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miércoles, 5 de enero de 2011

Putis y la política conservadora

Según la letra de un tango muy conocido “veinte años no es nada”. Coincidencias aparte. Hace veinte años el historiador Flores Galindo anhelaba que los jóvenes recuperen (algún día) la capacidad de indignación ¿indignación frente a qué? Indignarse frente a las consecuencias luctuosas de la guerra interna de aquel entonces. Puntualmente, indignarse frente a las masacres perpetradas por las Fuerzas Armadas y policiales, así como alzar la voz ante la respuesta vesánica y carnicera de los grupos políticos alzados en armas (PCP-SL). ¿Ha pasado mucho tiempo? Para muchos toda una vida, pero si se recuerda, como dice el tango, que “veinte años no es nada”, ¿cabe algún pretexto para el olvido? O ¿no será que todo olvido no es más que el pretexto de toda indiferencia latente, esa indiferencia social que se racionaliza de manera cotidiana?

Pero la indignación, al margen de que se formule como un imperativo ético, es una expresión espontánea que no busca alguna respuesta frente a los hechos aciagos de manera puntual, porque ante todo es un sentir, eso que Unamuno llamaba “dolor”, como una condición cognitiva de la existencia. Y si la juventud no se indigna ¿será porque su capacidad epidérmica para sentir se encuentra anestesiada, políticamente hablando? Un caso al respecto da un pie para sostener tal juicio.

En el 2009, un sábado 29 de agosto, se enterraron después de 25 años a 92 campesinos de la comunidad campesina de Putis (entre niños, mujeres, adultos y ancianos), víctimas de un plan sistemático que ejecutaba las Fuerzas Armadas, para hacer frente a la subversión en el Perú. Tal hecho debió ser conmemorado como un día de duelo nacional. A lo mas se convirtió en otra página para el olvido, las razones políticas, lejos de toda retórica maniqueista, son archiconocidas al respecto. ¿Por qué un hecho de tal naturaleza sólo causa congoja, hay veces ni siquiera eso, cuando se ve a campesinos dolientes enterrando a sus muertos, victimas de las más viles e impunes masacres? ¿Por qué eso no causa indignación? Las respuestas a ensayar generalmente hilvanan ideas retóricas que van desde la modernidad, la violencia política, la herencia colonial, los derechos humanos, el género, la alteridad (el otro), la nación, la ciudadanía y hasta la cultura, que al fin de cuentas reproducen imperativos éticos de lo “políticamente correcto en el Perú” (esa ideología conservadora que se reproduce para quedar bien con todos). Tales discursos hipotéticos se elaboran a partir de la impunidad, porque se piensa que nada debe y puede cambiar o que es imposible que cambien las cosas (sociales). Usando una figura, tales ensayos son como esa mentira que uno dice frente al espejo, no porque uno quiera mentirse a sí mismo sino porque no es políticamente correcto decirlo.

Hay una escena de la película Juliana (1988), producida por el Grupo Chaski, que puede ayudar a entender aquella mentira intencionada. En tal escena, la protagonista (una muchacha chola y pobre) se mira frente al espejo y se dice a si misma: “¡Hola Juliana, dime hola pues … no te avergüences … ¿tan fea soy?...”, y ella misma se responde, “no, no soy tan fea... soy como soy”. ¿Qué es Juliana? Lejos de la valoración estética, que no es el tema de fondo, ¿lo que ella piensa de sí misma o lo que socialmente representa en función del espejo del poder político? De igual manera, ¿qué es Putis? Un crimen de lesa humanidad, un hecho aislado, un error político, un exceso de la guerra interna, es decir, lo que pueda reflejar (una imagen preconcebida) la abstracta sociedad civil o la ciudadanía, a través de uno de sus intelectuales, cuando se mira siempre al espejo al igual que Juliana. De ahí que Juliana no se indigne, sino que sólo se acongoje (por lo menos por unos breves segundos) para responder lo que quiere escuchar, una tautología (“soy como soy”).

A mi juicio, la indignación es un resorte del ejercicio político, más no es lo político. Su evidente ausencia frente a los hechos como Putis no es casual. Muchos de los responsables de tales masacres (como el de Accomarca, Parco, Pomatambo, Cayara, Pucayacu, Chungui, Oronccoy, Pallcas, Totora, Tastabamba, Putucunay, Chumbivilcas, San Pedro de Cachi, Santa Bárbara, Sillaccasa, Socos, Ccarpaccasa, Parcco Alto, Pucará, Apiza y demás) se encuentran impunemente coludidos bajo el amparo de los gobiernos de turno, ya que la justificación es el "costo" de la lucha contrasubversiva. Otros apelan a la memoria como una suerte de premio consuelo para solidarizarse (a la distancia) con las víctimas, cuya actividad se circunscribe a los espacios e instituciones que amparan a tales criminales.

Mas allá de las acusaciones a la indiferencia, los hechos luctuosos de Putis (y las demás masacres) permiten conjeturar (o aseverar) quienes mandan en el país y como en defensa de la democracia no tienen reparos en hacer uso de la más vesánica violencia para defender sus privilegios de clase. Los subversivos ya purgan condena por lo que hicieron, mas los que estuvieron en el otro bando (policías y militares) aún disfrutan de la impunidad (asi como los resposables políticos de los gobiernos de turno).

Hoy que la política en el escenario continental tiende a inclinarse a reformas en función del interés nacional, resulta muy poco probable que en el país se cohesione alguna alternativa de izquierda en pro de los intereses nacionales, si es que su juventud no tiene esa capacidad de indignación (ni hablar de los otros espacios políticos en donde uno “nunca queda mal con nadie”). O simplemente que la juventud tenga ese valor para mirarse frente al espejo y decir, como si Juliana hablase, “si, soy tan fea porque me indigna Putis, la impunidad, la indiferencia, el hambre, el desempleo, la enfermedad pública, la educación pública, el cinismo y la morbosidad del individualismo ramplón”.

Paradójicamente, ante la indignación necesaria y espontánea, una pista a tomar en cuenta se encuentra en la película Elogio del amor (2001) de Godard. En tal película hay una escena, sombría y melancólica, en donde un personaje descorazonado espeta para sí mismo que “el amor empieza cuando acaba”. Análogamente se puede reconocer que la política empieza cuando acaba. Y en el Perú hace mucho tiempo que la política ha acabado, en su lugar se encuentra el fariseismo más vulgar, y las aspiraciones más caníbales que uno pueda imaginar. Sin embargo el reinicio de la política no debe darse de bruces ante el escepticismo, ni mucho menos mascullar la frase oficiosa: “para que no se repita nunca más” (como candorosamente se enuncia mientras se defiende lo que a uno no le pertenece), sino afirmar una condición de posibilidad muy urgente: las cosas pueden cambiar mediante la organización barrial, sindical, obrera, campesina, popular y nacional.

Hace mucho tiempo que las moiras (las fuerzas del destino para los griegos) han perdido todo sentido. La política conservadora en este país se ampara aún en cierto destino (el Perú nunca va ha cambiar). Lo cierto es que mediante la indignación uno se des-espera (deja de esperar) y empieza a actuar. Tal vez el principio de la esperanza (que antaño movilizaba a la gente) tiene aún cierta concreción si la juventud, tal como lo quería Flores Galindo, recupera esa capacidad de indignación tan necesaria. Necesaria no tanto por la pretensión de cambiar o revolucionar el mundo, sino por la posibilidad de convertir en seres humanos a muchos jóvenes que han sido producidos como meros monigotes insensibles por el libre mercado.




Juan Archi Orihuela
Miércoles, 5 de enero de 2011.