Ensayos, artículos y una serie de escritos de reflexión y de opinión.
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miércoles, 23 de abril de 2014

La vocación y algo sobre la antropología


Lucien Sebag se suicidó a la edad de 31 años (el l 9 de octubre de 1969). Tal hecho aciago me pareció el final más honesto de un hombre que lidiaba no sólo con ideas (teoría), sino con una determinada práctica política en función del conocimiento. Entre otras razones recuerdo mucho a Sebag porque uno de sus libros me animó a estudiar antropología como un complemento de la filosofía. Sebag era filósofo y por accidente se hizo antropólogo. Saber que un joven brillante, filosóficamente hablando, como Sebag consiente su propia muerte no es ningún síntoma de una irreverencia con la vida, sino la expresión de su más consecuente compromiso. 

Cuando uno es estudiante, la primera pregunta que le suelen hacer es por qué eligió lo que estudia. Aún recuerdo las respuestas que dieron mis compañeros de carpeta, casi todos (por no decir todos) enfatizaban la diversidad cultural de nuestro país para ser congruentes con la elección de la antropología. Cuando llegó mi turno para responder pensé en Sebag, en su muerte y en su intento por replantear el estructuralismo a partir de una seria reflexión que tiene que ver con las consecuencias del conocimiento y la vida de uno mismo (praxis). Pero al final guardé silencio sobre Sebag, por pudor y por otras razones que no vienen al caso, y recordé una respuesta que dio Eduardo Gonzáles Viaña cuando le preguntaron por qué se hizo escritor: “Cuando uno esta enojado consigo mismo se hace psicólogo, cuando está enojado con la sociedad se hace sociólogo y cuando uno se encuentra enojado consigo mismo, con la sociedad y con el mundo, se hace profeta, revolucionario o escritor”. Animoso repetí esa respuesta pero cambié lo último (lo de profeta y revolucionario) y enfaticé: “se hace antropólogo”. Sin embargo, en el fondo tal respuesta, lejos de ser irreverente, es una respuesta límpidamente afectiva que evade las consecuencias del conocimiento.

En cierto discurso de muchos antropólogos se ha convertido en lugar común aseverar que la cultura es lo más importante que posee el hombre y los pueblos. Más aún si uno se encuentra vinculado a las letras o al arte, la exigencia sobre el conocimiento de la cultura es mayor (así como su valoración afectiva), pero en el fondo esa exigencia no es más que una manera de evadir toda consecuencia al respecto de lo que se piensa y de lo que se hace. Por eso es muy común leer en diferentes escritos el ya manido elogio a la cultura, como si fuera un mero discurso metafísico. Enunciar que “todo es cultura” al parecer se ha convertido en una suerte de  embrujo del lenguaje que muchos antropólogos han cometido y siguen cometiendo. Más aún, hay cierta tendencia en subrayar que la vocación por la antropología nace cuando uno se siente comprometido con la cultura (incluso hay quienes se autodenominan unos defensores de la cultura). Tal hecho se asemeja a tal o cual credo. Empero se debe reparar en un gran detalle, una cosa es la creencia sobre tal o cual entidad (material o ideal) y otra muy distinta es el estudio sobre tal o cual entidad.  Parafraseando una respuesta dada por Borges, al respecto de si creía o no en los mitos, se puede anotar lo siguiente: los antropólogos no creen en la cultura, pero se interesan por conocer qué es; por el contrario, hay mucha gente que cree en ella, pero no le interesa en lo más mínimo en conocer qué es. La creencia radica en la significación particular y afectiva que uno le da a las cosas, siendo el punto de partida y de llegada el mismo; no obstante, el conocimiento apunta a otros fines, que en algunos casos se encuentran opuestos al punto de partida.

Nuestro contacto con el mundo es eminentemente afectivo, de eso no hay duda. Empero también existe la necesidad de racionalizar, en función de las circunstancias históricas, una serie de elementos y acontecimientos que nos afectan y que posibilitan nuestra praxis en el mundo. La historia de la civilización es el mejor ejemplo cultural al respecto porque nos ayuda a comprender la historia de la ciencia tan necesaria para animar la búsqueda del conocimiento. Precisamente en esa búsqueda del conocimiento se debe circunscribir la vocación. No obstante, la vocación que se anima frecuentemente se encuentra vinculada a su idealidad (aquella serie de ideas que nos hacemos de las cosas en función del deseo), situación tan similar al deseo que uno siente por una mujer cuando se enamora, empero ese afecto no apunta a su materialidad (condición empírica que posibilita la concreción de los hechos en el que participan los sujetos), en muchos casos la soslaya. Es decir, ¿nos enfrascamos tan sólo en conocer lo que deseamos a partir de su idealidad o apuntamos a su materialidad? Lo primero es tener vocación. Lo segundo es asumir un compromiso porque genera consecuencias sociales y prácticas. 

¿La antropología tiene consecuencias prácticas? Si uno repara en la historia de la antropología en el Perú verá que no cabe la posibilidad de hacer un “elogio a la mochila” tan entusiasta como si fuera un adolescente desubicado, sino todo lo contrario. La historia de la antropología está vinculada a la colonización. En el Perú tal historia se encuentra vinculada al neocolonialismo y a su sujeción gradual al imperialismo. La intervención de los Estados Unidos en el Perú encontró en la antropología su mejor carta para jugar a la democracia y a la modernización. Otra cosa muy distinta es que muchos antropólogos se crean ese juego a partir de su vocación por la cultura (hace muchos años el “rito de iniciación” de todo joven antropólogo peruano consistía en ir a una comunidad campesina). Lo que fue y significó el proyecto Vicos (1952-1962) es contundente al respecto de la ingerencia de los EE.UU en el Perú. Frente al problema del orden (su cuestionamiento práctico) siempre hay una respuesta práctica e institucional desde el Estado (aunque cabe reparar que tal respuesta la da otro Estado a través de una política interestatal nada solidaria, ni mucho menos neutralmente cultural). Actualmente la agenda sigue siendo la misma pero con otro rótulo, a saber, el estudio del otro. La otredad como discurso ideológico se enfatiza a partir de la tan manida identidad hasta llegar al paroxismo de la diferencia. Los malabarismos de aquella retórica son aceptados complacientemente por muchos sujetos que se arrogan el pretendido "pensamiento crítico" asi como el tan manido "pensar diferente". Los “nuevos saberes” y cierta pretensión por "pensar desde el sur" también apuntan a ello [1].

Frente a tal propensión retórica, cabe observar si lo que nos anima de la antropología es la vocación o el compromiso. Tal disyuntiva no es nada gratuita. La vocación anima el ingreso a las aulas y muchas veces se queda sólo en ellas porque se concluyó una etapa (la formación). Por el contrario, el compromiso se encuentra, ineludiblemente, fuera de las aulas y apertura nuevas etapas en la vida de uno mismo y de los demás. 

 


Juan Archi Orihuela
Lima, 23 de abril del 2014.

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[1] Asimismo, cabe anotar que la antropología no tiene nada que ver con ciertos discursos ideológicos que circulan como si fuera lo novedoso en las ciencias sociales, a saber, una nueva versión de la pseudociencia: los estudios culturales, los estudios de género, el pachamamismo, la ideología queer y demás sofisterías.  

 

viernes, 11 de abril de 2014

El político: sujeto y praxis



I

Uno de los sujetos públicos que participa en la reproducción de la política son los políticos. Muchos tenemos ideas sobre lo que son los políticos a partir de lo que hacen y que frecuentemente conocemos a través de los medios de comunicación masiva. Los vemos a diario en los noticieros como sujetos capaces de opinar sobre todo, modulando el mismo tono de voz y repitiendo casi las mismas frases oficiosas. Incluso, en función de tal percepción, muchos piensan que los políticos son meros sujetos de comedia. Empero, los políticos no tienen nada de cómicos sino todo lo contrario.

El político participa de la política. Tal hecho a pesar de que resulta siendo una perogrullada implica algunos detalles de fondo. En sentido estricto los políticos, tal como los conocemos dedicados exclusivamente a la política, surgen con la modernidad,  específicamente como parte de la representación del poder que se ejerce desde la ciudadanía; y, de modo general, como parte del proceso de la constitución de los Estados modernos. Eso no quiere decir que anteriormente no hayan existido sujetos que hayan cumplido funciones políticas. Todo lo contrario. Lo que sucede es que hay diferencias muy resaltantes entre el político de una sociedad contemporánea y de masas y los sujetos políticos de las demás sociedades estamentales y precapitalistas. Muchas de esas diferencias tienen que ver con una evidente cuestión sobre la forma cultural de la sociedad; así como con una compleja cuestión de relaciones de poder que organiza a la sociedad.

Históricamente los políticos han formado parte en la constitución del poder estatal en muchas sociedades, aunque sin ser llamados como tales, es decir, como políticos. De acuerdo a la función que cumplían en la estructura social del poder, formaban parte de la clase gobernante, ya sea como miembros, vinculados por el parentesco o por el patrimonio económico que se sustentaba en la propiedad y el control de la tierra; o, como auxiliares que frecuentemente eran servidores exclusivos o los colaboradores más cercanos de la clase gobernante. Estos últimos, en las sociedades con escritura formaban parte de los llamados letrados; funcionarios éstos que gozaban de cierto prestigio, aunque, claro, siempre subordinados a los gobernantes. Muchos de los gobernantes en el mundo antiguo fueron señores de la tierra, como figurativamente lo fue Odiseo en la Grecia heroica, así como los orejones incas en el mundo andino, los faraones en el Egipto antiguo o los reyes persas en el oriente y demás. Específicamente, la concentración de la tierra y las luchas por su control y su repartimiento, animaron la vida pública de todos los gobernantes en las sociedades precapitalistas.

La identidad entre gobernantes y políticos fue muchas veces de manera tácita; o, en algunos casos, fue explícita. En función de la historiografía, una sociedad esclavista como la romana tenía instituciones políticas muy próximas al mundo contemporáneo, como por ejemplo los partidos, que expresaban determinados intereses de sectores militares y de los señores de la tierra; así como políticos, que formaban parte del senado y eran miembros de las familias o representantes de las mismas que concentraban el poder de la tierra. Asimismo, a pesar de que la vida política de la Roma antigua se caracterizaba porque sus miembros políticos se enfrascaban en sendos discurso públicos través de la oratoria, éstos no dejaban de ser los mismos gobernantes que legitimaban su poder en función del poder de la tierra.  Durante el medioevo europeo el poder que emanaba de la acumulación y concentración de la tierra no varió, aunque no obstante la forma de la organización fue distinta, a saber, la aparición de principados y reinos que habían sustituido el esclavismo por la sujeción de los campesinos, así como sus familias que heredaban sus deudas, al trabajo de la tierra. Frecuentemente los principados se enfrascaron en luchas intestinas durante todo el medioevo por la demarcación y apropiación de la tierra. Tal situación de conflicto generó un clima de inestabilidad en el interior del gobierno de los príncipes que exigió que muchos de ellos, al decir de Max Weber, procuraran “hacerse de un equipo de auxiliares dedicados por completo y exclusivamente a su servicio, es decir, que tuvieran en ese servicio su ocupación principal”. Así surgieron funcionarios dedicados exclusivamente a los asuntos del príncipe, es decir, a dar ciertas pautas para el gobierno. Entre los principales sujetos que ayudaron a los príncipes en el control del Estado mediante su profesionalización estuvieron, los clérigos, los humanistas, la nobleza cortesana y los juristas. La profesionalización que alcanzaron éstos especialistas posibilitó que en la estructura del orden se demarque los asuntos del Estado separado de los asuntos sociales, es decir, la cuestión política se identificó exclusivamente con el manejo y el control del Estado a través del gobierno; mientras que la cuestión social se circunscribió a la reproducción y a la naturalización de las desigualdades que se originaban por las consecuencias de la economía en la reproducción de la vida social.

Con la revolución francesa, a fines del siglo XVIII, la problemática sobre la cuestión social cobra una gran importancia y se verá expresada en el cuestionamiento a la naturalización de las desigualdades sociales en función de la igualdad que permite la razón humana. Políticamente con la revolución francesa se inicia todo un proceso de transformación social que cambió el orden estamental del mundo feudal, por el orden de la movilidad social propio del mundo capitalista. La democratización gradual de la sociedad que impulsó la revolución francesa convirtió al espacio político en el hegemónico de todo el espacio público. Muchas de las discusiones políticas, en función de la correlación de fuerzas en el interior del Estado, pasaron a ser discusiones públicas,  sobre el que ya no fue necesario ser un especialista para emitir opinión alguna al respecto. Así muchos que anteriormente fueron súbditos al participar del espacio político tendrán la posibilidad, de ahora en adelante, de convertirse en gobernantes. Tal rasgo, socialmente hablando, aceleró la participación de un ingente número de personas que ahora reclamarán no sólo las urgentes necesidades básicas para la subsistencia, sino también, la llamada ciudadanía. La constitución de la ciudadanía, a su vez, exigió la organización de amplios sectores de la población civil en aras de alcanzar una representatividad en el gobierno y el parlamento. Todos aquellos hechos permitieron que se generaran condiciones socioculturales para que surjan los políticos en el mundo moderno.

Bajo el principio de la igualdad y la representación, en el mundo moderno el espacio político pasó a ser ocupado tanto por la burguesía, que había alcanzado a ejercer el poder tras el triunfo de la revolución francesa, así por quienes también provenían de clases que históricamente habían sido postergadas, empobrecidas y desposeídas de toda riqueza. La movilidad social permitía todo ello, aunque claro de manera individual. Sumado a ello, con la apertura de la educación pública, como una conquista gradual y con diferentes ritmos de acuerdo a las condiciones que exigía cada país, las discusiones sobre la cuestión social alcanzaron una gran resonancia sobre el espacio público. Si bien es cierto que desde el espacio público se dan libertades para los sujetos participen del espacio político, mediante los diferentes mecanismos de representación y de acción colectiva, la conversión de indistintos sujetos en políticos, quienes frecuentemente convierten una situación eventual de la política en una acción imperativa y social, se regirá en función de dos actitudes, a saber, el “vivir de” y el “vivir para” la política.

Los políticos del mundo contemporáneo se caracterizan por hacer de la política una profesión. La profesión de la política es eminentemente práctica y su experiencia se  sujeta a la lucha por el posicionamiento de algún lugar del espacio político; desde el cual el político emite y reproduce discursos y ejerce cierto poder. El posicionamiento para el político es necesario porque el poder que constante o periódicamente ejercerá, se encontrará estrechamente vinculado a la reproducción del poder estatal en su conjunto. La reproducción del poder estatal si bien se ejerce en  función del gobierno y a través de las distintas instituciones gubernamentales y sociales que forman parte del Estado, también se reproduce desde sus márgenes, manteniendo una tensión constante frente al orden y mediante la reproducción de discursos contestatarios que cuestionen el orden. Por eso el político en función del orden, “vive de la política” o “vive para la política”, tal disyuntiva no es excluyente, porque para ambos la política se vuelve una necesidad, pecuniaria o existencial, pero necesidad al fin de cuentas.

Cuando el político “vive de la política”, la convierte en un medio para ganarse la vida. Tal uso frecuente de la política, empleado por los políticos que provienen de los sectores empobrecidos o por aquellos que no cuentan con algún oficio que solvente sus necesidades y aspiraciones, forma parte de la movilidad social por otros medios. Pero el vivir de la política no es producto sólo de la necesidad, sino también de la ambición personal que se anima y acrecienta a partir de la experiencia de vida que genera el mundo contemporáneo. La consecuencia de la política como un medio de vida, a su vez, expresa uno de los rasgos más acentuados en la profesionalización de la política, a saber, la expresión de un interés particular. Una de temas tan recurrentes que los políticos frecuentemente reproducen a través del discurso, para legitimar su práctica, es aquella conocida contradicción, a saber, la contradicción entre los intereses particulares y los intereses generales. El político que vive de la política siempre enfatizará en público, como un imperativo de fe, que los intereses generales son la expresión genuina de la política y de su práctica política. Frecuentemente la exageración y la voz engolada son los rasgos de aquellos que viven de la política. Asimismo tales sujetos frecuentemente se construyen un personaje a la medida de sus aspiraciones. Por eso muchos de tales políticos frecuentemente lidian, además de sus rivales de turno, consigo mismo.

Por otro lado, cuando el político “vive para la política” frecuentemente es porque el político hace de la política una razón de su existencia. El derrotero que frecuentemente han seguido estos políticos ha sido el martirologio personal y la entrega constante, a tiempo completo, dedicado a la política; ellos frecuentemente exigen un gran sacrificio a sus seguidores para seguir el ideario que los une, para así asegurar el cumplimiento del programa que se hayan propuesto. En muchos casos, para estos políticos el orden moral que persiguen se sostiene mediante la pureza de los ideales que defienden para  legitimarse entre sus seguidores. Asimismo la entrega y la dedicación que le ponen a sus actos públicos, muchas veces se confunde con la expiación de culpas personales. Pero el vivir para la política no es sinónimo de recogimiento, sino de entrega. Esa entrega que frecuentemente expresan estos políticos no se encuentra exenta de excesos desatados por sus pasiones. Las pasiones que encienden estos políticos emanan de la militancia y la organización que se reproduce en el espacio político y tiende a impactar en el espacio público sólo en función de determinadas coyunturas: procesos electorales, persecución política, movilización y demás.

II

Pero los políticos no sólo se diferencian por la manera cómo conciben y ejercen la política, a pesar de que tales actitudes se entrecruzan con cierta frecuencia, sino también por una serie de ideas que los motivan. Las ideas que motivan a los políticos forman parte de las ideologías políticas; el discurso de muchas ideologías políticas se basa en  enunciados performativos [1] y comprenden una serie de significantes que tienen cierto sentido en el mundo contemporáneo, a saber, ideas como la justicia, la libertad, la patria, el bien común, la democracia y demás. A pesar de que algunas ideologías políticas no sean discursos orgánicos o tan elaborados, sino que se encuentran más próximas a las impresiones de sentido común, tales ideologías se compaginan con el  discurso pragmático; todo discurso pragmático en el fondo responde al pragmatismo como una ideología, que frecuentemente tiende justificar la práctica de los políticos que viven de la política. Pero las ideologías políticas que los políticos elaboran y reproducen no son sólo discursos, sino concepciones sobre la sociedad en su conjunto [2]. 

El político como sujeto se caracteriza también por la función de representación. La aparición de los políticos en el espacio público frecuentemente responde a determinadas coyunturas políticas, como por ejemplo la proximidad a los procesos electorales, los procesos de reformas institucionales, las revoluciones sociales, la defensa nacional y demás. La representación es el rasgo que permite diferenciar al político ocasional del político profesional. En la práctica todos podemos ser políticos ocasionales en la medida que cumplimos con un deber o un derecho que exigimos en el espacio público; mientras que los políticos profesionales son aquellos que representan o forman parte de una organización política. Las organizaciones políticas, tal como se ha perfilado en el mundo moderno, presentan ciertos grados de relación en función de las demandas y espacios que ocupan en el espacio político. Por eso las distintas organizaciones políticas que aparecen frecuentemente en la sociedad, ya sea periódica o eventualmente, muchas veces se organizan en relación al poder del Estado. 

El poder del Estado se reproduce en toda la sociedad. El espacio público frecuentemente se convierte en el espacio en el que se percibe y se asienta el poder del Estado; sin embargo, el espacio político, que forma parte del espacio público, es un espacio de confluencia y de disputa por la hegemonía de distintas organizaciones políticas de una sociedad. En el espacio político las demandas, las aspiraciones, los discursos sobre el poder y el orden no sólo adquieren su sentido, sino que permite la cohesión de los miembros de una determinada organización política. Entre las organizaciones políticas que comprenden y participan del espacio político se encuentran, los partidos políticos, los sindicatos, los movimientos políticos, los frentes políticos, los colectivos y demás.  

Los partidos políticos son organizaciones políticas que se caracterizan por tener una ideología política en particular; tal ideología no sólo los identifica y distingue de los demás partidos, afines o contrarios; sino que también les permite mantener la cohesión entre sus miembros, llamados y reconocidos como partidarios o militantes. Frecuentemente son estas instituciones políticas quienes se sujetan a las normas electorales para participar de los procesos electorales periódicamente. Los partidos aparecen y desaparecen de la escena política, debido a las pugnas internas o por factores externos que tienen que ver con los cambios en la política nacional; las pugnas internas en el interior de los partidos cuando son irresolubles frecuentemente genera la formación de otros partidos (compuesto por el sector opositor o disidente). Hay partidos políticos que se han mantenido a los largo del tiempo, por décadas, éstos son llamados partidos históricos; asimismo los líderes de éstos partidos son considerados y reconocidos como líderes históricos. En el interior de los partidos no sólo se eligen a los representantes de la organización sino que se forman los políticos profesionales. En teoría los partidos permiten el sostenimiento y la regulación del poder representativo en toda democracia moderna. No obstante hay partidos que en función de su cuestionamiento al orden, pretenden subvertir el orden social o resultan siendo una amenaza para el orden; por eso, se han dado casos en que algunos partidos políticos han sido prohibidos [3].

Los sindicatos son organizaciones políticas organizadas en función de la actividad que desempeñan sus miembros, frecuentemente en relación al trabajo, al oficio o a la actividad profesional. Esta organización se encuentra estrechamente vinculada por su origen a la actividad económica. La participación política en el interior de un sindicato se sujeta a la necesidad de la representación. En un sindicato no prima la cuestión  ideológica entre sus miembros, lo cual no quiere decir que no exista o que el gremio no se identifique con una determinada ideología política, sino la identificación y la defensa del interés corporativo. Los miembros de un sindicato se constituyen en sujetos políticos que de acuerdo al nivel de organización y al poder de movilización que despliegan en determinadas coyunturas.    

Los movimientos políticos son organizaciones civiles que aparecen en función de una agenda política específica y coyuntural. Los miembros que componen y participan de un movimiento político proceden de diversas organizaciones civiles y de diversas clases sociales; entre quienes componen un movimiento político se encuentran los partidos políticos, los sindicatos, las instituciones educativas, las comunidades, ONGs, diversas organizaciones populares autogestionarias o incluso personas sin filiación política alguna. Los movimientos políticos en función de su agenda política tienen una capacidad mayor de movilización que un gremio o un partido político. En los movimientos políticos lo que prima no es la pugna entre movimientos, sino la acumulación de fuerzas entre sus miembros afines. Un movimiento político siempre está abierto al espacio público y a su crecimiento, muchas veces producto de la indignación que se generaliza en muchos sectores de la sociedad o a una decidida participación política más amplia de las demás organizaciones políticas que la componen. Los movimientos políticos no se sujetan a la coyuntura electoral, van más allá de ella.

Los Frentes Políticos son organizaciones amplias y de mayor dimensión, tanto por el número en la composición de sus miembros, así como por su presencia y la capacidad de organización que alcanza, ya sea regional o nacional. Los Frentes Políticos se generan desde el espacio político para impactar e influir en todo el espacio público, debido a la necesidad de unir las fuerzas políticas afines entre ellas para luchar mancomunadamente contra un adversario en común. Asimismo los Frentes Políticos al estar sujetos a las coyunturas históricas generalmente expresan el grado de polarización de los intereses de un país o desde el interior de una región. Muchos de los Frentes Políticos se organizan para la movilización y la participación en los procesos electorales. Los que participan de un Frente son miembros del Frente, más no militantes, porque el Frente no es un partido político a pesar de que cumpla el papel de un gran Partido en el proceso electoral. Los Frentes que participan de un proceso electoral casi siempre tienen que encarar y lidiar con el problema de su unificación. Muchos Frentes luego del proceso electoral atraviesan por frecuentes rupturas o por su completa disolución [4].

Los colectivos son formas de organización política menores, tanto por el número de miembros que lo componen, así como por su capacidad de organización, frecuentemente focalizada en una determinada ciudad o en tema de interés público. Los miembros de los colectivos son llamados activistas, y a diferencia de los militantes de los partidos políticos, su participación es flexible, ocasional, periódica y carecen de una ideología política definida. Los activistas de los colectivos, reciben el apoyo e incluso el financiamiento de terceros (miembros de otros colectivos o entidades no gubernamentales fuera del país). Las relaciones en el interior de los colectivos tienden o pretenden ser horizontales entre sus miembros porque no cuentan con una estructura organizativa definida. Incluso cada activista puede pertenecer por su cuenta a uno o más colectivos a la vez. 

En función de la organización a la que pertenecen o debido a la frecuencia de su participación en el espacio público en general, los políticos en el mundo contemporáneo se ven exigidos a hacer uso de un cierto discurso ideológico. La capacidad que tenga un político de reproducir y manejar un determinado discurso ideológico le permitirá no sólo lidiar con sus adversarios ocasionales, sino también legitimar su práctica y capitalizar su legitimidad. La producción de discursos sobre la cuestión social y la elaboración de una imagen sobre su persona en particular, permitirán al político mantener cierta presencia en el espacio político. Para que el político adquiera cierto posicionamiento en el espacio público es necesario que ejerza el cálculo político sobre lo que se dice y sobre lo que hace en el espacio público. Y como la relación es frecuentemente tensa en los espacios políticos, el cálculo político se convierte en el mayor reto para el político como sujeto. Por eso el discurso y la práctica que reproduce el político muchas veces se orienta por el cálculo. 

Sin el cálculo, el político está condenado al fracaso. La historia esta plagada de muchos casos al respecto. Empero, cabe también observar que quienes han sobresalido en la política han hecho suya de manera práctica la siguiente máxima: “cabeza fría y corazón apasionado” (Nietzsche). 



Juan Archi Orihuela
Buenos Aires, viernes 11 de abril del 2014.


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[1] Los enunciados performativos son aquellos enunciados que no se limitan a describir el hecho, sino que pretender realizar el hecho al ser enunciado. Los discursos políticos que tienden a cuestionar el orden o al opositor de turno, pretenden actualizar los hechos que cuestionan, para así generar una acción entre sus oyentes.  

[2] Las ideologías políticas que nacen con la modernidad se organizan en función de tres troncos ideológicos, a  saber, las ideas liberales, las ideas conservadoras y las ideas socialistas. Todas aquellas ideas nacieron con la revolución francesa y se caracterizan y diferencian por la idea del cambio social. Ya sea para mantener el orden (las ideas conservadoras), para cumplir con las reformas (las ideas liberales) o para radicalizar los cambios (las ideas socialistas) muchas de ellas se originaron debido a una concepción general de la sociedad. Cada una de ellas ha generado, mediante la disputa del discurso, una serie de ideas afines o tributarias del siglo XIX, y que se ha asentando gradualmente durante el siglo XX.

[3] En el Perú, un partido político e histórico como el APRA fue prohibido, perseguido y nuevamente incorporado al orden durante el siglo XX.

[4] Cabe observar la diferencia que existe entre un Frente Político y una Alianza Política. La Alianza Política no es más que el acuerdo entre partidos políticos y organizaciones políticas para participar exclusivamente de un proceso electoral. Una vez transcurrido el proceso electoral, la Alianza se renueva o se disuelve por mutuo acuerdo. A diferencia de los Frentes, las Alianzas no se generan para encarar un enemigo en común en el espacio público, por eso no animan ninguna gran movilización, sino para competir con cierta ventaja de un proceso electoral.   

martes, 8 de abril de 2014

La legitimación política como parte del orden


Históricamente los regímenes políticos mantienen y expresan un determinado orden social que constantemente se tiene que legitimar. El cuestionamiento al orden es parte también de la política y en la medida de la fuerza de su impacto, no sólo como discurso sino también como práctica política, permite que el orden se regule o incluso se transforme. La regulación y la transformación del orden forman parte de la dinámica de la política como un hecho social. En esa dinámica, los sujetos políticos cumplen un papel muy importante porque son precisamente ellos quienes orientan y pautan una serie de discursos que van a formar parte de la legitimación del orden; o, en su defecto, de su cuestionamiento. Entender la legitimación política del orden implica necesariamente conocer el cuestionamiento al orden.

Frecuentemente el cuestionamiento al orden en las sociedades modernas se genera porque su reproducción se asienta sobre poderes que vulneran o ponen en riesgo a ciertos sectores de la sociedad. No obstante, no todos aquellos que forman parte de este sector vulnerado cuestionan el orden, ya que tal cuestionamiento es gradual e incluso se encuentra disperso y fragmentado por todo el espacio público.  De acuerdo a la forma de organización y a la capacidad de movilización de aquellos sectores de la sociedad, se articulan discursos y animan prácticas para cuestionar al orden. Si tal hecho ocurre, en el espacio político gradualmente se reorientarán las correlaciones de fuerza que aún mantienen el orden. Esto no quiere decir que el orden político de buenas a primeras se modificará, sino que la tensión que anteriormente era tácita, ahora será explicita  y de sentido común en el interior del espacio político. Para que no ocurra un desbalance o alguna modificación abrupta que ponga en riesgo al orden, se legitimará constantemente el poder que sostiene al orden político. Tras esa dinámica de cuestionamiento y de legitimación se encuentran los sujetos políticos.

Todo cuestionamiento a un orden político es en principio un cuestionamiento moral. Por eso el orden cuestionado es valorado y sentido como un orden injusto. La consecuencia moral de tal cuestionamiento anima el deseo hacia un orden justo. Por eso los discursos que cuestionan el orden no pueden soslayar o dejar de insinuar alguna propuesta de cambio frente al orden valorado como injusto. El cuestionamiento al orden oscila frecuentemente entre el deseo utópico y la confrontación práctica. El deseo utópico anima la capacidad de imaginar una alternativa al orden injusto, mientras que la confrontación práctica anima la organización y la movilización en conjunto de todos aquellos que cuestionan al orden. Cuando la confrontación práctica adquiere fuerza y una mayor dimensión, el mecanismo frecuente para restablecer el orden es la contención mediante la fuerza que ejercen las Fuerzas Policiales o las Fuerzas Armadas como parte de los aparatos represivos del Estado. Pero la contención de la fuerza muchas veces no se encuentra exenta de abusos y excesos, y que en vez de contener el descontento lo animan. Para evitar que el descontento se generalice ciertos sujetos políticos que defienden el orden tienden a minimizar los daños y los excesos e incluso proceden a descalificar constantemente a quienes cuestionen el orden. Tal reacción forma parte de la legitimación del régimen.

A partir del constante cuestionamiento al orden, su legitimación adquiere una necesidad en función del poder. Es decir, todo poder necesariamente tiene que ser legitimado. La legitimación del poder forma parte de la tensión de la política. Pero la legitimación del poder al que me refiero es aquel poder político que se reproduce en el mundo contemporáneo y tal como acaece se asienta en regímenes democráticos y no-democráticos.

La legitimación de los regimenes políticos es un fenómeno que tiene que ver con la constitución del poder del Estado y la forma gubernamental. Como la democracia pretende ser la forma gubernamental hegemónica en el mundo cabe observar su legitimación.

El poder del Estado en los regímenes democráticos se ejerce mediante la división de poderes, a saber, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, como un mecanismo para alcanzar un equilibrio en el ejercicio del poder estatal; los dos primeros, se renuevan mediante elecciones universales; mientras que el tercero, goza de autonomía para impartir la ley. Todo ejercicio del poder del Estado moderno tiene que ser legítimo, la legitimidad la adquiere mediante su forma gubernamental. Toda democracia, como una forma gubernamental, adquiere su legitimidad mediante el sufragio universal, es decir, los gobernantes son elegidos por la mayoría de los ciudadanos en elecciones libres. Así los gobiernos democráticos son legítimos o no. Sin embargo, la legitimidad del gobierno no asegura la legitimidad de todo el orden político que se asienta en el Estado, porque los gobiernos son transitorios; y más aún, si consideramos que toda legitimación responde en el fondo a toda forma de cuestionamiento sobre el orden que representa el gobierno, la legitimación será una constante a partir del Estado. Por eso constantemente el poder del Estado tiene que legitimarse mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con su constitución ideal y material.

El poder del Estado en las sociedades modernas se sustenta en dos relaciones materiales e ideales, a saber, la fuerza y el consentimiento. La fuerza comprende el ejercicio de la violencia que se encuentra monopolizado por el Estado para mantener el orden; la fuerza se asienta en las instituciones militares y en las instituciones policiales como parte de la estructura del Estado, cumpliendo una eminente función represiva. Mientras que el consentimiento es la expresión de una estructura ideológica que posibilita asentir el orden como un hecho natural y sobretodo incuestionable. El consentimiento es el resultado de los aparatos ideológicos del Estado; en su estructura, comprende todas aquellas instituciones y sistemas de la sociedad (como las instituciones religiosas, educativas, familiares; el sistema jurídico; el sistema político; la prensa y los circuitos culturales) que reproducen el discurso del poder legítimo del Estado, y por eso cumple una clara función ideológica. Pero, a su vez, el consentimiento del poder no es algo que viene de fuera de la sociedad, sino que se encuentra dentro de la sociedad porque se reproduce en todas las instituciones sociales que comprenden el orden social. De ahí que resulta muy difícil cuestionar el orden y sobretodo reproducir una práctica y un discurso que cuestione el orden; ya que una cosa es cuestionar el orden, mediante el discurso y la acción colectiva, y otra muy distinta es oponerse eventualmente al orden de manera individual. Es frecuente oponerse al orden sin que se le cuestione, porque esa oposición aún no deja de reconocer la legitimidad del orden. Cuando se desconoce la legitimidad del orden, la oposición eventual que se tiene frente al poder deja de ser individual y se vuelve un cuestionamiento colectivo y práctico. Ese cuestionamiento se da en el espacio público y es el que pone en tensión al espacio político. 

En función de la estructura del Estado, la legitimación de los regímenes políticos es un hecho ideológico. Es un hecho ideológico porque aceptamos y reproducimos una serie de “ideas-fuerza” que nos resultan siendo incuestionables. La reproducción de esas “ideas-fuerza” (entre las que se encuentra la idea de la “patria”, de la “democracia”, del “desarrollo”, de la “historia”, de la “tradición” y de demás) sólo tiene sentido y función cuando se defiende el orden que se pretende legitimar. Los regímenes políticos desde su instauración y su cese se encuentran constantemente escenificando el poder en el espacio público. Por eso todo régimen político en su estructura gubernamental comprende una serie de usos simbólicos que los identifica y anima la celebración de fechas conmemorativas para hacer sentir su presencia. Entre los usos simbólicos que caracterizan a los regimenes políticos se encuentran todas aquellas imágenes que animan los políticos gubernamentales, así como el uso frecuente de los colores del partido de gobierno en casi todos los eventos públicos que auspicia el gobierno (Hecho frecuente en nuestro medio político).

Luego de los procesos electorales se inicia un nuevo régimen, es decir, un nuevo gobierno.  El régimen político que nace de las urnas comprende dos bloques políticos, a saber, una fuerza política oficialista que legitimará necesariamente el orden; y una oposición, que cumplirá con fiscalizar al nuevo régimen y, a su vez, capitalizará el descontento sin poner en riesgo el orden. En los espacios políticos hay políticos que reproducen discursos sobre el orden y mantienen ciertas imágenes que los identifican (conservadores y moderados), no obstante, no son ellos precisamente quienes legitiman al régimen, sino sobretodo el sector oficialista. El sector oficialista es el que frecuentemente  minimiza los cuestionamientos cuando se vuelven conflictos sociales; asimismo son ellos quienes tienden a justificar los excesos del gobierno o quienes se hacen de la vista corta frente a los actos de corrupción. Por su parte la oposición, de acuerdo a la correlación de fuerzas, es decir, si encuentra o no réditos políticos, se sumará a la legitimación del nuevo régimen. Pero como en esos bloques políticos los sujetos políticos proceden de distintas filiaciones políticas, a excepción de los oficialistas, la legitimación surge como producto de un cruce de percepciones y sobre todo de motivaciones, frente al orden. Entre las percepciones se encuentra la estabilidad social y la amenaza al orden; y entre las motivaciones se encuentran la permanencia en la política.

La percepción sobre la estabilidad social es producto de los cambios o la continuidad que el nuevo régimen impulsa o mantiene. Es frecuente que se perciba la estabilidad social como el buen funcionamiento de la política económica que dicta el gobierno de turno. Por eso la política económica es muy importante al respecto, ya que muchas de las tensiones políticas se deben a la orientación que puede tomar la conducción de la misma. Asimismo cabe observar que la estabilidad social se encuentra asociada a la suspensión o a la invisibilización de los problemas que hacen posible el cuestionamiento al orden. Esto no quiere decir que aquella percepción sea una percepción equivocada de la realidad, sino que como forma parte del hecho ideológico tiene un fin práctico, a saber, legitimar; por eso se tiende a minimizar o acentuar uno de sus aspectos que permita la justificación del régimen. Tras esta percepción se encuentra la idealización del orden como parte fundamental de la política. La política percibida como algo estable y duradero permite que el poder sea legitimado mediante la reproducción de una estabilidad procedente de una percepción macro. 

La percepción de una amenaza al orden surge a partir del conflicto que anima todo cuestionamiento político frente al orden. Las movilizaciones sociales de cierto sector de la población que reclama derechos y denuncia los abusos del poder, así como la confrontación directa que genera el conflicto (como parte de la lucha de clases), alarma a quienes defienden el orden que sostiene al nuevo régimen. La amenaza al orden tiende a polarizar el escenario político; y, a su vez hace que los sujetos políticos tomen partido frente al orden, ya sea de manera explicita o implícita.  La amenaza al orden puede ser una situación coyuntural, así como algo permanente que encuentra su equilibrio cuando se llegan a acuerdos entre las partes en conflicto. Asimismo frente a la amenaza al orden es frecuente que los políticos tiendan a apelar insistentemente a ciertas ideas-fuerza que el Estado reproduce a través de sus aparatos ideológicos, a saber, “la unidad nacional”, “la nación” y demás; y, en función del régimen democrático,  se tiende a apelar a discursos que legitiman a la democracia, a saber, “la defensa de la institucionalidad”, "el estado de derecho", "la ciudadanía", el “diálogo”, el “consenso” y demás. 

Por otro lado, lo que motiva a muchos políticos a legitimar el orden es la permanencia en la política. Muchos políticos aspiran a mantener su permanencia en la escena política y en función de ella se perciben como candidatos en potencia. Si bien es cierto que en las campañas electorales los políticos se exponen con mayor frecuencia en el espacio público, en lo que va del periodo gubernamental harán lo posible para exponerse, aunque no todos lo logren, frente a las cámaras. Por eso son frecuentes las declaraciones que los políticos insistentemente brindan a los diversos medios de comunicación sobre cualquier tema.  El  ganar algunos réditos en cuanto a imagen y representación será la motivación más recurrente. En la escena política, tal actitud refuerza la idea de que los políticos no hacen nada desinteresadamente, sino siempre de manera intencional y calculada. La percepción del cálculo político y la intencionalidad de las acciones políticas al ser expuestas a través de los medios de comunicación masiva, se convierte en una prolongación de la legitimación del orden. Con tal hecho el círculo de la legitimación política se cierra.

 

 
 
Juan Archi Orihuela
Lima, martes 08 de abril del 2014.