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jueves, 21 de mayo de 2015

“Todas las sangres” como discurso ideológico



La novela Todas las Sangres (1964) de José María Arguedas es una de esas novelas que ha alcanzado más resonancia por la mención de su título que por la lectura de su contenido. Tal hecho responde en parte a la sobrevaloración que ha alcanzado su autor y que en sentido estricto no tiene nada que ver con las letras, sino con la empatía que genera su vida doliente y desventurada, representada y rememorada siempre como si fuera el compendio de la vida doliente y trágica del hombre andino. Empero, Arguedas siempre fue  un misti [1]. Ideológicamente éste misti ha sido resignificado y presentado como una suerte de redentor cultural, por quienes vienen reproduciendo insistentemente el paternalismo por otros medios.      

Pero ¿qué es “todas las sangres”? como novela es un relato sobre la descomposición del latifundio andino, presentado como una gran tragedia. En esta tragedia andina, el capital (como mecanismo local y universal) y el movimiento campesino (como descontento espontáneo y local) se recrean a través de una serie de voces contrapuestas. Por su naturaleza, el poder del latifundio es recreado en función de las relaciones del trabajo servil y de una ideología de dominación que la sostiene. Asimismo, la concepción mágica y señorial del mundo semifeudal, presente a lo largo del relato,  convierte la fatalidad que caracteriza a la vida de los personajes en una esperanza incierta. Y ¿qué sentido adquiere la figuración de “todas las sangres” en la novela? Simplemente como un referente orgánico y volitivo que permite vincular la extracción de clase (o de casta) de los diversos personajes de la novela  a  un todo continuo y palpitante, plagada por una serie de contradicciones explícitas o tácitas. 

La sangre o las sangres en un mundo feudal o semifeudal es lo que permite la reclasificación social de los sujetos como voces colectivas (un pueblo), cuya concreción es determinada en función de una estructura de poder colonial. En la novela la estructura del poder semi-feudal es cuestionada desde su inicio. A largo del relato, el cuestionamiento a esa estructura de poder se focaliza y personifica, no obstante esa voz disidente que la cuestiona (la de Demetrio Rendón Wilka) termina por legitimarla.

Para muchos Todas las Sangres es, además de una gran novela, un manifiesto insistente contra la injusticia que emana del mundo semifeudal. Al respecto, un historiador como Alberto Flores Galindo, consideraba que en ésta novela Arguedas recrea su apuesta por la revolución social. En las antípodas de esta percepción y valoración positiva, la doxa de Mario Vargas Llosa acentúa la idea de que el esquema marxista de la lucha de clases orienta y articula la estructura de ésta novela; y, por ende, pierde su calidad literaria en comparación de sus anteriores relatos. A pesar de tales juicios contrapuestos por su valoración, lo cierto es que la novela se aleja de la redención cultural, ideológicamente concebida como democrática, y se acerca a la idea de la confrontación para mantener el orden de dominación del latifundio. Al respecto, el final de la novela es aleccionador y tan diáfano, antes de inmolarse el protagonista (Rendón Wilka) anima y ordena que el común (los campesinos serviles de la hacienda) se arrodille ante el nuevo misti (el hijo recién nacido de Don Bruno Aragón de Peralta) para conservar la hacienda como corresponde a su legítimo heredero.   Así el héroe de la novela termina abogando  por el mantenimiento del orden semifeudal, cuyo restablecimiento no debe oponer resistencia del común porque las fuerzas del cambio son fuerzas telúricas (no humanas), tal como se recrea al final de la novela.  

Pero si la novela tiene una orientación ideológica patente por su contenido ¿cuál es la ideología de todas las sangres como discurso fuera de la novela?  La ideología de todas las sangres que insistentemente se reproduce es la ideología de la diversidad cultural concebida como un hecho redentor.    

La redención cultural que animan y reproducen muchos de aquellos ideólogos de “todas las sangres” es el resultado de una serie de exégesis sobre lo andino y lo popular que se encuentra presente en la narrativa de J.M. Arguedas. Muchas de esas ideas parten de un hecho, a saber, la migración del campo a la ciudad. Puntualmente, la idea-fuerza que se ha elaborado al respecto es la siguiente: el Perú es un país de todas las sangres. Ideológicamente, si el Perú es de Todas las sangres, el Perú tiene todas las identidades (culturales).

Frecuentemente, el tema de las identidades llama mucho la atención a cierto pequeño sector intelectual carente de ella. Este sector intelectual insistentemente apela a reflexiones,  muchas de ellas trilladas y llena de lugares comunes, sobre la  identidad y la pertenencia local del llamado Otro para compaginar sus deseos y temores frente a lo nacional (el Perú). Tal propensión siempre tiende a exhalar un tufillo mistificante cuando se trata de pergeñar algunas ideas sobre la cultura popular. La retórica que reproducen siempre oscila entre la pose panglossiana y una visión fatalista de la historia del Perú. Asimismo, en ellos es común encontrar ese afán exagerado por sintonizar con el ideal progresista. “No hay país más diverso”, “el Perú como una patria antigua”, sigo siendo” y demás frases sueltas de Arguedas, cuando son enfatizadas por ellos, ya sea mediante la escritura o en los discursos de salón, cumplen la misma función que las frases tributarias de un texto de autoayuda. Incluso desde la antropología, uno de aquellos se animó a proponer el “paradigma arguediano en antropología”.

Lo que caracteriza a esta ideología de la diversidad cultural no es sólo su retórica exagerada sobre lo popular y lo tradicional (imaginado también como lo no-occidental) sino su intención redentora. Tan similar a los deseos de un personaje de ficción arguediano, a saber, Bruno Aragón de Peralta. Por eso quienes reproducen esa ideología, que se asemeja a la actitud de un misti redentor como lo fue el mismo Arguedas, pretenden idealmente mantener los rezagos del mundo semifeudal, recreándolos como parte de lo tradicional o lo cultural. La  diversidad de las culturas en el Perú, para tal orientación ideológica se encuentra bullente, hirviente (tal como lo mistificó en su momento también Arguedas). Así, los hombres y las mujeres que hacen posible esa diversidad cultural (focalizado principalmente en el mundo popular) serían actores que se caracterizan por  resignificar constantemente sus identidades (identidades múltiples). Esta visión literaria es la expresión ideológica de cierto sector intelectual liberal que en el fondo no escatima su añoranza por la vida semifeudal, “aquellos tiempos del abuelo y la hacienda en que las diferencias eran claras, mientras que ahora son ellos (el Otro) quienes cambian, resignifican sus identidades”.

En el Perú, la otredad no sólo es el discurso ideológico que pretende una hermenéutica del sujeto, como en determinados espacios intelectuales se piensa y se enseña, sino también es un discurso que tiende a mistificar la vida social del mundo contemporáneo, correspondiente a una estructura de clases (como es el mundo moderno), a partir de una añoranza semifeudal o colonial sobre la cultura. La ideología de todas las sangres, tal como se reproduce actualmente, es tributaria de ella. Socialmente, Todas las sangres es la añoranza retórica de los nuevos mistis o de aquellos que quieren ser mistis en el Perú.



Juan Archi Orihuela
Lima, 21 de mayo del 2015.

P.S.

Sobre la figura de José María Arguedas: Pulse Aquí
__________________ 
[1] El misti o los mistis en el Perú fueron aquellos sujetos "blancos" que política y económicamente formaron parte de la clase dominante en la vida rural de los Andes hasta la Reforma Agraria de 1969. Tal calificativo formaba parte de la clasificación cultural y política de las relaciones semifeudales en el Perú. La relación conflictiva entre mistis e indios se encuentra también presente en la narrativa de J. M. Arguedas. 




sábado, 11 de enero de 2014

Así se templó el acero: Un relato sobre la fortaleza de un komsomol


“Para mi no existe en la vida nada más terrible que quedar fuera de combate.”
(Carta de Pável Korchaguin a su hermano Artiom, p. 430).

En la literatura soviética uno no encuentra historias de sujetos carcomidos por el nihilismo, desesperados por nimiedades o sujetos superficiales y derrotistas, a partir del cual se sobrevalora lo absurdo y la banalidad hasta lindar con el paroxismo, nada de eso. Asimismo, en la narrativa soviética nunca la neurosis y las taras de tal o cual personaje de ficción se enfatizan tanto como si fuera un valor positivo, ni mucho menos son el indicio de la supuesta complejidad y contradicción de la vida social y humana. Por eso si uno medianamente puede comparar la literatura soviética y la literatura no-soviética, la primera fue una vuelta de página a todos esos valores culturales e históricos que reproducía y aún reproduce la segunda. En términos culturales, la literatura soviética expresó los valores de una nueva sociedad en formación y en evidente contradicción, por su contenido, con el liberalismo como ideología y práctica.   

Reparar en lo último ayuda a valorar el talento que caracterizó a muchos de los escritores soviéticos durante el siglo XX; y, a su vez, estimula a conocer la impresionante producción de esa literatura en el que uno encuentra otro tipo de humanismo y sobretodo otra perspectiva del mundo.

Las novelas soviéticas frecuentemente se han caracterizado por recrear relatos vívidos,  que se asientan en la historia y en la realidad a partir de la experiencia de vida, la inventiva y la imaginación de sus autores. Un buen ejemplo al respecto es la novela  Así se templó el acero (1935) de Nikolái Ostrovski, que sin lugar a dudas es un fresco palpitante de vida y de un nuevo humanismo. El contundente título de la novela compendia muy bien la historia que recrea en sus más de cuatrocientas páginas, templadas también por el palpitar del relato y la emoción que genera en el lector.

Así se templó el acero es una novela sobre la experiencia de vida de su protagonista principal, un joven komsomol (miembro de la Juventud Comunista) llamado Pável Korchaguin, quien participa de la constitución del poder soviético en Ucrania. La novela tiene diferentes ritmos y se encuentra dividida en dos partes.

En la primera parte se recrea la lucha por la instauración del poder soviético en Ucrania desde Shepetovka, ciudad ucraniana fronteriza a Polonia. La Guerra Civil entre los revolucionarios y los contrarrevolucionarios, poco a poco irá hilvanando las historias de vida de los personajes que aparecerán en la vida de Pável Korchaguin, quien tras una serie de hechos (como la represión que desata el ejército blanco contrarrevolucionario contra el pueblo, cometiendo abusos y animando progroms contra los judíos pobres; así como el abuso que muestran contra el pueblo los atamanes, caudillos del viejo poder ya degenerados en el bandalismo) ingresa a las filas de los bolcheviques, específicamente forma parte del komsomol [La Juventud Comunista]. Ya en el komsomol, Pável se moviliza en los frentes de batalla del Ejército Rojo, así como sus amigos más cercanos, muchachos todos ellos procedentes como él del seno del pueblo trabajador (obrero y campesino), como Seriozha Buszhak (quien llega a ser el Presidente del Comité Local de la Juventud Comunista de Ucrania). Empero, muchos de sus jóvenes compañeros que ingresaron al komsomol de Shepetovka, su ciudad natal, morirán en la horca por la represión que desatan  los contrarrevolucionarios, pero será una muerte con dignidad, a saber, cantando la Varshavianka frente a sus verdugos.  

“Cuando se encontraban cerca de la horca, Valia comenzó a cantar. Nunca he oído una voz semejante: tan sólo quien va a la muerte puede cantar con tal pasión. Valia entonó la Varshavianka, sus camaradas la secundaron. Los gendarmes de a caballo les azotaban con las nagaikas; les pegaban con rabia ciega. Pero ellos parecían no sentir los golpes. Los derribaron y los arrastraron hasta la horca, como si fueran sacos. Leyeron rápidamente la sentencia y comenzaron a ceñirles los lazos al cuello. Entonces nosotros rompimos a cantar:
Arriba, parias de la tierra… (p. 209-210).

Tal muestra de valor y fortaleza se comprende si uno repara en las razones prácticas que mueve a muchos komsomoles que hicieron posible que el poder soviético se mantenga. El caso de Zharqui es aleccionador al respecto, frente a la juventud estudiantil de Shepetovka menciona lo siguiente:    

“Mi apellido es Zharki, me llamo Iván. No conocí ni a mi padre, ni a mi madre; vivía sin el amparo de nadie; como un mendigo, dormía tumbado junto a las vallas. Pasaba hambre y nadie me daba albergue. Vivía como un perro, no como vosotros señoritos mimados. Y cuando llegó el poder soviético, los soldados rojos me recogieron. Una sección entera me prohijó, me vistieron, me calzaron, me enseñaron a leer y escribir y, lo que es fundamental, hicieron que me sintiese un ser humano. Por ellos me hice bolchevique y lo seguiré siendo hasta la muerte. Sé bien por qué se lucha: por nosotros, por los pobres, por el poder de los obreros”. (pp. 176-179). 

En la segunda parte se relata las dificultades que genera la construcción del socialismo en la nueva República Socialista Soviética de Ucrania. Pável Korchaguin ya tiene 18 años y se encuentra ya formado como un preclaro líder komsomol, curtido en tan breve tiempo en el frente de batalla y por el extenuante trabajo partidario. Así como Pável son muchos los jóvenes que van a formar parte de la joven guardia que oxigena la estructura partidaria de los comunistas soviéticos, movilizados por todo el país. El relato toma un nuevo escenario, a saber, las fronteras del país ucraniano. Es decir, en los límites del poder que exige situaciones límites se recrea el sacrificio de quienes sostienen y defienden el nuevo poder obrero, a saber, la Juventud Comunista. Es ahí donde cobra sentido el titulo de la novela. Los komsomoles han sido movilizados para construir vías ferroviarias a pesar de las adversas condiciones de trabajo y la lucha contra el tiempo. En la escena del relato, Zhujrái al inspeccionar  las dificultades del trabajo de los komsomoles menciona lo siguiente:   

“__ No hace falta ningún mitin. Aquí no hay a quién agitar. Tenías razón, Tokariev, al afirmar que no tienen precio. He aquí donde se templa el acero.
Los ojos de Zhujrái, con admiración y orgullo grave y cariñoso, se fijaron en los que cavaban la tierra. Aún hacía poco, parte de aquellos muchachos habíase erizado, con el acero de sus bayonetas, en la noche de la víspera de la sublevación. Y ahora les dominaba un único afán: el de llevar las arterias de acero de los rieles hasta las ansiadas riquezas de la leña, fuente de calor y de vida” (p.288). [La negrita y cursiva es mía].

Para Ostrovski el esfuerzo y el sacrificio de los komsomoles, que se movilizan por todo el país, expresa cómo se templa el acero, acero también del que se forja el espíritu revolucionario de su juventud que quiere ser útil a su pueblo a pesar de las limitaciones físicas e históricas de la cual ha surgido, como muy bien lo expresa la vida del protagonista del relato, quien poco a poco va a convalecer de una enfermedad incurable.  Al parecer, frente a la muerte inminente todo esta perdido, pero no. Para un komsomol, como Pável Korchaguin, no todo está perdido, aún se puede ser útil al país y al pueblo por el que se lucha. Por eso cuando le asaltan los intentos del suicidio, Pável reflexiona para sí lo siguiente:

“¡Todo esto es heroísmo novelesco, hermanito! Siempre y en todo tiempo, cualquier idiota puede pegarse un tiro. Es la salida más fácil y cobarde de la situación. ¡Si te es difícil vivir, pégate un tiro! ¿Pero has probado a vencer tú esta vida? ¿Has hecho todo para romper el cerco de hierro? ¿Te has olvidado acaso de cómo en Novograd-Volinski os lanzasteis al ataque diecisiete veces en un día y, a pesar de todo, lo tomasteis? Guarda la pistola y no se lo cuentes a nadie. Aprende también a vivir cuando la vida se hace insoportable. Hazla útil” (p. 448).

Lo último, el aprender a vivir cuando la vida se hace insoportable no es una simple exhortación vacía o un dicho preñado de impostura, porque lo dice alguien que durante toda su vida no la ha tenido nada fácil. Para Pável las cartas siempre han estado en contra y a pesar de eso ha seguido jugando, burlando incluso a la muerte muchas veces. Pero ahora le queda poco tiempo, el trabajo físico queda definitivamente cancelado. El trabajo intelectual, requiere esfuerzo y se resuelve por ello: decide ser escritor. Se  dedica al estudio con gran ímpetu y cuando poco a poco va perdiendo la visión, empieza a escribir su novela que el lector está por terminar de leer.

Reconociendo la historia del relato, Así se templó el acero es una novela cargada de una gran emoción humana por la vida y por el compromiso social. El compromiso, la solidaridad, el trabajo colectivo, el esfuerzo y el sacrificio para alcanzar algo, la lucha colectiva (y no individual), son ideas y valores que se encuentran presentes a lo largo de la novela. Si hay lectores, y definitivamente los hay, a quienes aquellos valores tan humanos que se encuentra en la novela de Ostrovski les parece una burda exageración, y por ende les resulta reprobable, es porque simplemente se encuentran lejos de todo humanismo.

Es cierto que hay lecturas y lecturas, por ejemplo uno puede rescatar de la novela la imagen de un Pável Korchaguin que lucha como lucharía cualquier sujeto que quiera salvar su pellejo, como ocurre frecuentemente, pero no, Pável es bolchevique. Asimismo uno puede ver en Pável sólo las desgracias que padeció y padece al final del relato, es decir, ver en Pável algo así como a una criatura desventurada, pero no, Pável expresa la dignidad del hombre que no se vence ante la adversidad: Pável es un komsomol. 

Pável siempre ha tenido todo en contra, así como hay millones de hombres y mujeres en el mundo que también la tienen todo difícil, y a pesar de eso ha seguido pa´lante hasta templarse como el acero. Pero templarse como el acero no es un acto individual sino social y colectivo. En la novela el acero se templa mediante valores tan diáfanos y humanos como la solidaridad, la lealtad y el compromiso. Ser leal, solidario y comprometerse, tal vez suene raro en estos tiempos posmodernos. Por eso, aunque resulte exagerado, leer en estos tiempos (tan cínicos y hedonistas) a Nikolái Ostrovski es también una manera de conocer y acercarse a esos valores (si es que uno no los conoce o le son ajenos a su vida) o de reencontrarse con ellos (si uno los ha perdido). 

Así se templó el acero no sólo es una novela histórica-testimonial para el deleite y el ocio intelectual, sino ante todo es una apuesta moral ante la vida, a saber, la lucha por una nueva vida y por una nueva sociedad. 


Juan Archi Orihuela
Sábado, 11 de enero del 2014.


Referencia bibliografica

OSTROVSKI, Nikolái
1975    Así se templó el acero. Progreso, Moscú.


sábado, 4 de enero de 2014

La Guerra Sagrada y algunos relatos sobre La Gran Guerra Patria

I
Durante el siglo XX, la guerra como un fenómeno histórico y eminentemente político ha acentuado su reproducción ideológica hasta tal punto que ha permitido establecer y diferenciar su naturaleza. Si bien las guerras que se ejercen y desatan en función de la expansión y la dominación de los pueblos ha sido la constante de la historia de la humanidad, también las hay aquellas que se declaran para defender y liberar a un pueblo. Las primeras son las guerras de agresión y de dominación (interestatal o imperialista) y las segundas son las guerras de defensa y de liberación (nacional y popular).

La llamada Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue una guerra de agresión imperialista. Al respecto la Alemania Nazi, consentida y animada por las potencias de occidente que le permitieron avanzar hacia el este, no sólo pretendió dominar el mal llamado mundo occidental bajo el poder del Tercer Reich, sino sobretodo aplastar al socialismo y al movimiento popular e insurgente en el mundo. Por eso la agresión a la URSS (en 1941) fue esperada y calculada por las potencias imperialistas. Pero los cálculos fallaron, los soviéticos aplastaron a los nazis no sólo en territorio soviético sino incluso los “corretearon” hasta Berlín (en el que le dieron una gran paliza a ese ejército nazi que orgullosamente se preciaba de ser el mejor del mundo), no sin antes liberar a su paso a los pueblos que los nazis habían sometido (Polonia, Rumania, los Balcanes, Checoslovaquia y Hungría). Que duda cabe, históricamente el Ejército Rojo de la URSS hizo posible que la guerra acabe.

La movilización de un pueblo que toma las armas siempre se encuentra acompañada de una clara reproducción ideológica que le permite cohesionar al grupo que se resuelve a luchar. Los himnos y los cánticos han cumplido tal función ideológica a lo largo de la historia de la civilización. Durante el siglo XX tal hecho no fue la excepción, ante la agresión nazi (1941)  en el interior del Ejército Rojo se compone el himno llamado La Guerra Sagrada; himno que fue entonado a lo largo de lo que los soviéticos han llamado La Gran Guerra Patria (1941-1945), a saber, una guerra de liberación nacional y antiimperialista. Lejos de todo macartismo, el himno La Guerra Sagrada es uno de los himnos de guerra más sentidos de la historia en la defensa de la patria, tan evidente por su letra firme y resuelta contra la agresión y la opresión del enemigo, entonado por un canto estruendoso, así como por la convicción y el sentimiento que emana de su música.    

El himno La Guerra Sagrada esta compuesto por cuatro estrofas y un potente coro que acompaña a cada estrofa. 

La guerra sagrada

1º:       ¡De pie enorme país!
¡De pie hacia la guerra a muerte!
¡Contra esa oscura fuerza fascista!
¡Contra esa horda criminal!  

Coro:   ¡Que nuestra ira
los azote como una gran ola!
¡Esta es la guerra del pueblo!
¡Es una guerra sagrada!    

        ¡Lucharemos contra los opresores!
¡Contra los fascistas
violadores, bandidos,
y contra los verdugos del pueblo! 

Coro:   ¡Que nuestra ira
los azote como una gran ola!
¡Esta es la guerra del pueblo!
¡Es una guerra sagrada!    

        ¡No desafíen sus negras alas
a volar sobre nuestra Madre Patria!
¡No desafíen pisar
nuestros vastos campos!

Coro:   ¡Que nuestra ira
los azote como una gran ola!
¡Esta es la guerra del pueblo!
¡Es una guerra sagrada!    

        ¡Pongamos una bala en la frente
de los parásitos fascistas!
¡Hagamos un fuerte ataúd
para tal raza!  

Coro:   ¡Que nuestra ira
los azote como una gran ola!
¡Esta es la guerra del pueblo!
¡Es una guerra sagrada!    


Aquí puede escucharse el himno La Guerra Sagrada entonado por el coro del Ejército Rojo.   


II

 Tal como se entona en el coro de aquel himno histórico, para los soviéticos la lucha contra el fascismo fue La Guerra del Pueblo. A los 30 años de aquel triunfo, en 1975 la Editorial Progreso de Moscú  publicó el libro El comandante inquebrantable en el que uno puede encontrar una serie de relatos sobre La Gran Guerra Patria muy interesantes que permiten comprender, entre otros detalles de la guerra, por qué el himno La Guerra Sagrada calo tanto en el corazón del pueblo soviético.

El libro El comandante inquebrantable está compuesto por 15 relatos de escritores soviéticos que participaron en la guerra, ya sea como corresponsales de guerra o como soldados. Por eso el material literario es valioso porque son los testigos directos quienes escriben sobre los hechos de la guerra (y más aún si recordamos que todos los escritores soviéticos se adscriben al realismo literario). En general el libro tiene diferentes ritmos de lectura debido a los relatos, los hay emocionantes y palpitantes, así como los testimoniales e informativos.

El primer relato, que a su vez le da el nombre al libro, es El comandante inquebrantable de Iván Isakov. En breve, Isakov narra la historia de un comandante retirado que pese a encontrarse desahuciado por la tuberculosis insiste, hasta lograrlo, en enlistarse en la guerra. También se encuentran algunos fragmentos de la novela Ellos lucharon por la patria de Mijail Sholojov; sobre esa novela anote algunas ideas aquí pulse. Seguidamente el relato Un batallón de a cuatro de Leonid Soboliev es la historia de un puñado de paracaidistas y marinos soviéticos que logran resistir el embate alemán en una isla ocupada por los alemanes. Soboliev recrea una de esas historias heroicas y palpitantes por el sacrifico y la solidaridad que hay entre los camaradas y sobretodo cuando uno se encuentra cerca de la muerte. Cuando el soldado Negreba se encuentra con uno de sus camaradas heridos, Soboliev narra lo siguiente:

“__ Misha… dame el tiro de gracia… No podré salir de aquí…
Negreba se fijó en su rostro cadavérico y se dio cuenta claramente de que allí, en aquel matorral, iba a encontrar su propio fin: él sólo no podría transportar a Leóntiev a través de la línea del frente, pero tampoco podría dejarlo abandonado y cumplir su ruego” (p.68).

En el relato Las manos de Nikolái Tíjonov se recrea el sacrificio de un chofer que lleva gasolina a una de las ciudades asediadas por los nazis. Durante el trayecto tiene que evitar que la gasolina se derrame debido a una grieta que se ha abierto en el tanque, empero sus manos se estropean por la gasolina.

Por su parte Vladim Kozhévnikov en su relato La muchachita que marchaba delante narra la historia del deber y la disciplina que asume una joven muchacha que anteriormente ha sido vejada, así como toda su aldea, por los nazis. Incorporada al Ejército Rojo como guía de los cuerpos de información, demuestra gran prudencia al no dejarse inclinar por la venganza natural cuando pasa cerca de su aldea nuevamente durante una misión.

Volando hacía el sol de Mijail Deviatiev & Anatoli Jorunzhi es un relato verídico por el que pasó su mismo autor: un grupo de prisioneros soviéticos escapan de un campo de concentración nazi robando un avión bombardero enemigo. Las pericias para encender el  avión y surcar el vuelo hacia territorio patrio tienen sus riesgos, ya que puede ser confundido con el enemigo por sus propios camaradas. La tensión de este relato es vivido y expectante.

La bandera escrita por Valentín Katáiev es una historia de arrojo y coraje de un grupo de soviéticos rodeados por los nazis, quienes le han pedido rendición mediante el izamiento de una bandera blanca. Los soviéticos a sabiendas de que los nazis le superan en número izan la bandera, pero la bandera roja. Durante el enfrentamiento armado, Katáiev escribe:

“En aquella terrible hora postrera ninguno de ellos pensaba en la vida. El problema de la vida ya había sido resuelto. Ellos sabían que morirían. Pero sucumbiendo querían aniquilar el mayor número de enemigos. En eso consistía su misión de combate.” (p.128).

El relato Somos hombres soviéticos de Borís Polevói recoge la experiencia de una joven muchacha ucraniana que se infiltra en los altos círculos nazis como traductora, misión que le permite recoger información que brinda al Ejército Rojo. El papel que cumple como traductora hace que presencia la tortura de los prisioneros soviéticos, frente a los cuales se siente impotente de ayudarles porque sino fracasaría su misión. Pero hubo hecho que la marcó, a saber, presenciar la muerte de un teniente soviético molido a golpes que no se doblegó ante el enemigo, ni delató a sus camaradas, por el contrario dio una férrea respuesta que sostenía tal coraje: “Somos hombres soviéticos”. 

El puente de Piotr Proskurin narra el sacrificio de seis dinamiteros al cumplir su misión. Asimismo, en Hacia donde el sol se pone de Andréi Platónov se recrea la historia de los zapadores que habilitaban caminos para que pase el Ejército Rojo. Veinticuatro horas en la vida de un explorador de Vladímir Kárpov se recrea la misión de un infiltrado en territorio ocupado por los nazis, la tensión es palpitante para el lector. Un apellido inmortal de Konstantin Simonov la historia del zapador Artémiev es muy aleccionadora.

El testimonio de Vasili Subbotin en algunos fragmentos de su libro Como se acaban las guerras es muy aleccionador históricamente hablando porque además de ser testigo presencial de la caída del Tercer Reich, relata detalles de la toma del Reichstag y como los alemanes son vencidos en el mismo Berlín, escondidos muchas veces como ratas.

Mención aparte merecen dos relatos del libro. Uno de ellos es El hospital de Ereméievka de Serguei Smirnov; en este relato se recrea la astucia de un abogado incorporado al Ejercito Rojo, quien al ser prisionero burla a los alemanes fungiendo ser médico y descendiente alemán, por parte de madre, para sacar ventajas de la guerra y ayudar a sus camaradas. Mediante su treta consigue abrir un precario hospital para atender a los heridos de la guerra, muchos de ellos inválidos, a quienes cura ocultando a los alemanes su mejoría para que reinicien un ataque sorpresa. La historia de aquel héroe es verídica como muchos de los episodios narrados en el texto.

Por último, El vino tinto de la victoria de Evgueni Nosov  relata el fin de la guerra desde un hospital, cuyos convalecientes, soldados heridos muestran las consecuencias de la guerra y sobretodo el jubilo del fin de la guerra. Al respecto Nosov relata lo siguiente:

“La gente no podía quedarse a solas con su alegría entre cuatro paredes y, seguramente por eso, acudía al hospital, para estar cerca de quienes guardaban estrecha relación con la guerra y con la victoria. Alguien vio desde abajo a Mijái asomado a la ventana, la voz de una joven gritó: “¡Ahí va!”, y en el marco de la ventana apareció, volando, un ramo de flores. Mijái, olvidado de que no tenía manos, tendió hacia las flores sus muñones, pero no las alcanzó, claro…
__¡Queridos, queridos! __ sollozó una mujer que había visto a Mijái__ ¡Cuánto habéis sufrido, queridos! ¡Cuanta sangre habéis vertido!...
(…)
De pronto, una orquesta, llegada no sabíamos de donde, se puso a tocar:

En pie, país inmenso
En pie, al mortal combate…

El tambor parecía llevar el compás de un paso grávido y fuerte:

Que la noble furia
Bulla como una ola…

Voces humanas fueron abriéndose paso por entre el preciso sonar de los instrumentos de viento; luego, la melodía la entonaron otras voces, al principio con inseguridad, desacordes, pero luego fueron encajando y, como si se alegrasen de que la canción les saliera ya bien, cantaron unánimes, vibrantes y fervorosas, dando salida a los restos de la furia y la ira. Una voz femenina, muy alta, dominaba el coro, y parecía que lloraba a gritos:
Es la guerra del pueblo…” (p.241).

Comprender esa emoción que sentía todo un pueblo que lucha en defensa de su patria, con gran coraje, sin vacilaciones, y sobretodo con dignidad ante la agresión imperialista, debió ser uno de los hechos más impresionantes y sentidos de la historia del siglo XX. Por eso el himno La Guerra Sagrada emociona tanto por su significado histórico. Retomando el final del relato, para sentir esa voz femenina que "parecía llorar a gritos", la siguiente interpretación actual puede ayudar en algo. 



Juan Archi Orihuela
Sábado, 04 de enero del 2014.


Referencia bibliográfica

Autores varios.
1975    El comandante inquebrantable. Progreso. Moscú.


 

martes, 31 de diciembre de 2013

Ellos lucharon por la patria: Una novela de Shólojov

La literatura soviética estuvo en gran parte marcada por la guerra. La misma revolución socialista comprendió una insurgencia armada que se resolvió internamente mediante una guerra civil entre los revolucionarios y los contrarrevolucionarios (1918-1920). Asimismo cuando la expansión imperialista del nazismo durante la llamada Segunda Guerra Mundial llegó a la URSS, la guerra fue el tema urgente e ineludible de la producción literaria de los escritores soviéticos. Ante la agresión imperialista del nazismo, los soviéticos respondieron con una guerra defensiva a la que históricamente han llamado La Gran Guerra Patria (1941-1945). Precisamente muchos de los hechos que acaecieron en La Gran Guerra Patria fueron recreados por la literatura soviética.
  
Tal rasgo que caracterizó a la literatura soviética respondía a la ineludible condición del escritor. Muchos de los escritores soviéticos fueron al frente de batalla en defensa de la patria socialista, ya sea como corresponsales de guerra o como soldados del Ejército Rojo de la URSS. Por eso muchos de los escritores conocían de cerca, en función de la experiencia, los horrores de la guerra y el heroísmo de los que luchan en la línea de fuego.

Mijail Shólojov fue corresponsal de guerra durante la Gran Guerra Patria, su novela Ellos lucharon por la patria (1942) fue escrita en pleno avance del ejército nazi hacía la región de El Don. Por eso su novela tiene el mérito de ser un relato vivo por los hechos que relata (y no sólo los hechos de la guerra, sino también de la vida cotidiana), un relato muy sentido sobre el sentir del soldado soviético que orgullosamente se siente rojo, a saber, comunista; pero sobretodo es una novela reflexiva. Lo último llama la atención porque la guerra no da tiempo para pensar sino tan solo para actuar.

En la novela es posible distinguir dos momentos, a saber, antes de la guerra y durante la guerra. En el primer momento, se recrea parte de la vida del ingeniero agrónomo Nikolai Semionovich Streltsov a través de una serie de problemas familiares por el que pasa (problemas con la esposa, con la dirección del Koljoz; y el repentino encuentro con el hermano que estuvo preso injustamente durante el periodo de las purgas, sospechoso de ser contrarrevolucionario) y cuando al parecer los problemas se disipan estalla la guerra. En el segundo momento, el relato recrea, en un escenario de trincheras, la defensa heroica que realiza una columna del Frente del Don para evitar el avance de la agresión imperialista del nazismo a Stalingrado en 1942. En general, en la novela no hay grandes batallas, sino una tenaz resistencia de un grupo de hombres en defensa de la patria.

Históricamente se sabe que los nazis lograron llegar a Stalingrado unos meses después (agosto de 1942). Por eso la novela no es un canto a la victoria del pueblo soviético, sino un aliento de resistencia. Frecuentemente los soldados que resisten toda agresión y perecen quedan en el olvido de la historia. Precisamente la novela apunta a mantener en el recuerdo el papel que cumplen los soldados en defensa de la patria. Soldados como  Iván Zviáguintsev, Piotr Fedótovich Lopajin, el joven Kochetígov, Nekrásov, Kopitovski, Nikolai Streltsov y el teniente Goloschókov y demás personajes; así como   los médicos anónimos o la joven enfermera que ayudaba a levantar a los heridos en el campo de batalla, son para Sholojov los que realmente luchan por la patria y representan la resistencia tenaz ante la agresión imperialista. Personajes todos ellos que expresan una serie de emociones que caracterizaban al pueblo soviético en aquellos duros años de la guerra. El pesar del soldado de extracción campesina y el sacrificio del joven soldado son dos fuertes emociones que se encuentran en la novela.

Al respecto del sentir de muchos soldados que provienen del campo, Sholojov relata lo siguiente:

“En los largos meses pasados en el frente, Zviáguintsev había visto muchas muertes, calamidades y sufrimientos; había visto aldeas destruidas y carbonizadas; fábricas voladas, montones informes de ladrillos y cascotes donde no hacía mucho lucían ciudades; había visto huertos frutales aplastados por los tanques y mutilados mortalmente por el fuego artillero, pero en toda la guerra ese día era la primera vez que veía ardiendo trigales granados en una enorme extensión de la estepa, y le invadió la tristeza. Caminó largo rato tragándose sin querer los suspiros; sus ojos secos miraban atentamente a los dos lados en la luz crepuscular, a los campos negros como el carbón incendiados por el enemigo, y alguna vez arrancaba junto a la cuneta una espiga de trigo o de cebada, pensando en cuanta riqueza del pueblo se estaba perdiendo inútilmente en la guerra implacable a todo lo viviente, que hacía el alemán.” [p.119].

Y ante el sacrificio de los jóvenes soldados en el frente de batalla (como por ejemplo el joven Kochetígov), soldados mayores como Lopajin con gran pesar lamenta lo siguiente:

“¡Era todo fuego ese muchacho! Un verdadero secretario del Komsomol [1], como no había otro en el regimiento. ¿Qué digo en el regimiento? ¡En la unidad más grande! ¡Y como incendió el tanque! Este ya le había aplastado, enterrándole medio cuerpo; le había machacado todo el pecho… Le brotaba sangre de la boca, yo mismo lo vi, y él se incorporó en la trinchera, muerto ya, con el último aliento, y lanzó la botella… ¡Lo incendió! (…) ¡Aún no había tenido tiempo de vivir, acababa de echar las plumas, pero tenía un corazón de águila! ¡Fíjate de lo que ha sido capaz, de que heroísmo, eh! Y yo… Cuando ante mis ojos matan a estos muchachos de dieciocho o diecinueve años me dan ganas de llorar, hermano… ¡De llorar y de matar sin piedad a esa canalla alemana! No, hermano, si muero yo es completamente distinto; soy perro viejo, ya he olisqueado la vida por todas partes, pero cuando sucumben gentes como Kochetígov, mi corazón no resiste, ¿entiendes? (…)” [p.172].

Y asimismo, el valor de las jóvenes mujeres que asisten a los heridos en pleno campo de batalla es sentido con gran preocupación por el soldado Zviáguintsev (quien fue ayudado por una de ellas), sentimiento que se asemeja a lo que siente un padre por su hija:

“¡Si es una criaturita, una criatura! Debería acudir aún con sus libros a la última clase de la escuela, a aprender álgebra y aritmética, y aquí la tienes pasando miedo bajo el inaguantable bombardeo, desgarrándose el vientre, llevando a rastras hermanos nuestros…” [p.191]. 

Pese a la agresión y al avance del ejército alemán, en la novela quienes luchan por la patria no pierden las esperanzas de que tanta agresión al pueblo soviético acabará y será contrarrestada. La huida al lado este del Don por los civiles (generalmente campesinos koljosianos) expresa la situación crítica de la guerra, incluso las bajas que sufren los soviéticos son preocupantes. Pero la defensa de la patria exige sacrificios y hacia eso apunta la novela.

Sobre la patria hay discusiones que van desde la negación de la misma (como un significante) hasta su esencialización (ahistórica y circunscrita a un imperativo moral). En la novela la patria dista de todo ello, porque la patria la comprenden los hombres y mujeres que producen roturando el campo en los Koljoz, quienes trabajan en las fábricas, quienes estudian en las escuelas, quienes cuidan a los niños y quienes se han enlistado en las filas del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos (nominación completa de la Fuerza Armada de la URSS). Por eso culturalmente hablando, la defensa de la patria en los tiempos de guerra se convierte en la defensa del bienestar del pueblo que le da sentido no sólo a la historia que relata Sholojov sino a la vida social misma.


Juan Archi Orihuela
Martes, 31 de diciembre de 2013.

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[1] El komsomol fue una organización de la juventud comunista de la URSS.

Referencia Bibliográfica

SHÓLOJOV, Mijaíl
1977    Ellos lucharon por la patria. Progreso Moscú.  



jueves, 19 de diciembre de 2013

La niña de nuestros ojos: Una novela sobre el Partido Comunista


En el siglo XX hubo una frase muy conocida de Lenin que pretendía animar la unidad y la militancia entre los comunistas, a saber, “hay que cuidar al partido como a la niña de nuestros ojos”. La figura retórica leninista es tan diáfana y precisa que no cabe hacer glosa alguna al respecto. Empero ¿qué implica en los hechos cuidar a “la niña de nuestros ojos”, es decir, al Partido Comunista, más allá de la simple retórica? La novela La niña de nuestros ojos (2010) del escritor peruano Miguel Arribasplata Cabanillas responde figurativamente a aquella interrogante, cuyo título e historia cobra todo su sentido en función de aquella frase leninista.

La niña de nuestros ojos es una novela que sobresale entre todas las que se han escrito hasta el momento sobre la insurgencia armada [1], que acaeció en el Perú entre 1980 y 1992, por su estructura narrativa (se asemeja al rodaje de una película) y por el manejo  del discurso político que exige cada uno de sus personajes. Lejos de recrear una historia cansina y descafeinada en función de esa ideología que enfatiza la violencia como un fantasma que sólo aterra y que es llamada y conocida como “violencia política”, Arribasplata recrea al principal protagonista de la guerra insurgente, a saber, el Partido Comunista del Perú desde su escenario principal: la guerra insurgente en el campo.

Toda la novela se desarrolla a lo largo de lo que Mao Tse Tung llamó la guerra popular prolongada, presentada a modo de un rompecabezas que el lector arma al final de la historia. Las comunidades campesinas de Yonán, Yuvé y Challwa se encuentran en ese escenario de disputa entre los insurgentes (Los militantes del Partido Comunista) y la constrainsurgencia (Rondas Campesinas, Fuerzas Armadas y policiales) cuya referencia más próxima es el río Pachachaca (Apurímac). Desde el primer capítulo hasta el último, la guerra de guerrillas empleada por los insurgentes, así como la represión que ejercen tanto las Rondas Campesinas (organizadas y dirigidas por las Fuerzas Armadas), las Fuerzas Policiales y Militares, se encuentran presentes de manera dosificada, generando y asegurando la atención del lector. Asimismo, la novela recrea una serie de contradicciones en el interior de las comunidades campesinas y entre comunidades campesinas aledañas, cuya tensión es originada por hechos que ocurrieron antes del inicio de la insurgencia armada. Por eso en la novela, la vida en el campo (la reproducción de la vida social del campesinado de los Andes) no es llano.  

A lo largo de la novela aparecen y se suceden una serie de personajes como Carmen, Medardo, Santiago, Eloy, Hugo,  Iván, Rosario, Willy, Pablo, Ernesto, Enrique y demás guerrilleros; así como Nicasio Merma, Casildo Huaroc, Casinaldo Collahua, Adela Chupipoma y demás campesinos; Sergio Cipayo (Jefe de Ronda Campesina), Benedicto Poma (Alias el zorro y jefe de una Ronda Campesina, ronderos apodados “el cuy” y “el chancho”, entre los ronderos; los comandantes Luciérnaga y Lince, el capitán Rafael, el teniente Maquisapa, el sargento Indalecio Iñigo, el guardia Portuguez, el teniente Quispe y el teniente Gaviota entre las fuerzas del orden. Al parecer esta estrategia narrativa tiene por finalidad expresar la dinámica de la guerra al margen del protagonismo de cualquier sujeto, empero es ineludible reconocer el papel protagónico que juega el Partido Comunista a través de su ideología política y de sus acciones armadas.

Con respecto a la ideología política del partido que se recrea en la novela, en el poema Elogio al Partido de Bertolt Brecht hay un verso muy conocido que puede ayudar a entender aquel asunto, a saber, “El individuo tiene dos ojos/  el partido tiene mil ojos”. Mutatis mutandis, el Partido Comunista del Perú enfatizó, siguiendo la tradición del comunismo internacional y obviamente a Brecht, que “el partido tiene mil ojos y mil oídos”. Pero aquella consigna no sólo es una simple consigna para advertir o amenazar al adversario sino que expresa la condición omnipresente del partido en el desenvolvimiento de la guerra y que permite a los militantes forjarse una moral de vencedores mediante sus acciones armadas.

Otro gran detalle que uno puede encontrar en la novela es, aunque breve, la historia de vida de algunos de sus personajes antes de ingresar al partido, a saber, hombres y mujeres del pueblo trabajador que más allá de asumir una ideología política los anima una experiencia de vida. Por eso en los pasajes de la guerra que recrea la novela, los militantes oscilan entre deseos humanos y terrenales, así como la capacidad de entrega que se exigen por tener una militancia militarizada. A pesar de que teóricamente en una estructura militarizada no hay posibilidad a cuestionamiento alguno, los partidos comunistas se han caracterizado por ejercer lo que llaman la autocrítica. En un pasaje de la novela, personajes como Medardo y Santiago expresan esa actitud que frecuentemente se ha negado a los militantes de un partido preparado para la guerra. Al respecto Medardo menciona lo siguiente:

“Lo cierto es que hemos caído en una especie de culto al guevarismo, al hechismo, de la acción por la acción. El partido es un dios rabioso y vengador, el presidente Rodrigo tiene que variar la estrategia y la táctica general de la revolución antes de que esto se convierta en noche ineluctable” (p.143).

Asimismo, Santiago enfáticamente menciona en una discusión subida de tono (se le acusaba de ser “desviacionista”, que en jerga partidaria significa que el militante se desvía de la línea que exige la dirección del partido) lo siguiente: 

“Siempre hemos sido fieles a la línea y a las decisiones del partido y hemos expuesto muchas veces nuestras vidas en las acciones pasadas. Hemos aceptado morir por la revolución y estamos condenados a eso sin avizarar el futuro rojo, (pero estamos) cayendo en un extremismo militarista y en un mesianismo igual de místico que cualquier religión” (p. 145).

Tales confrontaciones llaman la atención y oxigenan el relato de la novela porque anudan el desenlace de la historia en un escenario muy convulsionado. 

Qué duda cabe, Miguel Arribasplata ha escrito una novela muy atrevida, no sólo por su lenguaje y la elaboración de sus personajes, sino porque ha recreado una de las percepciones más silenciadas en el Perú contemporáneo sobre los hechos de la insurgencia armada.  Más aún, si uno repara en el macartismo (anticomunismo) que aún se reproduce en los espacios políticos e intelectuales del país (a modo de censura y sobretodo de autocensura), La niña de nuestros ojos, hecha novela, nada contra la corriente.

 


Juan Archi Orihuela
Lima, 19 de diciembre del 2013.

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[1] En el Perú se han escrito varias novelas al respecto, las hay interesantes (“Rosa Cuchillo” de Óscar Colchado, “Trece días” de Agustín Machuca Urbina,  “Ilusiones perdidas” de Ernesto Ramos Berrospi) y también descafeinadas y burdas (“La hora azul” de Alonso Cueto, “Abril rojo” de Santiago Roncagliolo). Asimismo hay libros de cuentos muy interesantes que muestran el talento de sus autores como “Golpes de viento” de Víctor Hernández (en el que el cuento “Cantarina” sobresale por su estructura narrativa) y “Camino de Ayrabamba y otros relatos” del Grupo Literario Nueva Crónica; también los cuentos de Dante Castro son sugerentes al respecto como por ejemplo “Parte de Combate”. 



Referencia bibliográfica

ARRIBASPLATA CABANILLAS, Miguel
              2010       La niña de nuestros ojos. Arteidea, Lima.


 
 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Los campos roturados de Shólojov


Mijaíl Shólojov (1905-1984) fue uno de los grandes escritores soviéticos que destacó en el siglo XX. Su producción literaria ha sido reconocida mundialmente en 1965 con un merecido Premio Nobel. Su narrativa se asienta, como no podía ser de otra manera, en el realismo ruso, que a lo largo del siglo XX se caracterizó por estar estrechamente vinculada con la lucha del pueblo ruso y con las transformaciones sociales que generaba la construcción del socialismo. La consecuencia de tal rasgo, culturalmente acicateó el talento de muchos jóvenes escritores que como Shólojov no provenían de las clases privilegiadas que caracterizaba a la Rusia zarista, sino de las clases trabajadoras (obreras y campesinas).

La guerra marcó a muchos escritores soviéticos, Shólojov fue uno de ellos. A los 15 años el joven Mijaíl Shólojov se hizo combatiente y formó parte de una unidad especial del Ejército Rojo (en 1920) cuya misión fue aplastar a la contrarrevolución que había iniciado la guerra civil contra el poder soviético en las estepas del Alto Don. Fruto de aquella dura experiencia fueron los Cuentos del Don (1925) y su monumental novela en cuatro tomos El Don apacible (1928) [La publicación del primer tomo fue en 1928 y los demás aparecieron luego entre 1930-1940].

Shólojov fue hijo de campesinos pobres, procedente de una aldea rural, su familia formaba parte de aquellos grupos cosacos asentados cerca al río Don. Esa cercanía con el campo y con las costumbres del campesino ruso cosaco, se ve muy bien expresada en algunas de sus novelas. Por eso la recreación de la condición social y cultural del campesinado ruso en la narrativa de Shólojov permite que el lector se acerque, por otros medios claro está, a tópicos tan complicados de entender por quienes son ajenos a la vida del hombre en el campo. Entre aquellos tópicos que forman parte de la vida del hombre que rotura la tierra se encuentran: el problema de la tierra, sus condiciones materiales de vida, así como sus deseos, ojerizas, temores y esperanzas. Pero la vida en el campo no es nada idílica.

Como históricamente se sabe, el campo ruso había pasado por una serie de fases económicas que lo habían marcado económica y socialmente tras el triunfo de la Revolución Rusa. La primera fue el "Comunismo de guerra" (1918-1921) que impuso medidas extremas de racionamiento y requisición a la producción del campo. El Estado soviético monopolizó la producción agrícola, incautando la producción del campesinado y dejando sólo lo necesario para la subsistencia de las familias campesinas. A ello se sumaría el trabajo obligatorio, la prohibición del comercio libre y las leyes impuestas sobre el comercio del pan y el grano, medidas que resintieron a la clase campesina, hecho que fue muy bien capitalizado por los contrarrevolucionarios que no dudaron en azuzar esas contradicciones que el nuevo poder generaba. Tales hechos hicieron posible que la guerra civil (1917-1923) que se desató entre los rojos (los revolucionarios) y los blancos (los contrarrevolucionarios), colores con el que se les conocía y diferenciaba a los ejércitos que lidiaron en aquella guerra civil, alcanzara la crueldad que desangró terriblemente al campo ruso. Por eso en 1921 la NEP (La Nueva Política Económica) que impulsó Lenin tuvo como uno de sus objetivos apaciguar esas contradicciones y el descontento generado en el campo. Empero la NEP (1921-1928) creó nuevos problemas al estimular la aparición de una nueva burguesía, y en el campo reforzó el poder y la posición de los campesinos ricos (los kulaks) en desmedro de los campesinos pobres. Luego de esas dos fases se inicia una tercera, a saber, la colectivización del campo comprendido en el Primer Plan Quinquenal (1928-1932). La aplicación del Primer Plan Quinquenal no fue nada fácil para el poder soviético, costó mucho esfuerzo y sacrificio para el país en su conjunto, la experiencia en el campo es prueba de ello.

Sobre esa dura experiencia de la colectivización en el campo trata la novela Campos Roturados cuyo primer tomo se publica en 1932, fecha además en el que finaliza el primer Plan Quinquenal; el segundo tomo se publica tardíamente entre 1954 y 1960, por una serie de razones, durante la Segunda Guerra Mundial una bomba destruye el hogar de Shólojov, perdiéndose así los manuscritos del segundo libro casi concluido, hecho que exige al autor a rehacerlo todo de nuevo, con el mismo ánimo que exige la reconstrucción del país devastado por la guerra.

Campos Roturados recrea la experiencia de la colectivización de la tierra. Tal medida tuvo como punta de lanza la necesaria creación de los Koljoz (Granjas colectivas). Muchos de los pasajes que recrea la novela son fruto de la experiencia de su autor como organizador de Koljozes en el Don. Cuando Shólojov asumió la labor de organizador de Koljoz presenció el sabotaje que celosa y secretamente tramaron los kulaks (campesinos ricos) contra el poder soviético, a saber, asesinatos de campesinos comprometidos con el poder soviético, acaparamiento de la cosecha, sacrificio de animales del koljoz, quema de la cosecha, esparcir rumores contra el poder soviético y la confabulación en unión con algunos remanentes de la contrarrevolución zarista.

En gruesas líneas, Campos Roturados muestra una serie de contradicciones que acaecen en la vida del campo ruso, que no se reduce sólo al carácter de clase entre los kulaks (campesinos ricos) y los campesinos pobres o medios, sino que también comprende la rivalidad entre stanitsas (poblados cosacos), ahora organizados en koljoz, la rivalidad interna entre familias campesinas de una misma stanitsa, así como los miedos y recelos del campesinado ante las medidas que el nuevo poder (el poder soviético) ejerce. Todo ello acaece en la stanitsa de Grimiachi Long en el que la inexperiencia de sus dirigentes, jóvenes muchos de ellos, van hilvanando las historias de vida de los miembros que comprenden aquel poblado campesino.

En Campos Roturados la idiosincrasia del campesinado ruso cosaco, que su autor conocía muy bien, es un tema muy bien trabajado, así como la resistencia del campesinado, aferrado aún a la propiedad y carente de organización, ante el cambio que el poder soviético ejercía. Sin lugar a dudas Semión Davídov es el personaje de la novela, obrero de la fábrica de Putilov (en Moscú) es designado para organizar en Gremiachi Long el koljoz. Junto a él se encuentran Makar Nagúlnov (Secretario de la célula del Partido Comunista de Gremiachi Long y ex-combatiente del ejército rojo cosaco que enfrentó la contrarrevolución en el Don) y Andréi Stepanovich Razmiótnov (Presidente del Soviet de Gremiachi Long, joven cosaco, también ex-combatiente del ejército rojo), las historias de ambos personajes le dan oxigeno a la historia en su conjunto porque sus dramas personales hilvanan las demás historias de vida de una serie de personajes que aparecen a lo largo de la novela, campesinos todos ellos que hacen que Campos Roturados diste de ser una mera novela panfletaria y adquiera la belleza que caracteriza a la narrativa de Shólojov. Las historias del ya viejo herrero Ippolit Sidorovich Shali y del abuelo Schukar, son muy sugerentes al respecto, a pesar que ambos personajes no tienen los mismos ritmos. El herrero Shali es callado, serio y muy observador, mientras que el abuelo Schukar tiene un papel muy jocoso y a la vez muy tierno. En el segundo tomo de la novela el abuelo Schukar se lleva las palmas, no porque sea un convencido comunista (ni siquiera el abuelo sabe muy bien qué es ser un comunista) o haga actos heroicos (casi toda su vida se la ha pasado a salto de mata), sino porque se convierte en el personaje que identifica, mediante sus ocurrencias, al pueblo campesino, al cosaco del Don.

Por otro lado, con la lectura de Campos Roturados uno reconoce, parafraseando parte de una canción conocida, que tan "absurdo es suponer que el socialismo es sólo la igualdad y las buenas leyes, el sueño se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes". Precisamente los viejos bueyes, junto al duro trabajo del campesino, las dificultades por las que pasa toda organización popular, se recrean muy bien en la novela, así como se muestran los errores y los nuevos problemas que genera el poder soviético en el campo. Al respecto, entre otros pasajes, el herrero Shali espeta a Davídov (el presidente del Koljoz) lo siguiente: 
"__ Enseño el oficio a un huerfanito. Ningún mozo quiere trabajar en la herrería. ¡El poder soviético los tiene categóricamente mimados! Unos quieren ser médicos, otros, agrónomos o ingenieros, y yo me pregunto: cuando nos muramos los viejos, ¿quién va a hacer botas, coser pantalones y herrar caballos para el pueblo? Lo mismo pasa con mi oficio: no hay forma de conseguir que alguien venga a trabajar a la herrería; huyen del humo de la fragua como el diablo del agua bendita" (Tomo 2, p.143).  
Por todo ello, Campos Roturados es una novela muy aleccionadora, históricamente hablando, y también muy reflexiva en diferentes pasajes e historias de vida de sus personajes. Si hay algo que caracteriza a la novela en su conjunto es esa compleja trama humana de quienes han luchado y convivido y conviven aún en la pobreza y la adversidad en la vida del campo; y, sobretodo, se encuentra aquella esperanza que anima la vida de millones de hombres y mujeres del campo que luchan a pulso por una nueva sociedad. 



 
Juan Archi Orihuela
Domingo, 03 de noviembre del 2013.

Referencia Bibliográfica

Shólojov, Mijail
1975 Campos Roturados (2 Tomos). Progreso, Moscú.


miércoles, 20 de junio de 2012

El charanguista como tragedia o “cerquita del corazón”

Antaño se solía enamorar a las mujeres con música y canto sincero. Serenata llamaban a tal flirteo que se realizaba siempre de noche, frente a la casa de la muchacha que uno quería, a riesgo del posible rechazo de ella o de cierta incomodidad del vecindario. Por ello cuando uno piensa en las serenatas de amor, hecho que resulta muy lejano para el sujeto contemporáneo por aquello que Zigmunt Bauman llama el “amor líquido”, la primera imagen que a muchos se les viene a la mente es que las serenatas son parte de la literatura o de aquel "amor romántico" ya inexistente. A pesar de aquella referencia figurada, los que nos hemos expuesto a la sinceridad de la noche en tiempos de la "posmodernidad" frente a la ventana de la muchacha que queríamos, ya sea con una guitarra o con un charango, guardamos de manera literaria en la memoria tal hecho pasado y que a muchos les debe sonar como un hecho de fábula. Por eso la literatura hasta cierto punto se convierte en uno de los registros alegóricos en el que uno puede indagar sobre tales hechos si es que la memoria resulta siendo evasiva o ausente.

A modo de ejemplo, en la novela Todas las sangres (1964) de José María Arguedas se narra, como parte de aquel entramado conflicto que caracterizó al Perú hirviente de aquellos años, el amor que siente el mestizo Gregorio por Asunta de La Torre, hija de uno de los hacendados históricos de San Pedro de Lahuaymarca. En una estructura social de clases muy marcada por las diferencias culturales, sumada a una estricta reproducción de “castas”, como lo fue el Perú y en parte lo sigue siendo, el pobre Gregorio tenía todas las de perder. Además, Gregorio no era nada agraciado, no tenía dinero (era un simple chofer), ni mucho menos era inteligente, más bien era un sujeto simplón, pero sabía tocar el charango como ninguno. La serenata que Gregorio le lleva a Asunta es relatada de la manera siguiente por José María Arguedas:

“Gregorio llegó a la puerta de la tienda de Asunta, ya vestido de indio. Había templado finamente su charango. Le había echado una bocanada de aliento del fuerte cañazo de Huanca a la caja, por el ojo del instrumento. Bebió dos largos tragos de una pequeña botella y trasmitió al charango “su propio corazón”, el de Gregorio, lanzando su respiración fuertemente perfumada al instrumento (…) Las primeras notas, punteadas, del charango, alcanzaron todas las alturas y profundidades. El ojo sano del músico brillaba, ahogaba en dichosa luz todo lo que en Gregorio era vida. De esa luz brotaban las notas límpidas de cada cuerda, que los dedos tañían con suavidad y energía no superable (…) La voz de Gregorio, inconfundible, por grave e intensa, fue llevada por el aire, hundiéndose en la materia de todas las cosas, y repercutiendo de ellas, más enardecida y transparente (…) Esperó, tocando muy bajo la melodía del huayno en las cuerdas del charango. La luz nocturna esperaba con la música. La joven se acercó a la puerta; habló con voz clara:

__ Gracias, ¡Te creo! Anda, vete, anda, vete… Sí, Gregorio. Quizás después. ¡Anda, vete! No soy de nadie.
__ ¡Dios mío! __exclamó el mestizo. E improvisó sólo dos versos más:

El gavilán de noche llora,
llora el gavilán presintiendo el día…  

Y en impulso irrefrenable depositó en la rendija que había entre la puerta de madera y la piedra del falso dintel, un paquete con seis mil soles. Escribió con su letra muy torpe: “Perdón, señorita; perdón, pues; quizás me voy, quizás, adónde”.

El desenlace de aquella serenata, y que más bien fue una despedida de amor, fue la muerte de Gregorio en el interior de una mina de socavón. Gregorio simulando al Amaru (esa fuerza de la naturaleza que los campesinos del ande relacionan con el agua de las lagunas y los ciclos agrícolas), como parte de una treta, dio fuertes gritos tremebundos y explotó con dinamita para sabotear los planes del ingeniero Cabrejos, quien lo contrató para matar a Demetrio Rendón Willka (el protagonista de la novela). Pero ¿Gregorio se mató tan sólo para sabotear los planes de Cabrejos? Tal detalle no tendría importancia, si es que uno no repara en el significado de “todas la sangres” y que a su vez le da el título a la novela. Novela que, juicio de Miguel Gutiérrez, “es una tragedia que adopta la forma novelesca para reflejar la “agonía” del latifundio feudal andino amenazado desde dos flancos: por el capitalismo semi-colonial y por la revolución campesina democrático-popular”. Gregorio cuando se entrevista con el ingeniero Cabrejos, quien se había dado cuenta del amor de Gregorio por Asunta, expresa esos afectos que reclasifica socialmente a los sujetos en el latifundio feudal, a saber: “Me está despreciando __pensó Gregorio__. Este maricón traicionero; este blanquiñosito al que yo me lo comería si no fuera por la Whister-Bozart que dicen tiene de la oreja hasta al gobierno. Así y todo, se lo van a comer aquí. ¡Seguro! Yo haré una embarrada mañana, porque tengo que ser grande, Asunta”. Con tal pensamiento, en el fondo el deseo de Gregorio, que buscó tal desenlace, fue ser “grande”. Y ¿qué es ser grande para Gregorio? El mismo responde en una suerte de “acto fallido”: “Yo tengo que ser grande para llegar a la altura de Asunta de La Torre”. Es decir, como las diferencias de clase son marcadas entre Gregorio y Asunta, con un acto que subvierta el poder de esa estructura de clases, por lo menos eso es lo que pensó Gregorio sobre su acto reactivo, se podrá “mostrar”, como sólo el amor se puede mostrar, mediante actos simbólicos, para generar condiciones en el que pueda ser aceptado por Asunta a riesgo de su propia existencia. Por ello el amor, que recuerda a aquel conocido bolero llamado “amor de pobre”, en la novela lo encarna como tragedia el charanguista Gregorio.

Tales hechos: la serenata, el flirteo, el desenlace funesto del amor como tragedia, que figurativamente pueden ser percibidos, muestran ciertos cambios en la sensibilidad del sujeto contemporáneo. Si uno repara en los años de la subversión armada de la década del 80 del siglo pasado, puede reconocer que en aquellos años los amores fueron conflictivamente encontrados. Aquellos años de transición muy violenta para la sociedad peruana no puede haber pasado sin modificar en algún grado la sensibilidad por el otro, ni mucho menos sin modificar sustantivamente la resignificación del amor (aquella sensibilidad exclusiva que se siente por una persona en particular). El paso de la sublimación simbólica, signada por cierta tragedia, a la inmediatez sensorial del cuerpo por cierto pragmatismo económico, tal vez sea posible de identificar si uno repara en la implosión del sujeto como productor de apariencias o por aquella búsqueda de identidades (de toda índole) que se acentúan por la libertad del mercado.

Si bien es cierto que esos cambios en la sensibilidad no pueden ser explicados tan sólo por los hechos violentos, como la subversión, cabe reparar en aquellas historias que han comprendido una serie de hechos negados por la sensibilidad del orden, a saber, la tragedia de las comunidades campesinas que han sido desestructuradas por el poder del Estado en la lucha contrasubversiva (en muchos casos fueron arrasadas impunemente tan sólo por ser “sospechosas” de subvertir el orden). Al respecto la antropóloga Chalena Vásquez compuso una hermosa canción llamada Cerquita del corazón (1987), inspirada en un hecho funesto que ocurrió durante los años de la insurgencia armada del siglo pasado en Ayacucho, que se puede compaginar con la historia de Gregorio porque también es la historia de un charanguista. El huayno Cerquita del corazón pareciera relatar la historia de Gregorio porque la tragedia “reflejada” en sus letras sigue siendo la misma, aunque ahora la historia es recreada en otro contexto pero en el mismo país hirviente de conflictos como el Perú.


“Debajito de su poncho, cerquita del corazón
abrigaba su charango, murmurando una canción
abrigaba su charango, como abrigando al amor
debajito de su poncho, cerquita del corazón.

De pronto, un grito, un disparo, rompió su pecho y su voz
aferrándose a la vida al charanguito abrazó
aferrándose a la vida, aferrándose al amor
debajito de su poncho, cerquita del corazón.

¿Quién dijo que su charango es arma para matar?
¿quién quiso matar sus sueños? cerquita del corazón
¿quién quiso matar sus sueños?¿quién quiso matar su amor?
¡Como si matar pudiera, la magia de su canción!

Por el camino a Huamanga se escucha en el manantial
doliente la Pachamama y el charanguito llorar
Por el camino a Huamanga se escucha en el manantial
doliente la Pachamama y el charanguito llorar
y el charanguista cantar”.

(Chalena Vásquez: Cerquita del corazón)   



Juan Archi Orihuela
Miércoles, 20 de junio de 2012.