Ensayos, artículos y una serie de escritos de reflexión y de opinión.
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lunes, 6 de septiembre de 2010

Quien dice “todo va bien”, tal vez en el fondo diga “todo va mal”






¿Quién no recuerda la vieja figura kafkiana de aquel trabajador diligente que, tras una noche intranquila, despierta convertido en un insecto? La metáfora es sugerente y no es la única figura en el imaginario de Kafka, por esa senda de asfalto literario también caminan “El artista del hambre” y “El artista del trapecio”, cuentos breves, punzantes y muy sutiles. ¿Trabajadores, los oficinistas maniacos? ¿Trabajadores, los ascetas? ¿Trabajadores, los malabaristas?

En estos tiempos del libre mercado, bajo la omnipresencia del desempleo a nivel mundial, este sistema que vomita a los hombres fuera del empleo (ese “horror económico” que espantó tanto a la periodista Forrester) ¿Quién se identifica como trabajador? ¿Acaso la situación del trabajo en el capitalismo tardío no sigue generando la metamorfosis kafkiana, a través de una mala parodia de malabaristas y ascetas resignados en su jaula, prestos al espectáculo?

A lo largo de todo el siglo XIX y XX se identificaba a los trabajadores con los obreros, lejos del proceso de proletarización, el resto de la población, era el síntoma del capital. Es decir, la suspensión de la universalidad del capitalismo permitía la reproducción del subempleo, explicitada por la venta de fuerza de trabajo al más bajo precio ya que la competencia y la sobreoferta de mano de obra excedían, y exceden aún, a la necesidad del capital. El desarrollo de la técnica tiene mucho que ver en esto, en el sentido de que su especialización, en función de la producción, permite una liberación de potencia no humana que transforma la naturaleza de acuerdo a un orden social; en aquel orden social se reclasifican las pautas y conductas de la población en función de necesidades que acucia el mercado. Y como bien es sabido, todo orden social en el capitalismo se ajusta a la reproducción de la particularidad del trabajador que no sólo se circunscribe al sector proletarizado, esto se hace patente en el sector pequeño burgués, que en sentido analítico, lo conforman el gran contingente, si cabe el término, de obreros-profesionales.

Tal observación tiene cierto asidero a través del cine. Sucintamente, en la pelicula Todo va bien (1972) de Godard, una fábrica de embutidos ha sido tomada por el sindicato de obreros. La escena se ubica a cuatro años después de mayo del 68. Los obreros franceses, bajo cierta teatralidad disponen de la situación, tomando de rehén al administrador. Llaman a la prensa, viene una periodista en compañía de su pareja (un publicista que antaño hacía cine alternativo) en suma, una pareja pequeño burguesa; pareja protagónica que a lo largo de la película hilvanan su vida cotidiana a través de la problemática de la enajenación del trabajo y, sobre todo, se plantean la posibilidad de seguir siendo pareja bajo tal situación social. El administrador en plena entrevista, señala que la actitud de los obreros ha sido precipitada, sin justificación, además enfatiza: “El problema de la enajenación del trabajo era un problema del siglo XIX, ahora ya estamos en otro siglo, nuestras instituciones funcionan, en Francia sobre todo, los tiempos de Marx y Engels ya pasaron, sólo esto se les ocurre a los filósofos marxistas y a ciertos intelectuales que azuzan a los obreros”. Sin embargo, las condiciones de trabajo a partir de cierta presentación testimonial que realiza Godard, a través de sus personajes, expresarán que la enajenación no sólo se presenta dentro de la fábrica, el espacio laboral, sino en los espacios en que se reproduce la vida cotidiana. Una de las obreras señala que cuando llega a casa, su marido no la toma en cuenta, ya que viene oliendo a embutido y encima tiene que asumir los quehaceres del hogar que la fatigan en exceso, pero sobre todo siente temor al acostarse con su marido “eso es lo que más temo, acostarme con mi marido, tener otro hijo, el dinero ya no alcanza”. Por su parte, los demás obreros expresan, además de la justificada queja del salario, que el espacio laboral genera cierto entumecimiento que acrecienta un temor cuando se llega a casa. Ya que no se trata sólo de enfrentar el trabajo, sino a la esposa de nuevo.



Por su parte la pareja de profesionales, también trabajadores en sentido estricto, trabajadores sin overol, obreros-profesionales, se enajenan en la reproducción de la vida pequeño burguesa. El goce del ejercicio intelectual, del arte, el sexo y la afectividad cae en la monotonía porque el trabajo de uno contrapone los intereses del otro. Ya no son gratas las salidas al cine, mientras la toma de la fabrica siga, ya no se puede tener intimidad si luego uno de ellos se irá, sin mas ni mas, al racionalizado trabajo profesional. La simple conversación, sin la mediación corporal, resulta muy difícil entre ambos, si no se recriminan los detalles pendientes de sus vidas antes de conocerse. El salir de compras, típica actividad compulsiva de la mujer pequeña burguesa, le genera a la protagonista un extrañamiento mediante el consumo, los espacios tan cercanos le serán tan distantes porque la adquisición de las cosas no permite que la vida cotidiana sea funcional a sus afectos. De ahí que cuando él le pregunte a la periodista, “¿cómo va todo?”, ella responda musitadamente “todo va bien”. En realidad “todo va mal”, ya que no es sólo su vida, sino la vida de los demás que en el fondo son como ella, unos trabajadores sujetos a la lógica del capital. Ese detalle casi inadvertido resulta ignorado por muchos trabajadores-profesionales, que asumen que su condición de trabajo es distinta a la que realizan los demás trabajadores, espetados como obreros. Ellos también venden su fuerza de trabajo. De ahi que todos sean en el fondo unos obreros sujetos al capital.

En sentido figurado, los trabajadores-profesionales resuman y expresan mejor la enajenación del trabajo a partir de la problemática, tan epidérmica, de la afectividad en la vida cotidiana. Si esto es así ¿por qué no se organizan? Como una tentativa respuesta, la reproducción de la vida narcisista del proceso de individuación se encuentra asociada a la reproducción de la técnica. Esto casi siempre pasa desapercibido si no se repara en aquello que los intelectuales de Frankfurt llamaban la atención, a saber, la técnica como ideología. Sumado a ello, si uno repara en ese eslogan liberal de “la muerte de las ideologías” e intenta encontrarle cierto asidero, lo único que encuentra es la prodoucción del cine de Hollywood (Cine que últimamente enfatiza la amenaza de los desastres naturales e historias entumecidas de cualquier Tarantino) en el que la amenaza fantasmática al individuo es la constante. Muchas veces la respuesta del individuo contemporáneo ante tal situación es la frivolidad más descarada que uno pueda imaginar. O, es una exageración mía, ya que “¿todo va bien?”.





Juan Archi Orihuela
Lunes, 6 de septiembre de 2010.



 

lunes, 30 de agosto de 2010

La retórica posmoderna

La posmodernidad, lejos de toda incertidumbre nominal, refiere una situación de hecho, a saber, la reproducción social del mundo contemporáneo (referida y analizada anteriormente como moderna), cuya determinación especifica es que en su concreción se reproducen prácticas socio-culturales y totales que responden a aquel proceso de personalización. En gruesas líneas el proceso de personalización es la continuación de la individuación social (la aparición del individuo) cuya ruptura institucional ha sido considerada como narcisista por enfatizar el individualismo del goce mediante la información y la expresión a través de los diversos mecanismos tecnológicos.

Aquel proceso ha sido reconocido como fenómeno a mediados del siglo XX, cuya acentuación discursiva del individuo ha mermado los dualismos políticos cognoscitivos (modernidad y premodernidad, civilización y barbarie, desarrollo y subdesarrollo, entre otros) a partir de la década de los 70. Y sobre todo su hegemonía se ha universalizado a partir de la lógica del libre mercado, a finales del siglo XX.

La posmodernidad como todo fenómeno social responde analíticamente a ciertas formas de hacer y de pensar. Las formas de hacer articulan y producen las estructuras sociales que las reclasifican institucionalmente; las formas de pensar expresan la producción y la reproducción de la vida social a partir de las instituciones hegemónicas que articulan los espacios sociales en el que se desenvuelven las relaciones sociales. De ahí que sea posible identificar y analizar las formas de pensar a partir de su reproducción institucional. Y como la institución por antonomasia en el mundo contemporáneo que reproduce, posibilita y legitima el reordenamiento social es el centro de estudio, cabe sobre todo reparar en la retórica del conocimiento que se acentúa en aquella institución de la educación superior, a saber, la universidad.

En los espacios universitarios, y de manera puntual en las facultades de letras (humanidades) y de ciencias sociales, se acentúa tal retórica a pesar de su indeterminación y/o contraposición al respecto. Tal retórica posmoderna se produce y reproduce congruentemente con aquel proceso de personalización mediante la asimilación de ciertas ideas consensuadas y en boga. Entre aquellas ideas producidas como parte de la retórica posmoderna, se encuentra la interpretación, el pluralismo cultural y el problema del saber-poder; ideas que se han constituido en las ideas ejes e ineludibles en todo discurso identificado y presentado actualmente como “pensamiento crítico”, cuya circulación institucional pretende cierta naturalización en la interacción y la reproducción de la vida cotidiana.

La interpretación.
La interpretación a que se alude en toda retórica posmoderna responde a la opinión o al punto de vista de aquel que lo enuncia, y casi siempre es explicitado con gran énfasis. Pero la interpretación que se elabora mediante la grafía casi siempre busca el amparo de cierta hermenéutica filosófica. De ahí que la búsqueda (mediante citas, glosas o referencias indirectas) de las ideas sumarias de conspicuos intelectuales como Nietzsche, Heidegger, Gadamer y Ricoeur, entre otros, resulten ineludibles en todo escrito al respecto, para señalar una premisa puntual: todo conocimiento (humano) es al fin de cuentas una interpretación. Tal premisa se ha convertido en un imperativo que tiene que ser explicitado bajo la siguiente advertencia monocorde: “No pretendemos la verdad absoluta al respecto de ‘x’, ya que es una mirada ‘y’ entre otras”.

La interpretación en la retórica posmoderna responde a un problema filosófico no encarado, a saber, el problema del conocimiento a partir de la mediación del lenguaje. La idea sumaria al respecto apunta a sostener que el lenguaje genera aquello que llamamos la realidad, sobre la cual nominamos a través de sus diversos aspectos (variados e indeterminados aún) asumiendo que lo que se dice corresponde a lo que se refiere. Sin embargo, como los análisis de la filosofía del lenguaje han permitido subrayar la complejidad de los usos del lenguaje y su reproducción institucional, lo que nominamos sería sólo una aproximación de lo que referimos. De ahí que la diversidad nominal en función del referente no pueda sostener la verdad lógica por correspondencia, a menos que ésta se circunscriba única y exclusivamente a la formalización lógica del análisis matemático y cuantitativo, más allá de ese tipo de análisis, la verdad no tendría ningún sentido. Eso genera dos consecuencias, por un lado, el calificativo de la verdad para aseverar la certeza de un conocimiento, pierde su función que legitima el conocimiento institucionalmente generado; por otro lado, no se puede referir con toda la seguridad del caso acerca de algo llamado como la realidad, a menos que aseveremos indiscutiblemente que ella es una construcción social, construida a través de juicios que refieran uno de sus aspectos más significativos.

Estas consecuencias en el uso retórico posmoderno, acerca de la verdad y la realidad, se patentiza significativamente a través del escarnio interrogativo: ¿la verdad de quién? Y como toda respuesta al respecto es obviamente tangencial, ya que sólo pretende acentuar la condición de la doxa (opinión), se soslaya toda mención al respecto de la verdad; o, en su defecto, se acusa tergiversadamente a todo aquel que la enuncie por pretender, no sólo la verdad, sino una verdad absoluta. El calificativo de absoluto responde a la reproducción de una relación política incongruentemente aceptada, a saber, el imperativo de la verdad absoluta es lo que sostiene a los regímenes totalitarios, y, por ende, aquel que pretenda una verdad, en el fondo pretende tácitamente tal sistema político. Por otro lado, con respecto a la realidad, es ya común en toda retórica posmoderna mencionarla siempre entre comillas o después de mencionarla hacer la aclaración monocorde de que la “realidad es una construcción social”. Pero no sólo la realidad se la enuncia entre comillas, sino a toda una serie de ideas que refieren o han sido consideradas parte de la realidad, fenómenicamente hablando, en los análisis de las ciencias y las humanidades durante la modernidad, a saber esa serie de dualismos muy significativos, primitivo/civilizado, desarrollo/subdesarrollo, mito/ciencia y demás. Así como también se presenta con cierto estigma a ciertas nociones, por el uso ligero e impreciso que se hace de ellas, como: progreso, positivismo, evolución, objetividad, dictadura, patriarcado y demás.

Pero la interpretación en la retórica posmoderna lejos de circunscribirse al discurso académico pretende expresar la reproducción cognoscitiva de la vida cotidiana a través de la comunicación. Para esto se ampara en la deconstrucción de todo texto que constituya no sólo una forma de conocimiento, sino también de información. De ahí que la interpretación de un texto cognoscitivo sea equivalente a un texto expresivo y/o informativo, ya que su reproducción pragmática se justifica mediante la comunicación. Y como la comunicación en la posmodernidad se concretiza a través de los diversos medios tecnológicos que han venido apareciendo de acuerdo a las exigencias del mercado, la interpretación se legitima por su flexibilidad y acomodo, ya que evita toda responsabilidad (ética, política e intelectual) de lo que se dice o interpreta, pero sobre todo se caracteriza por su pretensión de disolver al sujeto (la polifonía). Esta pretensión de disolver al sujeto corresponde al imperativo de la libertad que ejerce todo sujeto narcisista de la posmodernidad.

El pluralismo cultural.
El pluralismo cultural que enfatiza toda retórica posmoderna responde a la identificación de la reproducción social de las instituciones con la lógica de la situación en el que se desenvuelve la vida cotidiana. A partir de las prácticas de la vida cotidiana se establece cierta nominación clasificatoria para agrupar las relaciones productivas sub-asalariadas de la fuerza de trabajo de los migrantes y los sub-ciudadanos (sujetos políticos tangencialmente incorporados tras los procesos de descolonización). De ahí que en la posmodernidad los migrantes, así como los sub-ciudadanos, son clasificados analíticamente de acuerdo al espacio social de donde proceden y reproducen sus formas de hacer y de pensar, bajo la nominación de la etnia.

La etnia como concepto analítico de la antropología se encuentra asociada a la reproducción cultural de los diversos grupos humanos que aún reproducen ciertas pautas institucionales del mundo precapitalista en los espacios poscoloniales y locales. Sin embargo como la imagen de la etnia se ha venido acentuando a través de cierto arquetipo estilizado por las exigencias del mercado del turismo, se ha identificado su reproducción cultural como un fenómeno universal. Esta situación de hecho ampara cierta hiperreferencia indiscriminada que se suele hacer acerca de la cultura (“todo es cultura o todo al fin de cuentas son hechos culturales” dirían los posmodernos) porque se asume que la interacción simbólica de los sujetos sociales construye, a partir de su inmediatez, todo hecho cultural. Esta aseveración ha sido posible mediante la percepción fenomenológica que ha conectado la reproducción de las relaciones sociales a la reproducción de las ideas que permiten su legitimación intencional.

Así es como la reclasificación social a partir de nociones como diferencia e identidad en relación a un otro fenoménico, ha permitido generar ciertos ejes sobre el cual gira el pluralismo cultural en los tiempos posmodernos, bajo la percepción fenomenológica. Uno de aquellos ejes a partir de la diferencia es considerar la reproducción de culturas diferentes como fenómenos particulares que se producen a partir de la comunicación social y la expresión individual. De ahí que se identifique una serie de diferencias sustraídas de su reproducción institucional a partir de la inmediatez del goce, a saber, la sexualidad, las experiencias religiosas o metafísicas, las expresiones artísticas; o, en su defecto, ante la articulación de la institucionalidad política, surge el efecto de convertir en nativo a toda práctica social considerada como diferente, muchas de ellas ambiguamente clasificadas y nominadas como tribus urbanas o culturas emergentes.

El otro eje posmoderno es la identidad cultural enfatizada más como un imperativo ético que como un concepto analítico, a partir del cual se reclasifican las relaciones sociales en función de un nuevo sentido que valide la autonomía de la vida cotidiana. Precisamente se considera la reproducción de la vida cotidiana con el eje vector sobre el cual el individuo reclasifica su existencia social en función del trabajo o el desempleo, la sexualidad, las creencias, la información y el consumo de las mercancías. Las conexiones de aquellos vectores, de acuerdo a su simplicidad o a su complejidad, permiten clasificar ciertas identidades tenidas como culturales. Pero tal pretensión discursiva, producto de un análisis en particular, pretende su universalidad cognoscitiva a raíz, no de un redescubrimiento de la variedad cultural en el mundo tras los hechos pos-coloniales, sino debido a las limitaciones operativas de la ciudadanía tras la pérdida de la hegemonía política de los estados-nación sobre los espacios políticos. Es decir, las identidades culturales que se enfatiza en la posmodernidad intentan hacer operativo un nuevo espacio político que responda a la hegemonía del consumo de la mercancía a partir del cual integrar a las diversas prácticas cotidianas mediante la politización del goce.

El problema del saber-poder.
El tópico del conocimiento, presentado ya no como proceso institucional sino como el resultado de una actividad personal y particular, en toda retórica posmoderna es la constitución del saber. Su referencia genealógica (histórica) pretende conectar su contenido en función de los espacios políticos mediante el ejercicio del poder. Esta asociación saber-poder data de la deconstrucción de ciertos textos filosóficos que inauguran discursivamente la modernidad (El discurso del método de Descartes y el Novum Organum de Francis Bacon). La consecuencia de tal reconstrucción es reconocer que uno de los rasgos más significativos de la constitución del mundo moderno ha sido la producción del saber en función del poder político. Pero no sólo eso, la acentuación de aquel aforismo del “saber es poder”, aludido a Bacon, permite también identificar la hegemonía del saber que se reproduce en la modernidad con la hegemonía de la ciencia en particular.

A partir de tal indicativo, en toda retórica posmoderna el saber de la ciencia es deslegitimada porque estaría encubriendo una relación de hecho que hace posible la constitución de la modernidad. Pero sobre todo porque la reproducción del saber ya no se circunscribe exclusivamente al conocimiento de la ciencia, debido, entre otros factores, a la importancia que adquieren los otros saberes __nominados ahora posmodernamente como subalternos, periféricos, corporales, emocionales y demás__ y que forman parte de la reproducción de la vida cotidiana. Este empirismo de la inmediatez genera toda sospecha, fundada o infundada, hacia todo discurso. Siendo recurrente la elaboración de una serie de ensayos posmodernos, mentados como críticos, bajo tal sospecha (metafóricamente policial) que apunta a descubrir quién o quienes están tras el discurso. Es decir, siempre se deconstruye los textos, de tales o cuales autores o sobre una relación de estudios temáticos, para explicitar la conexión, entre líneas, de su retórica genérica con una retórica en particular: la reproducción del poder dialógico (logocentrismo) a partir de las consecuencias de la dominación. Tal proceder corresponde fielmente a los estudios culturales y a toda una serie de estudios contemporáneos, a saber, los estudios sobre género, sobre la geo-política, la memoria y la alteridad, entre otros.

Sin embargo, tal apriorismo aparente permite reconocer que la concreción del poder discursivo articula todas las relaciones sociales de la cotidianidad como hechos particulares. De ahí que el poder en todo discurso posmoderno se presenta como uno de los problemas de la vida cotidiana a partir del cual se construye los espacios políticos. Este inductivismo del poder reproduce el cambio del contenido del saber, de un conocimiento relacional a una ingente información tangencial. Un indicativo al respecto seria la serie de imágenes elaboradas por la retórica posmoderna acerca del saber producido en la vida cotidiana a través de los mass media. El papel de los medios de comunicación a través de los nuevos cambios tecnológicos ha permitido que el saber permuta en información: “cuanto mayor información acumule la gente, tendrá la sensación de que sabe demasiado”. Tal premisa parece ser uno de los indicativos de aquel intento de disociar el saber del poder en la posmodernidad, idea sugerida por toda retórica posmoderna por su insistente denuncia tan trillada al respecto, a saber, “cuidado, todo saber encubre un poder”.





Juan Archi Orihuela
Lunes, 30 de agosto de 2010.

viernes, 13 de agosto de 2010

Las novelas y el ensayo

Existe una mención racionalmente acusativa y severa, realizada por Platón, sobre la creación que ejerce el poeta (alegóricamente imitativo y trágicamente placebo), a saber, la poesía. La intención del Sócrates platónico por echar a los poetas de la ciudad ideal, ha sido comentado posmodernamente con cierta dosis de escarnio al respecto de todo intento racionalizado por establecer un orden político. Esa intención platónica ha irritado tanto porque la dimensión de lo político dejaría de ser un espacio de confrontación del logos, para convertirse en un hecho trascendental, en donde ejerza su imperio el logos.

En gruesas líneas, los poetas __actualmente podrían ser sindicados como los escritores de poesía y narrativa, nominada moderna y gruesamente como literatura__ no hacían (y hacen) mas que amodorrar la capacidad de racionalizar la vida, porque siempre enfatizan la espontaneidad de la sensibilidad. Lejos de todo estribillo a favor de la poesía o la literatura, la polaridad platónica entre el logos y la sensibilidad se ajusta a una política educativa que ha generado un derrotero por el que ha transitado la modernidad, a través de la instrucción pública, ¿cómo no recordar las Cinco memorias sobre la instrucción pública de Condorcet o el Emilio de Rousseau? ¿Paradójico? Lejos de ser una observación ociosa el constatar tales referencias, lo que interesa de aquello es ¿cómo se puede implementar una política que se ajuste a las necesidades de la educación en el Perú? Sobre todo si la educación pública tiene la finalidad de formar ciudadanos con la capacidad suficiente para ejercer el poder (públicamente hablando).

Lejos de toda simpatía o antipatía por Platón, su intención pedagógica tiene cierto asidero en la constitución de la ciudadanía moderna. Siempre en el Perú se moteja que las acciones políticas distan abismalmente se ser “racionales”, motivadas sobretodo por simpatías que adquieren cierta significación en la reproducción de la vida cotidiana. Pero el asunto no es tan polar como aparenta. Me explico, los programas de lectura que se implantan, frecuentemente acentúan sobremanera las creaciones literarias, novelas en mayor proporción y menguadamente la poesía, soslayando en el silencio al ensayo. El índice de consumo de la mayor parte de los libros en el Perú, son las novelas contemporáneas (obviando desde luego esa lectura tangencialmente subterránea que se desata por los libros nominados de “autoayuda”, cuyo indicativo empírico es la gran demanda que tienen en el mercado). De ahí que la pose muy frecuente que se ha cristalizado en la juventud, medianamente educada o que tiene acceso a la educación, sea la de un sujeto que lee novelas (sea del rubro que fuere). Esto, entre otros indicadores, se compagina con la facilidad de la lectura y el goce que genera. Sin embargo, como política educativa resulta del todo errada tal tentativa de instrucción pública.

La fácil y democrática exaltación de la imaginación que produce la novela, ha desacreditado en cierta medida a la necesidad de hacer uso de la razón, en sentido político. Las novelas poseen una lógica interna cuya descodificación se da a través de la imaginación, ayudan a la individuación desde luego y a la formación de cierto ego medianamente sensible y volitivo, pero por ende circunscribe la relación del sujeto con aquel mundo imaginario contenido en la lectura. Es decir, al lector de novelas le interesa más lo que pueda encontrar en la lógica de la narración que en la lógica de la vida social, por la sencilla razón de que las novelas individualizan el goce estético a partir de lo privado y cancelan metafóricamente toda mención con lo público.

Ya sea por el fácil acceso a la lectura que permite el consumo de una serie de textos literarios contemporáneos, así como la lapidaria mención del término “obra”, lo cierto es que si como programa de lectura se inicia a los niños en las novelas y no se motiva luego otro tipo de lecturas, que exija cierto esfuerzo intelectual, como el ensayo, se mantendrá a posteriori una sensibilidad muy párvula en la ciudadanía.

Actualmente la lectura del ensayo en la edad escolar brilla por su ausencia, ni siquiera a un autor como José Carlos Mariátegui (el ensayista por antonomasia en nuestro medio) se le conoce a través de sus escritos, sino por cierta figuración ignara y repulsiva por la política. Sólo los que han pisado aulas universitarias (y eso) tienen la obligación o deleite de leer ensayos, ya sean ensayos literarios, históricos, psicológicos, sociológicos, antropológicos, económicos, filosóficos y demás. La lectura del ensayo no sólo es la colección de ideas de tal o cual autor clásico o contemporáneo, sino que constituye el mejor espacio para reflexionar sobre los asuntos públicos que interesan a todos los que reproducen la vida social. En el ensayo uno puede encontrar una suerte de taller de ideas vertidas por el autor que escribe acuciado por la única finalidad de verter sus ideas libremente. Ideas muchas de ellas que objetivan toda una serie de variables sociales (clase, género, sociedad, cultura y política) patente por el vano oficio de la escritura y la premura por la finitud de la existencia. Además la lectura del ensayo forma cierto tipo de personalidad, una personalidad crítica, cara y necesaria en el mundo contemporáneo. Sobre todo en el Perú la necesidad de la lectura de ensayos es urgente, ya que hace tiempo que la inteligencia se encuentra ofendida por la ignorancia en los espacios públicos, generado no sólo por la pobreza, sino por el pragmatismo más caníbal que uno se pueda imaginar.

Si puede parecer una exageración tal síntoma ¿por qué hay jóvenes que leen, sin entender lo que han leído? (la tentativa respuesta de Sartori no convence del todo), ni hablar de los que no son jóvenes. Hay niños que piensan que la lectura es una obligación que se reduce a leer cuentos o los periódicos que muchos de sus padres leen (diarios que no merecen llamarse prensa porque no cumplen con tal función). Si en el interior del sistema educativo no se acucia a que el niño lea ensayos es porque los profesores no leen ensayos o porque se desconoce su importancia ética, política e intelectual. Como política educativa se debe empezar por hacer una apología al ensayo, si se quiere cumplir con la finalidad de la instrucción pública, a saber, generar ciudadanos. Ya el historiador, también ensayista, Flores Galindo observaba que nuestro país es una república sin ciudadanos. Tal vez por eso en los años setentas el acceso a la educación por los sectores populares fue motivada por tal imperativo político. Sin embargo, tal como se encuentra el presente, tal acto no fue más que la parodia del “mito de Sísifo”. Eso debería causar una gran preocupación, sin embargo a muchos les puede parecer una sorna ¿Por qué?





Juan Archi Orihuela
Viernes, 13 de agosto de 2010.