Ensayos, artículos y una serie de escritos de reflexión y de opinión.
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lunes, 12 de mayo de 2014

Imágenes y discursos políticos


I

En la política es frecuente encontrar una serie de imágenes y discursos que se elaboran para legitimar ciertas ideas sobre el poder. Muchas de las ideas sobre el poder se encuentran estrechamente vinculadas a la práctica de quienes ejercen el poder de manera institucional. Sin embargo, en la medida que se generaban cambios en la organización política y social, muchas de las ideas sobre el poder han ido variando históricamente. En las sociedades pre-capitalistas, básicamente las ideas sobre el poder oscilaban entre la naturalización del orden que generaba el poder (el orden natural) y la personificación del poder en el gobernante (asociado generalmente a lo divino o lo sagrado); en la sociedad capitalista, por el contrario, ideológicamente el poder tiende a ser concebido más como un hecho convencional (la idea del Contrato Social apuntó a ello) y enfrentado al individuo (el individuo frente al Estado es parte del discurso que acentúa la noción ideológica de la libertad). Empero, históricamente la concreción del poder se focaliza en una gran entidad relacional, no personalizada, a saber, el Estado (El Estado moderno burocratizado). Asimismo, empíricamente el ejercicio del poder que se reproduce a través del Estado tiene una constante, a saber, su escenificación. 

La escenificación del poder ocurre en todas las sociedades humanas y se realiza de manera institucional. Tal escenificación comprende una serie de momentos y de sujetos que la hacen posible. Entre los momentos de la escenificación del poder se encuentra el ordenamiento de la ceremonia, la producción de imágenes, la resignificación de símbolos y la reproducción de un discurso. La ceremonia es la actividad pública principal en el que se escenifica el poder, el desarrollo de la misma está dirigida por quienes cumplen funciones alrededor de la institución que la oficia; la ceremonia puede durar uno o más días, lo importante de ella es que no sólo focaliza y anima las expectativas del grupo, sino que posibilita su reconocimiento público para la legitimación del poder mediante la acción. La producción de imágenes forma parte de la escena, principalmente consiste en evocar e identificar imágenes en la representación de la escena con quienes la espectan. La resignificación de símbolos permite dar el sentido a lo escenificado. Mientras que la reproducción del discurso apunta a la legitimación del poder escenificado mediante la palabra.    

En la estructura del Estado los sujetos que participan de la escenificación del poder generalmente son los sujetos políticos que la ofician, así por quienes la espectan, a saber, gobernantes y gobernados. Tales sujetos son quienes animan las conmemoraciones y las manifestaciones, fenómenos que cumplen una función asociado al discurso, a saber, la legitimación del poder. Las conmemoraciones agrupan y focalizan la atención de gran parte del grupo; en las sociedades antiguas o premodernas, el cambio de mando o la asunción de un nuevo jefe, que simbólicamente se escenificaba por el cambio de la envestidura del gobernante, eran eventos sagrados; en las sociedades modernas los aniversarios de la patria o el día nacional son eventos que concitan la expectativa y la afirmación identitaria de un pasado en común. Es decir, mediante las conmemoraciones, la historia, entendida como aquel pasado que permite una identificación entre los miembros expectantes de la escena, es vivida y actualizada para dar sentido al grupo. Por su parte las manifestaciones frecuentemente se han caracterizado por un gran despliegue humano de voluntades organizadas para la escena, asimismo la objetivación de la acción y la potencia constituyen el poder escenificado; de acuerdo al tipo de organización estatal (ya sea una república, monarquía o imperio) la movilización del poder en escena cobra determinadas dimensiones de fastuosidad.

En función de la escenificación del poder, en el mundo moderno los políticos son quienes no sólo animan la escenificación de la misma, sino que se caracterizan por reproducir una serie de imágenes y discursos para legitimar sus acciones en el espacio público. Esa búsqueda de legitimación permite al político convertirse en  interlocutor válido para la acción política. El espacio de la política se caracteriza por tensiones y frecuentes enfrentamientos entre los sujetos que luchan por el poder, ya que se disputan su posicionamiento para ejercer el control del Estado. En esa lucha por posicionarse sobre el espacio político, el político se recrea y forma una imagen que se encuentra muy vinculada a sus pretensiones y a la función que cumple, a saber, el liderazgo político y la representación política. Tomando en consideración el papel que cumple la reproducción de toda ideología, tal pretensión y función será asimilada, por quienes participan del espacio público, como parte de la expectativa que generan los deseos y los temores. Asimismo tales percepciones ejercerán cierta influencia en el político para que reelabore, reafirme o acentúe nuevamente su imagen. La decodificación de aquella imagen que se recrea alrededor del liderazgo político forma parte de la constitución de la ideología por otros medios.

 
II

El liderazgo político es una de las funciones más preciadas a las que aspira todo político. El reconocimiento del liderazgo que puede ejercer todo político no sólo atrae la admiración y el respeto de sus seguidores, sino que también acarrea una serie de simpatizantes, así como de detractores u opositores, eventuales o constantes. El liderazgo político se alcanza como parte de un proceso de formación del político o surgen de acuerdo a las coyunturas que se dan en el espacio político. Las cualidades del político para ejercer el liderazgo se compaginan con los fines o los propósitos que buscan tales o cuales organizaciones políticas. No todos los políticos pueden o llegan a ser líderes de su organización, la gran mayoría participa como miembros activos, siendo animadores o divulgadores del ideario de su organización, así como de la imagen que se recrea alrededor del liderazgo.

Empero, la representación política si es una condición generalizada de la actividad del político, es decir, todos representan a alguna organización fuera de ella. En parte la representación política es lo que anima la lucha en el espacio político, a saber, cada grupo lucha por ser el más representativo (posicionamiento político). Mientras que los liderazgos se circunscriben al grupo de simpatizantes, la representación política pretende alcanzar mayores dimensiones de aceptación y de arraigo en el espacio público. Por eso hay políticos que son representativos a nivel local, regional y nacional. En realidad el liderazgo y la representación se encuentran muy vinculados, a tal punto que forman parte de las percepciones que muchos se hacen de los políticos. Entre las imágenes que frecuentemente identifican a los políticos en el mundo moderno se encuentran: la imagen del político radical, la del político moderado y la del político conservador.

La imagen del político radical es la imagen asociada al cuestionamiento del orden, ya sea mediante la ruptura de la legalidad o mediante el cambio radical contra el orden. Entre los rasgos que hacen posible la construcción de aquella imagen radical se encuentran, la valoración que se tiene sobre el discurso “anti” y “la práctica populista”. Los discursos “anti”, es decir, “el estar en contra de”, han sido orientaciones muy frecuentes de muchos grupos opositores al orden, las imágenes que se han recreado durante el siglo XIX y a lo largo del siglo XX se encontraban asociadas a los grupos de izquierda que estaban estrechamente vinculados a los movimientos de masas y a los insurgentes (mediante la lucha armada), grupos que pretendían cambiar violentamente el orden. Durante el presente siglo, tras el proceso de la imposición del neoliberalismo (la globalización), aquella imagen del político radical ideológicamente se identifica y nomina como el “antisistema”. Por eso decirle “antisistema” a un político, hecho muy recurrente en el espacio político, cumple una intención clara, a saber, su descalificación mediante la identificación con tal imagen. Asimismo, la “práctica populista”, al ser identificada con aquella pretensión de resolver las necesidades inmediatas de las mayorías, genera cierta  alarma porque azuza temores que ven amenazada la institucionalidad del orden; la alarma por la práctica populista, a su vez, tiende a reducir la imagen del político radical con el autoritarismo. Tal situación permite entender por qué la decodificación que frecuentemente se hace de la imagen del político radical, animada exageradamente por sus opositores, tiende a inclinar y acentuar la censura como un mecanismo para capitalizar su rechazo.  

La imagen del político moderado se encuentra asociada a la concertación y a las reformas que no trastoquen la institucionalidad del orden. Generalmente esta imagen es valorada como positiva. Si en el campo político impera la polarización, la imagen del político moderado pretenderá representar la mesura y la alternativa frente a la polarización. En una campaña electoral es frecuente que los votos de los indecisos se inclinen por la imagen del político moderado. Más aún la imagen del político moderado frecuentemente se fortalece cuando se enfatiza el respeto por la institucionalidad que sostiene al orden. Por ello la decodificación de esta imagen tiende a ubicar a los políticos en el centro. En las disputas que se establecen sobre el poder, la imagen del político moderado tiende a ser identificado  con el buen funcionamiento del orden, es decir, es la imagen que pretende sólo hacer “ajustes” necesarios a la política actual para que todo funcione sin inconvenientes, ni sobresaltos.

La imagen del político conservador es la imagen que se encuentra asociada a la continuidad y la preservación del orden. Esta imagen identifica al político con lo tradicional y lo moralmente aceptado. En muchos países en que la religión aún juega un papel muy importante en la imagen pública, como por ejemplo el credo católico que es hegemónico en el Perú, la imagen del político conservador se identifica acentuadamente con la moral religiosa. Al respecto tales políticos siempre se arrogan la defensa de la moral y de las buenas costumbres, y sobretodo enfatizan su condición de ser creyentes y respetuoso de la fe. Es frecuente ver en la imagen del político conservador una clara  defensa del orden (la propiedad privada) como la cuestión principal de su agenda.

A la par de las imágenes que identifica a los políticos en el espacio público, también el discurso se encuentra estrechamente vinculado. En principio los discursos políticos no son más que la expresión de la tensión que acaece en el espacio político y cumplen una función identitaria, en la medida que permite su identificación; y comunicativa e instrumental, porque permite influenciar sobre los demás. La elaboración de los mismos, refuerza las anteriores imágenes que los identifica. Entre los discursos que frecuentemente elaboran los políticos se encuentran los discursos radicales, los discursos moderados y los discursos conservadores.

 

III

Los discursos radicales principalmente apuntan al cuestionamiento del orden y a su transformación como una necesidad urgente. El público principal a quien va dirigido tal discurso está comprendido por las grandes mayorías descontentas con el orden. El discurso radical da esperanzas a quienes ya han perdido toda esperanza. Lo que anima a este discurso es la posibilidad de la transformación de la sociedad en su conjunto. En el discurso radical todo es cuestionado, mordaz e irónicamente. En función de la historia de un determinado país, el discurso radical pretende ser la voz de quienes no han tenido voz en la historia de ese país. Frecuentemente este discurso apela insistentemente a cuestionar frontalmente el continuismo y la disfuncionalidad del orden, valorado como un orden injusto. El discurso radical tiende a polarizar el espacio político en la medida que genera cierta resistencia entre sus opositores, quienes no pierden la oportunidad de señalar que tal discurso es una amenaza al orden. Es frecuente que los discursos radicales adquieren una mayor resonancia cuando el sistema político se encuentra con problemas de representatividad.

Asimismo el discurso radical que algunos políticos reproducen, muchas veces se enciende debido a que responde a un real descontento de cierto sector del electorado y de la población en general. Por eso los discursos radicales casi siempre son discursos de oposición, con el detalle de que esa oposición se inclina preferentemente por cambiar el orden. En parte los discursos radicales en la política no son más aquellas propuestas postergadas o aquellas promesas incumplidas que otros políticos han dejado de lado cuando han asumido cargos gubernamentales. La acumulación de las promesas incumplidas es el caldo de cultivo de los discursos radicales a partir de una disyuntiva bien marcada: todo o nada.  

Los discursos moderados que frecuentemente se escuchan se caracterizan por hacer hincapié en las reformas necesarias para mantener el orden. La defensa de la institucionalidad política es uno de los rasgos que caracteriza a los discursos moderados; para tal efecto,  es frecuente en estos discursos la apelación a la necesidad de concertar con las fuerzas de oposición. El enfoque que anima estos discursos se orienta al consenso y a la formalidad representativa. El consenso en estos discursos se vuelve casi en un imperativo para estar en el centro. El centro, políticamente hablando, para este discurso es el ideal de la política. “La política como centro” se convierte en un ideal para este discurso que no sólo expresa la moderación de una fuerza política, sino también la expectativa de quienes quieren cambios a partir de reformas que no alteren el orden. Por eso los discursos moderados expresan, insistentemente, evitar todo tipo de polarización en el espacio público.

Asimismo estos discursos encuentran una mayor recepción y empatía en la clase media; no obstante, también cuentan con la aceptación de aquellos que se encuentran indiferenciados y procedentes de distintas clases sociales. En tiempos electorales, estos discursos tienden a captar la atención de los indecisos y de aquellos que “quieren vivir sin problemas”. Es decir, alejados de la problemática que implica la política. Entre las ideas que comprenden estos discursos se encuentran la tolerancia, el diálogo y la concertación (significantes que forman parte de una orientación ideológica para mantener el orden).

Los discursos conservadores que algunos políticos reproducen se caracterizan por defender el orden apelando insistentemente a los valores y a la tradición. El orden para los discursos conservadores no sólo se refiere al orden de la ley, sino también al orden moral. El orden moral para estos discursos se sustenta en las instituciones familiares y religiosas. En el discurso conservador, la familia es el referente y la fuente de apelación para legitimar y defender los asuntos públicos. Por la orientación que toma, este discurso es la expresión del continuismo del orden. El público al que va dirigido este discurso generalmente es aquel público que está satisfecho con el orden. En este discurso, los cambios si no apuntan exclusivamente a reformas mínimas que permitan la funcionalidad del orden, son vistos como hechos subversivos. La defensa del orden que se encuentra en estos discursos representa la defensa de la sociedad  e incluso, para los ideales conservadores más exacerbados, sería la defensa de la humanidad civilizada. Al respecto, durante el siglo XX, frente a la amenaza del comunismo, los discursos conservadores se arrogaban la defensa de “la civilización cristiana y occidental”; durante el siglo XXI, frente a la amenaza del “terrorismo internacional”, los discursos conservadores hablan de un supuesto “eje del mal”.

Tales discursos, así como las imágenes que las acompañan, forman parte de la constitución y la reproducción de la ideología. Históricamente la reproducción de la ideología política se ha objetivado a través de una serie de formas: la retórica, las declaraciones, la columna periodística, el debate, los mensajes y los manifiestos. 

La retórica de los políticos se caracteriza por persuadir a un gran público a partir de frases y discursos plagados de invectivas, lugares comunes y máximas generales sobre el orden moral. La intencionalidad persuasiva de la retórica de los políticos se hace patente en la entonación de la voz, que oscila entre la consternación y la exageración; y en la gesticulación corporal, que oscila entre una actitud ceremonial y hasta desafiante. La voz consternada de los políticos es muy recurrente cuando quieren comunicar algún compromiso frente a sus oyentes; asimismo, insisten en ello para trasmitir la responsabilidad a todos sus oyentes para que se unan y participen de su organización.

La exageración reiterativa que caracteriza a la retórica política es la forma que se emplea para llamar la atención sobre el escenario que recrean. Por contraposición, también en la retórica política los políticos  minimizan aquellos hechos que le sean perjudiciales a sus fines. Por su parte, la actitud ceremonial que acompaña la retórica de los políticos es parte de la escenificación del poder que ejercen a partir de su imagen; la elocuencia o la seriedad con la que trasmiten sus mensajes serán dosificadas en función del escenario. Muchos de los políticos que se precian de ser “buenos políticos” manejan, al igual que los actores, el dominio escénico. Precisamente los discursos que anteriormente he anotado se decodifican a través del dominio escénico que hace el político. Sin embargo, muchas veces en función del dominio escénico, por ejemplo cuando los políticos participan de mítines proselitistas, el discurso tiende a ser desafiante. El manejar una retórica desafiante le permite al político mostrarse como un actor luchador y dispuesto a encarar la responsabilidad de lo que dice. Cuando las tensiones de la política se expresan en la campaña electoral o en los debates, el desafío retórico genera muy buenos réditos a la causa del político y a la organización que lo anima.

Las declaraciones de los políticos son aquellas declaraciones breves que los políticos frecuentemente dan a los medios de comunicación y se sujetan a la circunstancia y al momento de su enunciación. Muchas de las declaraciones de los políticos adquieren el impacto que alcanzan en el espacio político cuando la prensa insistentemente lo enfatiza de acuerdo a la coyuntura política. Muchas de las declaraciones afines, y que son dadas por distintos políticos, cuando son emitidas a través de los medios de comunicación pasan a formar parte de la opinión pública o, en muchos casos, a partir de ellas se va formando la opinión pública; y las declaraciones que resultan contrapuestas entre ellas, dadas por distintos políticos, generalmente son capitalizadas en el fragor de la disputa. También las declaraciones son utilizadas por los demás adversarios políticos para mellar su imagen cuando se contraponen a lo que anteriormente declaraban o pensaban.

Las columnas periodísticas que escriben los políticos generalmente son para opinar sobre un asunto público o polemizar sobre el mismo. En las columnas que escriben los políticos uno puede encontrar la orientación de su discurso, así como parte de su ideario que tácitamente o explícitamente se comunica. Aunque si bien actualmente no son muchos los políticos quienes escriben, los que pueden hacerlo se convierten con cierta frecuencia en los ideólogos, como sucedía en el siglo XIX y parte del siglo XX. Muchas de las columnas periodísticas que elaboran los políticos se publican, y si no pueden hacerlo a través de los grandes medios de comunicación lo hacen mediante su prensa alternativa, a saber, revistas, páginas electrónicas. Aunque actualmente la polémica escrita entre políticos no tiene la resonancia que tenía antes, los que polemizan no dejan de lidiar por el manejo del discurso y por representar una corriente de opinión en pugna con las demás.

El debate en que se enfrascan los políticos eventualmente surge debido a las declaraciones que anteriormente han dado a la prensa o suscrito mediante un artículo de opinión. Aunque el debate se circunscribe al intercambio y a la contraposición de opiniones, la finalidad no es sólo el esclarecimiento del tema, sino mostrar ante todo que el oponente no tiene recursos para sostener lo que sostiene. Por eso los debates son la punta de lanza que se enfila en medio de la tensión política; por un lado reluce el discurso que maneja cada sujeto político; y por otro, anima la disputa política. Los debates que forman parte del proceso electoral, son los debates más representativos de la escena política porque no sólo son los lideres políticos quienes debaten cara a cara en un escenario concertado, sino porque ahí se tocan los temas que han encendido la campaña electoral y movilizado o animado voluntades; asimismo, las expectativas y la atención que generan son altas y masivas porque tiende a inclinar el voto de los indecisos. También en tales debates los discursos que se exponen ayuda a ensalzar la imagen de los políticos que lidian.

Los mensajes que emiten los políticos son breves y se diferencian de acuerdo a los medios en que son emitidos. Los mensajes televisivos se caracterizan por su mayor difusión y porque en ellos el manejo escénico (imagen y discurso) se sujeta a la brevedad de la emisión. Los mensajes radiales se caracterizan por el énfasis que se pone al discurso, en el que la retórica es su rasgo más sobresaliente. Por el contrario, actualmente los mensajes vía twitter, que se ha convertido en uno de los medios más empleados por los políticos para emitir sus mensajes, se caracterizan por la interacción virtual. El twitter tiene la ventaja de interactuar con los seguidores de uno, esto genera que un mensaje político desencadene una serie de mensajes sobre el mismo. Por eso es frecuente ahora que los políticos vía twitter opinen constantemente sobre el acontecer local, nacional e internacional. El mensaje de opinión constante vía twitter ha logrado una importancia tal que los grandes medios de comunicación están siempre pendientes de ellos. 

Los manifiestos que elaboran y suscriben los políticos forman parte del discurso oficial que emite cada organización política. En los manifiestos se encuentran los puntos e ideas que organizan y orientan las pretensiones de los políticos. Asimismo los manifiestos son llamamientos públicos que tienen por objetivo aunar las voluntades de los que no sólo simpatizan con la organización política sino sobretodo que va dirigida a la ciudadanía en general. Los manifiestos son el gran discurso que da sentido a la organización política, en ella se encuentran no sólo los grandes lineamientos, sino una determinada concepción sobre la sociedad y la política. Históricamente, los líderes políticos en los manifiestos han dejado expuestas sus credenciales ideológicas.

Reparando en todo lo anteriormente mencionado, la reproducción de la ideología no se encuentra ensimismada en un grupo, como frecuentemente se piensa sobre tales o cuales ideologías espetadas como dogmáticas, sino todo lo contrario, a saber, forman parte de una disputa por el poder. Tal disputa es un fenómeno político que desde hace muchos años se ha convenido en llamar la lucha ideológica. Por eso el análisis de la lucha ideológica de una determinada sociedad, en función del orden, permite entender, y a mi juicio explicar,  muchos de los fenómenos políticos que acaecen en la reproducción de la vida social [1].   

 

 

 
Juan Archi Orihuela
Lima, lunes 12 de mayo del 2014.

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[1] Es frecuente leer o escuchar insistentemente sobre tales o cuales fenómenos políticos  como si fueran actos irracionales, premodernos, ahistóricos y demás calificaciones ideológicas negativas. Al respecto hay una diferencia manida entre violencia y política desde una orientación ideológica particular sobre la sociedad que se asienta en función del “deber ser” y la “democracia”. Lo cierto es que históricamente y culturalmente los fenómenos políticos distan mucho de aquella  pretensión aristotélica del “bien común”. Por el contrario, el estudio de los fenómenos políticos en su concreción, tanto material como ideal, nos permitiría explicar una serie de momentos cómo se encuentra organizada y estructurada la sociedad. Tal reconocimiento es lo que anima a la ciencia de la sociedad.
 

viernes, 9 de mayo de 2014

La política: discurso y hecho social


Uno de aquellos términos que se encuentra estrechamente vinculado a la manera cómo concebimos la vida social es la política. Todos tenemos ideas o adquirimos algunas ideas sobre la vida social. Muchas de aquellas ideas son producto de ciertas percepciones generadas a partir de nuestra interrelación con los demás. Cuando aquellas ideas son expuestas mediante el discurso frecuentemente es posible de que sean identificadas o calificadas, por nuestros interlocutores, como ideas políticas a pesar de que no tengamos nada que ver con alguna organización de esa índole. Frecuentemente nos negaríamos de buenas a primeras a aceptar tal calificativo, ya sea en alguna discusión sobre temas referidos a los asuntos públicos o en una simple conversación amical, porque pensaríamos que se nos descalifica para invalidar lo que hemos dicho; o, simplemente, nos resultaría muy exagerado y hasta tendencioso tal calificativo. Frecuentemente la manera a la que muchos apelan para evitar tales calificaciones es recusar que su intensión (actos y discurso) no es nada política porque consideran que lo que dicen y hacen no tienen nada que ver con ella. Por eso en esa situación tan cotidiana la política tiende a adquirir una connotación negativa.

Empero la política también tiene una connotación positiva, como por ejemplo cuando se concibe a la política como la posibilidad de ordenar o resolver ciertos problemas sociales. Empero tal afirmación a generado ciertas exageraciones y apelaciones arbitrarias, a saber, que “todo es política” o “todos somos políticos” porque así supuestamente lo dijo Aristóteles bajo la idea del “animal político”; o, en muchos casos tal propensión resulta siendo muy inconsistente, debido a que es muy frecuente afirmar de buenas a primeras que la política es lo que “me  parece” o “debería ser”. Tales connotaciones, tanto negativas o positivas, que se aceptan en función del discurso, muchas veces impide la comprensión y el uso apropiado de tal término. Una manera para evitar tales connotaciones es comprender que la política no sólo es discurso sino que también es un hecho social. Ambos aspectos se encuentran estrechamente vinculados; no obstante es necesario observarlos por separado.   


I

La política como discurso comprende todas aquellas ideas que constituyen y se reproducen para legitimar, orientar, reflexionar y sobretodo para actuar normativamente en función del orden social, ya sea para mantenerlo o para cambiarlo de acuerdo a las condiciones históricas y sociales en el que el sujeto se desenvuelve y reproduce tal discurso. Históricamente ha sido la filosofía quien ha orientado la reflexión sobre la política. Muchos de los postulados que sostienen a la política como discurso son producto de una determinada reflexión filosófica. Por ello históricamente su etimología de raíz griega refiere una determinada forma de pensar y de organizar la sociedad. 

La política debe su nominación a una institución griega, a saber, la πόλις  [Polis].  La πόλις griega aparece en el siglo VII a.c. y llega a su fin de manera gradual con la expansión imperial que los griegos macedónicos habían iniciado, bajo la dirección de Alejandro, por toda la Hélade y parte del llamado mundo oriental. Culturalmente para los griegos el mundo oriental era lo no-griego, a saber, lo bárbaro (lo extranjero). En tal contexto histórico, Aristóteles fue uno de aquellos pensadores del mundo antiguo que reflexiona sobre la manera cómo se organizan los hombres para vivir y para sostener el mundo que les permite mantener un determinado orden social. La política, que se deriva o emana de la πόλις, aparece con Aristóteles como discurso a raíz de una interesante descripción y comparación de las diversas formas, grados de relación y las maneras cómo se encuentran organizados los hombres para reproducir su existencia en grupo. Una de aquellas reflexiones a que llega Aristóteles para entender el orden social de la πόλις es la idea del  ζῷον πoλίτικoν [zóion politikon] cuya traducción tan divulgada como “animal político” ha dado pie, por una serie de razones históricas y culturales, para concebir al hombre como un “sujeto político”, tal como se suele pensar de manera contemporánea.

La πόλις griega fue ante todo una forma de organizar y ejercer el poder; perseguía como objetivo alcanzar y mantener la autonomía del grupo frente a las demás πόλις. Tal organización comprendía y reproducía rasgos culturales que no se encontraban en ninguna otra forma de organización entre sus contemporáneos. Entre los rasgos culturales que identificaba a la πόλις se encontraba el λóγος [Logos], término que tenía muchas acepciones entre las cuales frecuentemente se traduce como palabra, pensamiento o razón. El λóγος o la palabra posibilitó entre los griegos la constitución de un pensamiento profano en la medida que el conocimiento concebido y guardado anteriormente como arcano quedaba al descubierto para todos los interesados. La consecuencia más inmediata de la palabra o pensamiento profano fue la apertura pública de los asuntos que sostienen y dan sentido a la πόλις. Así la discusión en público que ejercían los hombres, sobre temas referidos al poder y al orden de las cosas, se llamó diálogo porque se enfrentaban y competían dos logos. Frente a tales cambios se sumaba la idea de la δίκη [Dike] que ha sido traducida como justicia. Históricamente la δίκη o la justicia para los griegos se encontraba asociada al orden que emanaba de la naturaleza como una necesidad y su presencia requería y exigía que se cumplan determinadas funciones para mantener el orden. En la πόλις el orden ya no emanaba de un soberano, como prefiguraban las antiguas mitología vinculadas a los dioses, sino que correspondía al νόμος [nomos] es decir a la ley que debía ejercerse por δίκη o justicia. Tal fue el impacto de aquel cambio que el νόμος o la ley adquirió una autonomía prescriptiva que los hombres debían respetar para mantener el orden. Tales cambios permitieron que la idea de ἰσονομία [Isonomia], que nace del pensamiento geométrico, cobre un gran sentido para buscar y mantener un orden perfecto (como el círculo que es considerada como perfecta entre las figuras geométricas). Por eso en la  πόλις se exigirá que todos sean iguales ante la ley.

Si se reconoce la constitución cultural e histórica de la πόλις, uno puede observar que la idea sobre la política de raigambre aristotélica que se ha mantenido hasta nuestros días,  alude tan sólo a la función que ejerce el hombre cuando vive en comunidad; y, por eso, se ha convenido en identificar al “animal político” como un ser eminentemente social [1]. No obstante, para que tal idea se asiente con todo el significado de la socialización que tiene hoy en día, ha sido necesaria una serie de asimilaciones y modificaciones que ha ampliado la noción de la política hasta tal punto que ya dejó de tener, en sentido estricto, alguna referencia con el sentido que adquiría o se derivaba de la πόλις.    

Los latinos (romanos) al organizarse a través de la civitas [ciudad], concibieron la política, análogamente como los griegos pero sin los elementos culturales que los caracterizan, a saber, como asuntos de la ciudad. Por eso el sujeto del mundo latino que participa, vive y ejerce ciertos poderes que se amparan en derechos y que son conferidos por la ciudad (del cual emana el orden social), será llamado ciudadano. Antropológicamente hablando el ciudadano latino cumple la misma función del “animal político” griego, empero los factores culturales que lo animan son diferentes; por ende, la forma como se encuentran organizados es distinta. La manera cómo se encuentran organizadas ambas instituciones, la πόλις y la civitas, no son mas que una determinada forma de gobierno. Por una serie de cambios históricos y culturales que tienen que ver con la lucha por el poder en lo que será llamada Europa, las formas de gobierno fueron consideradas e identificadas con la política. Asimismo mediante la hegemonía de la teología medieval hubo una tendencia de personificar en toda Europa a la política a través de sus gobernantes como el centro del orden.

Posteriormente la constitución de los Estados modernos dio paso a aquella distinción, que se ha mantenido aún en el presente, entre el Estado y la sociedad. La separación entre ambos tiene una clara connotación orgánica (el cuerpo) que intenta acentuar la función de quienes lo componen (los miembros) como producto de una clara división en el ejercicio del poder. Así quienes ejercían el poder para mandar a los demás pasaron a formar parte del cuerpo político; mientras quienes obedecían para mantener el orden social, formaban parte del cuerpo social. La complejidad que adquiría la reproducción del poder en el Estado moderno permitió identificar la idea del soberano con la figura del Estado, cuyo poder ya no radicaba en la voluntad de una persona sino en la voluntad de quienes conformaban el cuerpo social, a saber, el pueblo. La idea de la voluntad general vinculada al pueblo, que en teoría es la expresión de la voluntad del cuerpo social, dio pie a buscar y a ejercer mecanismos de legitimación del poder mediante la elección general. El resultado de tal forma de gobierno que gradualmente se ha ido imponiendo y reproduciendo en el mundo entero, ha sido llamada como la democracia moderna. Muchos de los ideólogos que animan la democracia moderna son quienes han insistido en aquel asunto, a saber, la democracia moderna como una prolongación de la idea de la democracia que ejercieron los griegos mediante la πόλις (como por ejemplo la idea de la igualdad ante la ley).

Así, a través del discurso, la idea de la política implica una serie de momentos históricos y rasgos culturales que se han ido manifestando progresivamente hasta pretender ser universales. Esa pretensión universal de la política como discurso se encuentra ineludiblemente plagada de orientaciones que apuntan sólo al  “deber ser”. Desde un punto de vista cognoscitivo el “deber ser” da pie a una serie de ideas contrapuestas, afines o distintas; y, que se reproduce, en algunos casos, como antagónicas porque en sentido estricto expresan la manera ideal de cómo se desea que se organice la sociedad (muchas veces alejada de la realidad). Por eso la política como discurso tiene limitaciones de orden conceptual, no sólo porque se ignora (adrede en algunos casos) o pasa por alto la reproducción cultural y las condiciones históricas que la constituyen, sino porque muchas veces se encuentra acuciada más por establecer una normatividad local y circunstancial. Por el contrario, el enfoque de la política como un hecho social permite entender su real constitución histórica, lo que no quiere decir que se niega la política como discurso, sino que la incorpora para su elucidación.    


II

Un hecho político: Cartel Soviético, 1941.
Una obrera representando a la Madre Patria.
Tomado del libro:
"La Gran Guerra Patria de la Unión Soviética"
Para ampliar la imagen pulse aquí
La política como un hecho social no necesariamente se corresponde al discurso hegemónico sobre la política de raíz aristotélica; o, a todas aquellas reflexiones interesantes que se han dado al respecto, como por ejemplo la idea teleológica tan en boga de asumir que la política busca el “bien común”. Históricamente es con el renacimiento que se piensa la política a partir de las relaciones de fuerza, dejando a un lado lo que debe ser la política o hacía donde debe apuntar la misma, para acercarse a la manera cómo acaece en el mundo social. Con las reflexiones de Maquiavelo se inicia todo un giro y  se marca un derrotero para entender la sociedad en función del ejercicio del poder. Precisamente hasta el siglo XVI, siglo en el que aparece El Príncipe de Maquiavelo en 1513, se identificaba a la política con el ejercicio del poder que ejercían los gobernantes en el mundo en aras de un buen gobierno. Es decir, se consideraba la normatividad y el orden de un gobierno como la mejor expresión del arte de la política, concebida como un saber práctico; saber práctico que muchas veces no pasaba de ser un deseo opuesto a la realidad; mientras que la alteración y la ruptura del orden se concebían como anomalías que afectan al buen vivir.

Las luchas intestinas que se generan por la imposición del poder en el interior de un gobierno, como lo fue la Florencia de la época de Maquiavelo, permitió al autor del El Príncipe repensar la política en función del poder, específicamente como una lucha por el poder. Los consejos que Maquiavelo le da al príncipe apuntan todos ellos a luchar y a mantener el control del poder mediante la fuerza. Precisamente la fuerza (como una relación social institucionalizada por las fuerzas armadas)  es la que explícitamente tiende a imponerse históricamente hablando, para  mantener el orden social que sostienen y legitiman los gobiernos en el mundo.

Tal reflexión sobre la lucha para mantener un determinado orden social dio pie para enfocar el mundo social en función de sus tensiones y conflictos. El orden que los discursos sobre la política habían acentuado hasta ese momento, no sería más que el resultado de un proceso en la reproducción del poder que ejercen los hombres para organizarse. Por eso toda organización social en el fondo no es más que el resultado de un largo proceso de lucha, que acaece no sólo porque los hombres lidian por ambiciones desmedidas, sino para elaborar y por mantener un determinado patrón que regule las diferencias sociales y culturales que resultan siendo antagónicas. Buena parte de las ciencias sociales han seguido el derrotero de la filosofía social (aquella que reflexiona sobre la sociedad y la política) y en determinados momentos han demarcando sus diferencias con ella a través de la comparación y el análisis histórico y cultural. Por eso la política no se circunscribe sólo a un determinado discurso, sino que se asienta en la reproducción del poder y en la manera cómo los hombres se organizan sorteando una serie de conflictos y problemas que muchas veces son resueltos de manera temporal para luego estallar periódicamente. 

Así es como la política como un hecho social se reproduce en distintos niveles porque relaciona una serie de instituciones sociales en el que se reproduce el poder. El discurso de la política que frecuentemente toma en cuenta sólo a la πόλις griega como el modelo ideal de la misma (a pesar de que esa matriz cultural es ya inexistente), soslaya la manera cómo los hombres se han organizado de distintas maneras y en diferentes momentos históricos a lo largo de la historia de la humanidad. Siendo la constante histórica del referente de la  política, el ejercicio del poder y la reproducción de un determinado orden que se origina  para resolver una serie de conflictos; asimismo los conflictos no son sólo internos, sino también externos y muy frecuentes con otros grupos humanos. Tales hechos forman parte de la política. Todos aquellos conflictos que han acaecido en muchas sociedades del mundo comparten algo en común, a saber, que las relaciones de fuerza, objetivadas en conspiraciones, invasiones, insurrecciones, guerras y demás, han sido ejercidas para resolver el problema del orden, mediante la instauración de un nuevo poder para mantener un nuevo orden social. Políticamente el problema del orden responde a la reproducción del poder. El poder, socialmente hablando, es lo que permite la fundamentación de la política como discurso, así como el conocimiento de la política como un hecho social.   

El poder básicamente es una relación social objetiva que se ejerce ante todo como una relación de fuerza. Socialmente las relaciones de fuerza han generado relaciones de dominación, explotación y sujeción para normar la vida de los hombres en función de las instituciones que han ejercido un control en la reproducción de la vida social. Muchas de las relaciones de poder son intencionales y se objetivan material e idealmente. Su reproducción generalmente exige la constitución de una serie de relaciones que articulan una jerarquía. Toda jerarquía necesariamente anima la reproducción de un discurso que sea aceptada. Por eso el poder en una sociedad se reproduce a partir de dos relaciones, a saber, las relaciones de fuerza (violencia) y la reproducción de su legitimación (discurso). Todo orden social tiende a ser legitimado por un discurso que no sólo pretende sostenerlo, sino sobretodo el naturalizarlo para evitar así cualquier tipo de cuestionamiento al orden social. Las relaciones de fuerza tienden a ser periódicas y focalizadas porque siempre desgastan a la sociedad; en cambio todo discurso que pretenda la legitimación del poder exige una reproducción permanente.

Analíticamente, la reproducción del poder en las diversas sociedades humanas comprende la constitución de dos espacios, a saber, el espacio privado y el espacio público. En el espacio privado básicamente se reproducen las relaciones de poder en el interior de la vida doméstica que sostiene y fundamenta a la familia. Tal espacio resulta siendo privado porque las relaciones sociales de sus miembros se encuentran sujetas a la necesidad de su reproducción interna, es decir, las relaciones parentales son las que vinculan entre sí a sus miembros. Asimismo los vínculos que cohesionan a sus miembros son eminentemente afectivos; y de ellos dependerá la formación de lealtades que serán eminentemente jerárquicas. Los afectos que cohesionan el espacio privado depende de la empatía que despiertan entre sus miembros. Frecuentemente el espacio privado se caracteriza porque impera la necesidad y la normatividad coactiva en su reproducción. Además, en el espacio privado quien ejerce la hegemonía de la fuerza y expresa la autoridad sobre los demás es reconocido como el “jefe de familia”; generalmente tal función es asumida por el padre; no obstante, debido a su ausencia o a su incompetencia tal función lo asume otro miembro de la familia. Y si hay un rasgo que pueda resumir la reproducción del espacio privado sería aquella sentencia muy conocida y divulgada, a saber, “todo queda en familia”. 

El espacio público, por su parte, se caracteriza porque las relaciones de poder se vinculan y se prolongan a partir de un centro de poder. La centralidad del poder se constituye a partir una institución que ejerce la representación del grupo en función del orden. Culturalmente la representación del poder y su centralidad se encuentra focalizada en instituciones que han cambiado a lo largo de la historia, como por ejemplo las jefaturas, los reinos y los Estados. A tales instituciones se les llama instituciones políticas y los sujetos que participan de tales instituciones se les reconoce como los sujetos políticos por antonomasia. Asimismo en el espacio público los discursos sobre el poder se codifican y descodifican en función de una serie de tensiones que tienen que ver con el manejo del discurso y con la potencia de la fuerza colectiva que emana del conjunto de los miembros que lo componen. Empero la participación en el espacio público de los miembros que componen una sociedad en su conjunto ha sido un proceso gradual y ha estado sujeto a los  cambios históricos que tienen que ver con la cuestión del poder.

La importancia que ha adquirido el espacio público en la sociedad contemporánea se debe a  la constitución de los Estados modernos que no sólo ha despersonalizado el poder y la autoridad y la ha vuelto laica, sino que se ha constituido bajo el principio de la ciudadanía. La ciudadanía es una condición política-jurídica que adquieren todos los miembros que forman parte de un país que se organiza mediante un gobierno nacional, para que ejerzan derechos y cumplan deberes determinados. Los derechos son facultades que se adquieren para tener el amparo del poder del Estado, el uso y la exigencia de ellos se ejerce en el espacio público. Los deberes, por su parte, forman parte de la exigencia normativa que establece el poder del Estado para regular el funcionamiento de las instituciones sociales y  nacionales; ya sea mediante el cuidado, la contribución y la preservación de los bienes de la nación o mediante la participación en la defensa nacional, los deberes deben cumplirse sin desacato alguno porque forman parte del orden moral y posibilita la convivencia social. Tanto derechos como deberes se ejercen y se cumplen en el espacio público y son condiciones necesarias para que el orden social en una sociedad moderna alcance su equilibrio. Asimismo las relaciones sociales que se reproducen en el espacio público son relaciones formales que apuntan a la convivencia social. Si el espacio privado se caracteriza por lo familiar y lo afectivo, el espacio público se caracteriza por la formalidad institucional y el desafecto.  

Muchas de las libertades que concede el poder del Estado moderno a los miembros de un gobierno nacional se ejercen en el espacio público. Por eso el espacio público también se convierte en un espacio de disputa y de discusión, así como de la lucha por el poder. En el espacio público uno puede encontrar los medios para informarse y comunicarse no sólo con quienes son allegados a uno, sean estos cercanos o lejanos, sino también con quienes forman parte del gran público nacional e internacional. Muchos de los cambios sociales que han acontecido en la sociedad contemporánea tuvieron al espacio público como el escenario de múltiples disputas por la hegemonía del discurso y de la práctica política. La lucha por esa hegemonía es eminentemente política porque se encuentra estrechamente vinculada a la capacidad de ejercer el poder en la sociedad. El ejercicio del poder ha exigido a los hombres, que participan del espacio público y que lidian por alcanzar la  hegemonía política, organizarse en grupos de interés. Las diversas organizaciones políticas que han nacido en el seno de la sociedad moderna expresan precisamente los intereses colectivos de sus miembros. Históricamente muchas de aquellas organizaciones que han aparecido en el escenario del espacio público, a saber,  los sindicatos, los partidos, las confederaciones, los movimientos sociales, los colectivos y demás, han sumado voluntades, adhesiones, simpatías y hasta han encendido pasiones, entre quienes no forman parte orgánica de su organización. Tal condición de apoyo y hasta de identificación (que no necesariamente implica la participación en tal o cual organización) permite hacer funcional uno de los mecanismos que sostiene el orden de la  democracia representativa, a saber, las elecciones generales. Las elecciones generales no es sólo el mecanismo que permite la participación de la ciudadanía para elegir a sus representantes mediante el voto universal, sino también es la clara expresión de la disputa por el poder que se realiza en el espacio público. 

Si uno repara en la política como un hecho social reconocerá que ésta no se agota en el discurso, ni mucho menos se reduce a simples valoraciones que frecuentemente se le endilga (sean estas negativas y positivas), sino que tiene que ver con un fenómeno social de mayor dimensión que acaece en el espacio público en función de la reproducción del poder. Más aún, en consonancia con tal enfoque, fenómenos como las guerras adquieren sentido si se observa que son una prolongación de la política por otros medios, como muy bien anotó y observó en su momento Clausewitz. Ahora bien, el poder no sólo se legitima mediante el discurso interpretativo sobre el orden social, sino también sobre el conocimiento que anima la producción de la sociedad en su conjunto. Por eso la política además de ser empíricamente una lucha por el poder (material) a través de la fuerza, también es la legitimación de un orden en función de su cuestionamiento material e ideal. 


Juan Archi Orihuela
Arequipa, viernes 09 de mayo del 2014.  

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[1] En la traducción que realiza Manuela García Valdés en la edición de Gredos sobre aquel pasaje conocido del libro la Política de Aristóteles, se puede observar el  sentido contemporáneo que adquiere el término πόλις para su comprensión: “De todo esto es evidente que la ciudad [πόλις] es una de las cosas naturales y que el hombre es por naturaleza un animal social [ζῷον πoλίτικoν], y que el insocial por naturaleza y no por azar es un ser inferior o un ser superior al hombre (…) La razón por la cual el hombre es un ser social [ζῷον πoλίτικoν], más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano” (Política 1252b9-10).