y dogmatismo en torno a un “empobrecido marxismo de manual”, tal como fue señalado por la CVR”.

“Se suele presentar allí una narrativa derrotista y fatalista sobre el país, una imagen falsamente crítica que lo presenta como víctima inerme de siglos de injusticias y explotación sin esperanza de cambio. De allí a denunciar a la democracia y a sus instituciones como una farsa y a asumir que la redención solo vendrá con una revolución dirigida por una vanguardia que implicará un alto costo de sangre, no hay demasiada distancia. ¿Qué hemos hecho desde las universidades y desde las ciencias sociales para combatir estas visiones?” (Martín Tanaka. La República 29/01/12)
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Para el sociólogo, así como para muchos, el MOVADEF es lo mismo que el PCP-SL (Sendero). Pero lo que llama la atención es que para tan reputado investigador la existencia de militantes del MOVADEF se deba a un problema educativo, en la medida que es discursivo (discurso autoritario que se contrapone a un discurso democrático) y la consecuencia de tal narrativa, a saber, quien cuestione a la democracia realmente existente se encuentra próximo a la subversión. Lo último a modo de voz en off del “nosotros” es sugerente: "¿Qué hemos hecho desde las universidades y desde las ciencias sociales para combatir estas visiones?" Una respuesta tentativa es recordarles que han insistido y apelado a una memoria conservadora y defensora del status quo. Son ellos, los socialdemócratas (tildados de caviares por cierta derecha y por los “indignados”) quienes hoy insisten en la defensa de la institucionalidad de la democracia liberal (igual que los liberales) mientras no se cuestione nada del modelo económico. Y si hay algún cuestionamiento, para eso está la memoria maniquea que han legitimado, memoria en el que no se cuestiona el poder del Estado, ni al poder económico. Poder económico que atenta contra muchas comunidades campesinas, a través de las trasnacionales, en donde viven muchos de aquellos que llaman “otros”. Para los socialdemócratas no cabe recordar sobre los salarios de los trabajadores (el sueldo mínimo), ni mucho menos recordar cuales han sido las condiciones materiales de existencia de miles de hombres y mujeres populares (tan similares en la actualidad). Para ellos la subversión es producto de un “discurso violentista” y nada más. Por ello en el fondo el slogan “recordar para que no se repita”, no es más que “recordar para que nada cambie”. Ya que esa “memoria” no está vinculada a ningún proyecto de país (ni siquiera se ha reparado a las víctimas en su totalidad) porque tan sólo azuza miedos (el terrorismo) y fantasmas (Sendero) sin encararlos como corresponde a toda vida democrática.

Finalmente, frente a esa memoria conservadora cabe suscribir lo que el artista Christian Franco increpa__ a través de uno de los sujetos que enfatiza la memoria en el arte, a saber, Miguel Rubio (Director de Yuyachcani)__ sobre el papel político que cumplen los socialdemócratas (caviares) en la política nacional:

“Miguel Rubio, tú ya sabes que no te puedo de dejar de pensar como un representante de la izquierda caviar , y que el papel que ha jugado la izquierda caviar en nuestra historia para mi es mucho mas nocivo que positivo, es una izquierda que se ha dedicado a establecer un status quo, en nombre sobre todo de la memoria, (han) representado a los que no pidieron ser representados, y que es el principal filtro para toda posible revolución, ya que ha sostenido la institucionalidad corrupta del sistema, mas hoy las cosas están cambiando, y la gente ha desarrollado sus propios performances, aquí esta Bagua y las luchas contra las mineras principalmente y en el mundo está la protesta de los indignados en más de 80 países, como reaccionas ante eso, en España la lucha no es contra la derecha, es mas bien justamente contra la tercera vía, contra la socialdemocracia, que al fin resultó ser mas derecha que la derecha, como reaccionas con tu trabajo, tú acabas de reivindicar tu espacio escénico, pero en el te quedas en los juegos de representaciones y un discurso que esta muy lejos de cuestionar el poder (…)” [Las negritas son mías]
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Juan Archi Orihuela
Lunes, 30 de enero del 2012
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(*) Para contraponer a la memoria conservadora, en la imagen superior derecha se encuentran los hombres y mujeres (populares) que participaron del Paro Nacional de 1977. Tal imagen afirma una memoria que cuestiona al status quo mediante el recuerdo de que ha sido posible la organización popular. Organización popular que, a través del poder popular, posibilitó la caída del régimen militar de Morales Bermúdez.


(**) También cabe escuchar una vieja canción de Piero, ya olvidada, y que vale recordar para dejar de lado todo miedo que azuza la socialdemocracia en el Perú:





 

viernes, 20 de enero de 2012

La intolerancia política o el caso MOVADEF

Una de las características que sostiene a la democracia liberal representativa es la tolerancia política en la medida que permite la convivencia social. La convivencia social para que sea sostenible tiene que sortear situaciones de conflicto en el que se contraponen intereses de toda índole que se explicitan a través de las formas de pensar, sentir y de actuar de los ciudadanos. Por ello las libertades políticas no sólo se circunscriben al derecho de la libertad de expresión (y las demás libertades) para aquellos que sólo piensan, sienten y actúan como “nosotros”, sino para todos los ciudadanos en general así sean con quienes muchas veces discrepemos o seamos políticamente antagónicos. Reconocer tal detalle no es más que asegurar la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos porque así se construye la ciudadanía en un Estado moderno. Hasta ahí al parecer no hay discusión alguna al respecto de los dos pilares que sostiene a la democracia representativa, a saber, la tolerancia y la igualdad ante la ley. Sin embargo hay un problema que se desprende de lo segundo, a saber, la ciudadanía.

Uno de los derechos que construye la ciudadanía es la libertad de elegir y ser elegido. Sin embargo en estas últimas semanas se ha cuestionado indirectamente tal libertad que también tienen ciertos ciudadanos (así seamos antagónicos a ellos), a saber, los miembros del Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales (MOVADEF). El caso MOVADEF es sintomático al respecto porque en la medida que se les niega la inscripción legal como partido ante el JNE se está cuestionando la constitución de la ciudadanía en el Perú. Por un lado, el MOVADEF ha cumplido con las normas legales que exige su inscripción partidaria de acuerdo a ley. Asimismo si se les niega la inscripción se estaría negando indirectamente la condición de la ciudadanía a los que firmaron por ellos. Al respecto incluso hay quienes cuestionan tal apoyo ciudadano a partir de supuestos infundados sobre la manera de cómo se recolectó las firmas y sobre la condición popular de los que firmaron __muchas veces se les califica sarcásticamente como pobres y sin educación, e incluso algunos no tienen reparos en decir que han sido “engañados”__, evidenciando claramente que para los supuestos “defensores de la democracia”, los que firmaron no son ciudadanos, o, en todo caso, serían “ciudadanos de segunda clase” (sospechas y razonamientos que se encuentran lejos de toda democracia). Por ello tal proceder como que no es tan "democrático" en el espacio público. Por otro lado, uno puede oponerse política o moralmente ante la inscripción del MOVADEF (lo cual es un acto libre y válido), pero no puede oponerse a las leyes, porque la democracia se sostiene mediante las leyes que rigen para todos por igual.

Ahora bien, si se observa las actitudes y discursos que se oponen a la inscripción del MOVADEF muchos de ellos sólo destilan un odio visceral que tan sólo azuza fantasmas sobre los hechos del pasado bajo una visión maniquea de las cosas (buenos y malos). La consecuencia clara al respecto no es la defensa de la vida y la paz __como algunos piensan para justificar tales actitudes y que en muchos casos caen en la bajeza del insulto y en la desesperación de la sorna gratuita__ , sino el germen de la intolerancia que niega toda vida política en democracia. También hay quienes argumentan de manera esencialista al decir que “la democracia no debe ser boba”, para que en el fondo se justifique el quebrantamiento de la ley y la negación de la ciudadanía para los que apoyan y componen el MOVADEF. En realidad muchos de tales juicios parten de una idea en común, a saber, en el Perú se sigue confundiendo la justicia con la venganza. Actitud que niega, o, en su defecto, no permite la constitución de una vida democrática realmente existente.

Aún reconociendo que no se es nada demócrata oponerse a la inscripción del MOVADEF por lo anteriormente dicho. Muchos lapidan con una sospecha de facto, a saber, el MOVADEF es la fachada política del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL). Formalmente no lo es, ya que son dos entidades distintas que han operado en momentos históricos distintos, de acuerdo a prácticas políticas también muy distintas. El PCP-SL enarboló la lucha armada y fracasó estrepitosamente (hasta deslegitimarse), en cambio el MOVADEF apunta a participar de la democracia representativa a través del camino electoral para legitimarse. Ahora bien, tal sospecha de facto lo es, en la medida que tienen vinculaciones muy estrechas con lo que queda de la facción de aquel partido que es conocido como la facción de los “Acuerdistas”. Facción Política que, dicho sea de paso, en sentido estricto ha dejado las prácticas subversivas para formar organizaciones que se sujeten a la vida democrática que rige en el país. Pero a sabiendas de ello se rechaza y teme su presencia en función del pasado que muchos azuzan mediante una válida memoria selectiva, sin reparar en la posibilidad de la convivencia social, es decir, en la finalidad de la democracia en última instancia.

Por todo lo dicho, a mi juicio no es nada democrático oponerse a la inscripción del MOVADEF, pero entiendo las razones y sospechas que algunos esgrimen para oponerse rotundamente a ellos. Sin embargo considero que los “defensores de la vida y la paz” y de la “democracia”, que se oponen a ellos, no hacen mas que ocultar el problema del conflicto social que asoló al país hace más de 32 años. Lejos de pleitear sobre las percepciones y los juicios encontrados, lo que se trata en el fondo es de resolver el conflicto de antaño (que acarrea una serie de hechos) y no desentenderse de ello mediante la venganza contra los miembros o ex-miembros del PCP-SL, ya que tal actitud sólo avivaría más el fuego de odios encontrados y tan presentes que se destapan con cierta frecuencia en las coyunturas políticas mediante discursos y prácticas racistas. Los conflictos sociales no se resuelven cuando uno anula al oponente, descalificándolos mediante una oposición visceral (para demostrar exageradamente cuan defensor de la vida y la paz se es), ni mucho menos ocultando a la otra parte que también cumplió con el papel de agresor en aquel aciago conflicto (Fuerzas Armadas y Policiales FFAA- FFPP), sino cuando se lo encara.

Una manera de encarar el conflicto es precisamente permitiendo la inscripción del MOVADEF para que tal organización se sujete a las normas de la democracia, para evitar así su reproducción en la ilegalidad que a la larga sólo genera una polarización no sólo de ideas, sino de prácticas políticas. Además el escenario de la democracia permitiría el debate, la confrontación de ideas que es en última instancia el sostén de todo grupo político. Ese debate todavía no se ha dado y es de responsabilidad de los partidos políticos que participan de la democracia el iniciarlo (o reiniciarlo). Por otro lado, la incorporación a la vida democrática de movimientos, partidos políticos o ex-miembros políticos, que se han alzado en armas, es un buen síntoma para la política nacional y el fortalecimiento de la democracia. Tal política de incorporación ha tenido relativo éxito en muchos países de Latinoamérica (El Salvador, Uruguay, Bolivia, Brasil entre otros) en donde medianamente han resuelto sus conflictos derivados de la insurgencia armada.

Pero también hay otro detalle que se deriva del MOVADEF y que es una gran objeción para quienes se oponen a su inscripción, a saber, la amnistía general. Pero la amnistía implica una serie de pasos (debates, participación electoral y demás) y procesos políticos que se deben cumplir (correlación de fuerzas en el campo político a través de los partidos políticos). Asimismo la amnistía es una prerrogativa del legislativo, y como tal de carácter político en relación a las instituciones del Estado; por ello, no es tan sencillo el asunto y nada incongruente a la vida democrática; sino todo lo contrario, está sujeta a las leyes. Ahora uno puede oponerse a la amnistía, ya sea por una cuestión moral o política (en mi caso me opongo a la anmistía por una cuestión moral), pero uno no puede oponerse a las leyes así tan sueltamente sin negar la condición de la democracia. Y como el dar la amnistía es una facultad del legislativo, la amnistía no implica necesariamente el olvido y el perdón de los deudos porque a mi juicio es muy difícil que se olvide y se perdone por lo que hicieron tanto subversivos así como las FFAA y FFPP.

Pero a sabiendas de todas las razones del caso que he intentado formular, de seguro habrá muchos que aún seguirán azuzando el odio y el encono, que en el fondo no es contra el MOVADEF, sino contra una experiencia de vida en particular que se encuentra aún cargada de odio y rencor, y que es comprensible y hasta cierto punto justificable, pero tal actitud no ayuda en nada a resolver el problema del conflicto pasado. De nada sirve lanzar condenas, o azuzar odios, como muchos lo hacen, las condenas no reviven a nuestros familiares, ni mucho menos nos dicen donde están nuestros desaparecidos por las Fuerzas Armadas (Militares). Y si algunos todavía insisten en tal confrontación de temores y odios, cabría recordar una sentencia muy aleccionadora del viejo Nietzsche, a saber: “Cuando salgas a cazar monstruos, ten cuidado de no convertirte en un monstruo”.

Finalmente, para calmar un poco los ánimos y a sabiendas de que casi todos formamos parte de una cultura cristiana (moralmente hablando)__así algunos sean ateos como el autor de este artículo__ es necesario alcanzar “algo de paz” y no de enfrascarnos en odios que sólo azuzan temores infundados y estériles enfrentamientos. Aunque a muchos les puede parecer pueril pedir “algo de paz”, ahí va el pedido bajo la voz de Raúl Porchetto:





Juan Archi Orihuela
Viernes, 20 de enero del 2012
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(*) En la imagen superior derecha se encuentra una manifestación contra el MOVADEF. Tal manifestación es libre y se sujeta a la ley. Sin embargo muestra un conflicto aún no resuelto en la medida que para algunos ciudadanos "unos" son enemigos de "otros". Por ello es necesario apelar a la tolerancia política para obtener “algo de paz” y así hacer sostenible la convivencia social en el país.

lunes, 13 de junio de 2011

Lucanamarca y el miedo

En el documental Lucanamarca (2008), de Carlos Cárdenas y Héctor Gálvez, se muestra un registro de la memoria social, en el que algunos pobladores recuerdan con gran congoja los asesinatos vesánicos del 3 de abril de 1983. En tal fecha, la comunidad de Lucanamarca sufre una represalia por parte del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) dejando como saldo luctuoso la muerte de 69 campesinos (entre adultos, ancianos y niños). Como todo documental hay una selección de las imágenes para reconstruir tal historia. Esta historia contada por sus protagonistas se inicia a partir de la exhumación de los cadáveres de las víctimas, que la CVR convino necesario como parte del proceso de investigación en marcha, allá por el año 2002.

Lo interesante de todo documental, y que lo distingue de toda película de ficción, es que el espectador no puede distraerse en lo estético de la producción, sino que se encuentra obligado a repensar los fragmentos de los hechos que observa. Para el caso de Lucanamarca, luego de espectar una historia contada por sus protagonistas, uno no puede quedarse sólo con la sensación de estremecimiento ante los asesinatos (ejecutados con hachas, cuchillos y picos), como nos lo recuerdan esos cánticos fúnebres que los campesinos (sus deudos) entonan cuando cumplen con las exequias del caso, después de muchos años de espera; sino plantear algunas interrogantes y sacar algunas conjeturas, medianamente coherentes, a partir de los testimonios mostrados.

Como el hecho forma parte de un momento de la historia política del Perú acaecida hace algunos años es posible identificar una situación sintomática. En Lucanamarca se puede observar que el espacio regional en el que tuvo su presencia la subversión presentaba ciertas condiciones sociales para su operatividad. Los testimonios refieren que sus jóvenes tenían cierta expectativa por cambiar la situación de la comunidad (porque la producción de autosuficiencia impedía la reproducción material de la comunidad). La función de la escuela y su discurso de confrontación, propio de todo discurso de izquierda de la época, dispuso el uso común de las ideas de igualdad, justicia y progreso (“salir adelante”). Al decir de uno de los comuneros:

“(…) mi hermano, cuando estábamos en la escuela empezó a decir cómo vamos a vivir así, en casa de adobe, con piso de tierra”.

Ideas de este tipo no sólo expresan una queja personal, sino que compendian una denuncia social al respecto de las condiciones materiales de existencia de muchas comunidades campesinas. Figurativamente, esa fue una de las puertas por donde ingresa ideológicamente la subversión. Aunque para no inclinarse a cierta ingenuidad maniquea, cabe observar que tanto el PCP-SL u otro grupo político, o incluso el mismo Estado, tenían la puerta abierta para ingresar y ejercer su hegemonía en el espacio político de la comunidad, si levantaban aquellas consignas que circulaban a modo de queja y expectativa. Lo cual no quiere decir que sólo ese rasgo determinó los sucesos de la guerra. En apariencia esa queja social puede pasar desapercibida porque muchas veces se piensa que los campesinos son unos sujetos reactivos o unos resentidos (resentimiento que muchos identifican con una cólera de centurias); o, incluso se piensa que los campesinos (debido a su pobreza material) siempre serán engañados si exigen mejores condiciones materiales de existencia, como generalmente muchos jóvenes citadinos de la clase media piensan al respeto (sombra de aquella idea acerca del “buen salvaje”).

Sin embargo, el desenlace aciago del conflicto armado en la comunidad de Lucanamarca no es sólo un acto vesánico producto de una tragedia de incomprensión cultural, como algunos antropólogos pueden sospechar. Ni mucho menos expresa sólo una violencia impuesta desde fuera de la comunidad por el totalitarismo del PCP-SL, como algunos incansablemente les enrostran a los subversivos. Ya que, como muestra el documental, “todos sabían lo que hacían”. Reconocer que “todos sabían lo que hacían” no es soslayar la responsabilidad punitiva de los asesinos, o responsables directos o indirectos, ni mucho menos justipreciarlos de manera maniquea, sino observar que a pesar de “saber lo que hacían” (crímenes vesánicos), “lo hicieron” (tanto comuneros, subversivos y militares). Las implicancias de tal observación permiten delinear cierta tendencia del desarrollo operativo de la guerra interna.

Lucanamarca fue una de las tantas comunidades campesinas en el que operó el PCP-SL con cierto grado de aceptación y apoyo, durante los primeros años de la guerra. El PCP-SL al nombrar nuevas autoridades (impuestas por ellas mismas) incomodó a las familias que antes del ingreso del PCP-SL gozaban de cierto poder en la comunidad, como se ve en los testimonios recogidos por el documental. Pero el apoyo que las comunidades campesinas dieron al PCP-SL no fue un apoyo ideológico y militante (a pesar del trabajo de las “escuelas populares” dirigidas por el PCP-SL), es decir, no todos los campesinos fueron subversivos en sentido estricto. La simpatía y apoyo correspondía a que el PCP-SL recogía las banderas de lucha de muchas comunidades campesinas, a saber, mejoras radicales en las condiciones de vida de los campesinos a través de ejercer la dirección en un gobierno por ellos mismos (un gobierno popular). Esto tiene cierto asidero si se repara en un detalle muy significativo que puede ser encontrado en muchos testimonios: La ausencia del Estado.

Identificar al presidente de la república con el Estado no es sólo un rasgo que expresa una relación analógica, sino también resulta siendo una relación objetiva, en la medida que el Estado moderno para adquirir cierta concreción tiende a escenificar su poder político. Pero como la escenificación no es universal, la ausencia del Estado en algunos espacios del cuerpo social tiende, como una suerte de compensación, a personificar el poder. La ausencia del presidente de la república, significante de la universalidad del Perú para los campesinos, era no sólo la ausencia de un sujeto físico, sino la ausencia de la particularidad de la comunidad en la totalidad del Perú. Es decir, la comunidad campesina no sólo produce una identidad local o regional de acuerdo a los circuitos comerciales internos, sino que en ellas se reproduce, paradójicamente debido al abandono de los gobiernos de turno, una fuerte identidad nacional (el ser peruanos). Pero esa identidad nacional muchas veces se encuentra suspendida porque la reproducción de la comunidad, desde su particularidad, no universaliza al poder, debido a la disfuncionalidad o ausencia de las instituciones del Estado. Además esa suspensión genera una situación constante que acentúa lo político, como un momento de apertura para cuestionar el orden social o reestructurarlo, situación que fue el escenario en el que se desarrollo la guerra interna en el Perú.

Lo peculiar del desenvolvimiento de la guerra interna se caracterizó por una fuerte tendencia al temor, que al parecer puede resultar extraño e insignificante, pero no lo es. Muchas veces se ha escrito y mencionado que las Fuerzas Armadas peruanas desconocían los riesgos y los llamados “excesos” de la guerra, porque el enemigo no daba la cara o simplemente porque era algo “nuevo” lo que enfrentaban (muchas veces esa idea sirve para justificar las tropelías y mantener en la impunidad a los responsables de los crímenes de guerra), lo cierto es que al instalarse en la región ya tenían en claro un plan antisubversivo (aprendido y exigido por la “Escuela de las Américas”): liquidar al enemigo sin escatimar el costo social porque “todos los campesinos son sospechosos de ser subversivos”. Por su parte, los subversivos acentuaron la violencia para generar una rápida polarización que les permitiría entrar en el espacio político de manera pragmática (que dicho sea de paso nunca lograron hegemonizar), y así resolver el problema de la función de la ideología (la conciencia revolucionaria) y que nunca lograron consolidar. En ambos el temor opera como un condicionante psicológico, en los militares el temor a la guerrilla (a las represalias) genera la respuesta de los aniquilamientos indiscriminados; y, en el caso de los subversivos, el miedo radica en la posibilidad (siempre latente) de ser “liquidados” como muchas guerrillas latinoamericanas por los “contras” (grupo armado compuesto por los mismos campesinos adiestrados por el ejercito), como fue el desenlace final (Las rondas campesinas).

El miedo que genera los hechos luctuosos de Lucanamarca no sólo son los miedos de sus deudos, y de sus protagonistas, sino también aquel gran miedo que en el fondo siente el espectador (por antonomasia el conservador), cuya apariencia impertérrita sabe bien manejar, al enterarse que: “Los pobres son la amenaza al sistema porque reclaman salarios justos, viviendas decentes, escuelas y hospitales públicos”.



Juan Archi Orihuela
Lunes, 13 de junio de 2011.

miércoles, 5 de enero de 2011

Putis y la política conservadora

Según la letra de un tango muy conocido “veinte años no es nada”. Coincidencias aparte. Hace veinte años el historiador Flores Galindo anhelaba que los jóvenes recuperen (algún día) la capacidad de indignación ¿indignación frente a qué? Indignarse frente a las consecuencias luctuosas de la guerra interna de aquel entonces. Puntualmente, indignarse frente a las masacres perpetradas por las Fuerzas Armadas y policiales, así como alzar la voz ante la respuesta vesánica y carnicera de los grupos políticos alzados en armas (PCP-SL). ¿Ha pasado mucho tiempo? Para muchos toda una vida, pero si se recuerda, como dice el tango, que “veinte años no es nada”, ¿cabe algún pretexto para el olvido? O ¿no será que todo olvido no es más que el pretexto de toda indiferencia latente, esa indiferencia social que se racionaliza de manera cotidiana?

Pero la indignación, al margen de que se formule como un imperativo ético, es una expresión espontánea que no busca alguna respuesta frente a los hechos aciagos de manera puntual, porque ante todo es un sentir, eso que Unamuno llamaba “dolor”, como una condición cognitiva de la existencia. Y si la juventud no se indigna ¿será porque su capacidad epidérmica para sentir se encuentra anestesiada, políticamente hablando? Un caso al respecto da un pie para sostener tal juicio.

En el 2009, un sábado 29 de agosto, se enterraron después de 25 años a 92 campesinos de la comunidad campesina de Putis (entre niños, mujeres, adultos y ancianos), víctimas de un plan sistemático que ejecutaba las Fuerzas Armadas, para hacer frente a la subversión en el Perú. Tal hecho debió ser conmemorado como un día de duelo nacional. A lo mas se convirtió en otra página para el olvido, las razones políticas, lejos de toda retórica maniqueista, son archiconocidas al respecto. ¿Por qué un hecho de tal naturaleza sólo causa congoja, hay veces ni siquiera eso, cuando se ve a campesinos dolientes enterrando a sus muertos, victimas de las más viles e impunes masacres? ¿Por qué eso no causa indignación? Las respuestas a ensayar generalmente hilvanan ideas retóricas que van desde la modernidad, la violencia política, la herencia colonial, los derechos humanos, el género, la alteridad (el otro), la nación, la ciudadanía y hasta la cultura, que al fin de cuentas reproducen imperativos éticos de lo “políticamente correcto en el Perú” (esa ideología conservadora que se reproduce para quedar bien con todos). Tales discursos hipotéticos se elaboran a partir de la impunidad, porque se piensa que nada debe y puede cambiar o que es imposible que cambien las cosas (sociales). Usando una figura, tales ensayos son como esa mentira que uno dice frente al espejo, no porque uno quiera mentirse a sí mismo sino porque no es políticamente correcto decirlo.

Hay una escena de la película Juliana (1988), producida por el Grupo Chaski, que puede ayudar a entender aquella mentira intencionada. En tal escena, la protagonista (una muchacha chola y pobre) se mira frente al espejo y se dice a si misma: “¡Hola Juliana, dime hola pues … no te avergüences … ¿tan fea soy?...”, y ella misma se responde, “no, no soy tan fea... soy como soy”. ¿Qué es Juliana? Lejos de la valoración estética, que no es el tema de fondo, ¿lo que ella piensa de sí misma o lo que socialmente representa en función del espejo del poder político? De igual manera, ¿qué es Putis? Un crimen de lesa humanidad, un hecho aislado, un error político, un exceso de la guerra interna, es decir, lo que pueda reflejar (una imagen preconcebida) la abstracta sociedad civil o la ciudadanía, a través de uno de sus intelectuales, cuando se mira siempre al espejo al igual que Juliana. De ahí que Juliana no se indigne, sino que sólo se acongoje (por lo menos por unos breves segundos) para responder lo que quiere escuchar, una tautología (“soy como soy”).

A mi juicio, la indignación es un resorte del ejercicio político, más no es lo político. Su evidente ausencia frente a los hechos como Putis no es casual. Muchos de los responsables de tales masacres (como el de Accomarca, Parco, Pomatambo, Cayara, Pucayacu, Chungui, Oronccoy, Pallcas, Totora, Tastabamba, Putucunay, Chumbivilcas, San Pedro de Cachi, Santa Bárbara, Sillaccasa, Socos, Ccarpaccasa, Parcco Alto, Pucará, Apiza y demás) se encuentran impunemente coludidos bajo el amparo de los gobiernos de turno, ya que la justificación es el "costo" de la lucha contrasubversiva. Otros apelan a la memoria como una suerte de premio consuelo para solidarizarse (a la distancia) con las víctimas, cuya actividad se circunscribe a los espacios e instituciones que amparan a tales criminales.

Mas allá de las acusaciones a la indiferencia, los hechos luctuosos de Putis (y las demás masacres) permiten conjeturar (o aseverar) quienes mandan en el país y como en defensa de la democracia no tienen reparos en hacer uso de la más vesánica violencia para defender sus privilegios de clase. Los subversivos ya purgan condena por lo que hicieron, mas los que estuvieron en el otro bando (policías y militares) aún disfrutan de la impunidad (asi como los resposables políticos de los gobiernos de turno).

Hoy que la política en el escenario continental tiende a inclinarse a reformas en función del interés nacional, resulta muy poco probable que en el país se cohesione alguna alternativa de izquierda en pro de los intereses nacionales, si es que su juventud no tiene esa capacidad de indignación (ni hablar de los otros espacios políticos en donde uno “nunca queda mal con nadie”). O simplemente que la juventud tenga ese valor para mirarse frente al espejo y decir, como si Juliana hablase, “si, soy tan fea porque me indigna Putis, la impunidad, la indiferencia, el hambre, el desempleo, la enfermedad pública, la educación pública, el cinismo y la morbosidad del individualismo ramplón”.

Paradójicamente, ante la indignación necesaria y espontánea, una pista a tomar en cuenta se encuentra en la película Elogio del amor (2001) de Godard. En tal película hay una escena, sombría y melancólica, en donde un personaje descorazonado espeta para sí mismo que “el amor empieza cuando acaba”. Análogamente se puede reconocer que la política empieza cuando acaba. Y en el Perú hace mucho tiempo que la política ha acabado, en su lugar se encuentra el fariseismo más vulgar, y las aspiraciones más caníbales que uno pueda imaginar. Sin embargo el reinicio de la política no debe darse de bruces ante el escepticismo, ni mucho menos mascullar la frase oficiosa: “para que no se repita nunca más” (como candorosamente se enuncia mientras se defiende lo que a uno no le pertenece), sino afirmar una condición de posibilidad muy urgente: las cosas pueden cambiar mediante la organización barrial, sindical, obrera, campesina, popular y nacional.

Hace mucho tiempo que las moiras (las fuerzas del destino para los griegos) han perdido todo sentido. La política conservadora en este país se ampara aún en cierto destino (el Perú nunca va ha cambiar). Lo cierto es que mediante la indignación uno se des-espera (deja de esperar) y empieza a actuar. Tal vez el principio de la esperanza (que antaño movilizaba a la gente) tiene aún cierta concreción si la juventud, tal como lo quería Flores Galindo, recupera esa capacidad de indignación tan necesaria. Necesaria no tanto por la pretensión de cambiar o revolucionar el mundo, sino por la posibilidad de convertir en seres humanos a muchos jóvenes que han sido producidos como meros monigotes insensibles por el libre mercado.




Juan Archi Orihuela
Miércoles, 5 de enero de 2011.