Ensayos, artículos y una serie de escritos de reflexión y de opinión.
Correo del blog: lomaterialyloideal@hotmail.com

domingo, 30 de diciembre de 2012

El cristianismo del pueblo


“Cuando el pobre busca al pobre
y nace la organización
es que empieza nuestra liberación.
(…)
Cuando el pobre crea en el pobre
ya podremos cantar: ¡libertad!”
(Canción de despedida. Misa popular salvadoreña)

Hubo un tiempo en que el cristianismo dejó de ser el opio del pueblo para sintonizar y animar las luchas del pueblo. El espacio cultural en el que se generó tal fe popular fue Centroamérica, específicamente en países como Nicaragua y El Salvador, allá por los años 1975 y 1980 hacía adelante. Las luchas del pueblo, que comprenden y van desde la movilización popular hasta la insurgencia armada de las guerrillas de izquierda, y la Teología de la Liberación hicieron posible ese “milagro”, a saber, que Cristo sea visto y sentido como el dios de los pobres, un Cristo Obrero. Tal exegesis tuvo cierto asidero, entre otros detalles, porque Jesús al fin de cuentas fue hijo de un carpintero y se hizo carpintero, es decir, fue un simple trabajador como muchos de sus devotos y seguidores.

El cristianismo del pueblo fue animado, entre otros factores culturales, por dos misas, a saber, la Misa Campesina Nicaragüense (Nicaragua, 1975) y la Misa Popular Salvadoreña (El salvador, 1980). En la primera misa, Cristo es el dios de los pobres no sólo porque es hijo de un carpintero, sino también porque tiene el rostro curtido por el trabajo (muy distinto al rostro del llamado “rey de reyes” que ha enraizado el colonialismo europeo); y, sobretodo, porque Cristo también trabaja tanto en el campo como en la ciudad, ya sea como jornalero en una chacra, en una pulpería, en una gasolinera (con guantes y overol) e  incluso Cristo trabaja vendiendo loterías. Y al ser Cristo percibido e imaginado como un trabajador más entre sus seguidores, se le pide ante todo que se identifique con los trabajadores, con el pueblo. Por eso Cristo, para el cristianismo del pueblo, es el que anima todas las luchas del pueblo como un compañero más entre otros.

“Yo creo en vos, compañero
Cristo humano, Cristo obrero,
de la muerte vencedor
con tu sacrificio inmenso
engendraste al Hombre Nuevo
para la Liberación.

Vos estás resucitando
en cada brazo que se alza
para defender al pueblo
del dominio explotador,
porque estás vivo en el rancho,
en la fábrica, en la escuela,
creo en tu lucha sin tregua,
creo en tu resurrección”.


Para el cristianismo del pueblo la resurrección de Cristo no es una promesa milenaria, sino algo evidente y palpable cuando se comprenden las luchas del pueblo. Ese cristianismo del pueblo, que puede causar desconcierto para los devotos de la resignación y la opresión del pueblo, se recreó en el seno del pueblo en función de sus  necesidades más urgentes y que no deben ser vistas sólo como necesidades espirituales, sino también como evidentes necesidades materiales.

En la segunda misa, la fe del cristianismo del pueblo se anima cuando sus devotos  comprenden las razones por las que lucha el pueblo en su conjunto. Las luchas del pueblo se encuentran estrechamente vinculadas al trabajo y a las elementales condiciones materiales de existencia. Al respecto en la Canción de Comunión (1980) de la misa popular salvadoreña se entona lo siguiente:

“Al darte como comida
en el duro caminar
de tu pueblo tan hambriento
que lucha por mejorar
sus condiciones de vida
y al tirano derrotar.

Hoy señor tenemos hambre
de trabajo, techo y pan
Danos ya tu cuerpo y sangre
danos combatividad”.

En aquel cristianismo del pueblo las necesidades del pueblo en su conjunto se encaran mediante la organización y la lucha popular, dejando de lado todo tipo de resignación o destino fatal que obnubile el presente. Es sabido que el cristianismo colonial ha consentido y legitimado, mediante la Iglesia Católica así como por las diversas expresiones del judeo-cristianismo en el mundo, la resignación y una moral derrotista en el seno del pueblo. Por eso para contraponer tal herencia colonial, la misa cristiana se debe transformar en un espacio que permita comprender e impulsar las luchas populares. El Ofertorio de la misa popular salvadoreña apunta a ello:

Todos te presentamos,
confiando en tu amistad,
nuestro esfuerzo, nuestro sudor,
nuestro diario trabajar.

Queremos ver convertidos
nuestras luchas y el dolor
en tu vida y en tu valor,
derrotando al opresor.


La resurrección de Cristo, para el cristianismo del pueblo, se encuentra lejos de la espera complaciente y la resignación egoísta o la desidia; empero se encuentra más próxima de la acción decidida y consciente del pueblo organizado. Por eso la fe del cristiano del pueblo no se encierra en ningún  ascetismo estéril sino que genera una fructífera participación apoyando las luchas del pueblo frente a las injusticias y al poder del opresor. Para el cristianismo del pueblo la vida de ultratumba (el más allá) no tiene sentido, si no se construye y mantiene, mediante la organización popular, la vida de hombres y mujeres en justicia y comunión (el más acá).

Aunque actualmente el cristianismo del pueblo ya no anima la organización popular, vale recordar y observar que hubo un tiempo en que eso fue posible. La fe popular basada en el cristianismo no es incompatible con la organización popular, sino que incluso en determinados momentos históricos se pueden complementar. A su vez cabe no olvidar que ese complemento fue posible por aquellos cristianos que pretendieron emular al Cristo que botó a los mercaderes del templo y no por aquellos "cristianos" que emulan y consienten lo peor de los mercaderes del templo porque al parecer para ellos su fe cristiana radica en vivir para y del templo.




Juan Archi Orihuela
Domingo, 30 de diciembre de 2012.


martes, 4 de diciembre de 2012

La ausencia de José Carlos Mariátegui



               “Imponiéndose al destino
               por nuestra lucha de clases
               marcó el único camino
               mi hermano [José] Carlos Mariátegui”
               (Nicomedes Santa Cruz) 

En el Perú contemporáneo la imagen de José Carlos Mariátegui ya no tiene la resignificación que tuvo en el siglo XX, así como sus ideas, a saber, el socialismo. Asimismo, la izquierda peruana, como espacio político, no sólo ha soslayado al que antes consideraba el “Amauta” sino que muestra su desencanto por toda revolución social. La posibilidad de una revolución socialista en el Perú animó la praxis y la reflexión de José Carlos Mariátegui, mientras que ahora la reforma es al parecer lo más “radical” que pretende la izquierda peruana y no para instaurar ninguna forma de socialismo, sino para hacer que la forma del capitalismo funcione sin contratiempos (conflictos sociales).

Actualmente el socialismo en el Perú no forma parte del discurso hegemónico de la izquierda peruana. El problema del discurso y la práctica de la izquierda no es que se encuentre “desfasada”, sino que se elabora y responde a lo que demanda la derecha peruana y sobretodo por estar alejada de las clases populares. Por ello cierto discurso de la izquierda peruana pretende insistentemente en mostrarse como “plural” y “abierto”, así se convierta en un mero “cajón de sastre” y enfatice toda doxa sobre la democracia. Y más aún tal izquierda no escatima en destilar un evidente cinismo, al que confunde con el “realismo”, cuando algunos, otrora furibundos izquierdistas, identifican insistentemente al socialismo con el autoritarismo. Para tal efecto los exorcismos sobre la figura y las ideas de J. C. Mariátegui resulta funcional porque la amenaza de una posible insurgencia es el chantaje que la derecha insistentemente les recuerda y advierte a esa izquierda que pretende ser una “izquierda moderna”.

Pero no sólo es el chantaje de cierto discurso de derecha que le impide percibir un horizonte político a la izquierda en el Perú, sino que tal horizonte al haber sido percibido en función del socialismo que impulsaba José Carlos Mariátegui no sólo ha perdido su dimensión utópica sino incluso se ha convertido para muchos izquierdistas peruanos (generalmente entre muchos cuarentones hacia delante que al haber envejecido reproducen un discurso derrotista y complaciente) en una suerte de pesadilla.

Pero las ideas y la figura del joven José Carlos Mariátegui (murió a los 36 años) no siempre fue una amenaza, sino una gran esperanza. En la novela Yawar Fiesta (1941) de José María Arguedas se lee, y en parte ayuda a imaginar la presencia de su figura en el pasado del siglo XX, lo siguiente:

“Cuando terminó la sesión, Escobar se levantó de su asiento y se dirigió junto al retrato de [José Carlos] Mariátegui, empezó a hablarle, como si el cuadro fuera otro de los socios del “Centro Unión Lucanas”.

__ Te gustará Werak´ocha lo que vamos a hacer. No has hablado por gusto, nosotros vamos a cumplir lo que has dicho. No tengas cuidado, taita: nosotros no vamos a morir antes de haber visto la justicia que has pedido. Aquí está Rodríguez comunero de Chacralla, aquí estamos los chalos Córdova, Vargas, Martínez, Escobarcha; estamos en Lima; hemos venido a medir su fuerza. Por el camino de los ayllus hemos llegado. ¡Si hubieras visto esa faena, taita! Capaz hubieran sanado tus piernas y tu sangre”.

Es claro que para los personajes arguedianos la posibilidad de una revolución social es obra y creación de las clases populares provincianas del Perú, estrechamente vinculadas a la comunidad campesina. Desde luego que ese imaginario fue propio del Perú pre-velasquista. Sin embargo, en el Perú post-velasquista, con los cambios en la estructura de clases y la correlación de fuerzas, aún se mantuvo el anhelo de una revolución socialista como consecuencia de la organización y la lucha popular. En consonancia con tal anhelo, en 1983 se grabó la canción Al Amauta del grupo peruano Tiempo Nuevo en el que se expresaba aún aquel anhelo revolucionario por construir el socialismo en el Perú bajo la figura de José Carlos Mariátegui.

Oh tierra de rebeldes
Amaru [*] y Atusparia [**] cabalgan en tu historia
Atravesando haciendas, poblados, los Andes, los llanos
¡Justicia! ¡Justicia! van clamando.   
Por una patria nueva de libros y trabajo
Mariátegui nos une, no más esclavos.
Arriba los puños, banderas en alto a José Carlos juramos…

Si juramos al Amauta, liberaremos la nación
Si juramos al Amauta ¡Que viva! ¡Viva! ¡La revolución!

Oh tierra dividida por amos y usureros
cerraremos tu herida ¡los jornaleros!
Martillos, arados, las redes, los cantos
¡Justicia! ¡Justicia! van clamando… [***]  

Pero en el siglo XXI la ausencia de José Carlos Mariátegui es sintomática porque la posibilidad de una revolución socialista animada por los trabajadores se ha anulado. Actualmente hay muchos jóvenes en la izquierda peruana que ya le han dicho (cínicamente) “adiós a José Carlos Mariátegui” porque, entre otras razones, los viejos izquierdistas se han convertido en la personificación del cinismo y la resignación (al que llaman “realismo”). Tal derrotero evidencia la ausencia de un horizonte utópico que permita no sólo una mayor movilización política sino la posibilidad de una acción más allá de la coyuntura: Un proyecto político. Pero los “martillos”, “arados”, “las redes”, “los cantos” que se movilizan en el interior del país, hoy como ayer, al parecer no se resignan ante la falta de un horizonte utópico.

La dimensión utópica de la izquierda peruana no está en ser “moderna” sino en partir desde sus raíces, a saber, el movimiento popular. Tal como acaecen los hechos políticos, sin la figura y el socialismo que insistentemente animó José Carlos Mariátegui la izquierda peruana podrá sentirse, pensarse y presentarse como quiera, menos como revolucionaria. Al parecer la presencia de José Carlos Mariátegui en la izquierda peruana resulta de gran importancia si pretende aún ser una izquierda revolucionaria, para lo otro no es necesario incluso ser de izquierda, basta ser “progresista” para que las cosas se mantengan tal como está e incluso salvando el “modelo” mediante un discurso y una práctica socialdemócrata bien “criolla” (tan retórico y tautológico).

Volver a José Carlos Mariátegui no es sinónimo de un recital de sus ideas, ni mucho menos forzar y ajustar sus impresiones sobre las primeras décadas del siglo XX al siglo XXI, sino una apuesta rotunda por una izquierda estrechamente vinculada al movimiento popular y a los trabajadores y sobretodo nadar políticamente contra la corriente. En un río tan conservador y tan derechista como es la política peruana (en el que cierta izquierda se parece mucho a la derecha), parafraseando al historiador Alberto Flores Galindo, a la izquierda peruana le haría muy bien nadar contra la corriente.



Juan Archi Orihuela
Martes 04 de diciembre de 2012.

________________
[*] Amaru es José Gabriel Condorcanqui más conocido como Tupac Amaru II quien dirigió en 1780 una de las más grandes insurgencias armadas en el virreinato del Perú contra el poder colonial.

[**] Atusparia es el dirigente campesino Pedro Pablo Atusparia quien dirigió un levantamiento armado en 1885 contra el poder del gamonalismo (Poder gamonal y de haciendas que se hacía pasar por república).

[***] Ahí el enlace para escuchar la canción completa Al Amauta


[Suba el volumen para escuchar la sonoridad de la canción o también puede ir al siguiente enlace: pulse ]  


José Carlos Mariátegui y la movilización popular. Imagen tomada de aquí pulse

domingo, 25 de noviembre de 2012

Túpac Amaru y la insurgencia


                “Túpac Amaru cóndor de fuego
                brama en los Andes tu corazón. 
                Eres incendio en los picachos
                canto y bandera de rebelión. 
                (…)
                Túpac Amaru padre del trueno
                que estalle pronto tu caracol. 
                Ya están prendiendo tus guerrilleros
                grandes fogatas de insurrección.”
                                                                                                  (Tiempo Nuevo. Túpac Amaru) 


La figura del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui, más conocido como Túpac Amaru II o simplemente Túpac Amaru, ha animado toda una serie de imágenes que van desde el indianismo culturalista y pachamámico, al que algunos identifican y llaman “resistencia andina”, hasta las luchas políticas de liberación nacional contra toda forma de imperialismo. Lo primero en cierta manera es una exégesis muy forzada y hasta cierto punto acentúa una imagen descafeinada acerca de lo que hizo el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana; mientras que lo último, si bien la diferencia histórica es una determinación en sentido hegeliano, no es nada casual e incongruente porque Túpac Amaru II históricamente se levantó en armas contra el imperio español del siglo XVIII. Más aún, si se repara en que la revolución tupacamarista pretendió una ruptura radical contra el poder y el orden colonial de todo el virreinato del Perú, se podrá reconocer que la independencia “criolla” del Perú proclamada en 1821, y que se logró posteriormente tras un enfrentamiento militar en 1824, fue la antípoda del proyecto Tupacamarista.    

José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II) se levantó en armas el 4 de noviembre de 1780 contra el poder colonial a la edad de 42 años. El movimiento de insurgencia que lideró y se expandió por casi todo el sur del virreinato del Perú fue preparado pacientemente con antelación. Se calcula que los preparativos que les tomaron a los insurgentes fueron entre 5 a 10 años aproximadamente (Vega 1981b: 468). Cinco años antes de la insurrección José Gabriel ya se reunía y coordinaba con Julián Apaza Nina (conocido posteriormente como Tupac Catari), así como con otros de los líderes de la insurgencia, entre los que se encontraban criollos como Miguel Felipe Bermúdez y Miguel Montiel. Antes de la insurrección tupacamarista se registraron, durante todo el siglo XVIII en el virreinato del Perú, 75 levantamientos armados liderados en su mayoría por indígenas, así como también, aunque en menor grado, por mestizos, negros y mulatos (Sivirichi 1979: 43-46). En enero de 1780, en el mismo año de la insurrección tupacamarista, el joven cacique Bernardo Pumayalli Tambohuacso (quien contaba con tan sólo 24 años), junto al criollo Lorenzo Farfán de los Godos y demás implicados criollos, animan la conspiración de los plateros (Valcárcel 1973: 31-33). Asimismo en el Alto Perú, el 13 de octubre, Tomás Catari dirige una insurrección en Chayanta.

El líder de la insurrección tupacamarista, fascinado ya por la lectura de los Comentarios Reales del mestizo Garcilaso de la Vega Chimpuocllo y premunido por algunas ideas sobre el “cuerpo político” y el “soberano”, ideas políticas que discutía en círculos secretos junto a su colaborador Miguel Montiel y Surco (criollo insurgente, quien tuvo una estancia prolongada en Inglaterra y Francia por cinco años antes de unirse a los rebeldes), comprendió que era necesario generar una fuerza armada con la capacidad de encarar una guerra desigual frente al poder militar del colonialismo. Frente al ambicioso proyecto político que se propuso (la independencia del virreinato del Perú), José Gabriel  se vio obligado a encarar la necesaria cuestión militar si no quería ser derrotado rápidamente como muchas insurrecciones, levantamientos y conspiraciones que le antecedieron. Para tal efecto frente al ejército profesional con el que contaba el virreinato del Perú, generó un ejército insurgente (infantería, caballería y artillería) que al desenvolverse como una fuerza beligerante se vio exigido, por la estrategia militar empleada, a convertirse en un ejército guerrillero.

Pero ese ejército insurgente no desplegó una guerra de larga duración, como estratégicamente en su momento Juan Santos Atahuallpa lideró entre 1742 y 1760 desde la selva central (El Gran Pajonal), sino una guerra de “corta duración” en el que el tiempo se encontraba sujeto a la focalización del espacio (La toma del Cusco). En el breve tiempo que duró la insurgencia entre el 4 de noviembre de 1780 (dirigida por José Gabriel Túpac Amaru) y marzo de 1782 (cuando capturan a Diego Cristóbal Túpac Amaru, primo del líder Túpac Amaru, quien fue el que asumió la dirección de todo el movimiento insurgente a la edad de 26 años y continuó con la insurrección por todo el sur), no pudo rebasar sus límites espaciales a pesar de que la insurgencia prendió, muchas veces inconexamente, en muchas partes del sur del Virreinato del Perú y fuera de él, como en la ciudad de Mérida en el Virreinato de Nueva Granada (Actualmente la República Bolivariana de Venezuela).
                                    
El ejército tupacamarista estuvo compuesto por indios campesinos, así como por caciques de abolengo, criollos empobrecidos, mestizos, mulatos y negros esclavos. La dirección y el liderazgo indiscutible de todo el movimiento insurgente estuvo a cargo del cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II), sin embargo la estructura del ejército se articulaba por el principio de “dos capitanes generales”, compuesto por un criollo y por un indio (congruente a una sociedad reclasificada por una estructura de poder en función de la cuestión racial y de castas). A modo de ejemplo, la región central de la insurrección (Valle de Vilcanota) fue liderada por el criollo, Miguel Felipe Bermúdez, y por el quechua de Tinta, Aymi Tupac (Vega 1981b: 472).

La toma de la ciudad del Cusco por el ejército insurgente fue uno de los objetivos militares que se plantearon los rebeldes para que la insurgencia se expanda por todo el virreinato. Pero la toma de la ciudad no implicaba su destrucción, sino su rendición. Por eso cuando Túpac Amaru sitió el Cusco no tomó la ciudad porque sus colaboradores criollos no generaron las condiciones para que el Cusco caiga en rendición. La estrategia de los insurgentes fue la de socavar paulatinamente, batalla tras batalla, el poder imperial que sostenía la ciudad del Cusco a través de la toma de haciendas, la destrucción de las minas, la liquidación de los obrajes, batanes y chorrillos, así como la prohibición de los “repartos”, la liberación de los esclavos negros y la eliminación de la servidumbre indígena. Todos esos hechos tenían como punta de lanza la eliminación de los “corregidores”, autoridades hispanas que ejercían el poder político, administrativo y judicial, para generar vacíos de poder. Frente a ese vacío de poder, el Inca, como se proclamo José Gabriel, generó un nuevo poder armado insurgente para aunar las voluntades de todos los sojuzgados por el poder colonial.

El ejército tupacamarista nunca logró consolidar un ejército profesional, tuvo muchas limitaciones tanto en hombres, así como en armamentos. La disciplina fue uno de los problemas que tuvo que encarar el ejército rebelde, así como la participación periódica del gran contingente que conformaban los batallones. El gran contingente de guerrilleros que formaban parte del ejército rebelde procedían del campesinado indígena, así como los trabajadores de las mitas, los obrajes, los siervos de hacienda y los esclavos negros; los mestizos (quienes eran  pequeños comerciantes, capataces, trabajadores del hierro y había quienes sabían leer y escribir) ocuparon la función de ser los “fusileros” (generalmente eran los únicos guerrilleros que manejaban los fusiles, aunque por el desenvolvimiento de los hechos de la guerra eso cambio) y algunos formaron parte de la artillería; los caciques y los criollos fueron parte de la dirección ocupando las funciones respectivas en las jefaturas regionales, asimismo muchos de ellos impulsaron el trabajo logístico, frente logístico que estaba bajo la dirección de Micaela Bastidas (esposa y compañera del líder rebelde), que permitió a los rebeldes contar con una red de comunicación (aunque limitada) por todos los lugares a los que llegó la insurrección. En algunos casos también asumieron algunas jefaturas regionales indios sin abolengo alguno, asi como negros esclavos (libertos por la insurrección) como Antonio Oblitas (que se convirtió en un cercano colaborador de Túpac Amaru).   


Un fusilero mestizo, guerrillero del ejército tupacamarista prendiendo fogatas de insurrección en el Virreinato del Perú (Siglo XVIII). La imagen se encuentra en el libro Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen 1. La dominación española del Perú. (El autor de la ilustración es A. Colmenares M., 1975).

El armamento de los rebeldes fue limitado. Cuando los rebeldes inician la insurgencia contaban tan sólo con 75 fusiles anticuados, dos cajones de sables y unas pocas armas (entre rejones y “carabinas”). El resto del armamento se consiguió en la línea de fuego,  batalla tras batalla, los fusiles y sus respectivas municiones, así como los escasos cañones con el que contaba la artillería, se conseguían mediante el asalto a las guarniciones de los realistas. Las huaracas (hondas con el que lanzaban piedras con gran destreza y a gran distancia) fueron las armas más empleadas por los batallones rebeldes de asalto, tanto por aquellos que iban a pie, así como quienes iban a caballo; también el uso de cuchillos, palos y cuerdas para el ajusticiamiento y la emboscada fueron empleados con habilidad.

Todos los rebeldes, así como el propio  José Gabriel Condarcanqui, no tuvieron una previa instrucción militar, todo lo aprendieron en la línea de fuego. La estrategia de lucha armada que emplearon tenía que adecuarse al terreno de los Andes y sacar ventaja de ello, a saber, evitar en la medida de lo posible los enfrentamientos directos con la fuerza de los realistas (que después del triunfo de la Batalla de Sangarará y la retirada del Cusco le proporcionaron grandes bajas por la limitación del armamento con el que contaban). Por eso el factor sorpresa fue manejado muy bien por el ejército rebelde y que a la larga le permitió el avance que consiguieron. Para tal efecto los insurrectos emplearon el sabotaje, las inundaciones de poblados, la emboscada, las incursiones nocturnas, los incendios de haciendas y las tretas militares.

Los sabotajes fueron frecuentes y básicamente se focalizaban a la incursión militar del enemigo, los rebeldes destruían los puentes por el que el ejército realista tenía que cruzar, retardando así el enfrentamiento para ganar tiempo necesario en toda guerra. Las inundaciones se emplearon para tomar y anular la resistencia de una ciudad; los rebeldes represaban los ríos para descargarlos sobre la defensa de la ciudad, el caso de la toma de Sorata, reducto realista, (ubicada actualmente en la República Plurinacional de Bolivia) por Andrés Túpac Amaru, Pedro Vilcapaza y Antonio Bastidas fue por esta modalidad. La emboscada fue frecuente como una forma de ataque sorpresivo, cuya finalidad era diezmar a las columnas del ejército realista cuando avanzaba a unirse a otras columnas. Las incursiones nocturnas fueron frecuentes cuando el ejército realista acampaba, la oscuridad de la noche fue utilizada con gran ventaja por los rebeldes. Los incendios de haciendas  se realizaban para anular la forma de la producción colonial que sujetaba en el servilismo al campesinado servil que una vez libre se unía a los rebeldes; y, por último, las tretas militares se empleaban para cambiar la sensación de derrota o victoria frente al ejército realista y estas consistían en divulgar información falsa y rumores para confundir al enemigo (como el número de sublevados y el avance militar) (Vega 1981b: 484-494).

A pesar de todo el esfuerzo desplegado por los rebeldes (campesinos, caciques, criollos empobrecidos, mestizos, negros y mulatos), la insurgencia tupacamarista fue finalmente aplastada. Todos los líderes fueron brutalmente aniquilados con sevicia por el poder colonial.

La insurrección armada de Tupac Amaru II no fue nada idílica, como muchos culturalistas y pachamámicos enfatizan al respecto de la “resistencia andina” a partir de la reproducción cultural de una mercancía descafeinada (entre los que se ecuentran poemas, pinturas, canciones, bailes y demás). Como toda insurrección armada fue un hecho brutal por el enfrentamiento de dos fuerzas armadas que produjo todas las tensiones, contradicciones y horrores propios de toda guerra. Y si se considera que los rebeldes tupacamaristas tenían que luchar contra un poder que se defendía con el armamento más sofisticado de su época y reprimía violentamente con sevicia pública, puede comprenderse por qué muchas veces los hechos modifican los planteamientos iniciales de todo movimiento insurgente, o, en todo caso, los movimientos insurgentes se comprenden en su mayor dimensión cuando se observa y no se suspende su carácter de insurgencia armada. Al respecto un historiador como Juan José Vega anota de manera pertinente lo siguiente: 

“Las multitudes avanzaron muy de prisa en sus concepciones, rompiendo algunos de los objetivos iniciales que los caudillos habían trazado para la primera etapa. Pronto José Gabriel Túpac Amaru dejó de ser el curaca aparentemente fiel a Carlos III para revelarse como lo que era realmente: un aristócrata incaico anhelante del cetro de sus antepasados y de libertad y justicia para su patria. En forma simultanea dejó igualmente de ser un moderado reformista social para descubrirse como un profundo revolucionario” (Vega 1969: 76)

Sobre el proyecto político tupacamarista se ha afirmado (y celebrado) su naturaleza de ser nacional en la medida que apuntaba a la integración del “cuerpo político” que venía siendo sojuzgado por el dominio del Imperio Español. Asimismo algunos críticos ensayistas, como Emilio Choy, han observado aquel hecho insurgente como parte de un proceso mayor del poder imperial para evitar toda celebración sui generis (Choy 1988). Pero ese “nacionalismo”, si cabe el término, no tenía nada que ver con el “nacionalismo criollo” que posteriormente se impuso en todo el continente cuando se crearon las nuevas repúblicas “independientes” del siglo XIX.

Túpac Amaru lideró un proceso revolucionario con todos sus horrores (Vega 1981a:399-400), diferente a la hegemonía del poder criollo que se impuso después. Por eso en el proceso de la independencia criolla el cacique Mateo Pumacahua, otrora represor realista y azote del ejército tupacamarista, calza muy bien como uno de sus preclaros precursores, empero José Gabriel Túpac Amaru desentona en todos los bemoles posibles. Tal vez por eso historiadores como Juan José Vega (1969) y Alberto Flores Galindo (1996) señalan que el cacique cusqueño se adelantó históricamente a su época. Indudablemente Túpac Amaru no sólo se adelantó al siglo XIX, sino incluso fue más allá del  siglo XX, porque aún no se ha construido una nación, como un proyecto real de integración nacional en el Perú y en todo el continente.  




Juan Archi Orihuela
Domingo, 25 de noviembre de 2012.


Referencia bibliográfica  

CHOY, Emilio
1988    “Sobre la revolución de Tupac Amaru” [1954], en: Antropología e Historia Tomo 3. UNMSM, Lima, pp. 106-134.

FLORES GALINDO, Alberto.
1996    “La nación como utopía: Tupac Amaru 1780”, en: Obras Completas IV. SUR Casa de Estudios del Socialismo-CONCYTEC, Lima, pp. 371-384.

SIVIRICHI TAPIA, Atilio
1979    La revolución social de los Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.

VALCARCEL, Carlos Daniel
1973    La rebelión de Tupac Amaru. Peisa, Lima. 

VEGA, Juan José
1969    José Gabriel Tupac Amaru. Editorial Universo, Lima.
1981a  “Tupac Amaru y su tiempo. Alzamientos y campañas”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 373-464.
1981b  “EL ejército de Tupac Amaru”, en: Historia General del Ejército Peruano. Tomo III. Volumen I. La dominación española del Perú. Ministerio de Guerra-CPHEP, Lima, pp. 465-544. 


P.S.

1. En el Perú los censores no se equivocan cuando censuran la imagen de Túpac Amaru porque históricamente el cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana ha sido “canto y bandera de rebelión”. Tuvieron que pasar casi 200 años, después de su brutal ejecución y aniquilamiento de todo el movimiento tupacamarista, para que se reconozca en toda su magnitud la hazaña realizada por José Gabriel y la insurrección armada que dirigió. Empero, el autoproclamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1975) en el Perú cuando legitimó la figura histórica de Túpac Amaru (Un retrato del cacique cuelga aún en el Palacio de Gobierno del Perú) y enfatizó el papel de ser el precursor de la independencia, suspendió el carácter insurreccional del movimiento tupacamarista y le quitó toda rebeldía al personaje y líder insurgente (el retrato es de un cacique destemplado y vacío. Véase aquí: Pulse). Más aún, la historiografía al considerarlo como un precursor de la independencia (1821) no ha hecho más que, a través de un remilgado discurso "nacionalista", mitigar y aplacar ciertos miedos de naturaleza colonial, a saber, la violencia que genera todo proceso de insurgencia plebeya (campesinos, esclavos y explotados) en su lucha contra la opresión del poder imperial.

2. Lejos de exagerar o quitarle méritos a la producción artística, hay una canción que revive fielmente el espíritu insurgente de Túpac Amaru. Parte de su letra acompaña a modo de epígrafe el presente escrito. La canción se llama “Túpac Amaru” y fue grabada a ritmo de huayno cusqueño a mediados de la década del 70 por el grupo peruano Tiempo Nuevo. Parte de su letra recoge muy bien los significantes que han hecho de Túpac Amaru un personaje comparable sólo a Espartaco por el papel que cumplió como luchador social en la historia de toda Nuestra América. Si Túpac Amaru, como dice parte de la canción, es hijo del sol, padre del trueno, cóndor de fuego (significantes culturales del mundo andino), canto y bandera de rebelión es porque su nombre es sinónimo de insurrección. Durante el siglo XX varios movimientos insurgentes en Sudamérica han tomado el nombre de tan valeroso cacique, pero eso… ya es otra historia.



José Gabriel Condorcanqui
tu corazón se adelanta
un ejército de flechas desfilan por tu mirada
De todos los hechos siglos
llegan vientos de amenazas
Mientras las hondas disparan rojas canciones al alba.

Túpac Amaru cóndor de fuego
brama en los Andes tu corazón. 
Eres incendio en los picachos
canto y bandera de rebelión.

Cacique de Tungasuca
Hijo de cóndor y alondra
para entrar en las espinas todos tenemos de sobra
Los dardos de tu mirada
y un corazón que no llora
Como bandera agitamos tu sangre libertadora.

Túpac Amaru padre del trueno
que estalle pronto tu caracol. 
Ya están prendiendo tus guerrilleros
grandes fogatas de insurrección.

La brigada de pututos
estan derribando estrellas
Y a las huaracas descargan una lluvia de candela
Y en los ojos insurrectos los viejos rencores velan
Las guerrillas en la sangre mordiendo canta pelea

Túpac Amaru hijo del sol
quema tu sangre, arde tu voz
De pie te esperan los campesinos
Tupac Amaru libertador.