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lunes, 25 de mayo de 2015

70 años: El día de la victoria

Desde Kursk y Oriol en esta guerra hemos avanzado 
Llegamos hasta la misma puerta del enemigo
Así es camaradas, lo hicimos
Algún día recordaremos esto y no lo creeremos
Pero aún necesitamos una victoria más
¡Una para salvar al pueblo!
¡El precio no nos detiene!
 (Necesitamos una victoria, canto militar del Ejército Rojo de la URSS [1]



[Haga play en la canción Necesitamos una victoria (Нам Нужна Одна Победа) y proceda a leer el artículo]

El pasado 09 de mayo se cumplieron los 70 años del triunfo del Ejército Rojo de la Unión Soviética sobre la Alemania Nazi. El 09 de mayo fue el día de la victoria, el día que posibilitó la paz en el mundo y el fin de la guerra. La hazaña de los soviéticos no tuvo y aún no tiene parangón en la historia militar de la humanidad: La movilización de todo un pueblo multinacional y multicultural en la defensa de la patria, cuyo costo humano fue la pérdida de 20 millones de soviéticos (en su mayoría civiles). La guerra que libraron los soviéticos contra la Alemania Nazi fue una guerra de defensa y de liberación de los pueblos y de la patria que históricamente han llamado La Gran Guerra Patria (1941-1945). En su momento, tal hecho fue reconocido en el mundo. Empero, los festejos por los 70 años de aquel triunfo se circunscribieron sólo a los países que conformaron la URSS, mientras que el resto del mundo quedó en silencio.  Los llamados “aliados” no se hicieron presente en los festejos que se llevaron a cabo en la Plaza Roja de Moscú, ni se pronunciaron al respecto.  

Traducción de la leyenda:
Nuestra Bandera -
 La bandera de la victoria!

Autor: Víctor Ivanov 1943
Ese silencio no es casual y se compagina con el odio que fundamentaba al imperialismo de la Alemania Nazi, a saber, dejar en el olvido de la historia de la humanidad todo lo que represente a la Unión Soviética. Un odio al carácter de clase de su gobierno popular (obrero y campesino), a su bandera roja, a esa histórica bandera que representa la unidad de los trabajadores del mundo (la hoz del campesino y el martillo del obrero) que flameó en el día de la victoria. Ese silencio se compagina con aquel otro que silencia el papel del Ejército Rojo en el rescate de los judíos de los campos de concentración de Auschwitz en Polonia. El papel del Ejército Rojo fue fundamental en la liberación de los pueblos que fueron ocupados y diezmados por el imperialismo alemán como Polonia, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Noruega, Hungría, Austria y Checoslovaquia. 

Después del fin de la guerra, en el llamado mundo occidental la propaganda anticomunista (macarthista) soslayó el papel fundamental que cumplió el Ejército Rojo en la liberación de los pueblos. Y al parecer tal hecho sigue manteniéndose hasta nuestros días. En la enseñanza de la historia se minimiza el papel del Ejército Rojo de la URSS, por obvias razones ideológicas, así como se reproduce insistentemente, a través de la literatura y sobre todo a través del cine, que el papel de los aliados (Inglaterra, Francia y los EE.UU) fue determinante en la guerra, incluso desde hace muchos años se exagera un llamado día “D” para opacar al frente oriental en el que combatieron los soviéticos, y lugar en el que se decidió el fin de la guerra.     
     
«El Triunfo de la Madre Patria Victoriosa». Pintura de Mijaíl Ivánovich Jmelko (1949) 
En el cuadro se ve al Ejército Rojo arrojando los estandartes nazis ante los pies del mausoleo de Lenin en la Plaza Roja.
Imagen tomada de aquí pulse 
Para ampliar la imagen pulse aquí

Un hecho que también pasa desapercibido es la reproducción ideológica. La propaganda que desplegaron los soviéticos a través de carteles que figuraban la defensa de la patria así como los himnos que entonaban el Ejército Rojo fueron fundamentales, no sólo para acerar la moral del hombre soviético sino también para divulgar al mundo entero sobre el carácter de liberación que cumple el socialismo en bien de la humanidad. Muchos de los carteles no sólo hacían hincapié en el valor de los soldados sino también del valor de las mujeres soviéticas, quienes tuvieron que hacerse cargo de la defensa y la economía del país. Los campos roturados para el trabajo agrícola tuvieron que ser ocupadas por ellas, la industria militar fue posible por el papel que ellas desempeñaron en su interior (ellas fabricaron las municiones y el armamento), así como la movilización de miles de mujeres para realizar grandes zanjas, que comprendían muchos kilómetros, para asegurar la defensa de las ciudades. La movilización de las casi adolescentes voluntarias en el frente de batalla como enfermeras, fue la prueba de fuego de aquellas muchachitas que tenían que cargar con el cuerpo de los heridos que pesaban entre 80 y 90 kilos, mientras que ellas oscilaban entre 45 y 55 kilos de su peso. Asimismo, las guerrillas que brotaban en las fronteras de la patria estaban también compuestas por las hijas del pueblo soviético, que codo a codo junto a los hombres no escatimaron en ofrendar sus vidas en defensa de la patria socialista. 

A continuación véase algunos de esos carteles: 
Traducción de la leyenda:
Un tractor en el campo de cultivo es lo mismo que un tanque en el campo de batalla!


Traducción de la leyenda:
Sólo el país donde los hombres y las mujeres tienen igualdad de derechos va a ganar! 
Mujeres, empezad a trabajar en el lugar de los hombres y haced la línea de combate más fuerte!


Traducción de la leyenda:
Integrate a las brigadas de enfermeras del Frente. 
Un soldado necesita tu ayuda!


Traducción de la leyenda:
Larga vida a las camaradas de armas!


Traducción de la leyenda:
Prometimos a nuestros heroicos maridos forjar sus armas y trabajar día y noche 
para romper un récord para ayudar a la línea del frente!


Traducción de la leyenda:
Todo por la victoria! 
A la primera línea mujeres soviéticas

Por otro lado, el ejército de la Alemania Nazi se preciaba de ser la mejor expresión de los “superhombres” (emulando a la “bestia rubia” de Nietzsche). La supremacía de la raza aria fue insuflada por esa  ideología racista. Orgullosamente los nazis se consideraban superiores al resto del mundo, empero en el día de la victoria su ejército de arios fue vencido por su antípoda, a saber, el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos de la Unión Soviética, un ejército popular, multinacional y multicultural, compuesto por todas las nacionalidades que conformaron la URSS como los rusos, ucranianos, lituanos, bielorrusos, moldavos, letones, estones, georgianos, armenios, azerbaidzhanianos, kajazianos, uzbekos, kirguizianos, tadzhikianos, turkmenianos y demás nacionalidades. Tal hecho, culturalmente es muy significativo y frecuentemente pasa desapercibido,  empero es importante recordarlo para echar por tierra toda ideología racista, colonialista y pro-imperialista que justifica la opresión y dominación de los pueblos en función de la supuesta superioridad racial y cultural del occidente burgués y blanco.      

Los nazis pretendieron acabar con la Unión Soviética porque en su momento la URSS representó  la esperanza de los pueblos del mundo y el gran sueño de la humanidad por un mundo mejor. Los nazis fueron vencidos, y posteriormente la Unión Soviética desapareció. Según los liberales estamos en un mundo libre. Orgullosamente tales sujetos reproducen ideológicamente que “a este mundo nadie lo cambia, los sueños por un mundo mejor al mundo capitalista son sólo rezagos de utopías trasnochadas, el único cambio real y posible es la libertad del individuo, es decir, de uno mismo”. Tal ideología liberal en el fondo comulga, a través de su silencio, con el neocolonialismo que ejercen los países capitalistas sobre el resto del mundo. 

Por eso recordar el Día de la victoria sobre el nazismo reafirma la exigencia moral y práctica de que aún “necesitamos una victoria”, tal como cantaba el Ejército Rojo de la URSS en plena guerra liberando a los pueblos del yugo imperialista de los nazis.     

Definitivamente, necesitamos una victoria… 

Traducción de la leyenda:
Adelante!
 La victoria está cerca!


Juan Archi Orihuela
Lunes, 25 de mayo del 2015.

_______________ 

[1] La letra completa del himno que recuerda el Día de la Victoria.  

 Necesitamos una victoria
(Himno de Guerra) 

Aquí las aves ya no cantan
Aquí los árboles ya no crecen
Sólo nosotros, hombro a hombro,
brotamos de esta tierra.

Luces… y vueltas en el planeta
y sobre nuestra tierra, el humo.
Eso significa que necesitamos una victoria más
¡Una para salvar al pueblo!
¡El precio no nos detiene!

¡Esperamos el fuego de la muerte!
¡Y eso no nos da miedo!
¡Las dudas se disipan en la noche cuando avanza…
¡El décimo!
¡Nuestro décimo Batallón!

En el campo de la muerte sólo escuchamos
el grito de las órdenes
Y el cartero se vuelve loco buscando entre nosotros
Salen cohetes rojos
Golpes de metralla que no descansan
Eso significa que necesitamos una victoria más
¡Una para salvar al pueblo!
¡El precio no nos detiene!

¡Esperamos el fuego de la muerte!
¡Y eso no nos da miedo!
¡Las dudas se disipan en la noche cuando avanza…
¡El décimo!
¡Nuestro décimo Batallón!

Desde Kursk y Oriol en esta guerra hemos avanzado 
Llegamos hasta la misma puerta del enemigo
Así es camaradas, lo hicimos
Algún día recordaremos esto y no lo creeremos
Pero aún necesitamos una victoria más
¡Una para salvar al pueblo!
¡El precio no nos detiene!

¡Esperamos el fuego de la muerte!
¡Y eso no nos da miedo!
¡Las dudas se disipan en la noche cuando avanza…
¡El décimo!
¡Nuestro décimo Batallón!  


P.S.

El himno Necesitamos una victoria se sigue interpretando en los tiempos de paz en Rusia así como en los demás países que conformaron la Unión Soviética. A continuación algunas interpretaciones contemporáneas.

En las calles de San Petersburgo, 2011.



En la voz de Elena Vaenga:


Y por los 65 años del Día de la Victoria:






lunes, 18 de mayo de 2015

José Gabriel y Micaela



Un día como hoy, el 18 de mayo de 1781, José Gabriel y Micaela murieron tras ser  torturados de la manera más cruel. Ambos eran esposos y conformaron una familia junto a sus tres hijos, dos de los cuales fueron aniquilados ese mismo día. Ellos fueron los líderes de la mayor insurgencia armada que remeció la estructura del poder colonial del imperio español a fines del siglo XVIII.  

José Gabriel Condorcanqui Noguera (Tupac Amaru II) y Micaela Bastidas Puyucahua o simplemente José Gabriel y Micaela, como pareja resumían todas las contradicciones étnicas que el colonialismo insistentemente separaba y demarcaba durante el siglo XVIII. De acuerdo a las clasificaciones del colonialismo, José Gabriel era “muy blanco para ser indio y muy indio para ser español”; mientras que Micaela era “muy india para ser negra pero no tan india porque tiene algo de negra”.

A pesar de esas clasificaciones coloniales, ellos resumen muy bien lo que la mayoría de los peruanos somos en el presente. Por eso, si algo de sentido tiene la retórica de la identidad histórica, en esa pareja, metafóricamente hablando, se encuentran nuestros rostros, nuestra identidad como nación. Como pareja, ellos expresan el papel histórico de ser los padres de nuestra patria. El mestizaje cultural tiene bases materiales en la cuestión étnica, cuya concreción es histórica y se debate en función del poder.    

Lejos de todo pachamamismo telúrico que linda con retóricas metafísicas, ésta histórica pareja lideró una de las mayores insurrecciones armadas durante el colonialismo para cambiar las injustas condiciones materiales a partir de su base económica: abolición de las encomiendas, la destrucción de haciendas, la abolición de la mita, la abolición de la esclavitud, la destrucción de obrajes y chorrillos. En suma, romper las relaciones de dominación colonial. Tal hecho, frecuentemente es obviado porque podría generar cuestionamientos prácticos al neocolonialismo que sujeta aún al Perú y lo mantiene en su dependencia, que no sólo es económica. Por eso recordar la hazaña que dirigieron José Gabriel y Micaela no se debe reducir al martirio que sufrieron en el cadalso.  

Asimismo, cabe anotar, que el movimiento que dirigieron José Gabriel y Micaela no fue indianista como frecuentemente se le califica por una serie de hechos productos de la guerra, como por ejemplo el desborde de la rabia del campesinado indígena desatada con tanta crueldad en Tungasuca, Calca, Pisac y demás. O, simplemente, cuando se observa y enfatiza la cuestión numérica. El ejército insurgente que organizaron, además de la gran masa del campesinado indígena, tuvo entre sus filas a criollos empobrecidos y a negros, liberados tras la proclamación de la abolición de la esclavitud por José Gabriel. La unidad de las castas, colonialmente hablando, fue un proyecto muy atrevido, no solamente por la sumatoria que ello implicaba sino por la dirección que mostraba. Hubo criollos y negros que no sólo conformaron batallones de asalto, sino que también dirigían de manera dual junto a los indios. La consigna era clara, a saber, “el poder colonial oprime tanto a blancos (criollos para la época), negros e indios”.   

Políticamente, José Gabriel y Micaela no sólo se atrevieron a desmontar al emperador, sino que encararon la necesidad de canalizar y organizar el descontento del pueblo. Ellos incansablemente llevaron hasta donde les fue posible la organización y la insurgencia popular contra el colonialismo. A pesar de la derrota, el derrotero histórico que siguió el Perú aún tiene deudas mal pagadas frente al colonialismo, a saber, la cuestión étnica en función del poder.    


Juan    


PS.

La retórica de la diversidad cultural, no encara lo que José Gabriel y Micaela encararon, a saber, la cuestión material del poder ¿Quiénes mandan en el Perú?

Escena de la película "Tupac Amaru" (1984) de Federico García Hurtado. En la escena se encuentran José Gabriel y Micaela. 


     

domingo, 10 de febrero de 2013

Micaela Bastidas Puyucahua y las mujeres insurgentes


 

 “Si ya era difícil aceptar una insurrección indígena contra el poder colonial, resultaba intolerable [para los españoles] que una mujer se impusiera de la forma que ella [Micaela Bastidas] lo hizo” (Sara Beatriz Guardia)

 

Micaela Bastidas Puyucahua nace en 1745 en Pampamarca (Cusco), hija del mulato (inscrito como español) Manuel Bastidas y de la india Josefa Puyucahua. En función de la percepción y clasificación de castas del colonialismo de la época fue una mestiza zamba, aunque para los chapetones que detentaban el poder colonial (los españoles) fue sin lugar a dudas una simple india. Su familia no contaba con muchos bienes, más bien carecía de ellos, y la situación familiar se agravó cuando queda huérfana de padre siendo aún niña, junto a sus hermanos Antonio y Pedro. Sobre su infancia y sus demás familiares se sabe muy poco, casi nada se sabe de sus padres, no se ha historiado aún en detalles aquel periodo de su vida.

Como toda muchacha de la época colonial, el matrimonio es el punto de partida de su presencia en la historia. Al cumplir los 15 años es desposada por el joven cacique José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru (quien de seguro ya contaba con 22 años)  en el pueblo de Surimana, el 25 de mayo de 1760 [*]. Y como toda mujer casada prontamente se convierte en madre, así es como a un año de matrimonio (cuando de seguro ya cumplió los 16 años) nace su primogénito Hipólito en 1761; su segundo hijo Mariano nace al siguiente año en 1762; y luego de algunos años,  cuando de seguro ya cumplió 23 años, nace su último hijo llamado Fernando en 1768.

La familia que constituye Micaela Bastidas junto a su esposo y a sus hijos formó parte de aquella nobleza indígena del sur del virreinato del Perú que orgullosamente se jactaba de su abolengo por ser descendientes directos de los incas. Su esposo José Gabriel descendía de Doña Juana Pilcohuaco, hija del último inca de Vilcabamba llamado Túpac Amaru, ajusticiado por el virrey Toledo en 1572. Así mediante el matrimonio Micaela llegó a ser la esposa de un cacique de abolengo, del joven José Gabriel que heredó el cacicazgo de Tungasuca, Pampamarca y Surimana, quien a su vez se convertía en un prospero comerciante. Por ello Micaela vivirá en el seno de una familia pudiente que mantiene ciertos privilegios que le corresponde a su casta y que con los años verá incrementar su patrimonio económico.  

Como se sabe la insurrección tupacamarista fue preparada pacientemente con muchos años de antelación, se calcula entre unos cinco a diez años. Si consideramos el año 1770, diez años antes de la insurrección, han trascurrido cuatro años holgados de incremento del patrimonio familiar de los Túpac Amaru, luego de ser reconocido oficialmente como cacique en 1766. Si los próximos diez años fueron de conspiración no hay documentación acerca de la manera cómo pensaban los principales líderes insurgentes como José Gabriel y Micaela. Los contactos que establecía José Gabriel, a través del arrieraje comercial por casi todo el sur del virreinato del Perú y también en Lima, eran todos a través de la oralidad a pesar de que José Gabriel sabía perfectamente escribir, como le correspondía a todo cacique educado en las artes y las letras. Como la ausencia de José Gabriel fuera del seno familiar era periódica y muy prolongada quien periódicamente llevó la administración del patrimonio familiar y del cacicazgo fue Micaela. Para tener una idea sobre el ánimo conspirativo de Micaela por aquellos años y a falta de documentación al respecto, mediante la recreación literaria se ha elaborado, pensando en lo que efectivamente ella hizo posteriormente, lo siguiente:   

“Para mi hubiera sido fácil ser feliz, de haber podido huir de la realidad de los míos. Tan atroz. Vivir, pasando por encima de todo, sin sentir los golpes ajenos, encerrada como en el caparazón de una tortuga, compartiendo mi pan con los asesinos de mí pueblo, a cambio de que me llamaran señora (…). Y aunque el amor a mis hijos debiera haberme apartado de esto, no lo he hecho, porque tengo la convicción de que, a pesar de ser casi niños, están de acuerdo con migo” (Barrionuevo 1976: 20).   

Asimismo faltando algunos años para la insurrección, tal vez hubiera pensado y hecho lo siguiente:

“Los indios somos muchos y él [José Gabriel] ha comprendido finalmente que sólo la revolución podrá liberar a todos. Después que lo pensó yo he estado con él, llevándole las quejas, animándole, y recordando a los hombres el valor de nuestros antepasados, tratando de incentivarlos para despertar en su sangre las artes dormidas de la guerra, insuflándoles fe en un nuevo destino, en un mañana sin cadenas. Soy una mujer andina y tengo el coraje y la bravura de las kaneñas” (Barrionuevo 1976: 23).

Cuando estalla la insurrección el 4 de noviembre de 1780, ella contaba con 35 años de edad y como muchas mujeres que participaron e integraron el ejército rebelde se la juega el todo por el todo, es decir, triunfan todos o mueren todos. Pero a diferencia de muchas  mujeres que participaron de la insurrección ella adquiere un gran protagonismo en la medida que se desenvolvía los hechos de la guerra, paralelamente a su esposo ella es vista  como la jefa indiscutible de la insurrección. Si Tupac Amaru ejerció a lo largo de la insurrección el poder de un inca, ella ejerció el poder de la coya (la reina).

Micaela se encarga de la logística de todo el movimiento insurgente, no sólo moviliza, abastece y dirige algunas guerrillas, como el caso de las guerrillas de Pillpinto y Pomacanchi el 28 de noviembre de 1780, sino que es la encargada de coordinar la comunicación de todos los frentes de batalla mediante cartas y la elaboración de los salvoconductos. Ella es la que coordina, notifica, sanciona, agrupa y abastece con efectivos, víveres y armas los frentes de batalla. Tal rol protagónico lo desenvuelve y se acrecienta entre fines de noviembre y diciembre de 1780. Por ejemplo el 07 de diciembre de 1780 Micaela asume el mando del ejército mayor, mientras que Túpac Amaru sale en campaña militar hacia el sur del virreinato. Tal facultad la ejerce porque ella es una de las pocas mujeres, junto a  Tomasa Tito Condemayta (la cacica de Acos), que conforma el estado mayor del ejército tupacamarista y por ser la fiel compañera de José Gabriel y preclara promotora de la insurgencia.    

A través de las cartas que envío Micaela a los miembros y dirigentes del ejército tupacamarista se puede corroborar el grado y protagonismo que adquirió. Al respecto la historiadora Sara Beatriz Guardia anota:

“Son cartas destinadas a informarle cuestiones puntuales; también solicitudes de justicia a través de las cuales se advierte que tenía autoridad suficiente para dirimir, juzgar y sentenciar. En ellas la llaman: “muy señora mía”, “muy amada hermanita mía”, “amantísima y muy señora mía”, inclusive “señora gobernadora” (Guardia 1998: 137).

Precisamente el 13 de diciembre de 1780 Micaela expide un edicto presentándose como gobernadora, evidenciando así el poder que detentaba como la líder de los insurgentes. Pero el poder que ejercía Micaela no se distanciaba ni mucho menos se contraponía al proyecto insurgente, todo lo contrario, complementaba muy bien el poder que ejercía su esposo, el Inca. Ella apuró el retorno de Túpac Amaru a Tungasuca a partir de la información con la que contaba para sitiar el Cusco, ya que las fuerzas realistas avanzaban pretendiendo cercar Tungasuca. Aquel liderazgo que ejercía Micaela, y que sólo fue maldecido con espanto por los españoles para descalificarla, fue observado por el historiador Carlos Daniel Valcárcel de la manera siguiente:

“La cordura de sus acciones confirió a doña Micaela un gran prestigió entre los suyos, como es notorio en los textos de numerosas cartas enviadas por caciques, gobernadores y particulares. En ellas más que a la esposa del jefe se dirigen a la autoridad superior, a la “Reina” y le solicitan consejos para resolver variados problemas. Las misivas procedían de pueblos de las diferentes provincias, sincerándose de acusaciones infundadas, consultando ciertos asuntos administrativos, dando noticias sobre envíos de hombres o movimientos sospechosos, remoción de autoridades o apoyo económico, atendidos invariablemente con justo criterio y raro tacto psicológico” (Valcárcel 1973: 99).

Como ya es conocido después de la batalla de Chinchina, en Tinta, ocurrida el 6 de abril de 1781, Túpac Amaru cae prisionero al día siguiente (el 7 de abril) cuando se retiraba camino a Langui en una emboscada y clara traición urdida por sus propios colaboradores como Francisco Santa Cruz (quien fuera compadre de José Gabriel), Ventura Landaeta, Fernando Goamara y el cura de Langui, Antonio Martínez. Asimismo en el mismo día Micaela es capturada junto a sus hijos Hipólito y Fernando cuando se disponían a partir camino a Livitaca, igualmente debido a otra traición. Junto a la familia de Micaela caen también prisioneros la cacica de Acos, Tomasa Tito Condemayta, así como Cecilia Túpac Amaru, Patricio Noguera, el coronel José Mamani, los artilleros Ramón Ponce y Diego Berdejo, Andrés Castelo, Felipe Mendizábal, Isidro Puma, Mariano Castaño, Diego Ortigoso, el escribiente Manuel Gallegos, Melchor Arteaga, Blas Quiñones, José Valera, Esteban Vaca (fundidor de artillería), Francisco Torres, el varayoq Lucas Colqe y el más leal colaborador del inca Túpac Amaru, el negro Antonio Oblitas.

Micaela muere ajusticiada junto a su marido y a los suyos el 18 de mayo de 1871. Su muerte fue la consumación de un largo martirio que sus captores le infligieron mediante una serie de torturas sistemáticas con el fin de doblegarla para que delate a los que aún seguían impulsando la insurgencia armada. La tortura que padeció Micaela adquirió su mayor crueldad __además de ver morir a sus amigos, parientes (como a su hermano Antonio Bastidas que fue ahorcado en su presencia) y compañeros de lucha__ cuando presencia la muerte de su hijo Hipólito, su primogénito.  
 
Mural Micaela Bastidas (2009) del artista peruano Olfer Leonardo. Imagen tomada de Aquí

Así como Micaela fueron muchas las mujeres que participaron de la insurgencia tupacamarista, la gran mayoría de ellas fueron las mujeres campesinas, a las que colonialmente llamaban indias, así como también las hubo mestizas, zambas y mulatas. Mujeres todas ellas que ayudaron a sus maridos, hermanos, hijos y parientes más próximos; e incluso es probable que algunas hayan sido sólo amantes de algunos insurgentes, cuya entrega amorosa también consistió en apoyar y colaborar con la rebelión armada.

Entre las mujeres que destacaron en la insurgencia tupacamarista, además de Micaela Bastidas, se encuentra indudablemente la personalidad de la cacica de Acos, doña Tomasa Tito Condemayta. Doña Tomasa fue una de las cacicas más pudientes de todos los miembros que conformaron la dirección del ejército insurgente (muchos de ellos caciques empobrecidos o sin abolengo), contaba con unas cien fanegadas de tierra, cuantiosos bienes y un numeroso ganado que le permitía llevar una vida holgada antes de la insurrección. Su presencia como miembro del Estado mayor del ejército tupacamarista fue debido al poder real que detentaba y a la muestra de fidelidad que entregaba a la causa revolucionaria. Literalmente entregó y dejó todo por la insurgencia tupacamarista, incluso abandonó a su marido, el español Faustino Delgado, y a sus hijos Ramón, Lorenza y Mariano por seguir la causa revolucionaria. La cacica de Acos contaba con unos 40 años cuando participa del movimiento insurgente, hija de Sebastián Tito Condemayta y de doña Idelfonsa Hurtado de Mendoza. Fue una de las primeras que organiza su cacicazgo en aras de la insurgencia, moviliza a sus hombres a través de los varayoq (autoridades de las comunidades campesinas) y pone a disposición su riqueza para financiar y sostener la insurgencia. La cacica de Acos es la que se encarga de organizar la elaboración de rejones, picas y lanzas; así como también participa directamente de la insurrección dirigiendo los ejércitos rebeldes en donde frecuentemente avanza en la primera línea de fuego. 

También la presencia de Cecilia Túpac Amaru, prima del líder José Gabriel Túpac Amaru y hermana de Diego Cristóbal Túpac Amaru (quien ejercerá el liderazgo de todo el movimiento insurgente tras la muerte de José Gabriel Túpac Amaru) es sobresaliente. Cecilia no sólo se encuentra emparentada con los líderes de la insurrección, sino que ella a pesar de estar casada con el español Pedro Mendigure, toma partido por la insurrección tupacamarista, decisión que seguirán también sus hijos, Lorenza, Felipa y Andrés (más conocido como Andrés Túpac Amaru, “el inca mozo”). Cecilia es una de las que organizan los pertrechos de las tropas y así como también participa decididamente en el campo de batalla: dio la pelea en el cerco del Cusco.  Cecilia cae prisionera, junto a José Gabriel, y muere en el encierro que padece, producto de las torturas.

Otra de las mujeres insurgentes que destacó por el poder que ejerció en el movimiento rebelde contra el poder colonial es Bartolina Sisa, esposa de Julián Apaza (más conocido como Túpac Catari). Bartolina, así como su familia y parientes que participaron de la insurgencia, no sólo representa al grupo aymara insurgente que apoyó decididamente a los tupacamarus a través de la conformación de montoneras que remeció el poder colonial en el Alto Perú, sino que por su extracción social formó parte de aquella dirigencia plebeya (o “jefatura plebeya”) que logró un merecido protagonismo a raíz de su destacada participación armada. Bartolina se ganó el apelativo de “la Virreyna”, ya que su esposo se presentaba como el virrey de Túpac Amaru, la familia Apaza-Sisa no fueron ningunos advenedizos en el movimiento, sino que formaron parte de la conjura y de los preparativos de la insurrección en Tungasuca. Bartolina ejercía el poder a la par de su esposo, fue la encargada de continuar con el cerco que ejercían los rebeldes sobre la ciudad de la Paz el 23 de mayo de 1871. Cae prisionera el 2 de julio de 1871 y tras un largo y penoso encierro es ajusticiada en 1872.

También cabe anotar algunas líneas sobre Gregoria Apaza, hermana de Julián Apaza (Túpac Catari) quien siendo la pareja del “inca mozo”, Andrés Túpac Amaru, se desenvolvió con cierto protagonismo a lo largo de la insurrección en el Alto Perú dirigiendo montoneras. Gregoria a lo largo de su participación en la insurrección cumplió, debido a las circunstancias, el papel de jueza que dio sentencia de muerte a españoles y criollos realistas. Asimismo participó en el cerco de La Paz y en la toma de Sorata. Fue ejecutada conjuntamente con Bartolina en 1872, luego de purgar un lamentable encierro.

Asimismo vale reparar en la relación de prisioneras emparentadas con los Túpac Amaru, que cayeron el 31 de mayo de 1783, fecha que anunciaba ya el fin la insurgencia, para así reconocerles el duro y exigente papel que han cumplido en la historia de nuestro pueblo. Aquellas mujeres insurgentes tienen nombre y apellidos y fueron las siguientes: Manuela Tito Condori (esposa de Diego Cristóbal Túpac Amaru, líder que continuó con la insurgencia), Marcela Castro (madre de Diego Cristóbal Túpac Amaru), Antonia Tupac Amaru (tía directa de José Gabriel Tupac Amaru), Lorenza y Felipa Mendigure Tupac Amaru (primas de José Gabriel Túpac Amaru), Margarita Acevedo (tía abuela de Diego Cristóbal Túpac Amaru), las hermanas Paula y Martina de Castro (tías de Marcela Castro), Francisca Fuentes (esposa de Francisco Noguera, primo de José Gabriel Túpac Amaru), Asencia de Castro (esposa de Lorenzo Noguera que a su vez es hijo de Francisco Noguera), Paula Noguera (hija de Francisco Noguera), Patricia Díaz Castro (prima hermana de Diego Cristóbal Túpac Amaru), Asencia Fuentes Castro (prima de Diego Cristóbal) y su hijas María y Marcela Luque Fuentes, Nicolasa Torres (esposa de Miguel Tito Condori, suegro de Diego Cristóbal), Marcela de Torres (cuñada de Diego Cristóbal), Antonia Tito Condori (cuñada de Diego Cristóbal), Isidora y Bartola Escobedo (primas hermanas de Diego Cristobal), Catalina Huancachoque (madre de las hermanas Escobedo), Nicolasa Aguirre (concuñada de Juan Bautista Túpac Amaru), Narcisa Puyucahua (tía de Micaela Bastidas), Andrea Uscamanco (esposa de Cayetano Castro, primo de Diego Cristóbal), Santusa Castro (tía de Diego Cristobal), Gregoria Marqui (mujer de Manuel Tito Condori), Juliana Marqui (hija de Manuel Tito Condori), Antonia Caya (mujer de José castro), Antonia Castro (prima de Diego Cristóbal), Santusa Canque (mujer de Antonio Castro), Margarita Condori (tía política), Dionisia Cahuaytapa (esposa de Marcelo Puyucahua, tío de Micaela), Margarita Uscamayta (mujer de Tomás Araus), Rosa Noguera Túpac Amaru y Margarita Noguera (Véase Sivirichi 1979: 160-161).

Y entre las mujeres que no se encuentran emparentadas con los tupacamarus se encuentran las siguientes: María Ramos, Sebastiana Ramos, Margarita Díaz y Micaela Castellanos (Véase Sivirichi 1979: 162). 

Sobre las miles de mujeres anónimas que participaron de la insurrección acompañando a sus esposos, hijos, hermanos y demás parientes, el historiador Juan José Vega anota sucintamente en función de la documentación histórica lo siguiente:

(…) sin la presencia de aquellas mujeres, ningún apoyo logístico habría sido posible: el transporte de armas, bagajes y municiones; el acarreo de víveres, agua y ropas; la preparación del rancho de las fuerzas combatientes; el levantamiento de las carpas o de rústicas chozas provisionales; el cuidado de los heridos y enfermos; el lavado y otras tareas de higiene elemental, fueron, entre otras, funciones de sacrificadas compañeras que participaron por decenas de millares en la sublevación” (Vega 1981: 523)

Por otro lado, no faltaron caciques realistas (como Mateo Pumacahua, Diego Choquehuanca, Pedro Sahuaraura, Nicolás Rosas, Eugenio Sinanyuca, Manuel Chuquinga y demás), asi como chapetones (espetados con sorna por los indios como pukacuncas, "cuellos rojos" o "enrojecidos") y criollos que vieron en la insurgencia tupacamarista una simple aventura  codiciosa  que atentaba contra sus privilegios de clase y de casta. La defensa de esos privilegios a la larga se trocaron en un gran miedo __ miedo que posteriormente se prolongó y se convirtió en una de las ideas fuerza que constituyó la idea de nación en el Perú__ ante el crecimiento de una gran insurgencia plebeya que Micaela Bastidas Puyucahua, así como muchas de las mujeres que impulsaron con gran tesón aquel movimiento insurgente, pretendió convertir en una gran guerra campesina.  

Reconocer que los hechos de la  insurgencia tupacamarista anunciaban una gran guerra campesina contra el colonialismo, animada con mucho coraje por sus mujeres, permite dejar de lado esa  visión edulcorada de la historia que reproducen, althusserianamente, los aparatos ideológicos del Estado, en función del orden de dominación que antaño la insurgencia cuestionaba.  


 
 
Juan Archi Orihuela
Andahuaylas, domingo 10 de febrero del 2013.

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[*] En cuanto a las fechas (nacimientos y demás) sigo lo que ha consignado el historiador Carlos Daniel Valcarcel (1973).  


Referencia bibliográfica.

BARRIONUEVO, Alfonsina
1976    Habla Micaela. Ediciones Iberia, Lima.

GUARDIA, Sara Beatriz   
1998    “Micaela Bastidas y la insurrección de 1780”, en: Mujer, cultura y sociedad en América latina. Université de Pau et des Pays de L´Adour, Pau, pp.129-152.

SIVIRICHI TAPIA, Atilio
1979    La revolución social de los Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.

VALCARCEL, Carlos Daniel
1973    “Micaela Bastidas”, en: La rebelión de Tupac Amaru. Peisa, Lima, pp. 95-100.

VEGA, Juan José
1981    “El rol de la mujer en el ejército rebelde”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 522-526.

 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Túpac Amaru y la insurgencia


                “Túpac Amaru cóndor de fuego
                brama en los Andes tu corazón. 
                Eres incendio en los picachos
                canto y bandera de rebelión. 
                (…)
                Túpac Amaru padre del trueno
                que estalle pronto tu caracol. 
                Ya están prendiendo tus guerrilleros
                grandes fogatas de insurrección.”
                                                                                                  (Tiempo Nuevo. Túpac Amaru


La figura del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui, más conocido como Túpac Amaru II o simplemente Túpac Amaru, ha animado toda una serie de imágenes que van desde el indianismo culturalista y pachamámico, al que algunos identifican y llaman “resistencia andina”, hasta las luchas políticas de liberación nacional contra toda forma de imperialismo. Lo primero en cierta manera es una exégesis muy forzada y hasta cierto punto acentúa una imagen descafeinada acerca de lo que hizo el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana; mientras que lo último, si bien la diferencia histórica es una determinación en sentido hegeliano, no es nada casual e incongruente porque Túpac Amaru II históricamente se levantó en armas contra el imperio español del siglo XVIII. Más aún, si se repara en que la revolución tupacamarista pretendió una ruptura radical contra el poder y el orden colonial de todo el virreinato del Perú, se podrá reconocer que la independencia “criolla” del Perú proclamada en 1821, y que se logró posteriormente tras un enfrentamiento militar en 1824, fue la antípoda del proyecto Tupacamarista.    

José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II) se levantó en armas el 4 de noviembre de 1780 contra el poder colonial a la edad de 42 años. El movimiento de insurgencia que lideró y se expandió por casi todo el sur del virreinato del Perú fue preparado pacientemente con antelación. Se calcula que los preparativos que les tomaron a los insurgentes fueron entre 5 a 10 años aproximadamente (Vega 1981b: 468). Cinco años antes de la insurrección José Gabriel ya se reunía y coordinaba con Julián Apaza Nina (conocido posteriormente como Tupac Catari), así como con otros de los líderes de la insurgencia, entre los que se encontraban criollos como Miguel Felipe Bermúdez y Miguel Montiel. Antes de la insurrección tupacamarista se registraron, durante todo el siglo XVIII en el virreinato del Perú, 75 levantamientos armados liderados en su mayoría por indígenas, así como también, aunque en menor grado, por mestizos, negros y mulatos (Sivirichi 1979: 43-46). En enero de 1780, en el mismo año de la insurrección tupacamarista, el joven cacique Bernardo Pumayalli Tambohuacso (quien contaba con tan sólo 24 años), junto al criollo Lorenzo Farfán de los Godos y demás implicados criollos, animan la conspiración de los plateros (Valcárcel 1973: 31-33). Asimismo en el Alto Perú, el 13 de octubre, Tomás Catari dirige una insurrección en Chayanta.

El líder de la insurrección tupacamarista, fascinado ya por la lectura de los Comentarios Reales del mestizo Garcilaso de la Vega Chimpuocllo y premunido por algunas ideas sobre el “cuerpo político” y el “soberano”, ideas políticas que discutía en círculos secretos junto a su colaborador Miguel Montiel y Surco (criollo insurgente, quien tuvo una estancia prolongada en Inglaterra y Francia por cinco años antes de unirse a los rebeldes), comprendió que era necesario generar una fuerza armada con la capacidad de encarar una guerra desigual frente al poder militar del colonialismo. Frente al ambicioso proyecto político que se propuso (la independencia del virreinato del Perú), José Gabriel  se vio obligado a encarar la necesaria cuestión militar si no quería ser derrotado rápidamente como muchas insurrecciones, levantamientos y conspiraciones que le antecedieron. Para tal efecto frente al ejército profesional con el que contaba el virreinato del Perú, generó un ejército insurgente (infantería, caballería y artillería) que al desenvolverse como una fuerza beligerante se vio exigido, por la estrategia militar empleada, a convertirse en un ejército guerrillero.

Pero ese ejército insurgente no desplegó una guerra de larga duración, como estratégicamente en su momento Juan Santos Atahuallpa lideró entre 1742 y 1760 desde la selva central (El Gran Pajonal), sino una guerra de “corta duración” en el que el tiempo se encontraba sujeto a la focalización del espacio (La toma del Cusco). En el breve tiempo que duró la insurgencia entre el 4 de noviembre de 1780 (dirigida por José Gabriel Túpac Amaru) y marzo de 1782 (cuando capturan a Diego Cristóbal Túpac Amaru, primo del líder Túpac Amaru, quien fue el que asumió la dirección de todo el movimiento insurgente a la edad de 26 años y continuó con la insurrección por todo el sur), no pudo rebasar sus límites espaciales a pesar de que la insurgencia prendió, muchas veces inconexamente, en muchas partes del sur del Virreinato del Perú y fuera de él, como en la ciudad de Mérida en el Virreinato de Nueva Granada (Actualmente la República Bolivariana de Venezuela).
                                    
El ejército tupacamarista estuvo compuesto por indios campesinos, así como por caciques de abolengo, criollos empobrecidos, mestizos, mulatos y negros esclavos. La dirección y el liderazgo indiscutible de todo el movimiento insurgente estuvo a cargo del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II), sin embargo la estructura del ejército se articulaba por el principio de “dos capitanes generales”, compuesto por un criollo y por un indio (congruente a una sociedad reclasificada por una estructura de poder en función de la cuestión racial y de castas). A modo de ejemplo, la región central de la insurrección (Valle de Vilcanota) fue liderada por el criollo, Miguel Felipe Bermúdez, y por el quechua de Tinta, Aymi Tupac (Vega 1981b: 472).

La toma de la ciudad del Cusco por el ejército insurgente fue uno de los objetivos militares que se plantearon los rebeldes para que la insurgencia se expanda por todo el virreinato. Pero la toma de la ciudad no implicaba su destrucción, sino su rendición. Por eso cuando Túpac Amaru sitió el Cusco no tomó la ciudad porque sus colaboradores criollos no generaron las condiciones para que el Cusco caiga en rendición. La estrategia de los insurgentes fue la de socavar paulatinamente, batalla tras batalla, el poder imperial que sostenía la ciudad del Cusco a través de la toma de haciendas, la destrucción de las minas, la liquidación de los obrajes, batanes y chorrillos, así como la prohibición de los “repartos”, la liberación de los esclavos negros y la eliminación de la servidumbre indígena. Todos esos hechos tenían como punta de lanza la eliminación de los “corregidores”, autoridades hispanas que ejercían el poder político, administrativo y judicial, para generar vacíos de poder. Frente a ese vacío de poder, el Inca, como se proclamo José Gabriel, generó un nuevo poder armado insurgente para aunar las voluntades de todos los sojuzgados por el poder colonial.

El ejército tupacamarista nunca logró consolidar un ejército profesional, tuvo muchas limitaciones tanto en hombres, así como en armamentos. La disciplina fue uno de los problemas que tuvo que encarar el ejército rebelde, así como la participación periódica del gran contingente que conformaban los batallones. El gran contingente de guerrilleros que formaban parte del ejército rebelde procedían del campesinado indígena, así como los trabajadores de las mitas, los obrajes, los siervos de hacienda y los esclavos negros; los mestizos (quienes eran  pequeños comerciantes, capataces, trabajadores del hierro y había quienes sabían leer y escribir) ocuparon la función de ser los “fusileros” (generalmente eran los únicos guerrilleros que manejaban los fusiles, aunque por el desenvolvimiento de los hechos de la guerra eso cambio) y algunos formaron parte de la artillería; los caciques y los criollos fueron parte de la dirección ocupando las funciones respectivas en las jefaturas regionales, asimismo muchos de ellos impulsaron el trabajo logístico, frente logístico que estaba bajo la dirección de Micaela Bastidas (esposa y compañera del líder rebelde), que permitió a los rebeldes contar con una red de comunicación (aunque limitada) por todos los lugares a los que llegó la insurrección. En algunos casos también asumieron algunas jefaturas regionales indios sin abolengo alguno, asi como negros esclavos (libertos por la insurrección) como Antonio Oblitas (que se convirtió en un cercano colaborador de Túpac Amaru).   


Un fusilero mestizo, guerrillero del ejército tupacamarista prendiendo fogatas de insurrección en el Virreinato del Perú (Siglo XVIII). La imagen se encuentra en el libro Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen 1. La dominación española del Perú. (El autor de la ilustración es A. Colmenares M., 1975).

El armamento de los rebeldes fue limitado. Cuando los rebeldes inician la insurgencia contaban tan sólo con 75 fusiles anticuados, dos cajones de sables y unas pocas armas (entre rejones y “carabinas”). El resto del armamento se consiguió en la línea de fuego,  batalla tras batalla, los fusiles y sus respectivas municiones, así como los escasos cañones con el que contaba la artillería, se conseguían mediante el asalto a las guarniciones de los realistas. Las huaracas (hondas con el que lanzaban piedras con gran destreza y a gran distancia) fueron las armas más empleadas por los batallones rebeldes de asalto, tanto por aquellos que iban a pie, así como quienes iban a caballo; también el uso de cuchillos, palos y cuerdas para el ajusticiamiento y la emboscada fueron empleados con habilidad.

Todos los rebeldes, así como el propio  José Gabriel Condarcanqui, no tuvieron una previa instrucción militar, todo lo aprendieron en la línea de fuego. La estrategia de lucha armada que emplearon tenía que adecuarse al terreno de los Andes y sacar ventaja de ello, a saber, evitar en la medida de lo posible los enfrentamientos directos con la fuerza de los realistas (que después del triunfo de la Batalla de Sangarará y la retirada del Cusco le proporcionaron grandes bajas por la limitación del armamento con el que contaban). Por eso el factor sorpresa fue manejado muy bien por el ejército rebelde y que a la larga le permitió el avance que consiguieron. Para tal efecto los insurrectos emplearon el sabotaje, las inundaciones de poblados, la emboscada, las incursiones nocturnas, los incendios de haciendas y las tretas militares.

Los sabotajes fueron frecuentes y básicamente se focalizaban a la incursión militar del enemigo, los rebeldes destruían los puentes por el que el ejército realista tenía que cruzar, retardando así el enfrentamiento para ganar tiempo necesario en toda guerra. Las inundaciones se emplearon para tomar y anular la resistencia de una ciudad; los rebeldes represaban los ríos para descargarlos sobre la defensa de la ciudad, el caso de la toma de Sorata, reducto realista, (ubicada actualmente en la República Plurinacional de Bolivia) por Andrés Túpac Amaru, Pedro Vilcapaza y Antonio Bastidas fue por esta modalidad. La emboscada fue frecuente como una forma de ataque sorpresivo, cuya finalidad era diezmar a las columnas del ejército realista cuando avanzaba a unirse a otras columnas. Las incursiones nocturnas fueron frecuentes cuando el ejército realista acampaba, la oscuridad de la noche fue utilizada con gran ventaja por los rebeldes. Los incendios de haciendas  se realizaban para anular la forma de la producción colonial que sujetaba en el servilismo al campesinado servil que una vez libre se unía a los rebeldes; y, por último, las tretas militares se empleaban para cambiar la sensación de derrota o victoria frente al ejército realista y estas consistían en divulgar información falsa y rumores para confundir al enemigo (como el número de sublevados y el avance militar) (Vega 1981b: 484-494).

A pesar de todo el esfuerzo desplegado por los rebeldes (campesinos, caciques, criollos empobrecidos, mestizos, negros y mulatos), la insurgencia tupacamarista fue finalmente aplastada. Todos los líderes fueron brutalmente aniquilados con sevicia por el poder colonial.

La insurrección armada de Tupac Amaru II no fue nada idílica, como muchos culturalistas y pachamámicos enfatizan al respecto de la “resistencia andina” a partir de la reproducción cultural de una mercancía descafeinada (entre los que se ecuentran poemas, pinturas, canciones, bailes y demás). Como toda insurrección armada fue un hecho brutal por el enfrentamiento de dos fuerzas armadas que produjo todas las tensiones, contradicciones y horrores propios de toda guerra. Y si se considera que los rebeldes tupacamaristas tenían que luchar contra un poder que se defendía con el armamento más sofisticado de su época y reprimía violentamente con sevicia pública, puede comprenderse por qué muchas veces los hechos modifican los planteamientos iniciales de todo movimiento insurgente, o, en todo caso, los movimientos insurgentes se comprenden en su mayor dimensión cuando se observa y no se suspende su carácter de insurgencia armada. Al respecto un historiador como Juan José Vega anota de manera pertinente lo siguiente: 

“Las multitudes avanzaron muy de prisa en sus concepciones, rompiendo algunos de los objetivos iniciales que los caudillos habían trazado para la primera etapa. Pronto José Gabriel Túpac Amaru dejó de ser el curaca aparentemente fiel a Carlos III para revelarse como lo que era realmente: un aristócrata incaico anhelante del cetro de sus antepasados y de libertad y justicia para su patria. En forma simultanea dejó igualmente de ser un moderado reformista social para descubrirse como un profundo revolucionario” (Vega 1969: 76)

Sobre el proyecto político tupacamarista se ha afirmado (y celebrado) su naturaleza de ser nacional en la medida que apuntaba a la integración del “cuerpo político” que venía siendo sojuzgado por el dominio del Imperio Español. Asimismo algunos críticos ensayistas, como Emilio Choy, han observado aquel hecho insurgente como parte de un proceso mayor del poder imperial para evitar toda celebración sui generis (Choy 1988). Pero ese “nacionalismo”, si cabe el término, no tenía nada que ver con el “nacionalismo criollo” que posteriormente se impuso en todo el continente cuando se crearon las nuevas repúblicas “independientes” del siglo XIX.

Túpac Amaru lideró un proceso revolucionario con todos sus horrores (Vega 1981a:399-400), diferente a la hegemonía del poder criollo que se impuso después. Por eso en el proceso de la independencia criolla el cacique Mateo Pumacahua, otrora represor realista y azote del ejército tupacamarista, calza muy bien como uno de sus preclaros precursores, empero José Gabriel Túpac Amaru desentona en todos los bemoles posibles. Tal vez por eso historiadores como Juan José Vega (1969) y Alberto Flores Galindo (1996) señalan que el cacique cusqueño se adelantó históricamente a su época. Indudablemente Túpac Amaru no sólo se adelantó al siglo XIX, sino incluso fue más allá del  siglo XX, porque aún no se ha construido una nación, como un proyecto real de integración nacional en el Perú y en todo el continente.  




Juan Archi Orihuela
Domingo, 25 de noviembre de 2012.


Referencia bibliográfica  

CHOY, Emilio
1988    “Sobre la revolución de Tupac Amaru” [1954], en: Antropología e Historia Tomo 3. UNMSM, Lima, pp. 106-134.

FLORES GALINDO, Alberto.
1996    “La nación como utopía: Tupac Amaru 1780”, en: Obras Completas IV. SUR Casa de Estudios del Socialismo-CONCYTEC, Lima, pp. 371-384.

SIVIRICHI TAPIA, Atilio
1979    La revolución social de los Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.

VALCARCEL, Carlos Daniel
1973    La rebelión de Tupac Amaru. Peisa, Lima. 

VEGA, Juan José
1969    José Gabriel Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.
1981a  “Tupac Amaru y su tiempo. Alzamientos y campañas”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 373-464.
1981b  “EL ejército de Tupac Amaru”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 465-544. 


P.S.

1. En el Perú los censores no se equivocan cuando censuran la imagen de Túpac Amaru porque históricamente el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana ha sido “canto y bandera de rebelión”. Tuvieron que pasar casi 200 años, después de su brutal ejecución y aniquilamiento de todo el movimiento tupacamarista, para que se reconozca en toda su magnitud la hazaña realizada por José Gabriel y la insurrección armada que dirigió. Empero, el autoproclamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1975) en el Perú cuando legitimó la figura histórica de Túpac Amaru (Un retrato del cacique cuelga aún en el Palacio de Gobierno del Perú) y enfatizó el papel de ser el precursor de la independencia, suspendió el carácter insurreccional del movimiento tupacamarista y le quitó toda rebeldía al personaje y líder insurgente (el retrato es de un cacique destemplado y vacío. Véase aquí: Pulse). Más aún, la historiografía al considerarlo como un precursor de la independencia (1821) no ha hecho más que, a través de un remilgado discurso "nacionalista", mitigar y aplacar ciertos miedos de naturaleza colonial, a saber, la violencia que genera todo proceso de insurgencia plebeya (campesinos, esclavos y explotados) en su lucha contra la opresión del poder imperial.

2. Lejos de exagerar o quitarle méritos a la producción artística, hay una canción que revive fielmente el espíritu insurgente de Túpac Amaru. Parte de su letra acompaña a modo de epígrafe el presente escrito. La canción se llama “Túpac Amaru” y fue grabada a ritmo de huayno cusqueño a mediados de la década del 70 por el grupo peruano Tiempo Nuevo. Parte de su letra recoge muy bien los significantes que han hecho de Túpac Amaru un personaje comparable sólo a Espartaco por el papel que cumplió como luchador social en la historia de toda Nuestra América. Si Túpac Amaru, como dice parte de la canción, es hijo del sol, padre del trueno, cóndor de fuego (significantes culturales del mundo andino), canto y bandera de rebelión es porque su nombre es sinónimo de insurrección. Durante el siglo XX varios movimientos insurgentes en Sudamérica han tomado el nombre de tan valeroso cacique, pero eso… ya es otra historia.



José Gabriel Condorcanqui
tu corazón se adelanta
un ejército de flechas desfilan por tu mirada
De todos los hechos siglos
llegan vientos de amenazas
Mientras las hondas disparan rojas canciones al alba.

Túpac Amaru cóndor de fuego
brama en los Andes tu corazón. 
Eres incendio en los picachos
canto y bandera de rebelión.

Cacique de Tungasuca
Hijo de cóndor y alondra
para entrar en las espinas todos tenemos de sobra
Los dardos de tu mirada
y un corazón que no llora
Como bandera agitamos tu sangre libertadora.

Túpac Amaru padre del trueno
que estalle pronto tu caracol. 
Ya están prendiendo tus guerrilleros
grandes fogatas de insurrección.

La brigada de pututos
estan derribando estrellas
Y a las huaracas descargan una lluvia de candela
Y en los ojos insurrectos los viejos rencores velan
Las guerrillas en la sangre mordiendo canta pelea

Túpac Amaru hijo del sol
quema tu sangre, arde tu voz
De pie te esperan los campesinos
Tupac Amaru libertador.