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domingo, 20 de julio de 2014

Los medios de comunicación y la información (política).

 
“(…) la mentalidad política del hombre depende, ante todo, no de la información que éste obtiene directamente de sus experiencias e impresiones, sino de la información que se obtiene indirectamente __ a través de los periódicos, la radio, otros hombres, etc. __ y de que esta última constituya la base de formación de dicha mentalidad”
(Gueorgui Arbatov)  

La presencia de la información en la reproducción de la sociedad se ha convertido en un rasgo del mundo contemporáneo. El avance del desarrollo económico que ha cobrado un gran impulso en la segunda mitad del siglo XX tiene que ver en gran medida con el desarrollo de la información. Las consecuencias y la importancia de la información en la economía mundial han sido vistas por algunos sociólogos como parte de una economía informacional y global (Castells), fenómeno que se inició en el último cuarto del siglo XX.

La economía informacional y global se caracteriza porque existe una relación estrecha entre el proceso económico y el desarrollo tecnológico, lo cual ha  permitido un mayor procesamiento de la información para acelerar las operaciones económicas del mundo. Pero el procesamiento de la información no se circunscribe sólo a las  operaciones económicas y a las entidades financieras, sino también a las distintas instituciones sociales en el que se reproduce la vida cotidiana, ya que la ingente información a la que uno puede tener acceso está disponible mediante el uso de dispositivos móviles, cuyo uso se ha convertido ya en fenómeno masivo [1]. Para esto, el  servicio de Internet permite a sus usuarios acceder e intercambiar información desde distintas partes del mundo; y, a la vez, permite interactuar en tiempo real con otros usuarios mediante las redes sociales. Toda esta serie de intercambios de información forma parte del mundo virtual, que paralelamente al mundo real se frecuenta e interactúa, no sólo para estar informados sino también como un pasatiempo que ocupa el tiempo de ocio y que ya forma parte de la interacción social.   Empero, ¿la información que propalan los medios de comunicación es una descripción de los hechos o forma parte también de la reproducción de la ideología? 

1. La información política.   

La información política que reproducen los medios de comunicación [2] se convierte en un amplio conjunto de mensajes que se trasmiten de manera intencional en relación a la tensión política. La tensión política es una situación de hecho y de poder. El poder político no sólo le da un sentido al orden social sino que tras la escenificación del poder el orden se reproduce también a partir del discurso político. Precisamente en la reproducción del discurso político, la información que se trasmite comprende una serie de mensajes previamente elaborados. Por eso la elaboración de la información no es de ninguna manera un reflejo de los hechos sino un ordenamiento de los mismos, en función de la orientación que le da quienes son dueños de los medios de comunicación. Es decir, la información que tales o cuales medios de comunicación trasmiten y divulgan en función de determinados hechos tienen un referente empírico, es decir, lo que sucedió; empero, la manera de informar sobre lo que sucedió, varía de acuerdo a cómo se elabora el discurso y cómo se fija la imagen,  Por ejemplo los titulares sobre un mismo hecho noticioso varían de acuerdo al énfasis que le pone tal o cual medio de comunicación, debido a la orientación y a la defensa de implícitos intereses que representan esos medios en la sociedad.

Portada de algunos diarios peruanos el día 17 de julio del 2013. En las portadas de la prensa escrita en el Perú, así como en muchas parte del mundo, se expresa muy bien la defensa de los intereses económicos con un claro carácter de clase. Hecho tan congruente a la política como un hecho social. Imagen tomada del Blog Grancomboclub ver quí Pulse

La información que se trasmite y divulga a través de los medios de comunicación tiende a connotar la realidad. La connotación de la realidad se debe al sentido del orden que adquiere la realidad cuando se trasmite la información, que en muchos casos es muy distinto a lo que otro medio trasmite sobre lo mismo. Pero la connotación de la realidad no significa que exista un problema de percepción o de interpretación sobre los hechos, sino que se debe a la reproducción del poder que ejercen los medios de comunicación sobre el orden social. El poder de los medios de comunicación no radica sólo en el poder económico que representa por ser una empresa comunicativa, sino también en el poder de la imagen y el discurso que connota la realidad. Cuando los medios de comunicación tienden a representar el orden social lo hacen en función de la información que reproducen. Por eso en buena cuenta, la reproducción de la información tiende a ser la reproducción de un orden que constantemente se connota, debido principalmente a la manera cómo se reproduce la política en función de los medios de comunicación. Tales rasgos que caracterizan a la información y que reproducen los medios de comunicación forma parte de aquello que Giovanni Sartori llama la video-política.


2. La video-política y sus consecuencias.

La video-política es un rasgo de la política contemporánea, básicamente consiste en que la política se encuentra pautada por el poder que ejercen los medios de comunicación audiovisual en el espacio público. Puntualmente, la video-política es la política televisada, es decir, cuando la política se subordina a la imagen televisiva se vuelve video-política. La subordinación de la política a la imagen televisiva es un hecho posible de ser corroborado, debido a que si tal o cual hecho político no es trasmitido por la televisión, pierde su capacidad de impacto o, en su defecto, simplemente nunca “existió”.  Un síntoma de tal relación subordinada a la imagen televisiva es aquella afirmación que  reproducen muchos políticos: “si no sales en televisión, simplemente no existes”.  Tal exigencia es muy acentuada, sobretodo, durante el periodo electoral en el que los candidatos tienden a hacer lo que sea por salir en televisión y en los demás medios de comunicación. En función de la información, la video-política genera las siguientes consecuencias: la política como espectáculo, la banalización de la política y la indeterminación de lo público y lo privado.  

La política como espectáculo es un rasgo muy acentuado por la televisión en el mundo contemporáneo. Ya sea durante la campaña electoral, así como durante el curso del gobierno, la política al ser trasmitida y elaborada en función de la imagen televisiva se vuelve un espectáculo constante. Al respecto, durante las campañas electorales es usual ver a los candidatos participar de una serie de programas televisivos que tienen que ver con el entretenimiento, la risa y la nota jocosa; en muchas de estas situaciones los políticos se exponen y se convierten en parte del show mediático, espacio en el que compiten por ser el más carismático. El carisma es un elemento básico para generar la empatía con los demás, pero cuando se exige en función del espectáculo televisivo resulta siendo algo evidentemente forzado y sobretodo actuado. La actuación es parte de la construcción de la imagen del político, pero la sobreexposición en función de la imagen jocosa cumple otra función, a saber, que las aspiraciones políticas que se divulgan (las promesas electorales) sean una prolongación del espectáculo. Esta imagen se verá reforzada luego cuando los políticos hagan caso omiso de sus promesas electorales. Pero la política como espectáculo no sólo se elabora mediante la imagen televisión, sino también mediante la prensa escrita y radial, como una prolongación de la anterior, en la medida que reelabora sus titulares en función de la exposición televisiva, hecho muy frecuente cuando se propalan y difunden opiniones y exabruptos en que han incurrido algunos políticos.

La banalización de la política es una consecuencia de la política como espectáculo. Cuando la política se hace espectáculo, la información que los medios enfatizan se encuentra en función del sensacionalismo. El sensacionalismo es la exageración de la nota periodística en donde los aspectos secundarios o nimios del hecho noticioso se acentúan y forman parte de la información. Por eso la información sensacionalista se ha convertido en sinónimo de exageración. Más aún, mediante el sensacionalismo se identifica lo mediático con el impacto del momento; o en su defecto, con la nota periodística que se elabora para distraer a la opinión pública. Por eso la distracción es parte de la banalización de la política. Cuando la política se banaliza la información tiende a formar parte más de lo anecdótico y afectivo; hasta el grado de que los rumores y las sospechas pueden convertirse o considerarse como parte de la información. Pero ¿por qué se banaliza la política? La política se banaliza porque cuando se exageran los hechos noticiosos, muchos de ellos pierden su condición informativa para trocarse en simples mensajes afectivos. De ahí que en la banalización de la política los hechos políticos sean percibidos como un juego de pasiones sin sentido o de afectos encontrados y enfrentados. En la banalización de la política, la imagen de los políticos se construye entre lo cómico y la impostura; lo cómico, porque los políticos se verán exigidos a formar parte de un show en el que deben hacer todo lo posible para llamar la atención; y, la impostura, porque la imagen del político será el resultado de una relación inversamente proporcional entre lo que dicen y lo que hacen.     

La indeterminación de lo público y lo privado en la política contemporánea es una de las consecuencias de la banalización de la política. Cuando la política se banaliza todo puede ser considerado parte de lo público por el simple hecho de llamar la atención en función del espectáculo. Por eso es frecuente que la vida privada de algunos personajes públicos sea divulgada a través de los medios de comunicación con total desfachatez. La imagen de la desfachatez y los discursos políticos desenfadados, casi siempre se acentúan desde lo privado, convirtiendo a lo público en mero reflector de afectos y tensiones privadas. La soltura y la cotidianidad que caracteriza al discurso privado, se ha convertido en un rasgo y en una exigencia del discurso político que se reproduce a través de los medios de comunicación. La exigencia del espectáculo que ha banalizado la política contemporánea, ha posibilitado que ciertos asuntos privados  sean considerados como parte de lo público. Además, es frecuente observar a través de los medios de comunicación cómo se pasa de un hecho funesto (por ejemplo un accidente con muchas víctimas) a un hecho divertido (por ejemplo a una excentricidad de tal o cual personaje público) para reforzar la orientación sensacionalista que tiene lo privado. Tal rasgo ha influenciado en el discurso político en la medida que la función del lenguaje informativo pasa a segundo plano y en su lugar la función expresiva del lenguaje cobra relevancia en la comunicación.


3. La información y el conocimiento.

Tales consecuencias que caracterizan a la video-política ha hecho que la información que se reproduce a través de los medios de comunicación no sea lo mismo que el conocimiento. El conocimiento implica la comprensión sobre los hechos tras un proceso de razonamiento; mientras que la información no es más que una serie de nociones sobre hechos muy puntuales, sujeta siempre a la situación y al momento en que ha surgido. Muchas veces la información es el resultado de una acumulación de nociones, mas no de una relación de hechos. Por eso, como bien observa Giovanni Sartori, “la información no lleva a comprender las cosas: se puede estar informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar de ello no comprenderlas”. Empero las informaciones son variadas y de distinta índole, a saber, no es lo mismo informarse sobre cuestiones frívolas o de sucesos que tienen un simple valor cotidiano, narcisista o egotista (como por ejemplo lo que abunda en las redes sociales como el facebook, y en la información del espectáculo), que informarse sobre cuestiones de interés nacional o local (la información política). Lo último,  si bien es cierto, cobra una gran importancia en el espacio público en la medida que anima la opinión pública, así como expresa la tensión del espacio político y nos acerca al discurso de los políticos, no debe ser confundido como si a través de esa información pudiéramos conocer sobre los hechos políticos. Muchas veces la información que se reproduce sobre la política, además de ser nociones del momento, son también la expresión de una serie de luchas por informar frente a la desinformación.
 

4. La desinformación como parte de la información política.

La desinformación no es sólo la falta de información sobre tal o cual suceso, sino que es el resultado de aquella abrumadora información, muchas veces exagerada y tendenciosa, sobre determinados hechos políticos. La abrumadora información tendenciosa y banal forma parte de la video-política. Por eso la desinformación es también una consecuencia  del hecho comunicativo, que se encuentra muy presente en el espacio público en la medida que los grandes intereses del poder político se vean afectados de acuerdo a la coyuntura política. En este escenario los medios de comunicación también juegan un papel similar a los políticos en el espacio público, a saber, la lucha por posicionar y defender sus intereses mediante un discurso sobre el orden. Generalmente la defensa de un orden pasa por mantener y reproducir una sola línea de información, que no es más que  la expresión de la información oficial y gubernamental; y, a su vez, tiene la pretensión de convertirse en la expresión mayoritaria de la opinión pública. El riesgo a que conlleva la defensa de un determinado orden es que la información oficial ayude a la desinformación sobre el orden. Un síntoma que evidencia  una situación de desinformación es aquella información que se sustenta en lugares comunes y trillados sobre el orden (actualmente acentuar la defensa de la democracia y el Estado de Derecho son lugares comunes muy frecuentes que reproducen muchos de esos ideólogos); asimismo, aquella información que se emplea para desinformar frecuentemente soslaya o censura la opinión de los opositores al orden. En tal situación la desinformación cumple una función como parte de aquella la lucha por el poder de la imagen y el discurso; y, por ende, forma parte también de la cuestión de poder.     

Generalmente se subraya el papel que cumplen los medios de comunicación en la sociedad, cuando se pretende sustentar la naturaleza y la importancia de la información; empero,  se minimiza el papel de los medios de comunicación cuando se aborda el tema de la desinformación. En función de la comunicación política, ambos fenómenos deben ser tomados en cuenta para entender no sólo los mensajes que asumen y reproducen los sujetos políticos en determinadas coyunturas, sino también para trazar coordenadas que nos permitan entender hacía donde apuntan las intenciones de los sujetos políticos; asimismo, establecer la relación entre ambos fenómenos comunicativos, nos permitiría acercarnos a aquellos  cambios que modifican la correlación de fuerzas en el espacio político.

Tanto la información así como la desinformación, comprenden una serie de mensajes sobre el orden. La información básicamente apunta a dar cuenta sobre el funcionamiento del orden; mientras que la desinformación, a mantener la reproducción del orden. Cuando uno medianamente se encuentra informado reconoce cómo funciona el orden. Tal condición permite que la reproducción de la política no sea ajena a las impresiones que uno se hace sobre la vida social. Asimismo la información adquiere un valor en el espacio político porque su manejo permite orientar e influenciar sobre la opinión pública, ya que la información ayuda a legitimar la práctica política de quienes ejercen alguna representación política. Si los sujetos políticos tienden a luchar por posicionarse sobre el espacio político, el discurso político tiende a orientar la información desde el espacio público. Por eso el espacio público se convierte en el escenario en donde también se disputa la hegemonía por la información. Tal situación ha hecho que los medios de comunicación se encuentren en franca competencia, entre unos y otros, para mantener y sostener el orden. Pero también existen aquellos medios de comunicación que han sido llamados medios alternativos porque muchas veces disienten de la orientación que toman los grandes medios de comunicación masiva. La información que reproducen los medios alternativos se caracteriza por revertir el grado de desinformación en el espacio público.    

Frecuentemente la desinformación en el espacio público tiende a naturalizar el orden, porque suspende y aleja todo cuestionamiento sobre el orden. Sumado a ello, el desinterés, como un rasgo de la desinformación, tiende a convertir la información en un cúmulo de datos circunstanciales y sin importancia. A la larga la desinformación consolida un único relato, a saber, “todos los relatos son iguales” o “todos los mensajes son iguales”. Tal  indeterminación sobre los hechos políticos tiende a mantener el orden, porque si todo se encuentra indeterminado, no tendría sentido distinguir los discursos políticos, unos de otros, porque en el fondo todos serían más que lo mismo. Esto políticamente indicaría que el cambio es imposible y, por ende, el orden se mantiene. Por eso una de las formas para mantener el orden es la desinformación.  

La reproducción del orden a través de los medios de comunicación es muy significativa y muy sutil, ya que no se circunscribe sólo a la reproducción de los hechos noticiosos, sino que abarca también toda la clase de información que divulga. Desde aquella imagen banal, animada por la publicidad, hasta aquella imagen magnánima que embelesa por las mercancías que representa, hay una constante, a saber, familiarizar la imagen con la reproducción de la vida cotidiana. Por eso, en función del orden, toda información resulta siendo intencional en el espacio público. Esa intencionalidad en función de su orientación pública es eminentemente política porque lo que se informa, tanto como aquello que no se informa, ayuda a mantener y reproducir un determinado poder. La reproducción del poder en función de la información es un rasgo que caracteriza a los medios de comunicación porque ellos también ejercen un determinado poder, a saber, el llamado Cuarto Poder.

Políticamente hablando, los medios de comunicación considerados ya como Cuarto Poder no son nada neutrales porque la reproducción de la información que propalan responde también a la coyuntura y al cálculo político que frecuentemente periodistas y medios realizan antes de divulgar tal o cual información. Por eso un estudio sobre los hechos ideológicos en la sociedad contemporánea debe determinar la orientación política hacia donde apunta la información que reproducen los medios de comunicación.



Juan Archi Orihuela
Lima, 20 de julio del 2014.



Notas

[1] Los dispositivos móviles son aparatos pequeños que tienen la capacidad de procesar y almacenar información en una memoria limitada, asimismo se encuentran conectados permanentemente o eventualmente a una red. Entre ellos se encuentran el teléfono móvil, la Laptop (“computadora de mano”), el Black Berry, el IPhone, la Tablet y demás.   

[2] Además de la prensa escrita, actualmente los medios de comunicación se han diversificado en lo audio-visual, no sólo la televisión forma parte de ella sino también la red informática que brinda el Internet mediante una series de servicios para interactuar en el mundo virtual, a saber, las redes sociales (facebook, twitter y demás), los correos electrónicos, los blogs, las páginas webs y una serie de medios alternativos para intercambiar información de diversa índole que se ha venido almacenando y reproduciendo ilimitadamente ya sea en textos, audio, imágenes o video. Tal ha sido ese impacto e incremento de usuarios en el mundo que muchos medios de prensa se han visto obligado a hacer uso de los mismos. Por ello la comunicación en el mundo contemporáneo se encuentra en expansión acelerada a través del mundo virtual. Pero no toda información que reproducen tales medios informa al lector sino todo lo contrario.




lunes, 12 de mayo de 2014

Imágenes y discursos políticos


I

En la política es frecuente encontrar una serie de imágenes y discursos que se elaboran para legitimar ciertas ideas sobre el poder. Muchas de las ideas sobre el poder se encuentran estrechamente vinculadas a la práctica de quienes ejercen el poder de manera institucional. Sin embargo, en la medida que se generaban cambios en la organización política y social, muchas de las ideas sobre el poder han ido variando históricamente. En las sociedades pre-capitalistas, básicamente las ideas sobre el poder oscilaban entre la naturalización del orden que generaba el poder (el orden natural) y la personificación del poder en el gobernante (asociado generalmente a lo divino o lo sagrado); en la sociedad capitalista, por el contrario, ideológicamente el poder tiende a ser concebido más como un hecho convencional (la idea del Contrato Social apuntó a ello) y enfrentado al individuo (el individuo frente al Estado es parte del discurso que acentúa la noción ideológica de la libertad). Empero, históricamente la concreción del poder se focaliza en una gran entidad relacional, no personalizada, a saber, el Estado (El Estado moderno burocratizado). Asimismo, empíricamente el ejercicio del poder que se reproduce a través del Estado tiene una constante, a saber, su escenificación. 

La escenificación del poder ocurre en todas las sociedades humanas y se realiza de manera institucional. Tal escenificación comprende una serie de momentos y de sujetos que la hacen posible. Entre los momentos de la escenificación del poder se encuentra el ordenamiento de la ceremonia, la producción de imágenes, la resignificación de símbolos y la reproducción de un discurso. La ceremonia es la actividad pública principal en el que se escenifica el poder, el desarrollo de la misma está dirigida por quienes cumplen funciones alrededor de la institución que la oficia; la ceremonia puede durar uno o más días, lo importante de ella es que no sólo focaliza y anima las expectativas del grupo, sino que posibilita su reconocimiento público para la legitimación del poder mediante la acción. La producción de imágenes forma parte de la escena, principalmente consiste en evocar e identificar imágenes en la representación de la escena con quienes la espectan. La resignificación de símbolos permite dar el sentido a lo escenificado. Mientras que la reproducción del discurso apunta a la legitimación del poder escenificado mediante la palabra.    

En la estructura del Estado los sujetos que participan de la escenificación del poder generalmente son los sujetos políticos que la ofician, así por quienes la espectan, a saber, gobernantes y gobernados. Tales sujetos son quienes animan las conmemoraciones y las manifestaciones, fenómenos que cumplen una función asociado al discurso, a saber, la legitimación del poder. Las conmemoraciones agrupan y focalizan la atención de gran parte del grupo; en las sociedades antiguas o premodernas, el cambio de mando o la asunción de un nuevo jefe, que simbólicamente se escenificaba por el cambio de la envestidura del gobernante, eran eventos sagrados; en las sociedades modernas los aniversarios de la patria o el día nacional son eventos que concitan la expectativa y la afirmación identitaria de un pasado en común. Es decir, mediante las conmemoraciones, la historia, entendida como aquel pasado que permite una identificación entre los miembros expectantes de la escena, es vivida y actualizada para dar sentido al grupo. Por su parte las manifestaciones frecuentemente se han caracterizado por un gran despliegue humano de voluntades organizadas para la escena, asimismo la objetivación de la acción y la potencia constituyen el poder escenificado; de acuerdo al tipo de organización estatal (ya sea una república, monarquía o imperio) la movilización del poder en escena cobra determinadas dimensiones de fastuosidad.

En función de la escenificación del poder, en el mundo moderno los políticos son quienes no sólo animan la escenificación de la misma, sino que se caracterizan por reproducir una serie de imágenes y discursos para legitimar sus acciones en el espacio público. Esa búsqueda de legitimación permite al político convertirse en  interlocutor válido para la acción política. El espacio de la política se caracteriza por tensiones y frecuentes enfrentamientos entre los sujetos que luchan por el poder, ya que se disputan su posicionamiento para ejercer el control del Estado. En esa lucha por posicionarse sobre el espacio político, el político se recrea y forma una imagen que se encuentra muy vinculada a sus pretensiones y a la función que cumple, a saber, el liderazgo político y la representación política. Tomando en consideración el papel que cumple la reproducción de toda ideología, tal pretensión y función será asimilada, por quienes participan del espacio público, como parte de la expectativa que generan los deseos y los temores. Asimismo tales percepciones ejercerán cierta influencia en el político para que reelabore, reafirme o acentúe nuevamente su imagen. La decodificación de aquella imagen que se recrea alrededor del liderazgo político forma parte de la constitución de la ideología por otros medios.

 
II

El liderazgo político es una de las funciones más preciadas a las que aspira todo político. El reconocimiento del liderazgo que puede ejercer todo político no sólo atrae la admiración y el respeto de sus seguidores, sino que también acarrea una serie de simpatizantes, así como de detractores u opositores, eventuales o constantes. El liderazgo político se alcanza como parte de un proceso de formación del político o surgen de acuerdo a las coyunturas que se dan en el espacio político. Las cualidades del político para ejercer el liderazgo se compaginan con los fines o los propósitos que buscan tales o cuales organizaciones políticas. No todos los políticos pueden o llegan a ser líderes de su organización, la gran mayoría participa como miembros activos, siendo animadores o divulgadores del ideario de su organización, así como de la imagen que se recrea alrededor del liderazgo.

Empero, la representación política si es una condición generalizada de la actividad del político, es decir, todos representan a alguna organización fuera de ella. En parte la representación política es lo que anima la lucha en el espacio político, a saber, cada grupo lucha por ser el más representativo (posicionamiento político). Mientras que los liderazgos se circunscriben al grupo de simpatizantes, la representación política pretende alcanzar mayores dimensiones de aceptación y de arraigo en el espacio público. Por eso hay políticos que son representativos a nivel local, regional y nacional. En realidad el liderazgo y la representación se encuentran muy vinculados, a tal punto que forman parte de las percepciones que muchos se hacen de los políticos. Entre las imágenes que frecuentemente identifican a los políticos en el mundo moderno se encuentran: la imagen del político radical, la del político moderado y la del político conservador.

La imagen del político radical es la imagen asociada al cuestionamiento del orden, ya sea mediante la ruptura de la legalidad o mediante el cambio radical contra el orden. Entre los rasgos que hacen posible la construcción de aquella imagen radical se encuentran, la valoración que se tiene sobre el discurso “anti” y “la práctica populista”. Los discursos “anti”, es decir, “el estar en contra de”, han sido orientaciones muy frecuentes de muchos grupos opositores al orden, las imágenes que se han recreado durante el siglo XIX y a lo largo del siglo XX se encontraban asociadas a los grupos de izquierda que estaban estrechamente vinculados a los movimientos de masas y a los insurgentes (mediante la lucha armada), grupos que pretendían cambiar violentamente el orden. Durante el presente siglo, tras el proceso de la imposición del neoliberalismo (la globalización), aquella imagen del político radical ideológicamente se identifica y nomina como el “antisistema”. Por eso decirle “antisistema” a un político, hecho muy recurrente en el espacio político, cumple una intención clara, a saber, su descalificación mediante la identificación con tal imagen. Asimismo, la “práctica populista”, al ser identificada con aquella pretensión de resolver las necesidades inmediatas de las mayorías, genera cierta  alarma porque azuza temores que ven amenazada la institucionalidad del orden; la alarma por la práctica populista, a su vez, tiende a reducir la imagen del político radical con el autoritarismo. Tal situación permite entender por qué la decodificación que frecuentemente se hace de la imagen del político radical, animada exageradamente por sus opositores, tiende a inclinar y acentuar la censura como un mecanismo para capitalizar su rechazo.  

La imagen del político moderado se encuentra asociada a la concertación y a las reformas que no trastoquen la institucionalidad del orden. Generalmente esta imagen es valorada como positiva. Si en el campo político impera la polarización, la imagen del político moderado pretenderá representar la mesura y la alternativa frente a la polarización. En una campaña electoral es frecuente que los votos de los indecisos se inclinen por la imagen del político moderado. Más aún la imagen del político moderado frecuentemente se fortalece cuando se enfatiza el respeto por la institucionalidad que sostiene al orden. Por ello la decodificación de esta imagen tiende a ubicar a los políticos en el centro. En las disputas que se establecen sobre el poder, la imagen del político moderado tiende a ser identificado  con el buen funcionamiento del orden, es decir, es la imagen que pretende sólo hacer “ajustes” necesarios a la política actual para que todo funcione sin inconvenientes, ni sobresaltos.

La imagen del político conservador es la imagen que se encuentra asociada a la continuidad y la preservación del orden. Esta imagen identifica al político con lo tradicional y lo moralmente aceptado. En muchos países en que la religión aún juega un papel muy importante en la imagen pública, como por ejemplo el credo católico que es hegemónico en el Perú, la imagen del político conservador se identifica acentuadamente con la moral religiosa. Al respecto tales políticos siempre se arrogan la defensa de la moral y de las buenas costumbres, y sobretodo enfatizan su condición de ser creyentes y respetuoso de la fe. Es frecuente ver en la imagen del político conservador una clara  defensa del orden (la propiedad privada) como la cuestión principal de su agenda.

A la par de las imágenes que identifica a los políticos en el espacio público, también el discurso se encuentra estrechamente vinculado. En principio los discursos políticos no son más que la expresión de la tensión que acaece en el espacio político y cumplen una función identitaria, en la medida que permite su identificación; y comunicativa e instrumental, porque permite influenciar sobre los demás. La elaboración de los mismos, refuerza las anteriores imágenes que los identifica. Entre los discursos que frecuentemente elaboran los políticos se encuentran los discursos radicales, los discursos moderados y los discursos conservadores.

 

III

Los discursos radicales principalmente apuntan al cuestionamiento del orden y a su transformación como una necesidad urgente. El público principal a quien va dirigido tal discurso está comprendido por las grandes mayorías descontentas con el orden. El discurso radical da esperanzas a quienes ya han perdido toda esperanza. Lo que anima a este discurso es la posibilidad de la transformación de la sociedad en su conjunto. En el discurso radical todo es cuestionado, mordaz e irónicamente. En función de la historia de un determinado país, el discurso radical pretende ser la voz de quienes no han tenido voz en la historia de ese país. Frecuentemente este discurso apela insistentemente a cuestionar frontalmente el continuismo y la disfuncionalidad del orden, valorado como un orden injusto. El discurso radical tiende a polarizar el espacio político en la medida que genera cierta resistencia entre sus opositores, quienes no pierden la oportunidad de señalar que tal discurso es una amenaza al orden. Es frecuente que los discursos radicales adquieren una mayor resonancia cuando el sistema político se encuentra con problemas de representatividad.

Asimismo el discurso radical que algunos políticos reproducen, muchas veces se enciende debido a que responde a un real descontento de cierto sector del electorado y de la población en general. Por eso los discursos radicales casi siempre son discursos de oposición, con el detalle de que esa oposición se inclina preferentemente por cambiar el orden. En parte los discursos radicales en la política no son más aquellas propuestas postergadas o aquellas promesas incumplidas que otros políticos han dejado de lado cuando han asumido cargos gubernamentales. La acumulación de las promesas incumplidas es el caldo de cultivo de los discursos radicales a partir de una disyuntiva bien marcada: todo o nada.  

Los discursos moderados que frecuentemente se escuchan se caracterizan por hacer hincapié en las reformas necesarias para mantener el orden. La defensa de la institucionalidad política es uno de los rasgos que caracteriza a los discursos moderados; para tal efecto,  es frecuente en estos discursos la apelación a la necesidad de concertar con las fuerzas de oposición. El enfoque que anima estos discursos se orienta al consenso y a la formalidad representativa. El consenso en estos discursos se vuelve casi en un imperativo para estar en el centro. El centro, políticamente hablando, para este discurso es el ideal de la política. “La política como centro” se convierte en un ideal para este discurso que no sólo expresa la moderación de una fuerza política, sino también la expectativa de quienes quieren cambios a partir de reformas que no alteren el orden. Por eso los discursos moderados expresan, insistentemente, evitar todo tipo de polarización en el espacio público.

Asimismo estos discursos encuentran una mayor recepción y empatía en la clase media; no obstante, también cuentan con la aceptación de aquellos que se encuentran indiferenciados y procedentes de distintas clases sociales. En tiempos electorales, estos discursos tienden a captar la atención de los indecisos y de aquellos que “quieren vivir sin problemas”. Es decir, alejados de la problemática que implica la política. Entre las ideas que comprenden estos discursos se encuentran la tolerancia, el diálogo y la concertación (significantes que forman parte de una orientación ideológica para mantener el orden).

Los discursos conservadores que algunos políticos reproducen se caracterizan por defender el orden apelando insistentemente a los valores y a la tradición. El orden para los discursos conservadores no sólo se refiere al orden de la ley, sino también al orden moral. El orden moral para estos discursos se sustenta en las instituciones familiares y religiosas. En el discurso conservador, la familia es el referente y la fuente de apelación para legitimar y defender los asuntos públicos. Por la orientación que toma, este discurso es la expresión del continuismo del orden. El público al que va dirigido este discurso generalmente es aquel público que está satisfecho con el orden. En este discurso, los cambios si no apuntan exclusivamente a reformas mínimas que permitan la funcionalidad del orden, son vistos como hechos subversivos. La defensa del orden que se encuentra en estos discursos representa la defensa de la sociedad  e incluso, para los ideales conservadores más exacerbados, sería la defensa de la humanidad civilizada. Al respecto, durante el siglo XX, frente a la amenaza del comunismo, los discursos conservadores se arrogaban la defensa de “la civilización cristiana y occidental”; durante el siglo XXI, frente a la amenaza del “terrorismo internacional”, los discursos conservadores hablan de un supuesto “eje del mal”.

Tales discursos, así como las imágenes que las acompañan, forman parte de la constitución y la reproducción de la ideología. Históricamente la reproducción de la ideología política se ha objetivado a través de una serie de formas: la retórica, las declaraciones, la columna periodística, el debate, los mensajes y los manifiestos. 

La retórica de los políticos se caracteriza por persuadir a un gran público a partir de frases y discursos plagados de invectivas, lugares comunes y máximas generales sobre el orden moral. La intencionalidad persuasiva de la retórica de los políticos se hace patente en la entonación de la voz, que oscila entre la consternación y la exageración; y en la gesticulación corporal, que oscila entre una actitud ceremonial y hasta desafiante. La voz consternada de los políticos es muy recurrente cuando quieren comunicar algún compromiso frente a sus oyentes; asimismo, insisten en ello para trasmitir la responsabilidad a todos sus oyentes para que se unan y participen de su organización.

La exageración reiterativa que caracteriza a la retórica política es la forma que se emplea para llamar la atención sobre el escenario que recrean. Por contraposición, también en la retórica política los políticos  minimizan aquellos hechos que le sean perjudiciales a sus fines. Por su parte, la actitud ceremonial que acompaña la retórica de los políticos es parte de la escenificación del poder que ejercen a partir de su imagen; la elocuencia o la seriedad con la que trasmiten sus mensajes serán dosificadas en función del escenario. Muchos de los políticos que se precian de ser “buenos políticos” manejan, al igual que los actores, el dominio escénico. Precisamente los discursos que anteriormente he anotado se decodifican a través del dominio escénico que hace el político. Sin embargo, muchas veces en función del dominio escénico, por ejemplo cuando los políticos participan de mítines proselitistas, el discurso tiende a ser desafiante. El manejar una retórica desafiante le permite al político mostrarse como un actor luchador y dispuesto a encarar la responsabilidad de lo que dice. Cuando las tensiones de la política se expresan en la campaña electoral o en los debates, el desafío retórico genera muy buenos réditos a la causa del político y a la organización que lo anima.

Las declaraciones de los políticos son aquellas declaraciones breves que los políticos frecuentemente dan a los medios de comunicación y se sujetan a la circunstancia y al momento de su enunciación. Muchas de las declaraciones de los políticos adquieren el impacto que alcanzan en el espacio político cuando la prensa insistentemente lo enfatiza de acuerdo a la coyuntura política. Muchas de las declaraciones afines, y que son dadas por distintos políticos, cuando son emitidas a través de los medios de comunicación pasan a formar parte de la opinión pública o, en muchos casos, a partir de ellas se va formando la opinión pública; y las declaraciones que resultan contrapuestas entre ellas, dadas por distintos políticos, generalmente son capitalizadas en el fragor de la disputa. También las declaraciones son utilizadas por los demás adversarios políticos para mellar su imagen cuando se contraponen a lo que anteriormente declaraban o pensaban.

Las columnas periodísticas que escriben los políticos generalmente son para opinar sobre un asunto público o polemizar sobre el mismo. En las columnas que escriben los políticos uno puede encontrar la orientación de su discurso, así como parte de su ideario que tácitamente o explícitamente se comunica. Aunque si bien actualmente no son muchos los políticos quienes escriben, los que pueden hacerlo se convierten con cierta frecuencia en los ideólogos, como sucedía en el siglo XIX y parte del siglo XX. Muchas de las columnas periodísticas que elaboran los políticos se publican, y si no pueden hacerlo a través de los grandes medios de comunicación lo hacen mediante su prensa alternativa, a saber, revistas, páginas electrónicas. Aunque actualmente la polémica escrita entre políticos no tiene la resonancia que tenía antes, los que polemizan no dejan de lidiar por el manejo del discurso y por representar una corriente de opinión en pugna con las demás.

El debate en que se enfrascan los políticos eventualmente surge debido a las declaraciones que anteriormente han dado a la prensa o suscrito mediante un artículo de opinión. Aunque el debate se circunscribe al intercambio y a la contraposición de opiniones, la finalidad no es sólo el esclarecimiento del tema, sino mostrar ante todo que el oponente no tiene recursos para sostener lo que sostiene. Por eso los debates son la punta de lanza que se enfila en medio de la tensión política; por un lado reluce el discurso que maneja cada sujeto político; y por otro, anima la disputa política. Los debates que forman parte del proceso electoral, son los debates más representativos de la escena política porque no sólo son los lideres políticos quienes debaten cara a cara en un escenario concertado, sino porque ahí se tocan los temas que han encendido la campaña electoral y movilizado o animado voluntades; asimismo, las expectativas y la atención que generan son altas y masivas porque tiende a inclinar el voto de los indecisos. También en tales debates los discursos que se exponen ayuda a ensalzar la imagen de los políticos que lidian.

Los mensajes que emiten los políticos son breves y se diferencian de acuerdo a los medios en que son emitidos. Los mensajes televisivos se caracterizan por su mayor difusión y porque en ellos el manejo escénico (imagen y discurso) se sujeta a la brevedad de la emisión. Los mensajes radiales se caracterizan por el énfasis que se pone al discurso, en el que la retórica es su rasgo más sobresaliente. Por el contrario, actualmente los mensajes vía twitter, que se ha convertido en uno de los medios más empleados por los políticos para emitir sus mensajes, se caracterizan por la interacción virtual. El twitter tiene la ventaja de interactuar con los seguidores de uno, esto genera que un mensaje político desencadene una serie de mensajes sobre el mismo. Por eso es frecuente ahora que los políticos vía twitter opinen constantemente sobre el acontecer local, nacional e internacional. El mensaje de opinión constante vía twitter ha logrado una importancia tal que los grandes medios de comunicación están siempre pendientes de ellos. 

Los manifiestos que elaboran y suscriben los políticos forman parte del discurso oficial que emite cada organización política. En los manifiestos se encuentran los puntos e ideas que organizan y orientan las pretensiones de los políticos. Asimismo los manifiestos son llamamientos públicos que tienen por objetivo aunar las voluntades de los que no sólo simpatizan con la organización política sino sobretodo que va dirigida a la ciudadanía en general. Los manifiestos son el gran discurso que da sentido a la organización política, en ella se encuentran no sólo los grandes lineamientos, sino una determinada concepción sobre la sociedad y la política. Históricamente, los líderes políticos en los manifiestos han dejado expuestas sus credenciales ideológicas.

Reparando en todo lo anteriormente mencionado, la reproducción de la ideología no se encuentra ensimismada en un grupo, como frecuentemente se piensa sobre tales o cuales ideologías espetadas como dogmáticas, sino todo lo contrario, a saber, forman parte de una disputa por el poder. Tal disputa es un fenómeno político que desde hace muchos años se ha convenido en llamar la lucha ideológica. Por eso el análisis de la lucha ideológica de una determinada sociedad, en función del orden, permite entender, y a mi juicio explicar,  muchos de los fenómenos políticos que acaecen en la reproducción de la vida social [1].   

 

 

 
Juan Archi Orihuela
Lima, lunes 12 de mayo del 2014.

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[1] Es frecuente leer o escuchar insistentemente sobre tales o cuales fenómenos políticos  como si fueran actos irracionales, premodernos, ahistóricos y demás calificaciones ideológicas negativas. Al respecto hay una diferencia manida entre violencia y política desde una orientación ideológica particular sobre la sociedad que se asienta en función del “deber ser” y la “democracia”. Lo cierto es que históricamente y culturalmente los fenómenos políticos distan mucho de aquella  pretensión aristotélica del “bien común”. Por el contrario, el estudio de los fenómenos políticos en su concreción, tanto material como ideal, nos permitiría explicar una serie de momentos cómo se encuentra organizada y estructurada la sociedad. Tal reconocimiento es lo que anima a la ciencia de la sociedad.
 

martes, 8 de abril de 2014

La legitimación política como parte del orden


Históricamente los regímenes políticos mantienen y expresan un determinado orden social que constantemente se tiene que legitimar. El cuestionamiento al orden es parte también de la política y en la medida de la fuerza de su impacto, no sólo como discurso sino también como práctica política, permite que el orden se regule o incluso se transforme. La regulación y la transformación del orden forman parte de la dinámica de la política como un hecho social. En esa dinámica, los sujetos políticos cumplen un papel muy importante porque son precisamente ellos quienes orientan y pautan una serie de discursos que van a formar parte de la legitimación del orden; o, en su defecto, de su cuestionamiento. Entender la legitimación política del orden implica necesariamente conocer el cuestionamiento al orden.

Frecuentemente el cuestionamiento al orden en las sociedades modernas se genera porque su reproducción se asienta sobre poderes que vulneran o ponen en riesgo a ciertos sectores de la sociedad. No obstante, no todos aquellos que forman parte de este sector vulnerado cuestionan el orden, ya que tal cuestionamiento es gradual e incluso se encuentra disperso y fragmentado por todo el espacio público.  De acuerdo a la forma de organización y a la capacidad de movilización de aquellos sectores de la sociedad, se articulan discursos y animan prácticas para cuestionar al orden. Si tal hecho ocurre, en el espacio político gradualmente se reorientarán las correlaciones de fuerza que aún mantienen el orden. Esto no quiere decir que el orden político de buenas a primeras se modificará, sino que la tensión que anteriormente era tácita, ahora será explicita  y de sentido común en el interior del espacio político. Para que no ocurra un desbalance o alguna modificación abrupta que ponga en riesgo al orden, se legitimará constantemente el poder que sostiene al orden político. Tras esa dinámica de cuestionamiento y de legitimación se encuentran los sujetos políticos.

Todo cuestionamiento a un orden político es en principio un cuestionamiento moral. Por eso el orden cuestionado es valorado y sentido como un orden injusto. La consecuencia moral de tal cuestionamiento anima el deseo hacia un orden justo. Por eso los discursos que cuestionan el orden no pueden soslayar o dejar de insinuar alguna propuesta de cambio frente al orden valorado como injusto. El cuestionamiento al orden oscila frecuentemente entre el deseo utópico y la confrontación práctica. El deseo utópico anima la capacidad de imaginar una alternativa al orden injusto, mientras que la confrontación práctica anima la organización y la movilización en conjunto de todos aquellos que cuestionan al orden. Cuando la confrontación práctica adquiere fuerza y una mayor dimensión, el mecanismo frecuente para restablecer el orden es la contención mediante la fuerza que ejercen las Fuerzas Policiales o las Fuerzas Armadas como parte de los aparatos represivos del Estado. Pero la contención de la fuerza muchas veces no se encuentra exenta de abusos y excesos, y que en vez de contener el descontento lo animan. Para evitar que el descontento se generalice ciertos sujetos políticos que defienden el orden tienden a minimizar los daños y los excesos e incluso proceden a descalificar constantemente a quienes cuestionen el orden. Tal reacción forma parte de la legitimación del régimen.

A partir del constante cuestionamiento al orden, su legitimación adquiere una necesidad en función del poder. Es decir, todo poder necesariamente tiene que ser legitimado. La legitimación del poder forma parte de la tensión de la política. Pero la legitimación del poder al que me refiero es aquel poder político que se reproduce en el mundo contemporáneo y tal como acaece se asienta en regímenes democráticos y no-democráticos.

La legitimación de los regimenes políticos es un fenómeno que tiene que ver con la constitución del poder del Estado y la forma gubernamental. Como la democracia pretende ser la forma gubernamental hegemónica en el mundo cabe observar su legitimación.

El poder del Estado en los regímenes democráticos se ejerce mediante la división de poderes, a saber, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, como un mecanismo para alcanzar un equilibrio en el ejercicio del poder estatal; los dos primeros, se renuevan mediante elecciones universales; mientras que el tercero, goza de autonomía para impartir la ley. Todo ejercicio del poder del Estado moderno tiene que ser legítimo, la legitimidad la adquiere mediante su forma gubernamental. Toda democracia, como una forma gubernamental, adquiere su legitimidad mediante el sufragio universal, es decir, los gobernantes son elegidos por la mayoría de los ciudadanos en elecciones libres. Así los gobiernos democráticos son legítimos o no. Sin embargo, la legitimidad del gobierno no asegura la legitimidad de todo el orden político que se asienta en el Estado, porque los gobiernos son transitorios; y más aún, si consideramos que toda legitimación responde en el fondo a toda forma de cuestionamiento sobre el orden que representa el gobierno, la legitimación será una constante a partir del Estado. Por eso constantemente el poder del Estado tiene que legitimarse mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con su constitución ideal y material.

El poder del Estado en las sociedades modernas se sustenta en dos relaciones materiales e ideales, a saber, la fuerza y el consentimiento. La fuerza comprende el ejercicio de la violencia que se encuentra monopolizado por el Estado para mantener el orden; la fuerza se asienta en las instituciones militares y en las instituciones policiales como parte de la estructura del Estado, cumpliendo una eminente función represiva. Mientras que el consentimiento es la expresión de una estructura ideológica que posibilita asentir el orden como un hecho natural y sobretodo incuestionable. El consentimiento es el resultado de los aparatos ideológicos del Estado; en su estructura, comprende todas aquellas instituciones y sistemas de la sociedad (como las instituciones religiosas, educativas, familiares; el sistema jurídico; el sistema político; la prensa y los circuitos culturales) que reproducen el discurso del poder legítimo del Estado, y por eso cumple una clara función ideológica. Pero, a su vez, el consentimiento del poder no es algo que viene de fuera de la sociedad, sino que se encuentra dentro de la sociedad porque se reproduce en todas las instituciones sociales que comprenden el orden social. De ahí que resulta muy difícil cuestionar el orden y sobretodo reproducir una práctica y un discurso que cuestione el orden; ya que una cosa es cuestionar el orden, mediante el discurso y la acción colectiva, y otra muy distinta es oponerse eventualmente al orden de manera individual. Es frecuente oponerse al orden sin que se le cuestione, porque esa oposición aún no deja de reconocer la legitimidad del orden. Cuando se desconoce la legitimidad del orden, la oposición eventual que se tiene frente al poder deja de ser individual y se vuelve un cuestionamiento colectivo y práctico. Ese cuestionamiento se da en el espacio público y es el que pone en tensión al espacio político. 

En función de la estructura del Estado, la legitimación de los regímenes políticos es un hecho ideológico. Es un hecho ideológico porque aceptamos y reproducimos una serie de “ideas-fuerza” que nos resultan siendo incuestionables. La reproducción de esas “ideas-fuerza” (entre las que se encuentra la idea de la “patria”, de la “democracia”, del “desarrollo”, de la “historia”, de la “tradición” y de demás) sólo tiene sentido y función cuando se defiende el orden que se pretende legitimar. Los regímenes políticos desde su instauración y su cese se encuentran constantemente escenificando el poder en el espacio público. Por eso todo régimen político en su estructura gubernamental comprende una serie de usos simbólicos que los identifica y anima la celebración de fechas conmemorativas para hacer sentir su presencia. Entre los usos simbólicos que caracterizan a los regimenes políticos se encuentran todas aquellas imágenes que animan los políticos gubernamentales, así como el uso frecuente de los colores del partido de gobierno en casi todos los eventos públicos que auspicia el gobierno (Hecho frecuente en nuestro medio político).

Luego de los procesos electorales se inicia un nuevo régimen, es decir, un nuevo gobierno.  El régimen político que nace de las urnas comprende dos bloques políticos, a saber, una fuerza política oficialista que legitimará necesariamente el orden; y una oposición, que cumplirá con fiscalizar al nuevo régimen y, a su vez, capitalizará el descontento sin poner en riesgo el orden. En los espacios políticos hay políticos que reproducen discursos sobre el orden y mantienen ciertas imágenes que los identifican (conservadores y moderados), no obstante, no son ellos precisamente quienes legitiman al régimen, sino sobretodo el sector oficialista. El sector oficialista es el que frecuentemente  minimiza los cuestionamientos cuando se vuelven conflictos sociales; asimismo son ellos quienes tienden a justificar los excesos del gobierno o quienes se hacen de la vista corta frente a los actos de corrupción. Por su parte la oposición, de acuerdo a la correlación de fuerzas, es decir, si encuentra o no réditos políticos, se sumará a la legitimación del nuevo régimen. Pero como en esos bloques políticos los sujetos políticos proceden de distintas filiaciones políticas, a excepción de los oficialistas, la legitimación surge como producto de un cruce de percepciones y sobre todo de motivaciones, frente al orden. Entre las percepciones se encuentra la estabilidad social y la amenaza al orden; y entre las motivaciones se encuentran la permanencia en la política.

La percepción sobre la estabilidad social es producto de los cambios o la continuidad que el nuevo régimen impulsa o mantiene. Es frecuente que se perciba la estabilidad social como el buen funcionamiento de la política económica que dicta el gobierno de turno. Por eso la política económica es muy importante al respecto, ya que muchas de las tensiones políticas se deben a la orientación que puede tomar la conducción de la misma. Asimismo cabe observar que la estabilidad social se encuentra asociada a la suspensión o a la invisibilización de los problemas que hacen posible el cuestionamiento al orden. Esto no quiere decir que aquella percepción sea una percepción equivocada de la realidad, sino que como forma parte del hecho ideológico tiene un fin práctico, a saber, legitimar; por eso se tiende a minimizar o acentuar uno de sus aspectos que permita la justificación del régimen. Tras esta percepción se encuentra la idealización del orden como parte fundamental de la política. La política percibida como algo estable y duradero permite que el poder sea legitimado mediante la reproducción de una estabilidad procedente de una percepción macro. 

La percepción de una amenaza al orden surge a partir del conflicto que anima todo cuestionamiento político frente al orden. Las movilizaciones sociales de cierto sector de la población que reclama derechos y denuncia los abusos del poder, así como la confrontación directa que genera el conflicto (como parte de la lucha de clases), alarma a quienes defienden el orden que sostiene al nuevo régimen. La amenaza al orden tiende a polarizar el escenario político; y, a su vez hace que los sujetos políticos tomen partido frente al orden, ya sea de manera explicita o implícita.  La amenaza al orden puede ser una situación coyuntural, así como algo permanente que encuentra su equilibrio cuando se llegan a acuerdos entre las partes en conflicto. Asimismo frente a la amenaza al orden es frecuente que los políticos tiendan a apelar insistentemente a ciertas ideas-fuerza que el Estado reproduce a través de sus aparatos ideológicos, a saber, “la unidad nacional”, “la nación” y demás; y, en función del régimen democrático,  se tiende a apelar a discursos que legitiman a la democracia, a saber, “la defensa de la institucionalidad”, "el estado de derecho", "la ciudadanía", el “diálogo”, el “consenso” y demás. 

Por otro lado, lo que motiva a muchos políticos a legitimar el orden es la permanencia en la política. Muchos políticos aspiran a mantener su permanencia en la escena política y en función de ella se perciben como candidatos en potencia. Si bien es cierto que en las campañas electorales los políticos se exponen con mayor frecuencia en el espacio público, en lo que va del periodo gubernamental harán lo posible para exponerse, aunque no todos lo logren, frente a las cámaras. Por eso son frecuentes las declaraciones que los políticos insistentemente brindan a los diversos medios de comunicación sobre cualquier tema.  El  ganar algunos réditos en cuanto a imagen y representación será la motivación más recurrente. En la escena política, tal actitud refuerza la idea de que los políticos no hacen nada desinteresadamente, sino siempre de manera intencional y calculada. La percepción del cálculo político y la intencionalidad de las acciones políticas al ser expuestas a través de los medios de comunicación masiva, se convierte en una prolongación de la legitimación del orden. Con tal hecho el círculo de la legitimación política se cierra.

 

 
 
Juan Archi Orihuela
Lima, martes 08 de abril del 2014.

 


domingo, 25 de noviembre de 2012

Túpac Amaru y la insurgencia


                “Túpac Amaru cóndor de fuego
                brama en los Andes tu corazón. 
                Eres incendio en los picachos
                canto y bandera de rebelión. 
                (…)
                Túpac Amaru padre del trueno
                que estalle pronto tu caracol. 
                Ya están prendiendo tus guerrilleros
                grandes fogatas de insurrección.”
                                                                                                  (Tiempo Nuevo. Túpac Amaru


La figura del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui, más conocido como Túpac Amaru II o simplemente Túpac Amaru, ha animado toda una serie de imágenes que van desde el indianismo culturalista y pachamámico, al que algunos identifican y llaman “resistencia andina”, hasta las luchas políticas de liberación nacional contra toda forma de imperialismo. Lo primero en cierta manera es una exégesis muy forzada y hasta cierto punto acentúa una imagen descafeinada acerca de lo que hizo el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana; mientras que lo último, si bien la diferencia histórica es una determinación en sentido hegeliano, no es nada casual e incongruente porque Túpac Amaru II históricamente se levantó en armas contra el imperio español del siglo XVIII. Más aún, si se repara en que la revolución tupacamarista pretendió una ruptura radical contra el poder y el orden colonial de todo el virreinato del Perú, se podrá reconocer que la independencia “criolla” del Perú proclamada en 1821, y que se logró posteriormente tras un enfrentamiento militar en 1824, fue la antípoda del proyecto Tupacamarista.    

José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II) se levantó en armas el 4 de noviembre de 1780 contra el poder colonial a la edad de 42 años. El movimiento de insurgencia que lideró y se expandió por casi todo el sur del virreinato del Perú fue preparado pacientemente con antelación. Se calcula que los preparativos que les tomaron a los insurgentes fueron entre 5 a 10 años aproximadamente (Vega 1981b: 468). Cinco años antes de la insurrección José Gabriel ya se reunía y coordinaba con Julián Apaza Nina (conocido posteriormente como Tupac Catari), así como con otros de los líderes de la insurgencia, entre los que se encontraban criollos como Miguel Felipe Bermúdez y Miguel Montiel. Antes de la insurrección tupacamarista se registraron, durante todo el siglo XVIII en el virreinato del Perú, 75 levantamientos armados liderados en su mayoría por indígenas, así como también, aunque en menor grado, por mestizos, negros y mulatos (Sivirichi 1979: 43-46). En enero de 1780, en el mismo año de la insurrección tupacamarista, el joven cacique Bernardo Pumayalli Tambohuacso (quien contaba con tan sólo 24 años), junto al criollo Lorenzo Farfán de los Godos y demás implicados criollos, animan la conspiración de los plateros (Valcárcel 1973: 31-33). Asimismo en el Alto Perú, el 13 de octubre, Tomás Catari dirige una insurrección en Chayanta.

El líder de la insurrección tupacamarista, fascinado ya por la lectura de los Comentarios Reales del mestizo Garcilaso de la Vega Chimpuocllo y premunido por algunas ideas sobre el “cuerpo político” y el “soberano”, ideas políticas que discutía en círculos secretos junto a su colaborador Miguel Montiel y Surco (criollo insurgente, quien tuvo una estancia prolongada en Inglaterra y Francia por cinco años antes de unirse a los rebeldes), comprendió que era necesario generar una fuerza armada con la capacidad de encarar una guerra desigual frente al poder militar del colonialismo. Frente al ambicioso proyecto político que se propuso (la independencia del virreinato del Perú), José Gabriel  se vio obligado a encarar la necesaria cuestión militar si no quería ser derrotado rápidamente como muchas insurrecciones, levantamientos y conspiraciones que le antecedieron. Para tal efecto frente al ejército profesional con el que contaba el virreinato del Perú, generó un ejército insurgente (infantería, caballería y artillería) que al desenvolverse como una fuerza beligerante se vio exigido, por la estrategia militar empleada, a convertirse en un ejército guerrillero.

Pero ese ejército insurgente no desplegó una guerra de larga duración, como estratégicamente en su momento Juan Santos Atahuallpa lideró entre 1742 y 1760 desde la selva central (El Gran Pajonal), sino una guerra de “corta duración” en el que el tiempo se encontraba sujeto a la focalización del espacio (La toma del Cusco). En el breve tiempo que duró la insurgencia entre el 4 de noviembre de 1780 (dirigida por José Gabriel Túpac Amaru) y marzo de 1782 (cuando capturan a Diego Cristóbal Túpac Amaru, primo del líder Túpac Amaru, quien fue el que asumió la dirección de todo el movimiento insurgente a la edad de 26 años y continuó con la insurrección por todo el sur), no pudo rebasar sus límites espaciales a pesar de que la insurgencia prendió, muchas veces inconexamente, en muchas partes del sur del Virreinato del Perú y fuera de él, como en la ciudad de Mérida en el Virreinato de Nueva Granada (Actualmente la República Bolivariana de Venezuela).
                                    
El ejército tupacamarista estuvo compuesto por indios campesinos, así como por caciques de abolengo, criollos empobrecidos, mestizos, mulatos y negros esclavos. La dirección y el liderazgo indiscutible de todo el movimiento insurgente estuvo a cargo del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II), sin embargo la estructura del ejército se articulaba por el principio de “dos capitanes generales”, compuesto por un criollo y por un indio (congruente a una sociedad reclasificada por una estructura de poder en función de la cuestión racial y de castas). A modo de ejemplo, la región central de la insurrección (Valle de Vilcanota) fue liderada por el criollo, Miguel Felipe Bermúdez, y por el quechua de Tinta, Aymi Tupac (Vega 1981b: 472).

La toma de la ciudad del Cusco por el ejército insurgente fue uno de los objetivos militares que se plantearon los rebeldes para que la insurgencia se expanda por todo el virreinato. Pero la toma de la ciudad no implicaba su destrucción, sino su rendición. Por eso cuando Túpac Amaru sitió el Cusco no tomó la ciudad porque sus colaboradores criollos no generaron las condiciones para que el Cusco caiga en rendición. La estrategia de los insurgentes fue la de socavar paulatinamente, batalla tras batalla, el poder imperial que sostenía la ciudad del Cusco a través de la toma de haciendas, la destrucción de las minas, la liquidación de los obrajes, batanes y chorrillos, así como la prohibición de los “repartos”, la liberación de los esclavos negros y la eliminación de la servidumbre indígena. Todos esos hechos tenían como punta de lanza la eliminación de los “corregidores”, autoridades hispanas que ejercían el poder político, administrativo y judicial, para generar vacíos de poder. Frente a ese vacío de poder, el Inca, como se proclamo José Gabriel, generó un nuevo poder armado insurgente para aunar las voluntades de todos los sojuzgados por el poder colonial.

El ejército tupacamarista nunca logró consolidar un ejército profesional, tuvo muchas limitaciones tanto en hombres, así como en armamentos. La disciplina fue uno de los problemas que tuvo que encarar el ejército rebelde, así como la participación periódica del gran contingente que conformaban los batallones. El gran contingente de guerrilleros que formaban parte del ejército rebelde procedían del campesinado indígena, así como los trabajadores de las mitas, los obrajes, los siervos de hacienda y los esclavos negros; los mestizos (quienes eran  pequeños comerciantes, capataces, trabajadores del hierro y había quienes sabían leer y escribir) ocuparon la función de ser los “fusileros” (generalmente eran los únicos guerrilleros que manejaban los fusiles, aunque por el desenvolvimiento de los hechos de la guerra eso cambio) y algunos formaron parte de la artillería; los caciques y los criollos fueron parte de la dirección ocupando las funciones respectivas en las jefaturas regionales, asimismo muchos de ellos impulsaron el trabajo logístico, frente logístico que estaba bajo la dirección de Micaela Bastidas (esposa y compañera del líder rebelde), que permitió a los rebeldes contar con una red de comunicación (aunque limitada) por todos los lugares a los que llegó la insurrección. En algunos casos también asumieron algunas jefaturas regionales indios sin abolengo alguno, asi como negros esclavos (libertos por la insurrección) como Antonio Oblitas (que se convirtió en un cercano colaborador de Túpac Amaru).   


Un fusilero mestizo, guerrillero del ejército tupacamarista prendiendo fogatas de insurrección en el Virreinato del Perú (Siglo XVIII). La imagen se encuentra en el libro Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen 1. La dominación española del Perú. (El autor de la ilustración es A. Colmenares M., 1975).

El armamento de los rebeldes fue limitado. Cuando los rebeldes inician la insurgencia contaban tan sólo con 75 fusiles anticuados, dos cajones de sables y unas pocas armas (entre rejones y “carabinas”). El resto del armamento se consiguió en la línea de fuego,  batalla tras batalla, los fusiles y sus respectivas municiones, así como los escasos cañones con el que contaba la artillería, se conseguían mediante el asalto a las guarniciones de los realistas. Las huaracas (hondas con el que lanzaban piedras con gran destreza y a gran distancia) fueron las armas más empleadas por los batallones rebeldes de asalto, tanto por aquellos que iban a pie, así como quienes iban a caballo; también el uso de cuchillos, palos y cuerdas para el ajusticiamiento y la emboscada fueron empleados con habilidad.

Todos los rebeldes, así como el propio  José Gabriel Condarcanqui, no tuvieron una previa instrucción militar, todo lo aprendieron en la línea de fuego. La estrategia de lucha armada que emplearon tenía que adecuarse al terreno de los Andes y sacar ventaja de ello, a saber, evitar en la medida de lo posible los enfrentamientos directos con la fuerza de los realistas (que después del triunfo de la Batalla de Sangarará y la retirada del Cusco le proporcionaron grandes bajas por la limitación del armamento con el que contaban). Por eso el factor sorpresa fue manejado muy bien por el ejército rebelde y que a la larga le permitió el avance que consiguieron. Para tal efecto los insurrectos emplearon el sabotaje, las inundaciones de poblados, la emboscada, las incursiones nocturnas, los incendios de haciendas y las tretas militares.

Los sabotajes fueron frecuentes y básicamente se focalizaban a la incursión militar del enemigo, los rebeldes destruían los puentes por el que el ejército realista tenía que cruzar, retardando así el enfrentamiento para ganar tiempo necesario en toda guerra. Las inundaciones se emplearon para tomar y anular la resistencia de una ciudad; los rebeldes represaban los ríos para descargarlos sobre la defensa de la ciudad, el caso de la toma de Sorata, reducto realista, (ubicada actualmente en la República Plurinacional de Bolivia) por Andrés Túpac Amaru, Pedro Vilcapaza y Antonio Bastidas fue por esta modalidad. La emboscada fue frecuente como una forma de ataque sorpresivo, cuya finalidad era diezmar a las columnas del ejército realista cuando avanzaba a unirse a otras columnas. Las incursiones nocturnas fueron frecuentes cuando el ejército realista acampaba, la oscuridad de la noche fue utilizada con gran ventaja por los rebeldes. Los incendios de haciendas  se realizaban para anular la forma de la producción colonial que sujetaba en el servilismo al campesinado servil que una vez libre se unía a los rebeldes; y, por último, las tretas militares se empleaban para cambiar la sensación de derrota o victoria frente al ejército realista y estas consistían en divulgar información falsa y rumores para confundir al enemigo (como el número de sublevados y el avance militar) (Vega 1981b: 484-494).

A pesar de todo el esfuerzo desplegado por los rebeldes (campesinos, caciques, criollos empobrecidos, mestizos, negros y mulatos), la insurgencia tupacamarista fue finalmente aplastada. Todos los líderes fueron brutalmente aniquilados con sevicia por el poder colonial.

La insurrección armada de Tupac Amaru II no fue nada idílica, como muchos culturalistas y pachamámicos enfatizan al respecto de la “resistencia andina” a partir de la reproducción cultural de una mercancía descafeinada (entre los que se ecuentran poemas, pinturas, canciones, bailes y demás). Como toda insurrección armada fue un hecho brutal por el enfrentamiento de dos fuerzas armadas que produjo todas las tensiones, contradicciones y horrores propios de toda guerra. Y si se considera que los rebeldes tupacamaristas tenían que luchar contra un poder que se defendía con el armamento más sofisticado de su época y reprimía violentamente con sevicia pública, puede comprenderse por qué muchas veces los hechos modifican los planteamientos iniciales de todo movimiento insurgente, o, en todo caso, los movimientos insurgentes se comprenden en su mayor dimensión cuando se observa y no se suspende su carácter de insurgencia armada. Al respecto un historiador como Juan José Vega anota de manera pertinente lo siguiente: 

“Las multitudes avanzaron muy de prisa en sus concepciones, rompiendo algunos de los objetivos iniciales que los caudillos habían trazado para la primera etapa. Pronto José Gabriel Túpac Amaru dejó de ser el curaca aparentemente fiel a Carlos III para revelarse como lo que era realmente: un aristócrata incaico anhelante del cetro de sus antepasados y de libertad y justicia para su patria. En forma simultanea dejó igualmente de ser un moderado reformista social para descubrirse como un profundo revolucionario” (Vega 1969: 76)

Sobre el proyecto político tupacamarista se ha afirmado (y celebrado) su naturaleza de ser nacional en la medida que apuntaba a la integración del “cuerpo político” que venía siendo sojuzgado por el dominio del Imperio Español. Asimismo algunos críticos ensayistas, como Emilio Choy, han observado aquel hecho insurgente como parte de un proceso mayor del poder imperial para evitar toda celebración sui generis (Choy 1988). Pero ese “nacionalismo”, si cabe el término, no tenía nada que ver con el “nacionalismo criollo” que posteriormente se impuso en todo el continente cuando se crearon las nuevas repúblicas “independientes” del siglo XIX.

Túpac Amaru lideró un proceso revolucionario con todos sus horrores (Vega 1981a:399-400), diferente a la hegemonía del poder criollo que se impuso después. Por eso en el proceso de la independencia criolla el cacique Mateo Pumacahua, otrora represor realista y azote del ejército tupacamarista, calza muy bien como uno de sus preclaros precursores, empero José Gabriel Túpac Amaru desentona en todos los bemoles posibles. Tal vez por eso historiadores como Juan José Vega (1969) y Alberto Flores Galindo (1996) señalan que el cacique cusqueño se adelantó históricamente a su época. Indudablemente Túpac Amaru no sólo se adelantó al siglo XIX, sino incluso fue más allá del  siglo XX, porque aún no se ha construido una nación, como un proyecto real de integración nacional en el Perú y en todo el continente.  




Juan Archi Orihuela
Domingo, 25 de noviembre de 2012.


Referencia bibliográfica  

CHOY, Emilio
1988    “Sobre la revolución de Tupac Amaru” [1954], en: Antropología e Historia Tomo 3. UNMSM, Lima, pp. 106-134.

FLORES GALINDO, Alberto.
1996    “La nación como utopía: Tupac Amaru 1780”, en: Obras Completas IV. SUR Casa de Estudios del Socialismo-CONCYTEC, Lima, pp. 371-384.

SIVIRICHI TAPIA, Atilio
1979    La revolución social de los Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.

VALCARCEL, Carlos Daniel
1973    La rebelión de Tupac Amaru. Peisa, Lima. 

VEGA, Juan José
1969    José Gabriel Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.
1981a  “Tupac Amaru y su tiempo. Alzamientos y campañas”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 373-464.
1981b  “EL ejército de Tupac Amaru”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 465-544. 


P.S.

1. En el Perú los censores no se equivocan cuando censuran la imagen de Túpac Amaru porque históricamente el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana ha sido “canto y bandera de rebelión”. Tuvieron que pasar casi 200 años, después de su brutal ejecución y aniquilamiento de todo el movimiento tupacamarista, para que se reconozca en toda su magnitud la hazaña realizada por José Gabriel y la insurrección armada que dirigió. Empero, el autoproclamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1975) en el Perú cuando legitimó la figura histórica de Túpac Amaru (Un retrato del cacique cuelga aún en el Palacio de Gobierno del Perú) y enfatizó el papel de ser el precursor de la independencia, suspendió el carácter insurreccional del movimiento tupacamarista y le quitó toda rebeldía al personaje y líder insurgente (el retrato es de un cacique destemplado y vacío. Véase aquí: Pulse). Más aún, la historiografía al considerarlo como un precursor de la independencia (1821) no ha hecho más que, a través de un remilgado discurso "nacionalista", mitigar y aplacar ciertos miedos de naturaleza colonial, a saber, la violencia que genera todo proceso de insurgencia plebeya (campesinos, esclavos y explotados) en su lucha contra la opresión del poder imperial.

2. Lejos de exagerar o quitarle méritos a la producción artística, hay una canción que revive fielmente el espíritu insurgente de Túpac Amaru. Parte de su letra acompaña a modo de epígrafe el presente escrito. La canción se llama “Túpac Amaru” y fue grabada a ritmo de huayno cusqueño a mediados de la década del 70 por el grupo peruano Tiempo Nuevo. Parte de su letra recoge muy bien los significantes que han hecho de Túpac Amaru un personaje comparable sólo a Espartaco por el papel que cumplió como luchador social en la historia de toda Nuestra América. Si Túpac Amaru, como dice parte de la canción, es hijo del sol, padre del trueno, cóndor de fuego (significantes culturales del mundo andino), canto y bandera de rebelión es porque su nombre es sinónimo de insurrección. Durante el siglo XX varios movimientos insurgentes en Sudamérica han tomado el nombre de tan valeroso cacique, pero eso… ya es otra historia.



José Gabriel Condorcanqui
tu corazón se adelanta
un ejército de flechas desfilan por tu mirada
De todos los hechos siglos
llegan vientos de amenazas
Mientras las hondas disparan rojas canciones al alba.

Túpac Amaru cóndor de fuego
brama en los Andes tu corazón. 
Eres incendio en los picachos
canto y bandera de rebelión.

Cacique de Tungasuca
Hijo de cóndor y alondra
para entrar en las espinas todos tenemos de sobra
Los dardos de tu mirada
y un corazón que no llora
Como bandera agitamos tu sangre libertadora.

Túpac Amaru padre del trueno
que estalle pronto tu caracol. 
Ya están prendiendo tus guerrilleros
grandes fogatas de insurrección.

La brigada de pututos
estan derribando estrellas
Y a las huaracas descargan una lluvia de candela
Y en los ojos insurrectos los viejos rencores velan
Las guerrillas en la sangre mordiendo canta pelea

Túpac Amaru hijo del sol
quema tu sangre, arde tu voz
De pie te esperan los campesinos
Tupac Amaru libertador.