Ensayos, artículos y una serie de escritos de reflexión y de opinión.
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martes, 8 de abril de 2014

La legitimación política como parte del orden


Históricamente los regímenes políticos mantienen y expresan un determinado orden social que constantemente se tiene que legitimar. El cuestionamiento al orden es parte también de la política y en la medida de la fuerza de su impacto, no sólo como discurso sino también como práctica política, permite que el orden se regule o incluso se transforme. La regulación y la transformación del orden forman parte de la dinámica de la política como un hecho social. En esa dinámica, los sujetos políticos cumplen un papel muy importante porque son precisamente ellos quienes orientan y pautan una serie de discursos que van a formar parte de la legitimación del orden; o, en su defecto, de su cuestionamiento. Entender la legitimación política del orden implica necesariamente conocer el cuestionamiento al orden.

Frecuentemente el cuestionamiento al orden en las sociedades modernas se genera porque su reproducción se asienta sobre poderes que vulneran o ponen en riesgo a ciertos sectores de la sociedad. No obstante, no todos aquellos que forman parte de este sector vulnerado cuestionan el orden, ya que tal cuestionamiento es gradual e incluso se encuentra disperso y fragmentado por todo el espacio público.  De acuerdo a la forma de organización y a la capacidad de movilización de aquellos sectores de la sociedad, se articulan discursos y animan prácticas para cuestionar al orden. Si tal hecho ocurre, en el espacio político gradualmente se reorientarán las correlaciones de fuerza que aún mantienen el orden. Esto no quiere decir que el orden político de buenas a primeras se modificará, sino que la tensión que anteriormente era tácita, ahora será explicita  y de sentido común en el interior del espacio político. Para que no ocurra un desbalance o alguna modificación abrupta que ponga en riesgo al orden, se legitimará constantemente el poder que sostiene al orden político. Tras esa dinámica de cuestionamiento y de legitimación se encuentran los sujetos políticos.

Todo cuestionamiento a un orden político es en principio un cuestionamiento moral. Por eso el orden cuestionado es valorado y sentido como un orden injusto. La consecuencia moral de tal cuestionamiento anima el deseo hacia un orden justo. Por eso los discursos que cuestionan el orden no pueden soslayar o dejar de insinuar alguna propuesta de cambio frente al orden valorado como injusto. El cuestionamiento al orden oscila frecuentemente entre el deseo utópico y la confrontación práctica. El deseo utópico anima la capacidad de imaginar una alternativa al orden injusto, mientras que la confrontación práctica anima la organización y la movilización en conjunto de todos aquellos que cuestionan al orden. Cuando la confrontación práctica adquiere fuerza y una mayor dimensión, el mecanismo frecuente para restablecer el orden es la contención mediante la fuerza que ejercen las Fuerzas Policiales o las Fuerzas Armadas como parte de los aparatos represivos del Estado. Pero la contención de la fuerza muchas veces no se encuentra exenta de abusos y excesos, y que en vez de contener el descontento lo animan. Para evitar que el descontento se generalice ciertos sujetos políticos que defienden el orden tienden a minimizar los daños y los excesos e incluso proceden a descalificar constantemente a quienes cuestionen el orden. Tal reacción forma parte de la legitimación del régimen.

A partir del constante cuestionamiento al orden, su legitimación adquiere una necesidad en función del poder. Es decir, todo poder necesariamente tiene que ser legitimado. La legitimación del poder forma parte de la tensión de la política. Pero la legitimación del poder al que me refiero es aquel poder político que se reproduce en el mundo contemporáneo y tal como acaece se asienta en regímenes democráticos y no-democráticos.

La legitimación de los regimenes políticos es un fenómeno que tiene que ver con la constitución del poder del Estado y la forma gubernamental. Como la democracia pretende ser la forma gubernamental hegemónica en el mundo cabe observar su legitimación.

El poder del Estado en los regímenes democráticos se ejerce mediante la división de poderes, a saber, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, como un mecanismo para alcanzar un equilibrio en el ejercicio del poder estatal; los dos primeros, se renuevan mediante elecciones universales; mientras que el tercero, goza de autonomía para impartir la ley. Todo ejercicio del poder del Estado moderno tiene que ser legítimo, la legitimidad la adquiere mediante su forma gubernamental. Toda democracia, como una forma gubernamental, adquiere su legitimidad mediante el sufragio universal, es decir, los gobernantes son elegidos por la mayoría de los ciudadanos en elecciones libres. Así los gobiernos democráticos son legítimos o no. Sin embargo, la legitimidad del gobierno no asegura la legitimidad de todo el orden político que se asienta en el Estado, porque los gobiernos son transitorios; y más aún, si consideramos que toda legitimación responde en el fondo a toda forma de cuestionamiento sobre el orden que representa el gobierno, la legitimación será una constante a partir del Estado. Por eso constantemente el poder del Estado tiene que legitimarse mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con su constitución ideal y material.

El poder del Estado en las sociedades modernas se sustenta en dos relaciones materiales e ideales, a saber, la fuerza y el consentimiento. La fuerza comprende el ejercicio de la violencia que se encuentra monopolizado por el Estado para mantener el orden; la fuerza se asienta en las instituciones militares y en las instituciones policiales como parte de la estructura del Estado, cumpliendo una eminente función represiva. Mientras que el consentimiento es la expresión de una estructura ideológica que posibilita asentir el orden como un hecho natural y sobretodo incuestionable. El consentimiento es el resultado de los aparatos ideológicos del Estado; en su estructura, comprende todas aquellas instituciones y sistemas de la sociedad (como las instituciones religiosas, educativas, familiares; el sistema jurídico; el sistema político; la prensa y los circuitos culturales) que reproducen el discurso del poder legítimo del Estado, y por eso cumple una clara función ideológica. Pero, a su vez, el consentimiento del poder no es algo que viene de fuera de la sociedad, sino que se encuentra dentro de la sociedad porque se reproduce en todas las instituciones sociales que comprenden el orden social. De ahí que resulta muy difícil cuestionar el orden y sobretodo reproducir una práctica y un discurso que cuestione el orden; ya que una cosa es cuestionar el orden, mediante el discurso y la acción colectiva, y otra muy distinta es oponerse eventualmente al orden de manera individual. Es frecuente oponerse al orden sin que se le cuestione, porque esa oposición aún no deja de reconocer la legitimidad del orden. Cuando se desconoce la legitimidad del orden, la oposición eventual que se tiene frente al poder deja de ser individual y se vuelve un cuestionamiento colectivo y práctico. Ese cuestionamiento se da en el espacio público y es el que pone en tensión al espacio político. 

En función de la estructura del Estado, la legitimación de los regímenes políticos es un hecho ideológico. Es un hecho ideológico porque aceptamos y reproducimos una serie de “ideas-fuerza” que nos resultan siendo incuestionables. La reproducción de esas “ideas-fuerza” (entre las que se encuentra la idea de la “patria”, de la “democracia”, del “desarrollo”, de la “historia”, de la “tradición” y de demás) sólo tiene sentido y función cuando se defiende el orden que se pretende legitimar. Los regímenes políticos desde su instauración y su cese se encuentran constantemente escenificando el poder en el espacio público. Por eso todo régimen político en su estructura gubernamental comprende una serie de usos simbólicos que los identifica y anima la celebración de fechas conmemorativas para hacer sentir su presencia. Entre los usos simbólicos que caracterizan a los regimenes políticos se encuentran todas aquellas imágenes que animan los políticos gubernamentales, así como el uso frecuente de los colores del partido de gobierno en casi todos los eventos públicos que auspicia el gobierno (Hecho frecuente en nuestro medio político).

Luego de los procesos electorales se inicia un nuevo régimen, es decir, un nuevo gobierno.  El régimen político que nace de las urnas comprende dos bloques políticos, a saber, una fuerza política oficialista que legitimará necesariamente el orden; y una oposición, que cumplirá con fiscalizar al nuevo régimen y, a su vez, capitalizará el descontento sin poner en riesgo el orden. En los espacios políticos hay políticos que reproducen discursos sobre el orden y mantienen ciertas imágenes que los identifican (conservadores y moderados), no obstante, no son ellos precisamente quienes legitiman al régimen, sino sobretodo el sector oficialista. El sector oficialista es el que frecuentemente  minimiza los cuestionamientos cuando se vuelven conflictos sociales; asimismo son ellos quienes tienden a justificar los excesos del gobierno o quienes se hacen de la vista corta frente a los actos de corrupción. Por su parte la oposición, de acuerdo a la correlación de fuerzas, es decir, si encuentra o no réditos políticos, se sumará a la legitimación del nuevo régimen. Pero como en esos bloques políticos los sujetos políticos proceden de distintas filiaciones políticas, a excepción de los oficialistas, la legitimación surge como producto de un cruce de percepciones y sobre todo de motivaciones, frente al orden. Entre las percepciones se encuentra la estabilidad social y la amenaza al orden; y entre las motivaciones se encuentran la permanencia en la política.

La percepción sobre la estabilidad social es producto de los cambios o la continuidad que el nuevo régimen impulsa o mantiene. Es frecuente que se perciba la estabilidad social como el buen funcionamiento de la política económica que dicta el gobierno de turno. Por eso la política económica es muy importante al respecto, ya que muchas de las tensiones políticas se deben a la orientación que puede tomar la conducción de la misma. Asimismo cabe observar que la estabilidad social se encuentra asociada a la suspensión o a la invisibilización de los problemas que hacen posible el cuestionamiento al orden. Esto no quiere decir que aquella percepción sea una percepción equivocada de la realidad, sino que como forma parte del hecho ideológico tiene un fin práctico, a saber, legitimar; por eso se tiende a minimizar o acentuar uno de sus aspectos que permita la justificación del régimen. Tras esta percepción se encuentra la idealización del orden como parte fundamental de la política. La política percibida como algo estable y duradero permite que el poder sea legitimado mediante la reproducción de una estabilidad procedente de una percepción macro. 

La percepción de una amenaza al orden surge a partir del conflicto que anima todo cuestionamiento político frente al orden. Las movilizaciones sociales de cierto sector de la población que reclama derechos y denuncia los abusos del poder, así como la confrontación directa que genera el conflicto (como parte de la lucha de clases), alarma a quienes defienden el orden que sostiene al nuevo régimen. La amenaza al orden tiende a polarizar el escenario político; y, a su vez hace que los sujetos políticos tomen partido frente al orden, ya sea de manera explicita o implícita.  La amenaza al orden puede ser una situación coyuntural, así como algo permanente que encuentra su equilibrio cuando se llegan a acuerdos entre las partes en conflicto. Asimismo frente a la amenaza al orden es frecuente que los políticos tiendan a apelar insistentemente a ciertas ideas-fuerza que el Estado reproduce a través de sus aparatos ideológicos, a saber, “la unidad nacional”, “la nación” y demás; y, en función del régimen democrático,  se tiende a apelar a discursos que legitiman a la democracia, a saber, “la defensa de la institucionalidad”, "el estado de derecho", "la ciudadanía", el “diálogo”, el “consenso” y demás. 

Por otro lado, lo que motiva a muchos políticos a legitimar el orden es la permanencia en la política. Muchos políticos aspiran a mantener su permanencia en la escena política y en función de ella se perciben como candidatos en potencia. Si bien es cierto que en las campañas electorales los políticos se exponen con mayor frecuencia en el espacio público, en lo que va del periodo gubernamental harán lo posible para exponerse, aunque no todos lo logren, frente a las cámaras. Por eso son frecuentes las declaraciones que los políticos insistentemente brindan a los diversos medios de comunicación sobre cualquier tema.  El  ganar algunos réditos en cuanto a imagen y representación será la motivación más recurrente. En la escena política, tal actitud refuerza la idea de que los políticos no hacen nada desinteresadamente, sino siempre de manera intencional y calculada. La percepción del cálculo político y la intencionalidad de las acciones políticas al ser expuestas a través de los medios de comunicación masiva, se convierte en una prolongación de la legitimación del orden. Con tal hecho el círculo de la legitimación política se cierra.

 

 
 
Juan Archi Orihuela
Lima, martes 08 de abril del 2014.

 


sábado, 22 de febrero de 2014

Frente Amplio o Izquierda Unida


“El segundo riesgo consiste en que para evitar lo anterior [la represión] la izquierda prosiga asimilándose cada vez más al orden establecido, olvide el carácter de clase de la dominación, la violencia que se esconde tras el consenso, confunda al liberalismo con la democracia y al socialismo con la modernización, para constituirse en el partido de la ley y el orden: Terminar así defendiendo todo aquello que quiso cambiar” (Alberto Flores Galindo).


Desde algunos meses el Frente Amplio de Izquierda en el Perú ha nacido, sus gestores: algunos partidos y organizaciones políticas de izquierda. La reacción no se ha hecho esperar, sus opositores y detractores de toda laya, declaran al unísono que ese Frente está condenado al fracaso, aún así el Frente Amplio sigue. Muchos de éstos opositores proceden de aquellos sectores medios que se caracterizan por ser moderados o conservadores, entre quienes se encuentran desde liberales hasta  furibundos macartistas. Al parecer a ellos les urge, más que a nadie, aleccionar y exhortar sobre cómo debe ser la izquierda en el Perú, con recetas que van desde imaginar una “izquierda moderna”,  hasta exigir que la izquierda en el Perú sea una “izquierda liberal”, en suma, una izquierda descafeinada.   
        
Al margen de las invectivas contra la izquierda, el tema de la unidad reposa sobretodo en su identidad. Y al parecer eso no ha sido encarado aún, tal vez por eso la orientación tan neutral o centrista de quienes conforman el Frente. En la reproducción de la vida cotidiana, el Frente Amplio suena a un gran espacio sin pasado, ni identidad, en donde uno puede ingresar sin compromiso alguno, simplemente para ir a candidatear debido a la coyuntura o porque no hay otro espacio. Por el contrario, Izquierda Unida suena a compromiso, a una identidad, a un pasado, a una tradición, de la que no se puede  renegar, si de mantenerse en la izquierda se trata, ni mucho menos ignorar. Ya que la Izquierda Unida, al margen de esos dirigentes que lo echaron todo a perder, tuvo arraigo popular, fundamental para todo proyecto político de izquierda.

Pareciera que el nombre Frente Amplio tiene la intención, o expresa el síntoma, de sustraer y obviar el pasado de la izquierda en el Perú y alejarla de las clases populares, para ganarse la simpatía de una clase media “limeñísima” que siempre la verá y sentirá con recelo, así haga lo que haga para caerle bien; y, sobretodo, parece una estrategia para evitar las admoniciones, las críticas arteras, la censura, y la insistente descalificación que la derecha y todos los opositores a la izquierda espetan con ojeriza. La derecha y los opositores liberales siempre van a descalificar a la izquierda, haga lo que haga, por eso es absurdo pretender caerle bien a esos opositores.     

La izquierda se caracteriza entre otros rasgos, según Leszek Kolakovski, por mantener insistentemente una utopía. En función de ella uno participa y se organiza. La Izquierda en el Perú tiene en su pasado elementos que hacen posible la resignificación de una utopía, a saber, tiene un himno y una bandera que la identifica. Por más colores que use la izquierda actualmente en el Perú, como si fuera un pavo real, para negar su pasado rojo, será tratada (mejor dicho maltratada) como lo más nefasto de la política peruana. Por eso la Utopía sería que la izquierda peruana que se esta agrupando nuevamente retome orgullosamente su nombre y sus símbolos, a saber, Izquierda Unida.

La bandera de la Izquierda Unida en el Perú es histórica y corajudamente conocida: Una bandera roja con las iniciales IU (Izquierda Unida). Si la izquierda peruana levanta esa histórica bandera no sólo reencontrará su dimensión utópica que ha perdido sino sobretodo reafirmará su compromiso con las luchas populares que se dan en el Perú y en Latinoamerica (que ya ha girado a la izquierda). Asimismo, el himno original debe sintonizar con el presente y el sentir de las clases populares que están dando la pelea en el interior del país. Parte de la utopía radica también en su reinvención. Me permito una modificación utópica a la letra de ese himno histórico.

 
 
 
 
 
Himno de Izquierda Unida 

Despierta que el pueblo ya marcha

Mira la lucha de los pueblos
en las calles, las plazas y lagunas
en los andes, la selva y en la costa.
Siente el corazón de los pueblos
Ya renace la esperanza.

Prenda esa luz de esperanza, compañero.
Prenda esa luz de esperanza, compañera.
La unidad en la lucha esta primero.
Todos los pueblos reclaman: La unidad popular
porque la patria reclama: Un gobierno popular.

Despierta que el pueblo ya marcha

Con la Izquierda Unida venceremos
Ahora todos juntos levantemos
la bandera de la lucha de los pueblos.
Ahora todos juntos levantemos
la bandera de la izquierda en los pueblos.

 
 La letra del himno original se encuentra en el siguiente enlace: Pulse

 

lunes, 17 de febrero de 2014

Los sujetos del facebook


“(Hoy) la soledad se esconde tras un teclado”
(José Mujica)

 
Al parecer hay rasgo que tiende a caracterizar la vida social contemporánea, a saber, la relación impersonal de los sujetos. La producción de los sujetos actualmente se encuentra estrechamente vinculada al sentido del espacio virtual en el que suelen interactuar de manera anodina. En el espacio virtual el sujeto se encuentra expuesto a una intensidad de sensaciones visuales (imágenes) que asimila como parte de su constitución existenciaria. En tal condición, su existencia se encuentra estrechamente vinculada a la reproducción de las imágenes de la que forma parte. El caso de la red social Facebook es sugerente al respecto porque acentúa, como ningún otro medio, la reproducción de la imagen en el mundo virtual. Esas imágenes que se reproducen en el mundo virtual no sólo embelesa y distrae sino que tiende a soslayar las relaciones cara a cara en el mundo real. La consecuencia de tal hecho, para decirlo de manera nietzscheana, en el mundo virtual el hombre tiende a ser sólo un ojo.  

El atractivo del Facebook, además de ser un pasatiempo banal o “comunicativo” __de acuerdo a las necesidades e intereses del usuario__ es que genera la sensación de que el sujeto se percibe como un personaje o, en todo caso, es el sujeto quien hace de “su vida en imágenes” un personaje. Lejos de negar las ventajas muy significativas que tiene para la comunicación contemporánea, lo que uno puede constatar en el mundo virtual es que la recreación de aquellos personajes (propiamente dicho son los “perfiles”) responden a un único sujeto: El sujeto narcisista. El sujeto narcisista del mundo virtual es aquel que cuenta su vida en imágenes y espera ser reconocido por ese acto tan insignificante. El sujeto narcisista es parte de la nimiedad y la mediania a la que considera algo gracioso. Aquel sujeto narcisista goza mediante la exposición de su vida cotidiana (enfatizando muchas veces sus miserias y “alegrías”) a través de fotografías (que revelan parte de su cansina existencia) o por frases que eventualmente se le ocurre para presentarse como un ser desfachatado e irreverente, evidenciando a su vez una clara tendencia al cinismo contemporáneo. Asimismo, tal sujeto se encuentra dispuesto a opinar sobre todo como una suerte de opinólogo censor que frecuentemente amonesta, corrige, se “apena”, se indigna y hasta incluso suelta confidencias para aparentar lucidez mientras que en el fondo (evidentemente) se mofa de los demás a la distancia para sortear la soledad que caracteriza su existencia.

El sujeto narcisista del mundo virtual objetiva su existencia a través de deseos propios de un niño grande. La vida fuera del mundo virtual carece de gracia alguna para este sujeto (al parecer la vida del mundo real le resulta siempre aburrida) por eso se esfuerza para hacer de ella una gran mofa para animar su día (y el de sus “amigos”); o, en su defecto, muestra su indignación, miedos y traumas sobre lo que se comenta en el día a día como si detentara un gran valor (para que lo sepan todos sus “amigos”). Al parecer el sujeto narcisista del mundo virtual quiere llamar la atención fuera de la realidad porque se concibe como un sujeto que excede a la realidad.      

Las alegrías y desventuras que eventualtemente expone el sujeto narcisista en su “perfil” son las situaciones más frecuentes que tiene para presentarse como un ser sensiblemente humano mientras se deshumaniza (horas y días) frente a la pantalla de su computadora (ordenador). La libertad que enarbola este sujeto, como una necesidad debido a un gran vacío en su existencia,  es esa burda libertad de expresión que caracteriza al mundo virtual, a saber, la libertad que emana de la nadería y el absurdo. El sujeto narcisista en el mundo real es uno más entre otros, pero en el mundo virtual su vida adquiere un valor (voyeurista) para sus amigos y para quienes pueden interactuar virtualmente con él (o ser vigilado). Este narcisista se presenta y recrea su vida en imágenes (a través de su perfil y su album fotográfico) como si fuera la vida de un rock-star, a pesar de que su vida sea tan prosaica y tan común como la de cualquier fan "enamorado"; empero, igual expone su vida como si fuera algo importante frente a sus "amigos" y contactos. Este hecho hace que el sujeto narcisista se contemple a través de una vigilancia consentida. Frecuentemente los demás saben lo que el sujeto narcisista ha hecho, donde ha estado y con quien se encuentra, intima o se relaciona. Esa exposición abrumadoramente exagerada que tiende a ser pública en el mundo virtual es una prolongación de cierta patología aceptada como algo normal, en la medida que todos hacen lo mismo. Si en la televisión el morbo se convirtió en una mercancía visual, en el mundo virtual esa mercancía se consiente y confunde como si fuera un acto de libertad.          

Pero esa tendencia narcisista se acentúa porque hay un sujeto voyeurista. La tendencia a mirar lo que los amigos o contactos del facebook hacen, es la lógica ineludible de tan mentada red social. Por eso todo usuario del facebook en el fondo es o tiende a ser un voyeurista. La pantalla ha sustituido a la ventana y al cerrojo que antes entusiasmaba al  voyeurista. Más aún, ahora nadie puede censurar al voyeurista porque todos hacen lo mismo. Cuando todos miran en el mundo virtual, la banalidad de la imagen convierte a la morbosidad en una necesidad. La condición posmoderna no radica sólo en el fin de los metarrelatos, como aseguran sus defensores liberales de toda laya, sean éstos convictos o no confesos, sino sobretodo en confundir la anormalidad como algo normal.

Mediante el facebook uno se entera de la reproducción de la vida pública (y también privada) de sus “amigos”. Es decir, uno se hace voyeurista. Tal vez por eso cuando se encuentran en el mundo real aquellos sujetos no tienen mucho de que hablar porque ya saben lo que han visto. La necesidad de enterarse sobre lo que sucede en ese micro mundo virtual es tan mórbida que linda con la nadería. Nadería que se celebra jocosamente. Al respecto los comentarios y las opiniones que uno encuentra en el mundo virtual (específicamente en los llamados “muros”) patentizan aquella banalidad que acicatea al voyeurista. Por eso muchos vouyeristas confunden el mirar como si fuera el actuar. Los llamados “memes” (imágenes que se recrean para llamar la atención o satirizar a tal o cual sujeto) son la mejor expresión de que la banalidad es tan mórbida y sobretodo cínica.

El voyeurista del mundo virtual confunde su soledad como si estuviera interactuando socialmente. Mientras más amigos virtuales agrega, más solo se encuentra. Mientras más mira, más se envilece. Mientras más vigila, más preso se siente. Mientras más comenta, más ansioso se vuelve. Este sujeto no tiene parangón en la historia de la humanidad. La tendencia al voyeurismo es tan normativa en el mundo virtual que nadie se cuestiona tal condición. Incluso hay una tendencia entre los voyeuristas a conservar la realidad del instante. Para el voyeurista la realidad puede ser dudosa y hasta compleja pero la imagen del mundo virtual no lo es (es jocosa, exagerada, falsa e incluso la considera como algo real).

Figurativamente hablando, el voyeurista y el narcisista forman parte de las dos caras de una misma moneda que circula en el mundo virtual. Uno no puede estar disociado del otro. Son como el macho y la hembra. No se puede entender a uno sin el otro. Más aún, la condición de la tendencia exagerada de uno de ellos depende de la reproducción sutil del otro sujeto.

Asimismo en el mundo virtual la suplantación es también una constante. Los perfiles falsos abundan [1]. Los troles o trolls (sujetos que se esconden tras el anonimato de un perfil falso) son parte de aquella tendencia cínica que caracteriza al mundo virtual ya plagada de narcisos y voyeuristas. A pesar de que exista una diferencia de fondo entre unos y otros, la frivolidad, la impunidad, la exageración y el desparpajo cínico los une. Si ya los jóvenes se muestran tan cínicos y desfachatados en su perfil o por sus comentarios frívolos; los viejos (aquellos que posan junto a su menor hija o como Indiana Jones en busca de aventuras), que también abundan en el facebook y emulan el cinismo y la frivolidad de los jóvenes, resultan siendo tan patéticos.  
 
Todos son o pretenden ser ocurrentes en el facebook para que ese espectáculo tan mórbido de mirarse los unos a los otros (vigilarse) continue. Al parecer en el mundo virtual del facebook, la imagen (que anima la sorna y el comentario estúpido) es el soma que toman millones de personas a diario en el mundo para mantenerse estúpidamente contentos, tan similar como en la novela El mundo feliz de Huxley [2].

 


Juan Archi Orihuela
Lunes, 17 de febrero del 2014. 

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[1] Al respecto, yo no tengo cuenta alguna en el facebook, empero me han creado una cuenta y un perfil falso (que no me pertenece) en tan mentada red social. Tal hecho lo tomaba como algo anecdótico, pero que de aquí a un tiempo me resulta siendo desagradable porque ese sujeto (hombre o mujer o lo que sea) al hacerse pasar por mi, ha generado malos entendidos en el mundo virtual con personas que conozco y son precisamente ellos quienes me han comentado sobre tal impostura.                
 
[2] En parte este artículo es una prolongación de este otro texto que escribí hace algunos años, llamado Las fotografías narcisistas y el neovoyeurismo. Ver aquí pulse




PS.

Tengo algunos amigos que tienen su cuenta en el facebook a quienes aprecio y valoro, así como también tengo algunos conocidos, colegas y demás. Los primeros, mis amigos, de seguro sabrán comprender la honestidad intelectual acerca de lo que escribo. Los otros, los conocidos, tal vez tomen las ideas que se vierten en el escrito como algo personal u ofensivo. No está demás anotar que mi escrito no tiene ninguna ojeriza personal, ni mucho menos ofende a nadie en particular.